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sábado, 12 de mayo de 2018

Ensayo sobre el desierto y la política venezolana.



Hace años me dijiste:
«Te acordarás cuando yo muera»
Pues no hizo falta enterrarte
Porque has muerto de pena


Al inicio de este desdichado año lo advertíamos: hacer un recuento de lo que nos sucedió como país es doloroso, muy doloroso. Constatar las grietas, intrigas, traiciones y claudicaciones deja un mal sabor de boca. Comprobar que actualmente el mal reina sobre el mundo, que la crisis y el caos se normalizan como política de estado, es nefasto. Es la derrota (no sabemos si momentánea o definitiva) de la libertad.

Valga esto para corroborar una situación que genera malestar, preocupación. No obstante, y por doloroso que sea, es necesario asumir dicha tarea y realizar el recuento de lo sucedido. En la ausencia de diálogo con la historia se bloquean tanto la verdad como la proyección de posibles acciones futuras. Pues sí, el odio, la ambición y el resentimiento triunfan actualmente, pero vale la pena preguntarse cómo llegamos a esta calamitosa situación.

Pensando al respecto siempre se ha tenido en mira a las víctimas, siempre en un extraño deseo de culpabilizarlas de la paupérrima vida a la que han sido arrojadas. Y sí, la ciudadanía siempre pudo haber hecho más y más por la democracia, pudo haberse inmolado por los grandes ideales de occidente, pudo haberse sacrificado en beneficio de las generaciones futuras, hacerse mártires en una lucha justa y necesaria. Pudimos unificarnos en torno a una sola meta, alrededor de una sola interpretación de la cuestión. Sin embargo, la ciudadanía en el mundo disciplinario –que es el actualmente concebible, y el predilecto por los formados dentro de la órbita técnico-profesional– es multiforme, diversa en sus preferencias y puntos de vista. En el mundo de la racionalidad instrumental somos arrojados a nuestra formación y, con gusto o sin él, hacemos sociedad desde esa óptica particular. En ese sentido el artista actúa desde la órbita de la estética, los científicos desde la investigación, los abogados desde las leyes, algunos periodistas desde la búsqueda de la verdad (que tanto flaquea hoy en día) y así sucesivamente. No quiere decir que sea la única manera de concebir la cuestión[1], pero sí es la más dominante. La pregunta, sin embargo, queda planteada para los políticos.

Los políticos por su formación son los hombres y mujeres de lo público. Quienes así asumen la carrera política deben, en teoría, enfocarse en la transparencia y el rescate de la discusión pública de diversos temas como derechos humanos, economía, ecología, servicios, sociedad, veeduría, fiscalización de los recursos, entre muchos otros. Y, conviene recordarlo, en las sociedades occidentales la carrera política no deviene en una obligación. La política se asume desde la convicción, es una elección de vida –en la que bien se puede desarrollar la persona o no, puesto que al igual que el resto de disciplinas no hay ataduras al respecto.

Una de las cosas exigidas a las personas que se dedican al ámbito de lo político con respecto a su elección de vida es explicitar su postura ante las cosas, pues en su decisión y opinión se engloban las aspiraciones de sus electores, a quienes en última instancia pretenden representar. Son así representantes de una determinada opinión conjunta que emerge de la sociedad y que se eleva como posibilidad de reconfiguración de lo político y social. Por lo tanto, su accionar corresponde idealmente a una articulación de esa determinada opinión en beneficio del debate público en general.

Dicho esto, y adentrándonos en nuestro tema, vale decir que la articulación requerida para la acción política ha estado ausente de la actividad política venezolana de los últimos años. Se ha pretendido hacer creer a la opinión pública que la existencia de dos actores políticos preponderantes –chavismo y oposición– hacía de la sociedad venezolana una dualidad monolítica en la cual las personas debían ubicarse disciplinadamente y mediación alguna. Bien sabemos a la luz de las guerras intestinas del chavismo que tal visión tan rígidamente polarizante ha sido una farsa. Lo mismo sucede con la oposición, la cual en cuestión de tres años ha pasado de ser fiel representante de los deseos de la gran mayoría de los venezolanos a una cosa extraña que cuenta con tres o cuatro cabezas visibles cuyos planes, desconocidos para la población, no sabemos si son un refrito de un país pre-hiperinflacionario o una genuina atención a lo que ya es, no hay duda de ello, una crisis humanitaria. Apuntando hacia esa dirección, conviene tomar en cuenta el recuento hecho por Héctor Schamis en el año 2017[2]: la oposición contó (hasta ese momento) con al menos cuatro estrategias para afrontar un hipotético cambio de gobierno. Vale recordar que ninguna de dichas estrategias triunfó en su cometido, todas fracasaron en mayor o menor medida.

Traigo a la memoria este recuento por la venida de una nueva estrategia que formula una nueva promesa de cambio de gobierno: las elecciones del 20 de mayo. Ya es harto conocido que las condiciones de dichas elecciones no son las ideales en tanto que benefician únicamente a la dictadura[3], sin embargo algunos miembros de la dirigencia opositora han decidido participar. Es una decisión entre muchas, difícilmente respetable si se mira que el país estuvo en velo ante un nuevo proceso de diálogo entre el gobierno y la oposición que hacía promisoria la defensa del proceso electoral en todos sus ámbitos[4]. Es una nueva estrategia enclavada única y exclusivamente en el presente, en el aquí y ahora –puesto que no se plantean los problemas que vienen al día siguiente de la elección. La única  proyección que tenemos al respecto es un supuesto equipo de gobierno, la dolarización de la economía y demás elementos que seguramente la dictadura sabrá vencer con más desanimo y decepción.

Desde exigir el abandono del cargo[5], hacer un antejuicio de mérito a Maduro[6], fundar figuras paralelas (legítimas sí, pero paralelas al fin)[7], hasta exigir la renuncia del dictador bien sea apelando a su buena intención[8] o al discurso que refiere a su nacionalidad y el problema (jurídico o racial, da lo mismo) que eso significa[9]. La idealización de la calle y la protesta[10] también ha servido como supuesta estrategia, otra más del montón que se cuenta por sí misma y que no tiene un correlato o relación a futuro. Se han probado distintos modos de abordar el ejercicio de oposición política, y el fracaso sigue siendo continuo –e incluso se podría sospechar que deliberado. Pues la imposibilidad de articular una respuesta política a propósito de la innegable existencia de una dictadura y una crisis humanitaria es llamativa, cuanto menos preocupante.

