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sábado, 12 de mayo de 2018

Ensayo sobre el desierto y la política venezolana.



Hace años me dijiste:
«Te acordarás cuando yo muera»
Pues no hizo falta enterrarte
Porque has muerto de pena


Al inicio de este desdichado año lo advertíamos: hacer un recuento de lo que nos sucedió como país es doloroso, muy doloroso. Constatar las grietas, intrigas, traiciones y claudicaciones deja un mal sabor de boca. Comprobar que actualmente el mal reina sobre el mundo, que la crisis y el caos se normalizan como política de estado, es nefasto. Es la derrota (no sabemos si momentánea o definitiva) de la libertad.

Valga esto para corroborar una situación que genera malestar, preocupación. No obstante, y por doloroso que sea, es necesario asumir dicha tarea y realizar el recuento de lo sucedido. En la ausencia de diálogo con la historia se bloquean tanto la verdad como la proyección de posibles acciones futuras. Pues sí, el odio, la ambición y el resentimiento triunfan actualmente, pero vale la pena preguntarse cómo llegamos a esta calamitosa situación.

Pensando al respecto siempre se ha tenido en mira a las víctimas, siempre en un extraño deseo de culpabilizarlas de la paupérrima vida a la que han sido arrojadas. Y sí, la ciudadanía siempre pudo haber hecho más y más por la democracia, pudo haberse inmolado por los grandes ideales de occidente, pudo haberse sacrificado en beneficio de las generaciones futuras, hacerse mártires en una lucha justa y necesaria. Pudimos unificarnos en torno a una sola meta, alrededor de una sola interpretación de la cuestión. Sin embargo, la ciudadanía en el mundo disciplinario –que es el actualmente concebible, y el predilecto por los formados dentro de la órbita técnico-profesional– es multiforme, diversa en sus preferencias y puntos de vista. En el mundo de la racionalidad instrumental somos arrojados a nuestra formación y, con gusto o sin él, hacemos sociedad desde esa óptica particular. En ese sentido el artista actúa desde la órbita de la estética, los científicos desde la investigación, los abogados desde las leyes, algunos periodistas desde la búsqueda de la verdad (que tanto flaquea hoy en día) y así sucesivamente. No quiere decir que sea la única manera de concebir la cuestión[1], pero sí es la más dominante. La pregunta, sin embargo, queda planteada para los políticos.

Los políticos por su formación son los hombres y mujeres de lo público. Quienes así asumen la carrera política deben, en teoría, enfocarse en la transparencia y el rescate de la discusión pública de diversos temas como derechos humanos, economía, ecología, servicios, sociedad, veeduría, fiscalización de los recursos, entre muchos otros. Y, conviene recordarlo, en las sociedades occidentales la carrera política no deviene en una obligación. La política se asume desde la convicción, es una elección de vida –en la que bien se puede desarrollar la persona o no, puesto que al igual que el resto de disciplinas no hay ataduras al respecto.

Una de las cosas exigidas a las personas que se dedican al ámbito de lo político con respecto a su elección de vida es explicitar su postura ante las cosas, pues en su decisión y opinión se engloban las aspiraciones de sus electores, a quienes en última instancia pretenden representar. Son así representantes de una determinada opinión conjunta que emerge de la sociedad y que se eleva como posibilidad de reconfiguración de lo político y social. Por lo tanto, su accionar corresponde idealmente a una articulación de esa determinada opinión en beneficio del debate público en general.

Dicho esto, y adentrándonos en nuestro tema, vale decir que la articulación requerida para la acción política ha estado ausente de la actividad política venezolana de los últimos años. Se ha pretendido hacer creer a la opinión pública que la existencia de dos actores políticos preponderantes –chavismo y oposición– hacía de la sociedad venezolana una dualidad monolítica en la cual las personas debían ubicarse disciplinadamente y mediación alguna. Bien sabemos a la luz de las guerras intestinas del chavismo que tal visión tan rígidamente polarizante ha sido una farsa. Lo mismo sucede con la oposición, la cual en cuestión de tres años ha pasado de ser fiel representante de los deseos de la gran mayoría de los venezolanos a una cosa extraña que cuenta con tres o cuatro cabezas visibles cuyos planes, desconocidos para la población, no sabemos si son un refrito de un país pre-hiperinflacionario o una genuina atención a lo que ya es, no hay duda de ello, una crisis humanitaria. Apuntando hacia esa dirección, conviene tomar en cuenta el recuento hecho por Héctor Schamis en el año 2017[2]: la oposición contó (hasta ese momento) con al menos cuatro estrategias para afrontar un hipotético cambio de gobierno. Vale recordar que ninguna de dichas estrategias triunfó en su cometido, todas fracasaron en mayor o menor medida.

