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sábado, 12 de mayo de 2018

Ensayo sobre el desierto y la política venezolana.



Hace años me dijiste:
«Te acordarás cuando yo muera»
Pues no hizo falta enterrarte
Porque has muerto de pena


Al inicio de este desdichado año lo advertíamos: hacer un recuento de lo que nos sucedió como país es doloroso, muy doloroso. Constatar las grietas, intrigas, traiciones y claudicaciones deja un mal sabor de boca. Comprobar que actualmente el mal reina sobre el mundo, que la crisis y el caos se normalizan como política de estado, es nefasto. Es la derrota (no sabemos si momentánea o definitiva) de la libertad.

Valga esto para corroborar una situación que genera malestar, preocupación. No obstante, y por doloroso que sea, es necesario asumir dicha tarea y realizar el recuento de lo sucedido. En la ausencia de diálogo con la historia se bloquean tanto la verdad como la proyección de posibles acciones futuras. Pues sí, el odio, la ambición y el resentimiento triunfan actualmente, pero vale la pena preguntarse cómo llegamos a esta calamitosa situación.

Pensando al respecto siempre se ha tenido en mira a las víctimas, siempre en un extraño deseo de culpabilizarlas de la paupérrima vida a la que han sido arrojadas. Y sí, la ciudadanía siempre pudo haber hecho más y más por la democracia, pudo haberse inmolado por los grandes ideales de occidente, pudo haberse sacrificado en beneficio de las generaciones futuras, hacerse mártires en una lucha justa y necesaria. Pudimos unificarnos en torno a una sola meta, alrededor de una sola interpretación de la cuestión. Sin embargo, la ciudadanía en el mundo disciplinario –que es el actualmente concebible, y el predilecto por los formados dentro de la órbita técnico-profesional– es multiforme, diversa en sus preferencias y puntos de vista. En el mundo de la racionalidad instrumental somos arrojados a nuestra formación y, con gusto o sin él, hacemos sociedad desde esa óptica particular. En ese sentido el artista actúa desde la órbita de la estética, los científicos desde la investigación, los abogados desde las leyes, algunos periodistas desde la búsqueda de la verdad (que tanto flaquea hoy en día) y así sucesivamente. No quiere decir que sea la única manera de concebir la cuestión[1], pero sí es la más dominante. La pregunta, sin embargo, queda planteada para los políticos.

Los políticos por su formación son los hombres y mujeres de lo público. Quienes así asumen la carrera política deben, en teoría, enfocarse en la transparencia y el rescate de la discusión pública de diversos temas como derechos humanos, economía, ecología, servicios, sociedad, veeduría, fiscalización de los recursos, entre muchos otros. Y, conviene recordarlo, en las sociedades occidentales la carrera política no deviene en una obligación. La política se asume desde la convicción, es una elección de vida –en la que bien se puede desarrollar la persona o no, puesto que al igual que el resto de disciplinas no hay ataduras al respecto.

Una de las cosas exigidas a las personas que se dedican al ámbito de lo político con respecto a su elección de vida es explicitar su postura ante las cosas, pues en su decisión y opinión se engloban las aspiraciones de sus electores, a quienes en última instancia pretenden representar. Son así representantes de una determinada opinión conjunta que emerge de la sociedad y que se eleva como posibilidad de reconfiguración de lo político y social. Por lo tanto, su accionar corresponde idealmente a una articulación de esa determinada opinión en beneficio del debate público en general.

Dicho esto, y adentrándonos en nuestro tema, vale decir que la articulación requerida para la acción política ha estado ausente de la actividad política venezolana de los últimos años. Se ha pretendido hacer creer a la opinión pública que la existencia de dos actores políticos preponderantes –chavismo y oposición– hacía de la sociedad venezolana una dualidad monolítica en la cual las personas debían ubicarse disciplinadamente y mediación alguna. Bien sabemos a la luz de las guerras intestinas del chavismo que tal visión tan rígidamente polarizante ha sido una farsa. Lo mismo sucede con la oposición, la cual en cuestión de tres años ha pasado de ser fiel representante de los deseos de la gran mayoría de los venezolanos a una cosa extraña que cuenta con tres o cuatro cabezas visibles cuyos planes, desconocidos para la población, no sabemos si son un refrito de un país pre-hiperinflacionario o una genuina atención a lo que ya es, no hay duda de ello, una crisis humanitaria. Apuntando hacia esa dirección, conviene tomar en cuenta el recuento hecho por Héctor Schamis en el año 2017[2]: la oposición contó (hasta ese momento) con al menos cuatro estrategias para afrontar un hipotético cambio de gobierno. Vale recordar que ninguna de dichas estrategias triunfó en su cometido, todas fracasaron en mayor o menor medida.

Traigo a la memoria este recuento por la venida de una nueva estrategia que formula una nueva promesa de cambio de gobierno: las elecciones del 20 de mayo. Ya es harto conocido que las condiciones de dichas elecciones no son las ideales en tanto que benefician únicamente a la dictadura[3], sin embargo algunos miembros de la dirigencia opositora han decidido participar. Es una decisión entre muchas, difícilmente respetable si se mira que el país estuvo en velo ante un nuevo proceso de diálogo entre el gobierno y la oposición que hacía promisoria la defensa del proceso electoral en todos sus ámbitos[4]. Es una nueva estrategia enclavada única y exclusivamente en el presente, en el aquí y ahora –puesto que no se plantean los problemas que vienen al día siguiente de la elección. La única  proyección que tenemos al respecto es un supuesto equipo de gobierno, la dolarización de la economía y demás elementos que seguramente la dictadura sabrá vencer con más desanimo y decepción.

Desde exigir el abandono del cargo[5], hacer un antejuicio de mérito a Maduro[6], fundar figuras paralelas (legítimas sí, pero paralelas al fin)[7], hasta exigir la renuncia del dictador bien sea apelando a su buena intención[8] o al discurso que refiere a su nacionalidad y el problema (jurídico o racial, da lo mismo) que eso significa[9]. La idealización de la calle y la protesta[10] también ha servido como supuesta estrategia, otra más del montón que se cuenta por sí misma y que no tiene un correlato o relación a futuro. Se han probado distintos modos de abordar el ejercicio de oposición política, y el fracaso sigue siendo continuo –e incluso se podría sospechar que deliberado. Pues la imposibilidad de articular una respuesta política a propósito de la innegable existencia de una dictadura y una crisis humanitaria es llamativa, cuanto menos preocupante.

Uno de los aspectos llamativos de nuestra crisis es la ausencia de proyección a futuro, tan característica del venezolano y el americano en general[11]. El futuro, como sueño de concreción de las acciones de la actualidad, esperanza de un mundo mejor y proyección de la voluntad, desempeñó en su momento un papel similar al de una institución moderna. No en vano existieron futuristas, futurismos y demás. La ausencia de futuro, siendo este tan importante para nosotros, es a su vez la ausencia de toda institución confiable, es la muerte de todas las promesas de un mundo mejor, el abandono de la idea de un mundo estable y aprehensible para los artilugios de comprensión moderna. Se pasa entonces de una interpretación anclada en la certeza a una interpretación libre, relativista, sin anclaje alguno más que el presente mismo. El futuro, como tantas otras instituciones, ha dejado de contar. El ambiente moderno se desvanece en la imagen del desierto de la cual nos habla Gilles Lipovetsky (1944), autor para el cual vivimos en:

“(…) un desierto posmoderno que está tan alejado del nihilismo «pasivo» y de su triste delectación en la inanidad universal, como del nihilismo «activo» y de su autodestrucción. Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo…” (2016, p. 36).