Uno de los aspectos llamativos de nuestra crisis es la ausencia de proyección a futuro, tan característica del venezolano y el americano en general[11]. El futuro, como sueño de concreción de las acciones de la actualidad, esperanza de un mundo mejor y proyección de la voluntad, desempeñó en su momento un papel similar al de una institución moderna. No en vano existieron futuristas, futurismos y demás. La ausencia de futuro, siendo este tan importante para nosotros, es a su vez la ausencia de toda institución confiable, es la muerte de todas las promesas de un mundo mejor, el abandono de la idea de un mundo estable y aprehensible para los artilugios de comprensión moderna. Se pasa entonces de una interpretación anclada en la certeza a una interpretación libre, relativista, sin anclaje alguno más que el presente mismo. El futuro, como tantas otras instituciones, ha dejado de contar. El ambiente moderno se desvanece en la imagen del desierto de la cual nos habla Gilles Lipovetsky (1944), autor para el cual vivimos en:

“(…) un desierto posmoderno que está tan alejado del nihilismo «pasivo» y de su triste delectación en la inanidad universal, como del nihilismo «activo» y de su autodestrucción. Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo…” (2016, p. 36).

                El fin de las finalidades es a su vez el fin del futuro, es el fin de cualquier propuesta –dado que toda propuesta es en sí misma la significación del futuro–, el fin de cualquier estrategia discernible o digna de planificación. Aunque este fin no es un fin cerrado, más bien a la vista del autor es una apertura, es el fin de una cierta manera de abordar la vida pero a su vez el comienzo de la multiplicidad, de la emergencia de lo diferente y lo diverso. En ese sentido el momento posmoderno no es algo meramente negativo pues supone la posibilidad de que en él crezcan diversas perspectivas y posiciones al respecto de la vida en sociedad. El momento posmoderno entonces devendría en:

“(…) mucho más que una moda; explicita el proceso de indiferencia pura en el que todos los gustos, todos los comportamientos pueden cohabitar sin excluirse, todo puede escogerse a placer, lo más operativo como lo más esotérico, lo viejo con lo nuevo, la vida simple-ecologista como la vida hipersofisticada, en un tiempo desvitalizado sin referencia estable, sin coordenada mayor” (p. 41).

La cohabitación sin exclusión es parte de este momento posmoderno y que, al menos de primer momento, vemos en la dinámica política nacional. Por años hemos visto cohabitar en el gobierno a militares, narcotraficantes, ideólogos de la revolución, distinguidos personajes del mundo financiero, a la clase media, a la clase baja, a Alberto Völlmer, a Mario Silva y demás. En el seno de la unidad opositora también ha surgido una cohabitación, bien desde el plano político-económico (los bolichicos, Derwick y Ramos Allup, por ejemplo) o, desde lo que nos interesa específicamente, el plano de la articulación de una estrategia política. Pues desde la oposición han surgido distintos lemas, distintas consignas que aún siguen quedandose en lo promisorio del desierto. La posibilidad de existencia de una nueva forma de aproximarse al juego político atrae, la sola proclamación de una nueva táctica política es seductora, pero sin articulación alguna el desierto deja de ser promesa para convertirse en realidad desoladora y sin salida. Conviene en ese sentido ubicarnos junto a Lipovetsky en nuestra llegada al desierto:

“¿Alguna vez se organizó tanto, se edificó, se acumuló tanto y, simultáneamente, se estuvo alguna vez tan atormentado por la pasión de la nada, de la tabla rasa, de la exterminación total? En este tiempo en que las formas de aniquilación adquieren dimensiones planetarias, el desierto, fin y medio de la civilización, designa esa figura trágica que la modernidad prefiere la reflexión metafísica sobre la nada. El desierto gana, en él leemos la amenaza absoluta, el poder de lo negativo, el símbolo del trabajo mortífero de los tiempos modernos, hasta su  término apocalíptico” (p. 34).

                El desierto deviene por el triunfo de la aniquilación, de los grandes poderes desmitificadores de la razón moderna que optimistamente se propuso planificar y ordenar la vida y se encontró con el estruendoso rostro del azar, la muerte y lo inexplicable. Incluso la revolución murió en la mente de sus simpatizantes: el consumo la absorbió[12] y la convirtió en una carpeta de dólares preferenciales[13]. La revolución fue el desinteresado desfalcado de nuestra nación, la desaparición del dinero de un país petrolero en cuentas de los neo-yuppies de nuestra generación. El desierto en efecto barre con todo, sin distingo de credo o preferencia política.

                Los grandes cometidos sociales y las promesas de un cambio político lucen ya lejanos. Los discursos políticos actualmente sirven de artefacto lúdico en beneficio del cual nuestros políticos han sabido reafirmarse constantemente –tanto en el fallido intento de tomar el poder una y otra vez como en nuestra normalísima tradición de cohabitación y repartición de la renta petrolera. Uno puede comprobar dicha reafirmación en la medida de que los políticos venezolanos han devenido en una suerte de monaguillos, hombres de fe, cuya principal formación intelectual no se sabe si viene de un panfleto de autoayuda o de alguna liturgia religiosa. Al parecer, el diálogo con la realidad ha cesado. Sin embargo ellos son los especialistas, los encargados de sacarnos del hoyo en el que estamos metidos, los elegidos para normalizar la vida democrática[14], no hay duda de ello. La opinión pública, formada en la órbita disciplinar, así lo ha exigido. La consigna es: “dejen a los políticos trabajar”, lo mejor es no interferir, lo público y lo político es de los especialistas. A la ciudadanía, masa de infames analfabetos políticos, le toca la pasividad o algún milagroso porcentaje de encuestólogos que agregue credibilidad.

La ciudadanía así fijada dentro de la dinámica disciplinar debe seguir el juego de los profesionales, que ya no asumen su formación desde una elección de vida sino casi como un mandato divino. No olvidemos que

“(…) el sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan, pero por inercia, en el vacío, sin adherencia ni sentido, cada vez más controladas por los especialistas, los últimos curas, como diría Nietzsche, los únicos que todavía quieren inyectar sentido, valor, allí donde no hay otra cosa que un desierto apático” (p. 36).

                El sentido flaquea, tal como lo hace la razón pública (p. 51). Con lo que nos encontramos en el desierto es con la emergencia del narcisismo radical que parcialmente uno distingue en nuestros especialistas. La solución ya no es traducida en una estrategia, menos en una articulación de propuestas. No, de lo que se trata ahora es de la reafirmación egocéntrica de la persona, de cuál idea y cuál la ilusión es la más atractiva de cara al mar de propuestas de nuestra actual desvarío político. El narcisismo en ese sentido es el olvido del pasado, la superación de lo preestablecido, de lo que formamos parte, pues

“(…) el inconsciente abre camino a un narcisismo sin límites. Narcisismo total que manifiesta de otra forma los últimos avatares psi cuya consigna ya no es la interpretación sino el silencio del analista: liberado de la palabra del Maestro y del referente de verdad, el analizado queda en manos de sí mismo en una circularidad regida por la sola autoseducción del deseo” (p. 55).