Traigo a la memoria este recuento por la venida de una nueva estrategia que formula una nueva promesa de cambio de gobierno: las elecciones del 20 de mayo. Ya es harto conocido que las condiciones de dichas elecciones no son las ideales en tanto que benefician únicamente a la dictadura[3], sin embargo algunos miembros de la dirigencia opositora han decidido participar. Es una decisión entre muchas, difícilmente respetable si se mira que el país estuvo en velo ante un nuevo proceso de diálogo entre el gobierno y la oposición que hacía promisoria la defensa del proceso electoral en todos sus ámbitos[4]. Es una nueva estrategia enclavada única y exclusivamente en el presente, en el aquí y ahora –puesto que no se plantean los problemas que vienen al día siguiente de la elección. La única  proyección que tenemos al respecto es un supuesto equipo de gobierno, la dolarización de la economía y demás elementos que seguramente la dictadura sabrá vencer con más desanimo y decepción.

Desde exigir el abandono del cargo[5], hacer un antejuicio de mérito a Maduro[6], fundar figuras paralelas (legítimas sí, pero paralelas al fin)[7], hasta exigir la renuncia del dictador bien sea apelando a su buena intención[8] o al discurso que refiere a su nacionalidad y el problema (jurídico o racial, da lo mismo) que eso significa[9]. La idealización de la calle y la protesta[10] también ha servido como supuesta estrategia, otra más del montón que se cuenta por sí misma y que no tiene un correlato o relación a futuro. Se han probado distintos modos de abordar el ejercicio de oposición política, y el fracaso sigue siendo continuo –e incluso se podría sospechar que deliberado. Pues la imposibilidad de articular una respuesta política a propósito de la innegable existencia de una dictadura y una crisis humanitaria es llamativa, cuanto menos preocupante.

Uno de los aspectos llamativos de nuestra crisis es la ausencia de proyección a futuro, tan característica del venezolano y el americano en general[11]. El futuro, como sueño de concreción de las acciones de la actualidad, esperanza de un mundo mejor y proyección de la voluntad, desempeñó en su momento un papel similar al de una institución moderna. No en vano existieron futuristas, futurismos y demás. La ausencia de futuro, siendo este tan importante para nosotros, es a su vez la ausencia de toda institución confiable, es la muerte de todas las promesas de un mundo mejor, el abandono de la idea de un mundo estable y aprehensible para los artilugios de comprensión moderna. Se pasa entonces de una interpretación anclada en la certeza a una interpretación libre, relativista, sin anclaje alguno más que el presente mismo. El futuro, como tantas otras instituciones, ha dejado de contar. El ambiente moderno se desvanece en la imagen del desierto de la cual nos habla Gilles Lipovetsky (1944), autor para el cual vivimos en:

“(…) un desierto posmoderno que está tan alejado del nihilismo «pasivo» y de su triste delectación en la inanidad universal, como del nihilismo «activo» y de su autodestrucción. Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo…” (2016, p. 36).

                El fin de las finalidades es a su vez el fin del futuro, es el fin de cualquier propuesta –dado que toda propuesta es en sí misma la significación del futuro–, el fin de cualquier estrategia discernible o digna de planificación. Aunque este fin no es un fin cerrado, más bien a la vista del autor es una apertura, es el fin de una cierta manera de abordar la vida pero a su vez el comienzo de la multiplicidad, de la emergencia de lo diferente y lo diverso. En ese sentido el momento posmoderno no es algo meramente negativo pues supone la posibilidad de que en él crezcan diversas perspectivas y posiciones al respecto de la vida en sociedad. El momento posmoderno entonces devendría en:

“(…) mucho más que una moda; explicita el proceso de indiferencia pura en el que todos los gustos, todos los comportamientos pueden cohabitar sin excluirse, todo puede escogerse a placer, lo más operativo como lo más esotérico, lo viejo con lo nuevo, la vida simple-ecologista como la vida hipersofisticada, en un tiempo desvitalizado sin referencia estable, sin coordenada mayor” (p. 41).