                El fin de las finalidades es a su vez el fin del futuro, es el fin de cualquier propuesta –dado que toda propuesta es en sí misma la significación del futuro–, el fin de cualquier estrategia discernible o digna de planificación. Aunque este fin no es un fin cerrado, más bien a la vista del autor es una apertura, es el fin de una cierta manera de abordar la vida pero a su vez el comienzo de la multiplicidad, de la emergencia de lo diferente y lo diverso. En ese sentido el momento posmoderno no es algo meramente negativo pues supone la posibilidad de que en él crezcan diversas perspectivas y posiciones al respecto de la vida en sociedad. El momento posmoderno entonces devendría en:

“(…) mucho más que una moda; explicita el proceso de indiferencia pura en el que todos los gustos, todos los comportamientos pueden cohabitar sin excluirse, todo puede escogerse a placer, lo más operativo como lo más esotérico, lo viejo con lo nuevo, la vida simple-ecologista como la vida hipersofisticada, en un tiempo desvitalizado sin referencia estable, sin coordenada mayor” (p. 41).

La cohabitación sin exclusión es parte de este momento posmoderno y que, al menos de primer momento, vemos en la dinámica política nacional. Por años hemos visto cohabitar en el gobierno a militares, narcotraficantes, ideólogos de la revolución, distinguidos personajes del mundo financiero, a la clase media, a la clase baja, a Alberto Völlmer, a Mario Silva y demás. En el seno de la unidad opositora también ha surgido una cohabitación, bien desde el plano político-económico (los bolichicos, Derwick y Ramos Allup, por ejemplo) o, desde lo que nos interesa específicamente, el plano de la articulación de una estrategia política. Pues desde la oposición han surgido distintos lemas, distintas consignas que aún siguen quedandose en lo promisorio del desierto. La posibilidad de existencia de una nueva forma de aproximarse al juego político atrae, la sola proclamación de una nueva táctica política es seductora, pero sin articulación alguna el desierto deja de ser promesa para convertirse en realidad desoladora y sin salida. Conviene en ese sentido ubicarnos junto a Lipovetsky en nuestra llegada al desierto:

“¿Alguna vez se organizó tanto, se edificó, se acumuló tanto y, simultáneamente, se estuvo alguna vez tan atormentado por la pasión de la nada, de la tabla rasa, de la exterminación total? En este tiempo en que las formas de aniquilación adquieren dimensiones planetarias, el desierto, fin y medio de la civilización, designa esa figura trágica que la modernidad prefiere la reflexión metafísica sobre la nada. El desierto gana, en él leemos la amenaza absoluta, el poder de lo negativo, el símbolo del trabajo mortífero de los tiempos modernos, hasta su  término apocalíptico” (p. 34).

                El desierto deviene por el triunfo de la aniquilación, de los grandes poderes desmitificadores de la razón moderna que optimistamente se propuso planificar y ordenar la vida y se encontró con el estruendoso rostro del azar, la muerte y lo inexplicable. Incluso la revolución murió en la mente de sus simpatizantes: el consumo la absorbió[12] y la convirtió en una carpeta de dólares preferenciales[13]. La revolución fue el desinteresado desfalcado de nuestra nación, la desaparición del dinero de un país petrolero en cuentas de los neo-yuppies de nuestra generación. El desierto en efecto barre con todo, sin distingo de credo o preferencia política.

                Los grandes cometidos sociales y las promesas de un cambio político lucen ya lejanos. Los discursos políticos actualmente sirven de artefacto lúdico en beneficio del cual nuestros políticos han sabido reafirmarse constantemente –tanto en el fallido intento de tomar el poder una y otra vez como en nuestra normalísima tradición de cohabitación y repartición de la renta petrolera. Uno puede comprobar dicha reafirmación en la medida de que los políticos venezolanos han devenido en una suerte de monaguillos, hombres de fe, cuya principal formación intelectual no se sabe si viene de un panfleto de autoayuda o de alguna liturgia religiosa. Al parecer, el diálogo con la realidad ha cesado. Sin embargo ellos son los especialistas, los encargados de sacarnos del hoyo en el que estamos metidos, los elegidos para normalizar la vida democrática[14], no hay duda de ello. La opinión pública, formada en la órbita disciplinar, así lo ha exigido. La consigna es: “dejen a los políticos trabajar”, lo mejor es no interferir, lo público y lo político es de los especialistas. A la ciudadanía, masa de infames analfabetos políticos, le toca la pasividad o algún milagroso porcentaje de encuestólogos que agregue credibilidad.

La ciudadanía así fijada dentro de la dinámica disciplinar debe seguir el juego de los profesionales, que ya no asumen su formación desde una elección de vida sino casi como un mandato divino. No olvidemos que

“(…) el sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan, pero por inercia, en el vacío, sin adherencia ni sentido, cada vez más controladas por los especialistas, los últimos curas, como diría Nietzsche, los únicos que todavía quieren inyectar sentido, valor, allí donde no hay otra cosa que un desierto apático” (p. 36).

                El sentido flaquea, tal como lo hace la razón pública (p. 51). Con lo que nos encontramos en el desierto es con la emergencia del narcisismo radical que parcialmente uno distingue en nuestros especialistas. La solución ya no es traducida en una estrategia, menos en una articulación de propuestas. No, de lo que se trata ahora es de la reafirmación egocéntrica de la persona, de cuál idea y cuál la ilusión es la más atractiva de cara al mar de propuestas de nuestra actual desvarío político. El narcisismo en ese sentido es el olvido del pasado, la superación de lo preestablecido, de lo que formamos parte, pues

“(…) el inconsciente abre camino a un narcisismo sin límites. Narcisismo total que manifiesta de otra forma los últimos avatares psi cuya consigna ya no es la interpretación sino el silencio del analista: liberado de la palabra del Maestro y del referente de verdad, el analizado queda en manos de sí mismo en una circularidad regida por la sola autoseducción del deseo” (p. 55).

                Esta circularidad regida por la autoseducción se entiende como el fin de la relación tradicional y modernamente concebible, el fin de los esquemas con los cuales conocemos y damos fe de la existencia del otro. Ahora nos abrimos a nuevas relaciones, nuevas formas de concebir la verdad y de interpretarla. Eso sí, el peaje necesario para cualquier interpretación y aprehensión de la realidad es la conveniencia de Narciso[15]. Es decir, las soluciones pasan a ser objeto de la circularidad de una individualidad. No hay ya soluciones o recetas que vengan de un conjunto o alguna unidad de diferentes. Gracias al desierto todo, en especial la aspiración de la transparencia y discusión de lo público, ha quedado en la nada. Lo político en ese sentido es acción privada dado que “(…) vivir sin ideal, sin objetivo trascendente resulta posible” (p. 51). La sociedad, su bienestar, los derechos humanos, ideales que viene y van, pasan al plano de la intrascendencia. El desierto es interpretado desde la individualidad sin vínculo, desde un narcisismo inédito en nuestra humanidad.

                Es por ello que en el escenario donde compiten nuestros políticos vemos la muerte de los ideales, una reiteración del caos pero no basada en la política del hambre –propia de la dictadura, además– sino en la multiplicación de visiones panfletarias de la realidad que poco ayudan en la articulación de una política genuinamente basada en la unidad de los diferentes. La concertación de una agenda común es superada por las apetencias individuales. En la dirigencia se exige el derecho a la diferencia, que cada opinión sea escuchada y legitimada, mientras la otredad concreta, los diferentes a los profesionales de la política, muere a la espera de algo distinto. ¿Cómo es posible en ese sentido un rescate tan frívolo al derecho de autodeterminación individual mientras existe un desconocimiento hacia las demandas de la gran mayoría que ha sido golpeada por la crisis? ¿El narcisismo enaltece la adoración de la persona a tal punto que olvida las vidas de los demás? Se olvida el conjunto, los ideales y el consenso por una preocupación individual propia del momento posmoderno, en la que no reina el cuidado de la persona sino, curiosamente, el odio hacia sí mismo. Dirá Lipovetsky:

“Al activar el desarrollo de ambiciones desmesuradas y el hacer imposible su realización, la sociedad narcisista favorece la denigración y el desprecio de uno mismo. La sociedad hedonista sólo engendra a nivel superficial la tolerancia y la indulgencia, en realidad, jamás la ansiedad, la incertidumbre, la frustración alcanzaron estos niveles. El narcisismo se nutre antes del odio del Yo que de su admiración” (p. 73).