                Esta circularidad regida por la autoseducción se entiende como el fin de la relación tradicional y modernamente concebible, el fin de los esquemas con los cuales conocemos y damos fe de la existencia del otro. Ahora nos abrimos a nuevas relaciones, nuevas formas de concebir la verdad y de interpretarla. Eso sí, el peaje necesario para cualquier interpretación y aprehensión de la realidad es la conveniencia de Narciso[15]. Es decir, las soluciones pasan a ser objeto de la circularidad de una individualidad. No hay ya soluciones o recetas que vengan de un conjunto o alguna unidad de diferentes. Gracias al desierto todo, en especial la aspiración de la transparencia y discusión de lo público, ha quedado en la nada. Lo político en ese sentido es acción privada dado que “(…) vivir sin ideal, sin objetivo trascendente resulta posible” (p. 51). La sociedad, su bienestar, los derechos humanos, ideales que viene y van, pasan al plano de la intrascendencia. El desierto es interpretado desde la individualidad sin vínculo, desde un narcisismo inédito en nuestra humanidad.

                Es por ello que en el escenario donde compiten nuestros políticos vemos la muerte de los ideales, una reiteración del caos pero no basada en la política del hambre –propia de la dictadura, además– sino en la multiplicación de visiones panfletarias de la realidad que poco ayudan en la articulación de una política genuinamente basada en la unidad de los diferentes. La concertación de una agenda común es superada por las apetencias individuales. En la dirigencia se exige el derecho a la diferencia, que cada opinión sea escuchada y legitimada, mientras la otredad concreta, los diferentes a los profesionales de la política, muere a la espera de algo distinto. ¿Cómo es posible en ese sentido un rescate tan frívolo al derecho de autodeterminación individual mientras existe un desconocimiento hacia las demandas de la gran mayoría que ha sido golpeada por la crisis? ¿El narcisismo enaltece la adoración de la persona a tal punto que olvida las vidas de los demás? Se olvida el conjunto, los ideales y el consenso por una preocupación individual propia del momento posmoderno, en la que no reina el cuidado de la persona sino, curiosamente, el odio hacia sí mismo. Dirá Lipovetsky:

“Al activar el desarrollo de ambiciones desmesuradas y el hacer imposible su realización, la sociedad narcisista favorece la denigración y el desprecio de uno mismo. La sociedad hedonista sólo engendra a nivel superficial la tolerancia y la indulgencia, en realidad, jamás la ansiedad, la incertidumbre, la frustración alcanzaron estos niveles. El narcisismo se nutre antes del odio del Yo que de su admiración” (p. 73).

El desprecio por el Yo, por la mismidad, arroja al narcisismo a una situación de compleja atomización. La inexistencia de una estrategia conjunta, la falta de articulación de un mensaje común, de una política común, puede explicarse de esa manera en el hecho de que la ausencia del otro es ya una realidad consumada. El odio del Yo es también el odio hacia el otro, dado que nuestra única referencia del otro está en su mismidad, en su individualizada corporalidad y no en su pertenencia a un grupo, tradición o institución. Ya no es posible divisar a la humanidad en el desierto, pues la humanidad misma es una institución en desuso. Por lo complejo que resulta el camino vaciado de referentes nos hemos entregado a la quimérica realización y confirmación de las mentalidades mesiánicas, a los especialistas en autoayuda cuya única política deviene en la reafirmación de ellos mismos fuera de cualquier relación con la realidad, el tiempo, el espacio o los seres vivos. La reafirmación es, pues, cónsona con este desprecio por la mismidad. Esta ratificación y odio a la personalidad se expresa en tanto que:

“La relación con el Otro es la que sucumbe, según la misma lógica, al proceso de desencanto. El Yo ya no vive en un infierno poblado de otros egos rivales o despreciados lo relacional se borra sin gritos, sin razón, en un desierto de autonomía y de neutralidad asfixiantes. La libertad, como la guerra, ha propagado el desierto, la extrañeza absoluta ante el otro. «Déjame sola», deseo y dolor de estar solo. Así llegamos al final del desierto; previamente atomizado y separado, cada uno se hace agente activo del desierto, lo extiende y los urca, incapaz de «vivir» el Otro. No contento con producir el aislamiento, el sistema engendra su deseo, deseo imposible que, una vez conseguido, resulta intolerable: cada uno exige estar solo, cada vez más solo y simultáneamente no se soporta a sí mismo, cara a cara. Aquí el desierto ya no tiene ni principio ni fin” (p. 48).

                Sin principio ni fin, pero el desierto cuenta con una determinada actitud narcisista que puede llevar a la política a desenvolverse en elementos tales como la oración, el rezo y la creencia de que en un país con demonios históricos y hondos problemas sociales podrá salir del atolladero desde la multiplicidad de consignas inconexas entre sí. Desde el surgimiento de un nuevo liderazgo que re-encante a las masas o tan sólo con la llegada de los nuevos especialistas que, esta vez sí, pueda leer y sepan evitar el desastre. Las esperanzas, así como las consignas, tienen asidero en el desierto, en las ensoñaciones del vació.

No podemos, entonces, descartar absolutamente nada. Esa es una de las maravillas del momento posmoderno, del desierto que todo lo absorbe. Todo es posible. Aunque bien sabemos que cuando todo es todo, en realidad todo es nada. Es curiosa la paradoja en la que nos encontramos, ¿no les parece?


Referencias bibliográficas

Caldera, R. T. (2000): Nuevo mundo y mentalidad colonia, El Centauro ediciones, Venezuela.
Lipovetsky, G. (2016): La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Editorial Anagrama, Colombia.