La cohabitación sin exclusión es parte de este momento posmoderno y que, al menos de primer momento, vemos en la dinámica política nacional. Por años hemos visto cohabitar en el gobierno a militares, narcotraficantes, ideólogos de la revolución, distinguidos personajes del mundo financiero, a la clase media, a la clase baja, a Alberto Völlmer, a Mario Silva y demás. En el seno de la unidad opositora también ha surgido una cohabitación, bien desde el plano político-económico (los bolichicos, Derwick y Ramos Allup, por ejemplo) o, desde lo que nos interesa específicamente, el plano de la articulación de una estrategia política. Pues desde la oposición han surgido distintos lemas, distintas consignas que aún siguen quedandose en lo promisorio del desierto. La posibilidad de existencia de una nueva forma de aproximarse al juego político atrae, la sola proclamación de una nueva táctica política es seductora, pero sin articulación alguna el desierto deja de ser promesa para convertirse en realidad desoladora y sin salida. Conviene en ese sentido ubicarnos junto a Lipovetsky en nuestra llegada al desierto:

“¿Alguna vez se organizó tanto, se edificó, se acumuló tanto y, simultáneamente, se estuvo alguna vez tan atormentado por la pasión de la nada, de la tabla rasa, de la exterminación total? En este tiempo en que las formas de aniquilación adquieren dimensiones planetarias, el desierto, fin y medio de la civilización, designa esa figura trágica que la modernidad prefiere la reflexión metafísica sobre la nada. El desierto gana, en él leemos la amenaza absoluta, el poder de lo negativo, el símbolo del trabajo mortífero de los tiempos modernos, hasta su  término apocalíptico” (p. 34).

                El desierto deviene por el triunfo de la aniquilación, de los grandes poderes desmitificadores de la razón moderna que optimistamente se propuso planificar y ordenar la vida y se encontró con el estruendoso rostro del azar, la muerte y lo inexplicable. Incluso la revolución murió en la mente de sus simpatizantes: el consumo la absorbió[12] y la convirtió en una carpeta de dólares preferenciales[13]. La revolución fue el desinteresado desfalcado de nuestra nación, la desaparición del dinero de un país petrolero en cuentas de los neo-yuppies de nuestra generación. El desierto en efecto barre con todo, sin distingo de credo o preferencia política.

                Los grandes cometidos sociales y las promesas de un cambio político lucen ya lejanos. Los discursos políticos actualmente sirven de artefacto lúdico en beneficio del cual nuestros políticos han sabido reafirmarse constantemente –tanto en el fallido intento de tomar el poder una y otra vez como en nuestra normalísima tradición de cohabitación y repartición de la renta petrolera. Uno puede comprobar dicha reafirmación en la medida de que los políticos venezolanos han devenido en una suerte de monaguillos, hombres de fe, cuya principal formación intelectual no se sabe si viene de un panfleto de autoayuda o de alguna liturgia religiosa. Al parecer, el diálogo con la realidad ha cesado. Sin embargo ellos son los especialistas, los encargados de sacarnos del hoyo en el que estamos metidos, los elegidos para normalizar la vida democrática[14], no hay duda de ello. La opinión pública, formada en la órbita disciplinar, así lo ha exigido. La consigna es: “dejen a los políticos trabajar”, lo mejor es no interferir, lo público y lo político es de los especialistas. A la ciudadanía, masa de infames analfabetos políticos, le toca la pasividad o algún milagroso porcentaje de encuestólogos que agregue credibilidad.

La ciudadanía así fijada dentro de la dinámica disciplinar debe seguir el juego de los profesionales, que ya no asumen su formación desde una elección de vida sino casi como un mandato divino. No olvidemos que

“(…) el sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan, pero por inercia, en el vacío, sin adherencia ni sentido, cada vez más controladas por los especialistas, los últimos curas, como diría Nietzsche, los únicos que todavía quieren inyectar sentido, valor, allí donde no hay otra cosa que un desierto apático” (p. 36).

                El sentido flaquea, tal como lo hace la razón pública (p. 51). Con lo que nos encontramos en el desierto es con la emergencia del narcisismo radical que parcialmente uno distingue en nuestros especialistas. La solución ya no es traducida en una estrategia, menos en una articulación de propuestas. No, de lo que se trata ahora es de la reafirmación egocéntrica de la persona, de cuál idea y cuál la ilusión es la más atractiva de cara al mar de propuestas de nuestra actual desvarío político. El narcisismo en ese sentido es el olvido del pasado, la superación de lo preestablecido, de lo que formamos parte, pues

“(…) el inconsciente abre camino a un narcisismo sin límites. Narcisismo total que manifiesta de otra forma los últimos avatares psi cuya consigna ya no es la interpretación sino el silencio del analista: liberado de la palabra del Maestro y del referente de verdad, el analizado queda en manos de sí mismo en una circularidad regida por la sola autoseducción del deseo” (p. 55).