El desprecio por el Yo, por la mismidad, arroja al narcisismo a una situación de compleja atomización. La inexistencia de una estrategia conjunta, la falta de articulación de un mensaje común, de una política común, puede explicarse de esa manera en el hecho de que la ausencia del otro es ya una realidad consumada. El odio del Yo es también el odio hacia el otro, dado que nuestra única referencia del otro está en su mismidad, en su individualizada corporalidad y no en su pertenencia a un grupo, tradición o institución. Ya no es posible divisar a la humanidad en el desierto, pues la humanidad misma es una institución en desuso. Por lo complejo que resulta el camino vaciado de referentes nos hemos entregado a la quimérica realización y confirmación de las mentalidades mesiánicas, a los especialistas en autoayuda cuya única política deviene en la reafirmación de ellos mismos fuera de cualquier relación con la realidad, el tiempo, el espacio o los seres vivos. La reafirmación es, pues, cónsona con este desprecio por la mismidad. Esta ratificación y odio a la personalidad se expresa en tanto que:

“La relación con el Otro es la que sucumbe, según la misma lógica, al proceso de desencanto. El Yo ya no vive en un infierno poblado de otros egos rivales o despreciados lo relacional se borra sin gritos, sin razón, en un desierto de autonomía y de neutralidad asfixiantes. La libertad, como la guerra, ha propagado el desierto, la extrañeza absoluta ante el otro. «Déjame sola», deseo y dolor de estar solo. Así llegamos al final del desierto; previamente atomizado y separado, cada uno se hace agente activo del desierto, lo extiende y los urca, incapaz de «vivir» el Otro. No contento con producir el aislamiento, el sistema engendra su deseo, deseo imposible que, una vez conseguido, resulta intolerable: cada uno exige estar solo, cada vez más solo y simultáneamente no se soporta a sí mismo, cara a cara. Aquí el desierto ya no tiene ni principio ni fin” (p. 48).

                Sin principio ni fin, pero el desierto cuenta con una determinada actitud narcisista que puede llevar a la política a desenvolverse en elementos tales como la oración, el rezo y la creencia de que en un país con demonios históricos y hondos problemas sociales podrá salir del atolladero desde la multiplicidad de consignas inconexas entre sí. Desde el surgimiento de un nuevo liderazgo que re-encante a las masas o tan sólo con la llegada de los nuevos especialistas que, esta vez sí, pueda leer y sepan evitar el desastre. Las esperanzas, así como las consignas, tienen asidero en el desierto, en las ensoñaciones del vació.

No podemos, entonces, descartar absolutamente nada. Esa es una de las maravillas del momento posmoderno, del desierto que todo lo absorbe. Todo es posible. Aunque bien sabemos que cuando todo es todo, en realidad todo es nada. Es curiosa la paradoja en la que nos encontramos, ¿no les parece?


Referencias bibliográficas

Caldera, R. T. (2000): Nuevo mundo y mentalidad colonia, El Centauro ediciones, Venezuela.
Lipovetsky, G. (2016): La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Editorial Anagrama, Colombia.



[1] Algunas veces los mundos disciplinarios se tocan e influencian, generando así empresas tan atractivas como lo son la inter y transdisciplinaridad. Ambos cometidos suponen movilidad dentro de lo estático que puede llegar a ser nuestro actual esquema de formación profesional. Se aboga de esa manera por una formación integral, reconociendo límites del conocimiento propio y admitiendo a su vez la posibilidad de verdad en el discurso del otro.
[2]El problema de la oposición no es solo qué decide sino cómo lo hace. Decidir unilateralmente viola el principio fundacional de cualquier coalición. Un patrón se reproduce en el tiempo: cuando el régimen está contra las cuerdas, la MUD pide la campana. Tómense los tres ejemplos aquí narrados como ilustraciones de esa claudicación.” En: https://elpais.com/internacional/2017/09/03/actualidad/1504390791_100148.html
[3] "(...) el principio de separación de poderes está severamente comprometido, dado que la asamblea nacional constituyente continúa concentrando poderes sin restricciones". En: http://www.el-nacional.com/noticias/mundo/alto-comisionado-onu-cuestiono-legitimidad-elecciones-venezuela_225856
[4] Todavía menos se comprende la decisión de participar si recordamos que quienes han optado por asistir a los comicios dijeron en su momento que se retirarían del proceso de no haber condiciones, las cuales aún siguen sin existir: https://elpais.com/internacional/2018/03/10/america/1520637935_533623.html
[5]La mayoría opositora de la Asamblea Nacional votó y declaró que Nicolás Maduro ha abandonado sus funciones como presidente de la República y por lo tanto abandonó su cargo.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/asamblea-nacional/asamblea-nacional-declaro-abandono-del-cargo-maduro_74475
[6]Delsa Solórzano, diputada a la Asamblea Nacional (AN), informó este miércoles que el Parlamento debe tratar como "urgente" la notificación del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) en el exilio sobre el antejuicio de mérito del presidente Nicolás Maduro.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/solorzano-debe-tratar-como-urgente-antejuicio-merito-contra-maduro_230572
[7]La Asamblea Nacional (AN) aprobó este viernes la designación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).”En: http://www.el-nacional.com/noticias/oposicion/asamblea-nacional-designo-nuevos-magistrados-del-tsj_194449
[8]El movimiento Soy Venezuela exigirá la dimisión del presidente Nicolás Maduro en la VIII Cumbre de las Américas que se realizará en Lima, Perú.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/soy-venezuela-exigira-dimision-maduro-cumbre-las-americas_230465
[9]El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) designado por la Asamblea Nacional ordenó a los poderes Ejecutivo y Electoral a demostrar la partida de nacimiento del presidente Nicolás Maduro, con la finalidad de esclarecer si puede ejercer funciones como primer mandatario.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/tsj-designado-por-exigio-maduro-mostrar-partida-nacimiento_218364
[10]La dirigente opositora opinó que se debe “reinventar” la calle para protestar en contra del régimen. “Le decimos al mundo entero que necesitamos liberar a Venezuela. Sí necesitamos que la comunidad internacional nos acompañe”, declaró Machado.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/oposicion/machado-aceptaremos-ningun-acuerdo-que-implique-salida-maduro_201340
[11] El filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera comenta al respecto la formación cultural que tiene el hombre del continente americano en razón de ser el hombre del nuevo mundo. Dice el autor que al estar enmarcados al nuevo mundo nuestro signo es el de la novedad, la innovación, el eterno experimentar y reconocimiento con lo diferente. Esta relación se ve en nuestras formas de consumo como en nuestras ciudades, en las ideas políticas y las modas literarias. Ha habido un afán por lo novedoso en nuestras mentalidades que en cierta medida ha servido para luchar por ideales elementales del occidentalismo tales como la democracia, la igualdad y la justicia. No obstante, este afán por lo novedoso arroja al americano a perder perspectiva de su situación histórica, de su herencia y tradición cultural. Al otorgar primacía a lo nuevo, lo viejo queda en desuso. Lo viejo no es más que rememoración romántica, cerrando así la posibilidad para que el pasado sirva para la distinción de trayectorias y posibilidades históricas. En ese sentido el pasado no genera mayor interés. Es el futuro donde están nuestras mentes y aspiraciones.
[12] “(…) si la revolución se ha visto desclasada, no hay que achacarlo a ninguna traición burocrática: la revolución se apaga bajo los spots seductores de la personalización del mundo” (Lipovetsky, 2016, p. 57).
[13]La verdad es que la estafa cometida a la nación tuvo como origen las políticas económicas del gobierno muy principalmente, y toda la gran disparidad económica del dólar incontrolable ayudado por los propios importadores de las mercancías, felices y callados en la obtención del dólar preferencial; para luego vender el producto al precio del dólar negro. Auténtico negocio multimillonario que provocó la existencia de actuales empresarios bolichicos y ricachones con poco esfuerzo. Allí estaban también gente perteneciente a todos los estratos de la sociedad  (pequeños, medianos, altos empresarios y particulares aventureros), en muchos casos, gente o sectores vinculados de una forma u otra a funcionarios del gobierno, dichas solicitudes de divisas se hicieron a través de autorizaciones previas otorgadas a través certificados de no producción nacional, para luego ir a Cadivi y solicitar sus dólares y con ello el gran negocio del siglo.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/historico/los-dolares-preferenciales-hora-verdad_30829
[14]Hernández calificó como “caído del catre” e “ingenuo” que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se planteara el referéndum revocatorio como una salida para 2016. El analista dijo esperar que el nuevo presidente de la Asamblea Nacional (AN), Julio Borges, lleve al país de la confrontación de poderes “al equilibrio de poderes”. Que se llegue “a una normalización de la vida democrática del país”.” En: http://www.contrapunto.com/noticia/carlos-raul-hernandez-la-gente-quiere-solucion-a-sus-problemas-y-no-discursos-politicos-124084/
[15] “A cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria que reinterpreta en función de los problemas del momento: Edipo como emblema universal, Prometeo, Fausto o Sísifo como espejos de la condición moderna. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, en especial americanos, el símbolo de nuestro tiempo” (p. 49).