[1] Algunas veces los mundos disciplinarios se tocan e influencian, generando así empresas tan atractivas como lo son la inter y transdisciplinaridad. Ambos cometidos suponen movilidad dentro de lo estático que puede llegar a ser nuestro actual esquema de formación profesional. Se aboga de esa manera por una formación integral, reconociendo límites del conocimiento propio y admitiendo a su vez la posibilidad de verdad en el discurso del otro.
[2]El problema de la oposición no es solo qué decide sino cómo lo hace. Decidir unilateralmente viola el principio fundacional de cualquier coalición. Un patrón se reproduce en el tiempo: cuando el régimen está contra las cuerdas, la MUD pide la campana. Tómense los tres ejemplos aquí narrados como ilustraciones de esa claudicación.” En: https://elpais.com/internacional/2017/09/03/actualidad/1504390791_100148.html
[3] "(...) el principio de separación de poderes está severamente comprometido, dado que la asamblea nacional constituyente continúa concentrando poderes sin restricciones". En: http://www.el-nacional.com/noticias/mundo/alto-comisionado-onu-cuestiono-legitimidad-elecciones-venezuela_225856
[4] Todavía menos se comprende la decisión de participar si recordamos que quienes han optado por asistir a los comicios dijeron en su momento que se retirarían del proceso de no haber condiciones, las cuales aún siguen sin existir: https://elpais.com/internacional/2018/03/10/america/1520637935_533623.html
[5]La mayoría opositora de la Asamblea Nacional votó y declaró que Nicolás Maduro ha abandonado sus funciones como presidente de la República y por lo tanto abandonó su cargo.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/asamblea-nacional/asamblea-nacional-declaro-abandono-del-cargo-maduro_74475
[6]Delsa Solórzano, diputada a la Asamblea Nacional (AN), informó este miércoles que el Parlamento debe tratar como "urgente" la notificación del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) en el exilio sobre el antejuicio de mérito del presidente Nicolás Maduro.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/solorzano-debe-tratar-como-urgente-antejuicio-merito-contra-maduro_230572
[7]La Asamblea Nacional (AN) aprobó este viernes la designación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).”En: http://www.el-nacional.com/noticias/oposicion/asamblea-nacional-designo-nuevos-magistrados-del-tsj_194449
[8]El movimiento Soy Venezuela exigirá la dimisión del presidente Nicolás Maduro en la VIII Cumbre de las Américas que se realizará en Lima, Perú.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/soy-venezuela-exigira-dimision-maduro-cumbre-las-americas_230465
[9]El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) designado por la Asamblea Nacional ordenó a los poderes Ejecutivo y Electoral a demostrar la partida de nacimiento del presidente Nicolás Maduro, con la finalidad de esclarecer si puede ejercer funciones como primer mandatario.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/tsj-designado-por-exigio-maduro-mostrar-partida-nacimiento_218364
[10]La dirigente opositora opinó que se debe “reinventar” la calle para protestar en contra del régimen. “Le decimos al mundo entero que necesitamos liberar a Venezuela. Sí necesitamos que la comunidad internacional nos acompañe”, declaró Machado.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/oposicion/machado-aceptaremos-ningun-acuerdo-que-implique-salida-maduro_201340
[11] El filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera comenta al respecto la formación cultural que tiene el hombre del continente americano en razón de ser el hombre del nuevo mundo. Dice el autor que al estar enmarcados al nuevo mundo nuestro signo es el de la novedad, la innovación, el eterno experimentar y reconocimiento con lo diferente. Esta relación se ve en nuestras formas de consumo como en nuestras ciudades, en las ideas políticas y las modas literarias. Ha habido un afán por lo novedoso en nuestras mentalidades que en cierta medida ha servido para luchar por ideales elementales del occidentalismo tales como la democracia, la igualdad y la justicia. No obstante, este afán por lo novedoso arroja al americano a perder perspectiva de su situación histórica, de su herencia y tradición cultural. Al otorgar primacía a lo nuevo, lo viejo queda en desuso. Lo viejo no es más que rememoración romántica, cerrando así la posibilidad para que el pasado sirva para la distinción de trayectorias y posibilidades históricas. En ese sentido el pasado no genera mayor interés. Es el futuro donde están nuestras mentes y aspiraciones.
[12] “(…) si la revolución se ha visto desclasada, no hay que achacarlo a ninguna traición burocrática: la revolución se apaga bajo los spots seductores de la personalización del mundo” (Lipovetsky, 2016, p. 57).
[13]La verdad es que la estafa cometida a la nación tuvo como origen las políticas económicas del gobierno muy principalmente, y toda la gran disparidad económica del dólar incontrolable ayudado por los propios importadores de las mercancías, felices y callados en la obtención del dólar preferencial; para luego vender el producto al precio del dólar negro. Auténtico negocio multimillonario que provocó la existencia de actuales empresarios bolichicos y ricachones con poco esfuerzo. Allí estaban también gente perteneciente a todos los estratos de la sociedad  (pequeños, medianos, altos empresarios y particulares aventureros), en muchos casos, gente o sectores vinculados de una forma u otra a funcionarios del gobierno, dichas solicitudes de divisas se hicieron a través de autorizaciones previas otorgadas a través certificados de no producción nacional, para luego ir a Cadivi y solicitar sus dólares y con ello el gran negocio del siglo.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/historico/los-dolares-preferenciales-hora-verdad_30829
[14]Hernández calificó como “caído del catre” e “ingenuo” que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se planteara el referéndum revocatorio como una salida para 2016. El analista dijo esperar que el nuevo presidente de la Asamblea Nacional (AN), Julio Borges, lleve al país de la confrontación de poderes “al equilibrio de poderes”. Que se llegue “a una normalización de la vida democrática del país”.” En: http://www.contrapunto.com/noticia/carlos-raul-hernandez-la-gente-quiere-solucion-a-sus-problemas-y-no-discursos-politicos-124084/
[15] “A cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria que reinterpreta en función de los problemas del momento: Edipo como emblema universal, Prometeo, Fausto o Sísifo como espejos de la condición moderna. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, en especial americanos, el símbolo de nuestro tiempo” (p. 49).

domingo, 28 de mayo de 2017

Violencia pop, parte II.

He aquí otro personaje de nuestro insólito universo académico: José Ángel Lucena. Es un sociólogo imaginado, un personaje ficticio que sirve para retratar a los intelectuales que vivieron y gozaron una bola con el auge del chavismo. Ídolos a lo interno de los claustros universitarios, vitoreados al final de cada asamblea, rockstars de las ciencias sociales venezolanas. Descubridores de palabras impronunciables, rebeldes a los horarios de aula, transgresores de cualquier signo institucional. También, por qué no, hermeneutas de la destrucción. 

Algunos han reajustado un poco el discurso, otros permanecen fieles al ideal revolucionario. Ilustrados y oportunistas, siempre a la altura de la circunstancia.



2009
Fragmentos recogidos del derecho de palabra del sociólogo José Ángel Lucena.
Asamblea: “1x1x1: el fin de la burocracia universitaria”.
Escuela de Sociología de la UCV. Caracas, Venezuela.


“La realidad de la universidad venezolana ha de cambiar. No es posible mantener las condiciones que la sostienen, ni es posible mantener las aberrantes cadenas que nos mantienen unidos a una retrograda racionalidad burocrática.”

(…)

“Si bien es cierto que las promesas de occidente lucen seductoras, también es verdad que hay otras grandes verdades. La nuestra es una que debe y merece ser vivida, pensada desde nuestros parámetros de cognición particular.

Y fíjense algo, hago la crítica a occidente considerándome y considerándonos ante todo como individuaciones del proyecto euro-centrado. Nada nuevo con relación a ello; sin embargo, nuestra propuesta siempre ha sido la de aperturar, la de abrir ese espacio de exégesis que se nos permite a partir de la última gran práctica ilustrada: la democracia.”

(…)

“En efecto, criticamos la modernidad y a Occidente considerándonos existencias atrapadas y amalgamadas a la cadena de producción capitalista. Por más que luchemos, y debido a nuestra ubicación geopolítica, aún tendremos un nexo con Occidente y sus formalismos.

En ese sentido podemos traer a colación una verdad que la derecha jamás admitirá: nosotros elegimos rescatar a la democracia, no como formalismo o procedimiento, tampoco como delegación de tareas, sino como participación activa del pueblo en su que-hacer político, histórico, cultural y estético.”

(…)

“El gen maligno de Occidente en nuestro caso se manifiesta por la vía burocrática. En el caso específico de la universidad venezolana la burocracia funciona como privación democrática. La institución se niega a reformularse en beneficio de los intereses de ciertas élites académicas y económicas.