                Esta circularidad regida por la autoseducción se entiende como el fin de la relación tradicional y modernamente concebible, el fin de los esquemas con los cuales conocemos y damos fe de la existencia del otro. Ahora nos abrimos a nuevas relaciones, nuevas formas de concebir la verdad y de interpretarla. Eso sí, el peaje necesario para cualquier interpretación y aprehensión de la realidad es la conveniencia de Narciso[15]. Es decir, las soluciones pasan a ser objeto de la circularidad de una individualidad. No hay ya soluciones o recetas que vengan de un conjunto o alguna unidad de diferentes. Gracias al desierto todo, en especial la aspiración de la transparencia y discusión de lo público, ha quedado en la nada. Lo político en ese sentido es acción privada dado que “(…) vivir sin ideal, sin objetivo trascendente resulta posible” (p. 51). La sociedad, su bienestar, los derechos humanos, ideales que viene y van, pasan al plano de la intrascendencia. El desierto es interpretado desde la individualidad sin vínculo, desde un narcisismo inédito en nuestra humanidad.

                Es por ello que en el escenario donde compiten nuestros políticos vemos la muerte de los ideales, una reiteración del caos pero no basada en la política del hambre –propia de la dictadura, además– sino en la multiplicación de visiones panfletarias de la realidad que poco ayudan en la articulación de una política genuinamente basada en la unidad de los diferentes. La concertación de una agenda común es superada por las apetencias individuales. En la dirigencia se exige el derecho a la diferencia, que cada opinión sea escuchada y legitimada, mientras la otredad concreta, los diferentes a los profesionales de la política, muere a la espera de algo distinto. ¿Cómo es posible en ese sentido un rescate tan frívolo al derecho de autodeterminación individual mientras existe un desconocimiento hacia las demandas de la gran mayoría que ha sido golpeada por la crisis? ¿El narcisismo enaltece la adoración de la persona a tal punto que olvida las vidas de los demás? Se olvida el conjunto, los ideales y el consenso por una preocupación individual propia del momento posmoderno, en la que no reina el cuidado de la persona sino, curiosamente, el odio hacia sí mismo. Dirá Lipovetsky:

“Al activar el desarrollo de ambiciones desmesuradas y el hacer imposible su realización, la sociedad narcisista favorece la denigración y el desprecio de uno mismo. La sociedad hedonista sólo engendra a nivel superficial la tolerancia y la indulgencia, en realidad, jamás la ansiedad, la incertidumbre, la frustración alcanzaron estos niveles. El narcisismo se nutre antes del odio del Yo que de su admiración” (p. 73).

El desprecio por el Yo, por la mismidad, arroja al narcisismo a una situación de compleja atomización. La inexistencia de una estrategia conjunta, la falta de articulación de un mensaje común, de una política común, puede explicarse de esa manera en el hecho de que la ausencia del otro es ya una realidad consumada. El odio del Yo es también el odio hacia el otro, dado que nuestra única referencia del otro está en su mismidad, en su individualizada corporalidad y no en su pertenencia a un grupo, tradición o institución. Ya no es posible divisar a la humanidad en el desierto, pues la humanidad misma es una institución en desuso. Por lo complejo que resulta el camino vaciado de referentes nos hemos entregado a la quimérica realización y confirmación de las mentalidades mesiánicas, a los especialistas en autoayuda cuya única política deviene en la reafirmación de ellos mismos fuera de cualquier relación con la realidad, el tiempo, el espacio o los seres vivos. La reafirmación es, pues, cónsona con este desprecio por la mismidad. Esta ratificación y odio a la personalidad se expresa en tanto que:

“La relación con el Otro es la que sucumbe, según la misma lógica, al proceso de desencanto. El Yo ya no vive en un infierno poblado de otros egos rivales o despreciados lo relacional se borra sin gritos, sin razón, en un desierto de autonomía y de neutralidad asfixiantes. La libertad, como la guerra, ha propagado el desierto, la extrañeza absoluta ante el otro. «Déjame sola», deseo y dolor de estar solo. Así llegamos al final del desierto; previamente atomizado y separado, cada uno se hace agente activo del desierto, lo extiende y los urca, incapaz de «vivir» el Otro. No contento con producir el aislamiento, el sistema engendra su deseo, deseo imposible que, una vez conseguido, resulta intolerable: cada uno exige estar solo, cada vez más solo y simultáneamente no se soporta a sí mismo, cara a cara. Aquí el desierto ya no tiene ni principio ni fin” (p. 48).