domingo, 28 de enero de 2018

La reiteración del caos.

Despertamos en el inicio del año como si despertásemos en una fiesta. Suena atractivo, pero no lo es. Es una fiesta a la cual no nos invitaron. Una fiesta desalmada, sangrienta,  de peste visceral y desencanto depravado. Nos despertamos en el cierre, cuando el alba se anuncia y cuando poco podamos hacer para sostenernos por nuestra propia cuenta.

No fuimos protagonistas, no quisimos formar parte de la orgía; sin embargo, somos náufragos de la desdicha. No sabemos cómo llegamos aquí, sólo sabemos que queremos salir.

Hacer el recuento de lo sucedido es doloroso. En algún punto estuvimos más o menos unidos, vislumbrando una salida, una posibilidad en el universo de la falsa tranquilidad. La verdad es que fuimos engañados, olvidamos que el odio, la ambición y el resentimiento bien articulado pueden derrumbar cualquier dejo de esperanza y bienestar humano.

He ahí donde surge nuestra inquietud. ¿Cómo llegamos a dónde estamos? ¿En qué momento permitimos que la bestia triunfase? Se pueden hacer otras preguntas, reiterativas a lo largo de los últimos años, y aún así no encontraríamos respuesta. La ausencia de respuesta tiene  un culpable, unos actores, determinadas estrategias y un guión bien diseñado. Algunos quisieron la utopía, buscaron el sueño del futuro y no consiguieron más que la reafirmación histórica del fracaso.

Se dice que la naturaleza se manifiesta con cierta regularidad. Los desastres ocurren en los mismos lugares, con determinados patrones y cierta periodicidad. ¿Y las ideas? Las ideas tienen cierta secuencia lógica, ciertas tendencias. La historia lo ha demostrado: las ideas de libertad y justicia viven y mueren en la dignidad, las ideas del patetismo y el chantaje resuenan en el sinsentido de la violencia.

Hay quienes prefieren el encanto de la teoría por encima de nuestra justa imperfección humana. Hay asesinos a sueldo, burócratas, canallas, acomodados de la nueva riqueza, cuya única justificación fue la búsqueda de una sociedad distinta. ¿Meditarán los alcances de su locura? ¿Se arrepentirán? ¿Sentirán pudor al ver como se derrumba nuestro país? Una idea asesina lo será en cuanto lo permitamos. Lo que es arbitrario lo será en cuanto callemos ante los atropellos. La hambruna, la corrupción, la prefiguración de las sociedades a la fuerza, el despotismo y la deshumanización de la vida: ya habían sucedido, pero nunca faltaron (ni faltarán) los amantes del trasnocho demencial.

Supone un reto, entonces, vivir una realidad que nos es negada, una calamidad que se sustenta en la reiteración de las mismas mentiras. La crisis se interpreta como un saboteo y una afrenta, no hacia el pueblo sino hacia los secuaces de la muerte; el éxodo se ha interpretado como la traición y el desarraigo; el aniquilamiento de nuestra cultura es tan solo un traspié, un error menor, algo necesario e inevitable.

Han logrado que algunos renieguen del gentilicio, que otros se valgan del lenguaje para lacerar la realidad. La mayor vergüenza no es la que sentimos por el otro, sino la que sentimos hacia nosotros mismos por nuestra incapacidad y nuestra continuo anonadamiento ante el estado de las cosas. ¿Llegará el día en el que dejemos de culpar a las víctimas de su desdicha? ¿Entenderemos que el discurso de la violencia ha sido una estrategia más? La perversión de los desahuciados ha venido a ser una de las armas más efectivas del terror.

Todos se reúnen, todos esperan y aguardan. Vamos a peor, se sabe, los cínicos van perdiendo su audiencia. No vale lo reiterativo, no vale la estrategia del vacío. Debe haber algo más, algo concreto, algo articulado, algo elaborado y pensado.


Adiós a la planificación del desastre, a la normalización del caos. ¡Que se terminen los insultos y se acabe el azar! ¡Que los héroes del día a día resistan hasta el final y la humildad sea nuestra nueva bandera! ¡Que el amor y la vida nos salven de la muerte! Que a la caída del régimen no olvidemos quienes somos, o cómo éramos…

domingo, 8 de octubre de 2017

La pregunta por Venezuela.

Siempre ha sido una constante, una duda existencial y una piquiña emocional saber la posibilidad y las implicaciones de nuestra genuina autonomía cultural. Es decir, la manera como nos situamos en la actualidad global, los alcances de la tradición hispánica de donde aparentemente venimos, nuestro enredo al no sabernos si occidentales o algo aparte, sabernos si venezolanos o ciudadanos del mundo, entre otras cuestiones fundamentales.

Una vez, no hace mucho tiempo, le dije a Germán Carrera Damas que me llamaba la atención nuestra situación, esta suerte de inestabilidad al no sabernos a nosotros mismos, esto que fácilmente podríamos llamar una crisis de identidad. De la conversación surgió, entre otras cosas, la idea de hacer un foro en la Escuela de Sociología de la UCV titulado: “Colonialismo intelectual y autonomía científica”. De aquel foro recuerdo muy poco, excepto el repaso por parte de nuestro distinguido historiador a propósito de los logros y las particularidades del pueblo venezolano.

Todo muy cronológico, muy sistemático, y, como era de esperar, nada atractivo para los asistentes. A veces nuestros relatos pueden caer en el tedio.