No es una sorpresa, entonces, descubrir el talante anti-democrático de la universidad venezolana. Por medios de sus instituciones y sus profesionales se encarga de negar la posibilidad de participación activa de todos y todas."

(…)

"Nosotros buscamos un espacio para la emancipación.

Emancipación en el sentido de que todos y todas nos veamos en la capacidad real de velar por nuestras vidas, discernir si las decisiones que tomamos son correspondientes a la episteme de nuestra particularidad histórica.

La tarea es precisamente no delegar nuestras vidas, no entregar a los movimientos sociales al vacuo contenido de los profesionales de las instituciones no sólo de la universidad sino del Estado como un todo.”

(…)

“Desde el proyecto comunal que se ha venido discutiendo durante el último año se avizora dicha posibilidad. Romper con la hegemonía del capital, revertir la tendencia, ir en consonancia con el sentir de las estéticas de nuestra región, empoderar al pueblo en la  toma de decisiones, que el poder fluya de abajo hacia arriba, todas grandes tareas y logros que distinguen el ethos de nuestra última década.”

(…)

“La universidad no puede permanecer ciega ante los cambios del mundo.

Debe aperturarse, iniciar este proceso de democratización radical del que ya está siendo participe la población venezolana. Veamos el ejemplo de las liberaciones (pues son varias) que se dan a través del andamiaje de los Consejos Comunales: es ahí donde subyace la verdadera y genuina práctica emancipadora de un pueblo concientizado consigo mismo y con su historia.”

(…)

“La nuestra no es una propuesta política en ese sentido, sino un imperativo ético que demanda la liberación del individuo de la dominación capitalista que aún pervive en la universidad venezolana de nuestros días.”

(…)

“Con el fin de la burocracia, del capitalismo y el nexo cuasi-colonial que se mantiene, iniciamos un nuevo periodo histórico de auge progresista y de independencia nacional. Ahora todos disfrutamos de los beneficios de la renta petrolera, que ya no forma parte de una práctica populista de asistencialismo social manejada por grupúsculos entreguistas, sino que ahora pasa a  ser una herramienta de ascenso social de todas y cada una de las personas que conforman a la nación.”

(…)

“En nuestro caso específico, debemos abogar por un pensamiento académico liberado de su actual flagelo corporativista. La democracia y la participación deben ser nuestras banderas.

Es por ello que reiteramos nuestra consigna como una invitación a repensar las relaciones de dominación a las que nos vemos sujetos. Sólo un pueblo libre de dominación y manipulación, consciente de sí mismo y dispuesto a dar la lucha por la revolución puede salvarse a sí mismo.”

(Aplausos)



2017
Fragmentos de entrevista realizada al sociólogo José Ángel Lucena.
Título: “Sociólogo venezolano defiende legitimidad de Constituyente Comunal.”
CLACSO. Buenos Aires, Argentina.


“No puede negarse la crisis que vive Venezuela.

Evidentemente el proceso iniciado con Hugo Chávez jamás contó con características propias de un modelo de sociedad comunal: hubo algunos atisbos, ciertos acercamientos, pero al final las desviaciones terminaron absorbiendo la transformación que se estaba dando a lo interno del país.

Dicho esto vale la pena recalcar que la Guerra Económica y el agotamiento del modelo rentista han sido las principales causas de la crisis. A ambas fuerzas debemos las bajas que, momentáneamente, afectan el campo revolucionario.”

(…)

“Es por ello que el Proceso Constituyente Comunal es un espacio necesario. Sabemos que es desechado por todos aquellos que quieren ver al país en llamas, pero hay que ver también su potencialidad para devolver la paz al país. Puede tanto eliminar la posibilidad latente del intervencionismo internacional como estabilizar el marco institucional.”

(…)

“La oposición quiere vender la Constituyente como un artilugio anti-democrático, pero fíjense una cosa: en una realidad tan convulsionada como la nuestra, someter el proyecto comunal a un leguleyo electoral puede complicar los escenarios de asistencia y justicia social, equidad territorial, soberanía nacional, entre otros.

Hay que tomar en cuenta, entonces, que los formalismos burgueses de la derecha pueden hacer peligrar al proceso revolucionario. Y ante eso hay que estar atentos.”

(…)

“Es por eso que apelamos a un cuerpo de delegados de diversas ramas. Suya es la tarea de velar por el futuro de la revolución, repensar el marco institucional, evaluar el agotamiento del modelo rentista, revisar las posibilidades del socialismo en el nuevo escenario de post-progresismo y de advenimiento del modelo neo-conservador de derecha.”

(…)

“No es negar el derecho de las personas a sufragar, es adecuar su elección por medio de una vanguardia formada para salvaguardar los logros e intereses de la clase obrera. No se deroga la emancipación, sólo se busca una interpretación ajustada a las exigencias de este periodo histórico que actualmente vivimos.

Se busca de esa manera la lectura de determinados sectores representativos de la sociedad, una intermediación que asegure un diálogo no-violento sobre el devenir de nuestro país.

Todo en el marco de la institucionalidad que bien han explicados las colegas del Consejo Nacional Electoral.”

(…)

“Tendríamos que pensar esta situación en el contexto de la figura de Chávez, ¿qué sería de nosotros sin él? ¿Dónde estaría la izquierda sin su empuje, sin su ímpetu? Seguramente en la nada, seguramente en el marasmo a donde arrojaríamos al pueblo si eligiésemos no acompañarlo en esta terrible crisis.”

(…)

“Toca purgar a la sociedad de quienes la someten al terror de la violencia. Dar la batalla final y derrotar a la derecha recalcitrante que nos amenaza día a día. Dicha tarea no puede ser dejada al azar, ni ser objeto de un análisis pequeño-burgués. Los sectores vivos de la sociedad deben atender la convocatoria.”

(…)

“Es necesario dialogar, socializar y acompañar las aspiraciones de todas esas personas que quieren que el país vuelva al sendero de la paz y el entendimiento. Porque el pueblo no ha olvidado todo lo aprendido y adquirido durante el proceso. No obstante, es necesario que el cambio paradigmático que estamos a punto de dar sea acompañado por los más capacitados, por los representantes del genuino y verdadero sentir popular.”

(…)


“Sólo los intelectuales y el Estado pueden salvar a la sociedad. Salvarla, sí, inclusive de sí misma…”

lunes, 10 de abril de 2017

Violencia pop, parte I.

Krupskaia Mujica y Ernesto Reyes, personajes ficticios que se basan en algunos de los caricaturescos individuos que he conseguido en la UCV.

*

RELATORA: Krupskaia Mujica

Iba rodando con mi bicicleta por la avenida y a lo lejos pude divisar, no muy claramente, una humareda extraña, impropia de la calma que caracteriza a mi ciudad. Curiosa, como siempre he sido, me dispuse a disminuir la velocidad; pues lo confieso, no sabía si era un incendio o qué cosa y a veces (y sólo a veces) la causa humanitaria no es lo mío.