                Sin principio ni fin, pero el desierto cuenta con una determinada actitud narcisista que puede llevar a la política a desenvolverse en elementos tales como la oración, el rezo y la creencia de que en un país con demonios históricos y hondos problemas sociales podrá salir del atolladero desde la multiplicidad de consignas inconexas entre sí. Desde el surgimiento de un nuevo liderazgo que re-encante a las masas o tan sólo con la llegada de los nuevos especialistas que, esta vez sí, pueda leer y sepan evitar el desastre. Las esperanzas, así como las consignas, tienen asidero en el desierto, en las ensoñaciones del vació.

No podemos, entonces, descartar absolutamente nada. Esa es una de las maravillas del momento posmoderno, del desierto que todo lo absorbe. Todo es posible. Aunque bien sabemos que cuando todo es todo, en realidad todo es nada. Es curiosa la paradoja en la que nos encontramos, ¿no les parece?


Referencias bibliográficas

Caldera, R. T. (2000): Nuevo mundo y mentalidad colonia, El Centauro ediciones, Venezuela.
Lipovetsky, G. (2016): La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Editorial Anagrama, Colombia.



[1] Algunas veces los mundos disciplinarios se tocan e influencian, generando así empresas tan atractivas como lo son la inter y transdisciplinaridad. Ambos cometidos suponen movilidad dentro de lo estático que puede llegar a ser nuestro actual esquema de formación profesional. Se aboga de esa manera por una formación integral, reconociendo límites del conocimiento propio y admitiendo a su vez la posibilidad de verdad en el discurso del otro.
[2]El problema de la oposición no es solo qué decide sino cómo lo hace. Decidir unilateralmente viola el principio fundacional de cualquier coalición. Un patrón se reproduce en el tiempo: cuando el régimen está contra las cuerdas, la MUD pide la campana. Tómense los tres ejemplos aquí narrados como ilustraciones de esa claudicación.” En: https://elpais.com/internacional/2017/09/03/actualidad/1504390791_100148.html
[3] "(...) el principio de separación de poderes está severamente comprometido, dado que la asamblea nacional constituyente continúa concentrando poderes sin restricciones". En: http://www.el-nacional.com/noticias/mundo/alto-comisionado-onu-cuestiono-legitimidad-elecciones-venezuela_225856
[4] Todavía menos se comprende la decisión de participar si recordamos que quienes han optado por asistir a los comicios dijeron en su momento que se retirarían del proceso de no haber condiciones, las cuales aún siguen sin existir: https://elpais.com/internacional/2018/03/10/america/1520637935_533623.html
[5]La mayoría opositora de la Asamblea Nacional votó y declaró que Nicolás Maduro ha abandonado sus funciones como presidente de la República y por lo tanto abandonó su cargo.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/asamblea-nacional/asamblea-nacional-declaro-abandono-del-cargo-maduro_74475
[6]Delsa Solórzano, diputada a la Asamblea Nacional (AN), informó este miércoles que el Parlamento debe tratar como "urgente" la notificación del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) en el exilio sobre el antejuicio de mérito del presidente Nicolás Maduro.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/solorzano-debe-tratar-como-urgente-antejuicio-merito-contra-maduro_230572
[7]La Asamblea Nacional (AN) aprobó este viernes la designación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).”En: http://www.el-nacional.com/noticias/oposicion/asamblea-nacional-designo-nuevos-magistrados-del-tsj_194449
[8]El movimiento Soy Venezuela exigirá la dimisión del presidente Nicolás Maduro en la VIII Cumbre de las Américas que se realizará en Lima, Perú.”En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/soy-venezuela-exigira-dimision-maduro-cumbre-las-americas_230465
[9]El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) designado por la Asamblea Nacional ordenó a los poderes Ejecutivo y Electoral a demostrar la partida de nacimiento del presidente Nicolás Maduro, con la finalidad de esclarecer si puede ejercer funciones como primer mandatario.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/politica/tsj-designado-por-exigio-maduro-mostrar-partida-nacimiento_218364
[10]La dirigente opositora opinó que se debe “reinventar” la calle para protestar en contra del régimen. “Le decimos al mundo entero que necesitamos liberar a Venezuela. Sí necesitamos que la comunidad internacional nos acompañe”, declaró Machado.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/oposicion/machado-aceptaremos-ningun-acuerdo-que-implique-salida-maduro_201340
[11] El filósofo venezolano Rafael Tomás Caldera comenta al respecto la formación cultural que tiene el hombre del continente americano en razón de ser el hombre del nuevo mundo. Dice el autor que al estar enmarcados al nuevo mundo nuestro signo es el de la novedad, la innovación, el eterno experimentar y reconocimiento con lo diferente. Esta relación se ve en nuestras formas de consumo como en nuestras ciudades, en las ideas políticas y las modas literarias. Ha habido un afán por lo novedoso en nuestras mentalidades que en cierta medida ha servido para luchar por ideales elementales del occidentalismo tales como la democracia, la igualdad y la justicia. No obstante, este afán por lo novedoso arroja al americano a perder perspectiva de su situación histórica, de su herencia y tradición cultural. Al otorgar primacía a lo nuevo, lo viejo queda en desuso. Lo viejo no es más que rememoración romántica, cerrando así la posibilidad para que el pasado sirva para la distinción de trayectorias y posibilidades históricas. En ese sentido el pasado no genera mayor interés. Es el futuro donde están nuestras mentes y aspiraciones.
[12] “(…) si la revolución se ha visto desclasada, no hay que achacarlo a ninguna traición burocrática: la revolución se apaga bajo los spots seductores de la personalización del mundo” (Lipovetsky, 2016, p. 57).
[13]La verdad es que la estafa cometida a la nación tuvo como origen las políticas económicas del gobierno muy principalmente, y toda la gran disparidad económica del dólar incontrolable ayudado por los propios importadores de las mercancías, felices y callados en la obtención del dólar preferencial; para luego vender el producto al precio del dólar negro. Auténtico negocio multimillonario que provocó la existencia de actuales empresarios bolichicos y ricachones con poco esfuerzo. Allí estaban también gente perteneciente a todos los estratos de la sociedad  (pequeños, medianos, altos empresarios y particulares aventureros), en muchos casos, gente o sectores vinculados de una forma u otra a funcionarios del gobierno, dichas solicitudes de divisas se hicieron a través de autorizaciones previas otorgadas a través certificados de no producción nacional, para luego ir a Cadivi y solicitar sus dólares y con ello el gran negocio del siglo.” En: http://www.el-nacional.com/noticias/historico/los-dolares-preferenciales-hora-verdad_30829
[14]Hernández calificó como “caído del catre” e “ingenuo” que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se planteara el referéndum revocatorio como una salida para 2016. El analista dijo esperar que el nuevo presidente de la Asamblea Nacional (AN), Julio Borges, lleve al país de la confrontación de poderes “al equilibrio de poderes”. Que se llegue “a una normalización de la vida democrática del país”.” En: http://www.contrapunto.com/noticia/carlos-raul-hernandez-la-gente-quiere-solucion-a-sus-problemas-y-no-discursos-politicos-124084/
[15] “A cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria que reinterpreta en función de los problemas del momento: Edipo como emblema universal, Prometeo, Fausto o Sísifo como espejos de la condición moderna. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, en especial americanos, el símbolo de nuestro tiempo” (p. 49).