Traigo este problema y este recuerdo a colación por la suma de lo que ha sido el año 2017 para nosotros los venezolanos: crisis, protestas, asesinatos, torturas, corrupción y un lamentable silencio. No es, por supuesto, el silencio de las víctimas, sino el silencio aquellos quienes en su momento apoyaron al régimen.

¿Cómo conectar este silencio con el tema de nuestra crisis de identidad? Se conecta en la medida de que, tras el claro talante dictatorial del gobierno de Nicolás Maduro, tras más de 100 muertes durante las protestas, con una crisis alimentaria que va dejando a nuestra juventud desnutrida y desatendida, luego del desfalco a la nación y tras tantas otras situaciones en las que el país nos deja estupefactos y con la mayor de las impotencias, hay aún personas que se ocupan más de lo que pasa en cualquier otro lado del mundo que de lo que acontece en Venezuela.

Vemos, por ejemplo, venezolanos que reclaman la actuación de los cuerpos policiales españoles en el territorio catalán y, más allá de vivir en un país donde quien protesta tiene grandes probabilidades de morir en el intento, no comentan nada al respecto de la actuación del gobierno venezolano durante las protestas de este año.

Lamentablemente he llegado a leer un joven estudiante de ciencias sociales que decía orgullosamente  que durante el plebiscito del 16 de julio, organizado por la oposición venezolana, no hubo ni una sola muestra de represión gubernamental; caso distinto al de España, donde la Generalitat llevaba un conteo de casi 800 heridos durante la jornada del referendo catalán[1]. Se le olvidaba a nuestro cuasi-colega que ese día murió una persona[2] a manos de los (siempre eficientes) cuerpos parapoliciales del Estado venezolano. La mujer que murió, junto con el centenar de personas que perdieron sus vidas durante el año 2017, no quería otra cosa que expresar su descontento con el estado actual de las cosas. Su derecho fue burlado, no momentáneamente como el de los catalanes, sino para toda la vida. Todo gracias al arrebato de los secuaces de la muerte.

¿Por qué situarnos fuera del país cuando en él tenemos hermanos, familiares y amistades de toda la vida que viven las miserias del mundo moderno? La hambruna, el éxodo, la corrupción, los asesinatos, el narcotráfico, la delincuencia y la impunidad. No es ficción, no son cuentos de camino, ni es un guión orquestado por los medios de comunicación: son las causas y las consecuencias de la crisis que vivimos actualmente. Y entiéndase: no es que los problemas de los demás no sean importantes, sino que a la hora de buscar una realidad lamentable y repudiable, no hace falta ir y evaluar cualquier otro país mientras se calla pasivamente ante lo que sucede en Venezuela.

Lo sé, algunos lo hacen inconscientemente, otros son simplemente los tontos útiles de un gobierno militar que hace mejor gestión con el narcotráfico que con sus ciudadanos. Sin embargo, el problema sigue ahí: ¿cómo evaluar nuestra situación cultural cuando ni en nuestra lamentable actualidad tenemos los ojos puestos sobre nuestro país? ¿Cómo lograr la autonomía deseada cuando el mínimo destello de preocupación es ridiculizado al compararnos con otras realidades? ¿Cómo salir de la calamidad si hay gente que ha elegido no darse cuenta de que vive en ella?

Es una de las problemáticas que ha marcado a la venezolanidad y creo que marcará de manera definitiva nuestro siglo XXI. Mientras tanto conviene recordar el consejo que nos da un afamado escritor venezolano: todo aquello que se escriba que no perjudique a la dictadura, es inútil y le hace el juego al régimen[3]. Yo incluiría en aquella frase al discurso y a nuestra capacidad de interrogarnos: todo aquello que se escriba, que se diga y que se cuestione que no perjudique al gobierno, le hace el juego a la peor de las dictaduras: la de la pasividad, la del silencio, la del régimen de la normalidad y del discurso canalla que pretende vendernos que nada sucede en nuestro país.

Por eso, cuando alguien nos comente sobre la situación española, argentina, brasileña, estadounidense, mexicana, alemana y pare usted de contar los escenarios de la geopolítica mundial, lo mejor que podemos y debemos hacer es siempre preguntar por Venezuela. Porque nunca será innecesario ni contraproducente.

Aunque nos quieran obligar y convencernos de lo contrario, colocarnos en la pregunta por nuestro país es de las acciones más subversivas y autónomas que existen hoy en día. Y nunca es demasiado tarde para eso. Aún estamos a tiempo…

jueves, 3 de agosto de 2017

De Venanzi, A. (2003): La sociología de las profesiones y la sociología como profesión, página 123, CDCH, Caracas.

"Cerraremos esta sección transcribiendo algunas líneas de un artículo redactad por un estudiante de la Escuela de Sociología de la Universidad Central de Venezuela en el que pueden apreciarse un buen número de los problemas de socialización académica en el campo de la sociología.

                El artículo lleva por título “Muerte a los sociólogos” y entre otras cosas dice:    
Son individuos especializados en discutir si el agua es tibia, investigar cómo es la cebolla por dentro y enfrascarse en apasionados debates en torno a las diferencias entre el cerdo, el cochino y el marrano. Pretenden que todo lo humano les sea ajeno. Pero en materia científica son incorregibles asomados y no hay foro, asamblea, encuentro o discutidera banal que no los encuentre en primera línea. Son pantalleros pero acomplejados porque para la sociedad su saber es prescindible… Son aburridos, pavosos y neuróticos, por lo que se recomienda no invitarlos a ninguna fiesta o reunión social… Por lo general son felices como pequeños burócratas y en su condición de tales, odian todo lo que sea literatura, poesía, saber no científico, y por lo tanto pura paja. Por frívolos, superficiales y falsearios yo os maldigos, oh sociólogos y os deseo lo peor: padecer mil muertes, que Juan Nuño los joda y quiera Dios que les rebajen el sueldo para que se terminen de morir de hambre y volverse locos de metra."

miércoles, 28 de junio de 2017

Durkheim, E. (2007): La división del trabajo social, página 210, Colofón S.A., México.

           "Lejos de fijar en la institución de un poder despótico la desaparición del individuo, es preciso, por el contrario, ver en ella el primer paso dado en el camino del individualismo. Los jefes son, en efecto, las primeras personalidades individuales que se han separado de la masa social. La situación excepcional, poniéndolos fuera de los iguales, les crea una fisionomía distinta y les confiere, a continuación, una individualidad. Dominando la sociedad, ya no se ven más obligados a seguir todos sus movimientos. Sin duda que es del grupo de dónde sacan su fuerza; pero, una vez organizada, deviene autónoma y se hace capaz de una actividad personal. Una fuente de iniciativa, que hasta entonces no existía, encuéntrase, pues, abierta. Hay, por tanto, desde entonces, alguien que puede producir algo nuevo e incluso, en una cierta medida, derogar los usos colectivos. El equilibrio se rompe."

domingo, 28 de mayo de 2017

Violencia pop, parte II.

He aquí otro personaje de nuestro insólito universo académico: José Ángel Lucena. Es un sociólogo imaginado, un personaje ficticio que sirve para retratar a los intelectuales que vivieron y gozaron una bola con el auge del chavismo. Ídolos a lo interno de los claustros universitarios, vitoreados al final de cada asamblea, rockstars de las ciencias sociales venezolanas. Descubridores de palabras impronunciables, rebeldes a los horarios de aula, transgresores de cualquier signo institucional. También, por qué no, hermeneutas de la destrucción. 

Algunos han reajustado un poco el discurso, otros permanecen fieles al ideal revolucionario. Ilustrados y oportunistas, siempre a la altura de la circunstancia.