Avancé lentamente y lo que vi era bastante curioso: me encontraba a las espaldas de un centenar de efectivos de seguridad que con sus armas disparaban bombas lacrimógenas a un grupo de personas. No comprendía que pasaba a mí alrededor, pensé por algunos minutos que seguramente se trataba de una las tantas manifestaciones balurdas que congregaba a los bobositores, entiéndase: al germen opositor de mi país.

Mi sospecha se confirmaba al ver a una serie de jóvenes blancos, seguramente del este de la ciudad, seguramente adinerados, seguramente incomprensivos del proceso político-social venezolano, lanzando piedras a los efectivos de seguridad.

No he sido nunca amiga de los policías ni de los militares. Para mi es irrenunciable mi cualidad contestataria ante la violencia del Estado… aunque en este caso la cosa era distinta. Estos jóvenes no eran pueblo, no sufrían el país como lo sufrimos nosotros, no entendían ni tenían la capacidad de ver a los ojos a la realidad del pobre.

No es que ellos merezcan ser reprimidos, no se trata de eso. Se trata de que deben aprender sea por las buenas o por las malas; se trata de que alguien tiene que darles un parado para que aprendan a soportar las vivencias de nosotros, los menos favorecidos.

Y sí, lo sé, dirán que soy adinerada, que soy sifrina porque vivo en Chacao, que soy enchufada porque mi papá fue guerrillero y actualmente es viceministro. Pero pana, se los digo: aquí hay un pueblo valiente, un pueblo que no se doblega. Nosotros podremos estar bien acomodados en estos momentos, pero la verdad es que ni todo el dinero del mundo puede, ni podrá, hacernos negociar nuestros valores revolucionarios a cambio de un mísero estatus que a decir verdad no nos interesa.
En fin, no estamos alienados como aquellos del otro lado.

¿No se las dan de libertarios y de transgresores? Que rescaten su bombitas y perdigones, pues.


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RELATOR: Ernesto Reyes

Veo a una familia sacando comida de la basura y el corazón se me pone chiquito. No puedo, no lo toleraré. Es como violentar la vida de una persona, someterla a este vejamen, a esa piltrafa.

No entraré en detalles, pero la vaina se jodió con Maduro. Ese huevón vino y nos cagó la vida. Antes podíamos ir de viaje, comprar comida, raspar la tarjeta, comprar la curdita y joder de vez en cuando. Ahora la vaina es tenaz, ni para un mango adobado me alcanza la plata. Estoy claro de que la cagué, de que voté por Maduro y quizás ese haya sido mi mayor error.

Yo confiaba en mantener mi estilo de vida. Y ojo, no que no disfrute una bola trabajando en el CELARG, yo no olvido mis principios, mi ética revolucionaria, mi ansia de transformar el mundo; pero coño pana, uno no puede pasar toda la vida hablando paja y paja sin recibir nada a cambio.

Yo me acuerdo cuando el Comandante estaba vivo, cuando éramos la potencia en la región. Y ojo: aún lo seguimos siendo; la arremetida neo-liberal ha sido arrecha, para qué negarlo, pero la vaina se ha puesto jodida compadre. Un solo peo para conseguir la comida, un solo peo para mantener a la jeva. Yo entiendo, de pana que sí, estamos destinados a liberar el continente de la plaga yankee y toda esa paja que le repito a los chamos en la universidad todas las mañanas; pero, y soy enfático en esto, la vaina está jodida.

Lo peor es que no puedo hablarle a nadie de esta vaina. Si hablo de esto en el CELARG me botan, pues mi jefe es burda de jodido y nos tiene a todos vigilados. Si hablo de esto en la universidad segurito me pichan con los colectivos para que enmiende mi falso andar y mi delirio pequeño-burgués.

A veces toca entender. De no ser por esos correctivos (burocracia y colectivos) estaríamos todos a la merced de la cuerda de locas que hay en la oposición. Una parranda de mariquitos que lo único que hace es joderle la paciencia a uno. Que si el índice de mortalidad, que si la delincuencia, que si las colas, que si Maduro, que si los militares… No joda, por eso es que en esta vaina no dan pie con bola. Una cuerda de gafos que lo que va pendiente es hacer show siempre y nunca aportar una verga.

Por eso es que son buenos los correctivos. Es como un chamito pues, si no le das unos buenos coñazos a su debido tiempo te va a salir todo pargo y todo engañado. Por eso la revolución ayudó tanto al pueblo, le entregó los instrumentos de su liberación. Un pueblo armado no se deja engañar. Una vaina increíble, desde carajitos claros de que los propósitos de sus vidas deben ir en el cauce de la revolución.

Anulamos la falsa ideología con cada nuevo militante. Fundamos la nueva Venezuela un salón a la vez. Todos odiarán la burocracia, algunos denunciarán a los colectivos, pero la grandísima verdad de este proceso es que sin la primera y sin los segundos esta vaina estaría en la mismísima mierda. Por eso creo que Maduro fue un error, pero uno que se compensa con el legado del Comandante. Para qué negarlo, aún sobrevivimos gracias a sus enseñanzas.

Pero bueno, harina de otro costal…


Pero bueno, ¿en qué estaría pensando antes? Qué peo con la memoria vale…

viernes, 30 de septiembre de 2016

Anacronismos y comodidades.

                Nunca he sido un tipo patriotero. Tampoco creo que lo vaya a ser. Eso de ser hijo de inmigrantes hace que uno sea ciudadano de dos mundos: jamás ganado plenamente al país de origen ni del todo consciente del país que se vive. Es necesario traer a colación esta ambigüedad a la luz de los nacionalismos que se alzan a nivel global, que no son más que anacronismos políticos que van subiendo ante la innegable crisis de las democracias occidentales.

                Venezuela no es la excepción. No en vano vemos una gran masa de jóvenes en pleno año 2016 reuniéndose para añorar al dictador Marcos Pérez Jiménez, en aras de enaltecer a la Venezuela de la década de los 50s –que si algo de historia se sabe, no es más que la imagen de Caracas como perla del régimen en contraste con un país abrumado por la pobreza y el abandono.

                El neo-perezjimenismo se ha propuesto asumir una gran cantidad de consignas conservadoras, muchas de las cuales llegaron a servir como sostén ideológico a los totalitarismos más férreos que conociera el siglo XX. Tienen especial énfasis al referirse con reiteración hacia la problemática migratoria, en especial con aquellos que vienen de la misma latinoamericanidad. De igual forma tienen especial saña a la hora de evaluar cualquier posibilidad de disenso dentro de su ideario político: tanto la libertad del hombre, como el rescate  por la igualdad en la humanidad son credos anti-tradicionales, consignas ajenas al país que ellos intentan rescatar.