jueves, 26 de enero de 2017

Díaz Rodríguez, Manuel. (1984): Ídolos rotos, páginas 342-343, Monte Avila Editores, Venezuela.

"Unos y otros eran insensiblemente llevados a poner su esperanza en la guerra, como si de la guerra hubiese de salir la salvación para todos. Los que se creían menos ilusos, aunque lo fuesen tanto como los demás, esperaban en un dictador magnánimo con perspicacia y luces de sociólogo, capaz de comprender y bien dirigir las fuerzas de aquella democracia corrompida y de echar por último las bases de una verdadera nación y de la república verdadera. Poseídos a pesar de ellos, de la fiebre revolucionaria, olvidaban, en la locura de la fiebre, sus ideas y reflexiones de los tiempos de paz: olvidaban que la guerra no produce casi nunca sino guerra, que casi ninguna revolución traen en su vientre sino lágrimas y ruinas, que la obra de un dictador es, como éste, efímera y deleznable; que el dictador con luces, magnánimo y perspicaz no surge sino rara vez de los conflictos rojos; que a cada guerra civil se agregan a los ya existentes nuevos probables dictadores bárbaros, porque detrás de cada general vencedor se arrastra la inevitable cohorte de nuevos coroneles y generalotes improvisados, ignaros y ambiciosos, en cada uno de los cuales anda escondido y prosperando el germen de un Imperator futuro. "

sábado, 16 de julio de 2016

Un país de bobos.