2009
Fragmentos recogidos del derecho de palabra del sociólogo José Ángel Lucena.
Asamblea: “1x1x1: el fin de la burocracia universitaria”.
Escuela de Sociología de la UCV. Caracas, Venezuela.


“La realidad de la universidad venezolana ha de cambiar. No es posible mantener las condiciones que la sostienen, ni es posible mantener las aberrantes cadenas que nos mantienen unidos a una retrograda racionalidad burocrática.”

(…)

“Si bien es cierto que las promesas de occidente lucen seductoras, también es verdad que hay otras grandes verdades. La nuestra es una que debe y merece ser vivida, pensada desde nuestros parámetros de cognición particular.

Y fíjense algo, hago la crítica a occidente considerándome y considerándonos ante todo como individuaciones del proyecto euro-centrado. Nada nuevo con relación a ello; sin embargo, nuestra propuesta siempre ha sido la de aperturar, la de abrir ese espacio de exégesis que se nos permite a partir de la última gran práctica ilustrada: la democracia.”

(…)

“En efecto, criticamos la modernidad y a Occidente considerándonos existencias atrapadas y amalgamadas a la cadena de producción capitalista. Por más que luchemos, y debido a nuestra ubicación geopolítica, aún tendremos un nexo con Occidente y sus formalismos.

En ese sentido podemos traer a colación una verdad que la derecha jamás admitirá: nosotros elegimos rescatar a la democracia, no como formalismo o procedimiento, tampoco como delegación de tareas, sino como participación activa del pueblo en su que-hacer político, histórico, cultural y estético.”

(…)

“El gen maligno de Occidente en nuestro caso se manifiesta por la vía burocrática. En el caso específico de la universidad venezolana la burocracia funciona como privación democrática. La institución se niega a reformularse en beneficio de los intereses de ciertas élites académicas y económicas.

No es una sorpresa, entonces, descubrir el talante anti-democrático de la universidad venezolana. Por medios de sus instituciones y sus profesionales se encarga de negar la posibilidad de participación activa de todos y todas."

(…)

"Nosotros buscamos un espacio para la emancipación.

Emancipación en el sentido de que todos y todas nos veamos en la capacidad real de velar por nuestras vidas, discernir si las decisiones que tomamos son correspondientes a la episteme de nuestra particularidad histórica.

La tarea es precisamente no delegar nuestras vidas, no entregar a los movimientos sociales al vacuo contenido de los profesionales de las instituciones no sólo de la universidad sino del Estado como un todo.”

(…)

“Desde el proyecto comunal que se ha venido discutiendo durante el último año se avizora dicha posibilidad. Romper con la hegemonía del capital, revertir la tendencia, ir en consonancia con el sentir de las estéticas de nuestra región, empoderar al pueblo en la  toma de decisiones, que el poder fluya de abajo hacia arriba, todas grandes tareas y logros que distinguen el ethos de nuestra última década.”

(…)

“La universidad no puede permanecer ciega ante los cambios del mundo.

Debe aperturarse, iniciar este proceso de democratización radical del que ya está siendo participe la población venezolana. Veamos el ejemplo de las liberaciones (pues son varias) que se dan a través del andamiaje de los Consejos Comunales: es ahí donde subyace la verdadera y genuina práctica emancipadora de un pueblo concientizado consigo mismo y con su historia.”

(…)

“La nuestra no es una propuesta política en ese sentido, sino un imperativo ético que demanda la liberación del individuo de la dominación capitalista que aún pervive en la universidad venezolana de nuestros días.”

(…)

“Con el fin de la burocracia, del capitalismo y el nexo cuasi-colonial que se mantiene, iniciamos un nuevo periodo histórico de auge progresista y de independencia nacional. Ahora todos disfrutamos de los beneficios de la renta petrolera, que ya no forma parte de una práctica populista de asistencialismo social manejada por grupúsculos entreguistas, sino que ahora pasa a  ser una herramienta de ascenso social de todas y cada una de las personas que conforman a la nación.”

(…)

“En nuestro caso específico, debemos abogar por un pensamiento académico liberado de su actual flagelo corporativista. La democracia y la participación deben ser nuestras banderas.

Es por ello que reiteramos nuestra consigna como una invitación a repensar las relaciones de dominación a las que nos vemos sujetos. Sólo un pueblo libre de dominación y manipulación, consciente de sí mismo y dispuesto a dar la lucha por la revolución puede salvarse a sí mismo.”

(Aplausos)



2017
Fragmentos de entrevista realizada al sociólogo José Ángel Lucena.
Título: “Sociólogo venezolano defiende legitimidad de Constituyente Comunal.”
CLACSO. Buenos Aires, Argentina.


“No puede negarse la crisis que vive Venezuela.

Evidentemente el proceso iniciado con Hugo Chávez jamás contó con características propias de un modelo de sociedad comunal: hubo algunos atisbos, ciertos acercamientos, pero al final las desviaciones terminaron absorbiendo la transformación que se estaba dando a lo interno del país.

Dicho esto vale la pena recalcar que la Guerra Económica y el agotamiento del modelo rentista han sido las principales causas de la crisis. A ambas fuerzas debemos las bajas que, momentáneamente, afectan el campo revolucionario.”

(…)

“Es por ello que el Proceso Constituyente Comunal es un espacio necesario. Sabemos que es desechado por todos aquellos que quieren ver al país en llamas, pero hay que ver también su potencialidad para devolver la paz al país. Puede tanto eliminar la posibilidad latente del intervencionismo internacional como estabilizar el marco institucional.”

(…)

“La oposición quiere vender la Constituyente como un artilugio anti-democrático, pero fíjense una cosa: en una realidad tan convulsionada como la nuestra, someter el proyecto comunal a un leguleyo electoral puede complicar los escenarios de asistencia y justicia social, equidad territorial, soberanía nacional, entre otros.

Hay que tomar en cuenta, entonces, que los formalismos burgueses de la derecha pueden hacer peligrar al proceso revolucionario. Y ante eso hay que estar atentos.”

(…)

“Es por eso que apelamos a un cuerpo de delegados de diversas ramas. Suya es la tarea de velar por el futuro de la revolución, repensar el marco institucional, evaluar el agotamiento del modelo rentista, revisar las posibilidades del socialismo en el nuevo escenario de post-progresismo y de advenimiento del modelo neo-conservador de derecha.”

(…)

“No es negar el derecho de las personas a sufragar, es adecuar su elección por medio de una vanguardia formada para salvaguardar los logros e intereses de la clase obrera. No se deroga la emancipación, sólo se busca una interpretación ajustada a las exigencias de este periodo histórico que actualmente vivimos.

Se busca de esa manera la lectura de determinados sectores representativos de la sociedad, una intermediación que asegure un diálogo no-violento sobre el devenir de nuestro país.

Todo en el marco de la institucionalidad que bien han explicados las colegas del Consejo Nacional Electoral.”

(…)

“Tendríamos que pensar esta situación en el contexto de la figura de Chávez, ¿qué sería de nosotros sin él? ¿Dónde estaría la izquierda sin su empuje, sin su ímpetu? Seguramente en la nada, seguramente en el marasmo a donde arrojaríamos al pueblo si eligiésemos no acompañarlo en esta terrible crisis.”

(…)

“Toca purgar a la sociedad de quienes la someten al terror de la violencia. Dar la batalla final y derrotar a la derecha recalcitrante que nos amenaza día a día. Dicha tarea no puede ser dejada al azar, ni ser objeto de un análisis pequeño-burgués. Los sectores vivos de la sociedad deben atender la convocatoria.”