                Indagar en esa extraña noción de país que intentan salvar será cuestión de otra oportunidad. Lo que aquí intento hacer ver es cómo el arrojo hacia los nacionalismos no va siendo solo maña de los alemanes, austriacos o húngaros del siglo XXI. Por el contrario, estamos asistiendo a un desencantamiento globalizado de la idea de democracia y todo lo que ella representa. Similar al escenario que germinó al chavismo originario: la antipolítica es la bandera de muchos de estos nacionalistas, así como también de los otros grandes enemigos que ha tenido la democracia a lo largo de su existencia.

                Dicho esto quisiera comentar brevemente sobre el nuevo individuo político que ha surgido producto de este ambiente. Hablo de la persona que se asume más allá de la discusión política, que se asume con una suerte de superioridad buena onda que le permite desechar la urgencia de discutir los problemas que se viven diariamente. La gente cool que ha vivido, coexiste y convive con el chavismo y cualquier otra forma de negación de lo otro.

Son la clase de personas que ante la aparente inutilidad de la discusión política (ellos mismos son gestores de tal juicio) van formando su opinión desde la no-opinión: se arrojan voluntariamente a una postura donde para ellos –lectura ultra personalizada– las cosas no están tan mal ni son dignas de ser nombradas; todo en la medida de que la realidad otra, casi desconocida, voluntariamente ignorada, no se inmiscuya en su dinámica cotidiana. Todo arrojado al gusto y todo arrojado al momento. Grandes teóricos de la estética, terribles alcahuetes de los desmanes.

                Casi como los personajes de los que nos habla Tomás Straka en su ensayo “La larga tristeza” contenido en el libro La república fragmentada (2015). Son individuos que parecen accidentados al verse relacionados con su comunidad de sentido. Personas que en el cenit de la globalización eligen las posturas menos elaboradas, siempre enmarcadas en el camino de la comodidad política para así ejercer la antipolítica –sin importar que eso tenga implicaciones en la vida y los núcleos sociales de los que según ellos son unos pobres amargados.

Son estos personajes los que se enaltecen por estar fuera del país –al menos en un nivel de consciencia. Ellos, por encima de la accidentalidad de sus pares. Más allá de la vida miserable que para muchos (pero no para ellos) está siendo impuesta.

                Son casi el polo opuesto al nacionalismo anacrónico. Pues mientras el segundo se aferra al pasado inexistente, los chicos cool se arrojan a la nada promisoria. Lo que éstos parecen ignorar –de nuevo, voluntariamente– es que entre el inexistente pasado y la promisoria nada no existe una distancia tan larga ni una diferencia irreconciliable.

                Ambas posturas se dan la mano casi sin quererlo. Coquetean,  van haciendo su discurso desde las interpretaciones más cómodas que se puedan tener al respecto de nuestro país. Vamos desde el perezjimenista que exige que sea el barrio el que encienda a la nación en una rebelión que haga renacer al nuevo Marcos Evangelista o Hugo Rafael, hasta el chico cool que va viajando por todo el mundo argumentando que lo vivido en Venezuela no fue, ni ha sido, ni será una verdadera experiencia socialista.

                Los típicos tarados que en una seria indolencia social argumentan que no se van de Venezuela por la “supuesta” crisis que vivimos. Por el contrario, se van puesto así siempre lo quisieron, era una misión de vida. Es decir, estuvo entre ceja y ceja emigrar aún cuando la renta petrolera permitía subsidiar el disimulo más grande de nuestra historia.

Su verdad histórica bien podría ser que nunca han querido estar aquí. Quizás por eso han servido como claros interlocutores de la ideología chavista, con la práctica cuasi-delincuencial que emana desde el Estado como la negación definitiva de la deliberación y la interpretación crítica. Prefieren, casi en cuestión de un latido, hablar de la realidad externa, de cualquier proceso o personalidad política que se haya vuelto viral en su red social de predilección. Lo de afuera siempre más válido y menos ladilla que lo venezolano.

                Son las personas que, junto a la incapacidad de los demócratas, han permitido el ascenso de los fascismos, los socialismos reales y las dictaduras variopintas. Es la peor forma de imbuirse en lo político, en la nación y, en sí, en la vida. Pues la postura de la no-postura, la voluntad de no darse por enterados, deja a estas individualidades ante la terrible verdad de encontrarse como responsables de la fatalidad con la cual muchos se encuentran en los hospitales, en las calles y en sus propias casas.


                Cerremos esta descarga intentando no sucumbir jamás ante estas dos fuerzas. Y si en caso de que lo vayamos a hacer, intentemos que nuestras vidas estén a la altura. Procuremos, por la dignidad de los que eligen entre el avión y el ataúd, que seamos recordados con más pena que gloria... si es que acaso eso llega a significar algo para alguien en la tormenta que se aproxima.

sábado, 16 de julio de 2016

Un país de bobos.

Venezuela es el epicentro de nuestras vidas, y en ella surcan nuestras interpretaciones, pareceres, gustos y desacuerdos. No es secreto para nadie que los últimos han sido años de exacerbado disenso, en donde la opinión pública ha tendido a irse por los causes de la polarización; no obstante vale la pena acotar que persisten una serie de lugares comunes que dan sentido al sujeto en sociedad y a la sociedad en el sujeto. Por ejemplo: es totalmente comprensible que todo aquel que haya recibido un balazo sea una delincuente, pues, de otra forma ¿por qué habría merecido tan vil “ajusticiamiento”? Lo podemos ver día a día, ante las noticias de linchamientos y asesinatos, que por su grotesca forma arrojan a la víctima en el banquillo de los acusados cuando no así al delincuente en cuestión.

Pienso esto y recuerdo a nuestro presidente, el infame camionetero que al día de hoy sigue gobernando junto a los militares y por encima de cualquier facción civil del bando político que sea. Veo a nuestro presidente y lo pongo en perspectiva con lo que para muchos se ha vuelto un diagnostico que, al menos en mi caso, resulta curioso y digno de ser comentado. Hablo, por supuesto, de su estruendoso repertorio de pelones, como les diríamos en el argot venezolano –y para el no venezolano, hablamos tan solo de sus cagadas, sus torpezas, sus bloopers y demás figuras mediáticas que van haciendo de Maduro un tipo bolsa, por no decir tarado.

Sí, es cierto. Gran parte, por no decir la mayoría, de la opinión pública se ha volcado a una interpretación curiosa de este fenómeno. Todos se alaban a sí mismo, en una suerte de acto religioso, una gran epifanía, verdad revelada, al resaltar que todo aquello del presidente es un gran stand-up, una gran obra dirigida a las masas cuya verdadera intención es  entorpecer cualquier gestión política que venga desde la oposición.