Venezuela es el epicentro de nuestras vidas, y en ella surcan nuestras interpretaciones, pareceres, gustos y desacuerdos. No es secreto para nadie que los últimos han sido años de exacerbado disenso, en donde la opinión pública ha tendido a irse por los causes de la polarización; no obstante vale la pena acotar que persisten una serie de lugares comunes que dan sentido al sujeto en sociedad y a la sociedad en el sujeto. Por ejemplo: es totalmente comprensible que todo aquel que haya recibido un balazo sea una delincuente, pues, de otra forma ¿por qué habría merecido tan vil “ajusticiamiento”? Lo podemos ver día a día, ante las noticias de linchamientos y asesinatos, que por su grotesca forma arrojan a la víctima en el banquillo de los acusados cuando no así al delincuente en cuestión.

Pienso esto y recuerdo a nuestro presidente, el infame camionetero que al día de hoy sigue gobernando junto a los militares y por encima de cualquier facción civil del bando político que sea. Veo a nuestro presidente y lo pongo en perspectiva con lo que para muchos se ha vuelto un diagnostico que, al menos en mi caso, resulta curioso y digno de ser comentado. Hablo, por supuesto, de su estruendoso repertorio de pelones, como les diríamos en el argot venezolano –y para el no venezolano, hablamos tan solo de sus cagadas, sus torpezas, sus bloopers y demás figuras mediáticas que van haciendo de Maduro un tipo bolsa, por no decir tarado.

Sí, es cierto. Gran parte, por no decir la mayoría, de la opinión pública se ha volcado a una interpretación curiosa de este fenómeno. Todos se alaban a sí mismo, en una suerte de acto religioso, una gran epifanía, verdad revelada, al resaltar que todo aquello del presidente es un gran stand-up, una gran obra dirigida a las masas cuya verdadera intención es  entorpecer cualquier gestión política que venga desde la oposición.

Desde la vez que confundió los peces con los penes (para evadir el tema de las guarimbas), hasta la vez que leyó en cadena de radio y televisión un mensaje de un tal Moisés David instándolo a chuparse uno (no hace falta indagar en el qué; tampoco en la respuesta del presidente en evasión de la victoria opositora del 6D). Todo ha sido un engaño, un gran acto de prestidigitación. Hemos sido unos bolsas por creer que el presidente, gran estratega del PSUV y del Gran Polo Patriótico, pueda cometer inconscientemente tales torpezas en vivo y en directo. Somos unos bobos por no saber que es una acción racionalizada, propia de un tipo tan vivo como el presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

O al menos eso nos ha dicho la elite intelectual, cuyo discurso va, en primera instancia, a sobreestimar al presidente por su notable capacidad para mantenernos embelesados con su gran estrategia comunicacional y, en segunda instancia, a contribuir a desviar la atención sobre las realidades trágicas que al día de hoy todos y cada uno de nosotros padecemos.

                De ambas instancias debo disentir. La reflexión ha sido reducida a la superficialidad y nuestros líderes de opinión parecen sacados de cualquier agencia de marketing político; parece ser que su única finalidad es reducir la política al showbussiness. Contribuye Maduro, sí, pero también ha contribuido la opinión pública (aquella políticamente correcta, gran intérprete de los problemas de su ombligo y de su miope experiencia histórico-política). Decir que nuestro presidente es un maestro de la comunicación, por el simple hecho de desviar cualquier discusión importante en aras de hacer payasadas para (supuestamente) mantenerse en el poder, no sólo habla mal del presidente, sino además de las personas que, además de estar calificadas para hablar de la abstracción que es la democracia, únicamente contribuyen al tema político con medias verdades y opiniones halabolísticas hacia la elite política opositora.

El debate también está en la crudeza de nuestra cotidianidad: el narcotráfico y su ascenso –no sólo en la figura del Estado sino además en los resquicios de nuestro día a día–, así como la desnutrición infantil, la mendicidad, el tráfico de armas y la figura del pran como modelo a seguir. Se me ocurre, además, el problemita que tanto ha denunciado el vagabundo de Giordani sobre unos cuantos miles de millones de dólares perdidos, sabrá Dios (y a su lado el intergaláctico), en cuál paraíso fiscal de aquellos que tanto emocionan a nuestros profanadores-de-renta promedio.

                Y es necesario distinguir dos aspectos importantes: la comunicación y la política. La primera parece girar en torno al aparentar y lo segundo al mundo concreto de la acción. En lo político no hace falta decir que Nicolás Maduro, por torpe e imbécil que pueda ser, ha arrastrado al país, y al chavismo en especial, a su poder de mando. Nadie ha podido tumbarlo del poder y, por mucho que las expectativas de miles vayan hacia el fin del régimen, es importante acotar una verdad tan grande como los nichos de corrupción de nuestra revolución: el gobierno y el presidente siguen en pie, sin indicios aparentes de querer entregar una sola cuota de poder.