(…)

“Es necesario dialogar, socializar y acompañar las aspiraciones de todas esas personas que quieren que el país vuelva al sendero de la paz y el entendimiento. Porque el pueblo no ha olvidado todo lo aprendido y adquirido durante el proceso. No obstante, es necesario que el cambio paradigmático que estamos a punto de dar sea acompañado por los más capacitados, por los representantes del genuino y verdadero sentir popular.”

(…)


“Sólo los intelectuales y el Estado pueden salvar a la sociedad. Salvarla, sí, inclusive de sí misma…”

viernes, 14 de abril de 2017

Los hermeneutas de la destrucción.

Se sabe que partimos de la historia, que casi sin querer reproducimos  uno a uno sus elementos constituyentes y que muy poco se puede hacer ante ella. Sin embargo, en ese pequeño espacio de acción reside la potencialidad transformadora del ser humano. Sea a partir de la episteme (de carácter general) o sea a partir de la acción (de carácter más personal), la existencia se resume en esa lucha entre lo estático y el constante cambio que va haciendo a las sociedades.

De esta diatriba se funda parte de los enunciados de la hermenéutica más actual. Situada como teoría de la interpretación y aprehensión del mundo, la hermenéutica se plantea la posibilidad de la comprensión del mundo ante la clara y casi absoluta influencia de la historia, así como la potencialidad del individuo como transformador del mundo. 

La metáfora de la fotografía bien sirve para ilustrar la cuestión, pues en tanto retrato del mundo pareciera que la misión fotográfica es la simple y llana réplica, casi copia, del mundo externo. No obstante, bien lo sabemos en la era digital, la fotografía también ejerce su influencia en el medio, pues como técnica artística puede manipularse o adecuarse para que el resultado final cuente con los colores, matices, la saturación y el enfoque que interesen al autor. Por un lado la imagen del mundo (de la historia) corriendo a través de la fotografía, por el otro la adecuación del mundo y su intencionalidad a través de la estética de lo que se presenta.

Lo importante a tomar en cuenta es que dentro de ambas vertientes existen diversas lecturas al respecto, y el espíritu que individualiza la interpretación para sí no ha contado con un gran público. Podemos constatar esto en el mundo de las sociologías, en donde la herencia positivista demanda del investigador (que hace las veces de interprete o hermeneuta) la total vejación de sus prejuicios en beneficio de una ciencia objetiva. Situación similar observamos en la tradición marxista que, para desterrar a la ideología del mundo de la praxis, exige la cohesión de lo individual (consciencia) a sus intereses de clase para así evitar la herejía alienante.

En el terreno de la hermenéutica actual tal debate aún se mantiene. Los esfuerzos del filósofo francés Paul Ricoeur (1913-2005) apuntan hacia una dirección similar. Ricoeur, para nada anclado a la aspiración marxista de eliminar el elemento personal en beneficio de una convención colectivista, advierte que la prefiguración de la interpretación a la medida del individuo puede desvirtuar la verdad histórica que subyace en lo social. Sencilla como compleja, la tarea que propone es la siguiente: la liberación de la interpretación por medio de la sospecha, pues con la sospecha se puede discernir si lo que interpretamos es veraz o es una simple manipulación de la realidad.

¿Cómo concatenar la idea de la hermenéutica de la sospecha con la metáfora de la fotografía? Nos interesaría señalar aquello que corresponda a la realidad retratada y aquello que no. A la manera de Ricoeur, nos interesaría identificar los elementos de la obra que sean representación fidedigna de un discurso social, descartando así todo aquello que sea un mero invento, un simple filtro, de algún espíritu que nos obligue a ver al mundo bajo la luz del engaño y la mentira. Y la mentira, para Ricoeur, es tan común y tan posible como la verdad misma.

En ese sentido, la hermenéutica de la sospecha es una advertencia. Es un recordatorio de la existencia de aquellos hermeneutas cuya única misión en el mundo es la de cambiar la realidad en beneficio de sus intereses particulares, una invitación a pensar en las posibilidades históricas de la manipulación a través del discurso. Pues la manipulación del discurso no es más que la destrucción de las realidades históricas y del espíritu de nuestras sociedades.

Destrucción que, vale acotar, no es la misma si se habla de una fotografía en comparación a la destrucción de una realidad pervivida en la que están en juego vidas humanas. Es decir, no es lo mismo ajustar los colores de una imagen en beneficio de un fin estético a manipular el discurso sociológico a la conveniencia de un fin totalitario. La estética en ese sentido tiende a mostrar su abismal separación de la discusión política –más allá de que la discusión política intente revestirse con tonalidades propias del arte y demás.

Ellos, quienes ejercen la transformación y la destrucción del discurso y la sociedad, se benefician del desastre. Buscan crédito en la distorsión de la realidad, buscan la lógica en el desmán. Reducen la vida a fines prácticos y a las personas a mero cálculo. Los horrores de la humanidad, a sus ojos, son males necesarios. Grandes intérpretes, beneficiarios y creadores de la manipulación: son, pues, los hermeneutas de la destrucción.

La hermenéutica de la sospecha se enfrenta de esta manera con los hermeneutas de la destrucción. Intentando ser justa y corresponder a la veracidad de las realidades históricas que subyacen en cada entramado social, liberando a su vez al discurso de las omisiones, las mentiras y las intencionalidades del poder que se proponen vejar a la sociedad de cualquier elemento de autonomía reflexiva.


Bien sabemos que la verdad se ha transformado en una quimera, una utopía que en la mayoría de las veces ha servido como justificación de los fines últimos de los totalitarismos modernos. Sin embargo, en el discurso más actual, donde sabemos que se inmiscuyen fuerzas políticas y económicas de gran influencia autoritaria sobre las sociedades, re-significar éticamente el valor de la verdad siempre valdrá el esfuerzo. He ahí la asignatura pendiente de la hermenéutica que viene… 

jueves, 10 de noviembre de 2016

Contemplar la exégesis propia (o el andar de la sociología venezolana).

Muchos de los que compartimos este momento histórico hemos tenido que llevar a cuestas varias decepciones. La disolución de las utopías, la emergencia de los autoritarismos corporativos, el surgimiento de la delincuencia como forma de ejercer el pensamiento crítico, la pérdida de un horizonte claro como país y como generación y la debacle de las aspiraciones de cada cuerpo político. Se conoce como posmodernidad, más específicamente como posmodernidad negativa en cuanto que la perspectiva vivida no es la que enaltece la concreción de libertades individuales, el sueño hedonista y la razón sensible; no, la nuestra es una posmodernidad que se hace tangible en  la etapa liquida de la instancia del hombre en sociedad (Bauman dixit).

No hay institución, personalidad, sueño posible o busque usted otra entidad que provoque un optimismo generalizado en la gente. Ni la figura de Bolívar se nos hace intocable ya, pues la razón de Estado se ha valido de su figura, pensamiento y letra. Lo que fuera una imagen con interpretación unívoca en la actualidad nacional –figura intocable valga la pena mencionar– ha sido degradada a excusa y chantaje para los desmanes del régimen que hoy está en el poder.

Es un periodo extraño para nuestra nación, vivimos la crisis política más aciaga de nuestra vida republicana y, además, hemos de acarrear las consecuencias del fin del modelo rentista, que a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI pareció ser la cura y causa de todos los males de la nación.

Nos encontramos aquí. Es una crisis de identidad que puede llevarnos al pesimismo de avizorar el fin del país como lo conocemos (como bien lo ha planteado el Padre Alejandro Moreno) o, por el contrario, a ver en la misma crisis las posibilidades por las cuales podemos encausar el pensamiento y la acción de quienes hemos tomado por vocación reflexionar al país.