Desde la vez que confundió los peces con los penes (para evadir el tema de las guarimbas), hasta la vez que leyó en cadena de radio y televisión un mensaje de un tal Moisés David instándolo a chuparse uno (no hace falta indagar en el qué; tampoco en la respuesta del presidente en evasión de la victoria opositora del 6D). Todo ha sido un engaño, un gran acto de prestidigitación. Hemos sido unos bolsas por creer que el presidente, gran estratega del PSUV y del Gran Polo Patriótico, pueda cometer inconscientemente tales torpezas en vivo y en directo. Somos unos bobos por no saber que es una acción racionalizada, propia de un tipo tan vivo como el presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

O al menos eso nos ha dicho la elite intelectual, cuyo discurso va, en primera instancia, a sobreestimar al presidente por su notable capacidad para mantenernos embelesados con su gran estrategia comunicacional y, en segunda instancia, a contribuir a desviar la atención sobre las realidades trágicas que al día de hoy todos y cada uno de nosotros padecemos.

                De ambas instancias debo disentir. La reflexión ha sido reducida a la superficialidad y nuestros líderes de opinión parecen sacados de cualquier agencia de marketing político; parece ser que su única finalidad es reducir la política al showbussiness. Contribuye Maduro, sí, pero también ha contribuido la opinión pública (aquella políticamente correcta, gran intérprete de los problemas de su ombligo y de su miope experiencia histórico-política). Decir que nuestro presidente es un maestro de la comunicación, por el simple hecho de desviar cualquier discusión importante en aras de hacer payasadas para (supuestamente) mantenerse en el poder, no sólo habla mal del presidente, sino además de las personas que, además de estar calificadas para hablar de la abstracción que es la democracia, únicamente contribuyen al tema político con medias verdades y opiniones halabolísticas hacia la elite política opositora.

El debate también está en la crudeza de nuestra cotidianidad: el narcotráfico y su ascenso –no sólo en la figura del Estado sino además en los resquicios de nuestro día a día–, así como la desnutrición infantil, la mendicidad, el tráfico de armas y la figura del pran como modelo a seguir. Se me ocurre, además, el problemita que tanto ha denunciado el vagabundo de Giordani sobre unos cuantos miles de millones de dólares perdidos, sabrá Dios (y a su lado el intergaláctico), en cuál paraíso fiscal de aquellos que tanto emocionan a nuestros profanadores-de-renta promedio.

                Y es necesario distinguir dos aspectos importantes: la comunicación y la política. La primera parece girar en torno al aparentar y lo segundo al mundo concreto de la acción. En lo político no hace falta decir que Nicolás Maduro, por torpe e imbécil que pueda ser, ha arrastrado al país, y al chavismo en especial, a su poder de mando. Nadie ha podido tumbarlo del poder y, por mucho que las expectativas de miles vayan hacia el fin del régimen, es importante acotar una verdad tan grande como los nichos de corrupción de nuestra revolución: el gobierno y el presidente siguen en pie, sin indicios aparentes de querer entregar una sola cuota de poder.

                Dicho eso no podemos conformarnos con decir que el hombre es un genio. Precisamente, la paradoja persiste en el hecho de que un tipo tan atroz haya podido sumir al país en malandraje, desidia y caos. Salvajemente hemos corrido para poner a Maduro en un altar, considerarlo la mano que mece la cuna, cuando lo que hemos debido de hacer es cuestionar severamente a quienes hacen política en este país. Nada bueno sale de decir que la ignorancia como herramienta política es audaz y pertinente; por el contrario, es el signo de la decadencia de nuestro sistema político y de nuestras aspiraciones democráticas.

                Bien puede ser el tipo que anda bailando día y noche en Miraflores, como el que va por Venezuela diciendo que a la gente no le interesa en lo más mínimo el estado de derecho, la libertad, y la igualdad. Aquel que evade el tema del narcotráfico y del malandraje como práctica estatal en virtud de hablar del pueblo hambriento –pueblo que al parecer es un bebé incomprendido e iletrado, pueblo que, al fin y al cabo, debe ser visto y explicado desde una visión lastimera.


                No es un triunfo, ni es inteligente, ni es sabio, ni es perspicaz decir que Maduro es un rolo-de-vivo y que nos tiene a todos pendientes de su mal inglés. Ir por el andén de la obviedad no es ningún logro. Pensar a Venezuela, ésta, la del 2016, no exige tan ingrata comodidad. Elite querida, con Luis Vicente León nos basta y nos sobra, por favor.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Miedo.

Cuesta sostener el pulso a la realidad nacional. No sé si será la incapacidad de la dirigencia, que hemos internalizado que nuestra crisis al final llegó al llegadero, o que quizá sea sólo una severa crisis, producto del ocaso del chavismo. Algunos dicen que es el fin del rentismo, otros dicen que era el inevitable destino de una nación improductiva. La realidad es que detrás de cualquier discurso hay realidades ineludibles: la gente tiene hambre; la gente que puede, se va; la gente que no puede, hace cola; hay gente que muere; hay gente que mata; hay gente que sobrevive la vorágine.

Dice Alejandro Moreno que el riesgo de perder al país que conocimos es latente, y el país, como ya hemos avizorado en otras reflexiones, no se compone por el precio de la Coca-Cola, o por el estático y fantasioso precio de la gasolina, menos aún por una suerte de solidaridad revolucionario que jamás existió. El país que perdemos es el del mundo de lo real, del mundo de las personas. Cada día hay menos comida, menos medicinas, más balas, más granadas y más personas que pierden seres queridos.

Muchos optaron por irse y salvarse. Quienes nos quedamos aún no resolvemos el dilema. La condición posmoderna ha absorbido al país. La incertidumbre es el signo de nuestros días. Si Maduro aumentará la gasolina, si Ramos Allup pactará con algún ala del PSUV, si Capriles vendrá con un referéndum, si Aristóbulo es el de la transición o si las FANB exigirán la renuncia. Son lugares comunes que ilustran la situación nacional; sin embargo, cabe decir que seguimos olvidando al ciudadano.

“Si hoy hago una cola de 6 horas y no consigo nada, ¿cómo irá a estar la vaina en marzo?”, comenta la gente. ¿Llegaremos a marzo? ¿Quiénes aguantaran el desmadre? ¿Cuántas personas pueden comer tres veces al día? ¿Cuántas personas han muerto en lo que va de año? ¿Cuántos de nuestros jóvenes han tenido que recurrir a la delincuencia para subsistir? El hombre nuevo de los socialismos reales del siglo XX ha arribado a nuestro país.

Todos somos hijos de la situación. La cuestión está en que la situación poco a poco nos ha ido arrastrando. Nos ha ido absorbiendo y nos ha ido convirtiendo en presa indefensa del análisis apresurado y azaroso. Somos indicadores de violencia o el numero de cédula según el día que podamos comprar. Quizá seamos simple cálculo de tendencia electoral.

Lo real, a mi entender, es que todos tenemos miedo. Miedo de morir, miedo de no tener con qué comer, miedo de enterarnos de la muerte de un familiar, miedo de que otro amigo se vaya. Miedo de que, cual granada, el país simplemente explote.

Hay muchos que aún recurren a formulas lógicas, discursos rimbombantes y tautologías idiotizantes para mirarle la cara y darle forma a una nación moribunda. Se olvidan de que lo único valido es la vida. Y ella, sin que podamos hacer nada, se nos está yendo…