Y la ilusión está a la vuelta de la esquina: ¡Sociólogos de Venezuela, uníos contra la apatía y el cierre del pensamiento! Discúlpennos, pues aunque seamos optimistas, no lo somos tanto. En el caso de la sociología –o al menos aquella que se comienza a hacer institucionalmente desde 1956 en adelante con la creación de la Escuela de Sociología y Antropología de la Universidad Central de Venezuela– es muy poco lo que podamos aprender y aprehender como guía teórica (y hasta espiritual) para la crisis que actualmente vivimos.

No pareciera ser que la solución a nuestros problemas se encuentre en lo que la academia ha plasmado en sus libros, artículos, entrevistas o tempranas enseñanzas. Al menos no en el caso de la sociología venezolana.

Ha podido ser visto en lo real, lo concreto de nuestras vidas. En nuestro caso somos compradores y coleccionistas de libros. El área de la sociología venezolana ha llamado nuestra atención desde el inicio de la carrera en el 2011, en parte por la ausencia de autores venezolanos y en parte por la innegable impronta marxista de la educación que aún se imparte en la universidad. Lo venezolano, si es que existe, es mera referencia y reflejo del pensamiento europeo.

Con esto no descubrimos nada nuevo. Ha sido el destino de nuestra disciplina desde su inicio hasta entrado el siglo que corre. El caso es que en una de mis jornadas de búsqueda de libros di con tres libros de tres de autores fundamentales de la sociología nacional: El psicoanálisis: discurso fundamental en la teoría social y la epistemología del siglo (1978) de Jeannette Abouhamad; Razón y dominación: contribución a la crítica de la ideología (1988) de Rigoberto Lanz; y Contribución a la crítica del marxismo realmente existente: Verdad, ciencia y tecnología (1990) de Edgardo Lander. Abouhamad, madre de la sociología venezolana; Lanz, precursor de la entrada de las lecturas posmodernas en Venezuela; y Lander, uno de los grandes sociólogos que aún quedan vivos y principal promotor del Programa de Cooperación Interfacultades de la UCV. Todos venezolanos, todos como el testimonio de lo que ha sido el paso de la modernidad por nuestro país.

Estudiantes y profesores en la universidad venezolana de la segunda mitad del siglo XX, con formación en algunas de las grandes potencias, no sólo económicas sino también ideológicas de occidente (Abouhamad y Lanz hacen doctorados en París, Lander culmina su pregrado en Harvard).  Mucho de lo que se puede conseguir hoy en producción sociológica en Venezuela se debe en parte a la influencia de estos tres autores, pues sin lugar a dudas con ellos la lectura marxista avanza rápidamente en el claustro universitario.

Si vamos a los libros previamente mencionados podríamos rescatar los siguientes aspectos:
  1. Ponen a la sociología venezolana al día con las discusiones que se llevan a cabo en la Europa del momento de sus respectivas publicaciones. Abouhamad cita holgadamente a Althusser y a Lacan, ambos autores centrales hacia el cierre de la década de los 70s; Lanz a Marcuse, peaje obligatorio para la liberación del pensamiento crítico de su enclave soviético; Lander a Habermas, autor recurrente que cristaliza la misión moderna de mantener (aún) algún parámetro mínimo para la crítica y la construcción utópica.
  2. Unen sus discusiones con la necesidad de nivelar la teoría al campo de la práctica. Era suya la aspiración de lograr que las condiciones subjetivas de las que hablaban se convirtieran en certezas para el campo venezolano. Es decir: era necesaria la explicación de la verdadera y falsa consciencia para aspirar a la primera y arrojar al pensamiento venezolano hacia la segunda. Nada distinto al desarrollo teórico del marxismo más clásico.
  3. Hablamos de discusiones ajenas que, si bien tratan al lenguaje moderno como fin último, no tienen correlato alguno con la realidad específica de nuestro país. Entiéndase: la información sobre el venezolano era la que cierta modernidad marxista nacional les decía que era. Más allá de eso no hay el mínimo asomo o interés de tomar algún discurso que fuese ajeno al dogma racional-científico.

Son parte de un primer canon sociológico venezolano. Hermenéutica marxista, ímpetu anticapitalista e impronta crítica. Nadie puede negar hoy el impacto del trabajo de la sociología que se teje desde estos autores; ahora bien, valdría la pena preguntar cuál es la posibilidad real de situar sus teorías en el contraste de la actual realidad nacional. Tres libros y  tres autores, todos se desenvolvieron en un país rentista que permitía mantener no sólo la aspiración del crecimiento indetenible sino también el perenne flujo de dinero, la posibilidad de una formación en el extranjero, el status de un profesor universitario, el verdadero deseo de ver transformada la realidad a la manera que el catecismo marxista así lo profetizaba.

¿Dónde podríamos ubicar esas aspiraciones? ¿En el país que al día de hoy tiene a miles de personas haciendo colas para comprar comida que ni se produce en el país? ¿En el país donde el Estado decide quién es delincuente y quién no a partir de la misma lógica del autoritarismo corporativo? ¿Proponiendo más control en la economía más estatizada de la región? ¿En el país donde la gran mayoría de los consejos comunales están tomados por delincuentes devenidos en personas comprometidas con la revolución? ¿Teorizar dentro del marxismo a la Venezuela socialista? ¿Aún?

Debemos grandes cosas a la sociología venezolana, pero una de ellas no es la perspectiva histórica o la del hombre concreto (Unamuno dixit). Hago tamaña afirmación ante la fiereza con la que la realidad devora la dignidad de las personas en este país y lo insignificante, por no decir inútil, que ha resultado ser todo aquel gran sistema teórico seguido por los autores que aquí mencionamos.

Pensábamos en aquello cuando caminábamos con los libros recién comprados. Caminando en la Plaza del Banco Central por la Esquina de Salas, veíamos el gran edificio del Ministerio de Educación, su monumentalidad contrastaba con la otra imagen que se hacía ante nosotros: diez muchachos, unos dentro de un basurero sacando los desperdicios, otros afuera desgarrando las bolsas que quedaban o simplemente esperando. Todos buscando el consuelo en la basura, en el desperdicio, en la miseria. Hambre revolucionaria, consecuencia –¿accidental?– del advenimiento del hombre nuevo en Venezuela.

Algunos adjudicarán la responsabilidad a una política mal aplicada, otros a la imperfección del pueblo venezolano. Ambas explicaciones están ancladas al pesimismo moderno y a la priorización de las ideas sobre el mundo de los seres humanos.

Volvemos al inicio. Es una crisis profunda la que vivimos, tan profunda que las grandes enseñanzas de la ciencia social parecen quedar en desuso; han contraído esa sutil condición que no es otra que la liviandad de las interpretaciones. No hay una sola idea que se pueda mantener por sí sola cual profecía pre-Luterana, ni sistema o teoría que sea inmune al paso del tiempo. Al menos todo el análisis que optimistamente abrazó a la episteme moderna del siglo XX se encuentra hoy en una gran diatriba.

El fin de la utopía ha llegado. Lo concreto superó a la aspiración moderna. No es la muerte de las ideas pero sí el resquebrajamiento de las mismas. ¿Hará falta buscar más soluciones en la exterioridad de nuestro pueblo? Quizás. Sin embargo, sospechamos que en el universo de otras interpretaciones daremos con varios indicios necesarios para poder entablar un genuino diálogo con nuestro país y sus realidades.

Supone ese el reto de la reflexión sociológica que viene. Cotejar las aspiraciones de la sociología con las ideas que se tejen a lo interno de Venezuela. Una verdadera tarea a futuro: hacernos con nuestra historia y sus procesos para así contemplar la posibilidad de una exégesis propia.

No es cosa del otro mundo. Es cosa nuestra y de nosotros. Nada más y nada menos.