                Dicho eso no podemos conformarnos con decir que el hombre es un genio. Precisamente, la paradoja persiste en el hecho de que un tipo tan atroz haya podido sumir al país en malandraje, desidia y caos. Salvajemente hemos corrido para poner a Maduro en un altar, considerarlo la mano que mece la cuna, cuando lo que hemos debido de hacer es cuestionar severamente a quienes hacen política en este país. Nada bueno sale de decir que la ignorancia como herramienta política es audaz y pertinente; por el contrario, es el signo de la decadencia de nuestro sistema político y de nuestras aspiraciones democráticas.

                Bien puede ser el tipo que anda bailando día y noche en Miraflores, como el que va por Venezuela diciendo que a la gente no le interesa en lo más mínimo el estado de derecho, la libertad, y la igualdad. Aquel que evade el tema del narcotráfico y del malandraje como práctica estatal en virtud de hablar del pueblo hambriento –pueblo que al parecer es un bebé incomprendido e iletrado, pueblo que, al fin y al cabo, debe ser visto y explicado desde una visión lastimera.


                No es un triunfo, ni es inteligente, ni es sabio, ni es perspicaz decir que Maduro es un rolo-de-vivo y que nos tiene a todos pendientes de su mal inglés. Ir por el andén de la obviedad no es ningún logro. Pensar a Venezuela, ésta, la del 2016, no exige tan ingrata comodidad. Elite querida, con Luis Vicente León nos basta y nos sobra, por favor.

viernes, 29 de mayo de 2015

Sobre el disenso, la soberanía y la deliberación

El siguiente ensayo fue elaborado para el seminario: "El Sentido Deliberativo de la Democracia", dictado por la profesora Carolina Guerrero para el PCI del segundo semestre del año 2014.

El disenso como bien hemos observado es parte fundamental dentro de todo el entramado de relaciones políticas en el marco de una sociedad democrática. Si bien el discurso político particular de nuestra realidad venezolana la mayoría de las ocasiones se direcciona hacia el consenso, como en el caso actual de las primarias de la oposición y la designación de los rectores del TSJ por ejemplo, la política venezolana tiene altamente olvidada y obviada la posibilidad de disentir.
Las causas de este olvido se pueden motivar a muchas razones: la crisis de los partidos políticos, la anti política de los años 90s, los rasgos totalitarios de nuestro actual gobierno, entre otras cosas. Sumando a esto lo que es el lugar común de la crítica liberal al Estado: resaltar el alto grado de paternalismo que caracteriza históricamente al Estado venezolano.
El Estado venezolano puede ser caracterizado como uno que progresivamente y a través de los años ha ido en el aumento de su control sobre los estadios de la socialidad y los espacios de libre desenvolvimiento de la ciudadanía. Desde Juan Vicente Gómez donde el Estado se convierte en el principal terrateniente del país, hasta Hugo Chávez con su control absoluto sobre PDVSA. Si bien hemos referido a elementos de carácter económico de la sociedad también podemos ver el aspecto específico donde la sociedad civil tiene sus esferas de ejercicio político en plenitud.
Por ejemplo, tan solo a partir el año 1989 se procede a una genuina descentralización del aparato del estado con la elección de gobernadores y alcaldes. Dicha elección como ya es sabido fue vista de muy mala manera por el partido de gobierno, Acción Democrática - al cual pertenecía el presidente Carlos Andrés Pérez-  por hacer perder el monopolio del poder político al mismo. En ese contexto también vale la pena hablar del gobierno de Jaime Lusinchi, antecesor del gobierno de CAP-II, que fue de dominado en plenitud por el mismo partido. Puede que este fenómeno explique parte del carácter político venezolano: democrático y convivencial en palabras pero sectario y poco crítico en lo fáctico.
Sin la crítica, sin el disenso y sin la posibilidad de la convivencia entre distintas opciones políticas puede que suceda que nos encontremos en una especie de desierto como lo menciona Hannah Arendt. Claro está, la metáfora del desierto mencionada por Arendt estuvo seriamente influenciada por el nazi-fascismo, y salvando las grandes distancias no intentamos para nada decir que el caso venezolano hable de una crisis política de tal magnitud. Lo que intentamos salvar de la metáfora de Arendt es el vaciamiento del espacio político que tuvo Venezuela por aquellos años; la política perdió cualquier sentido y conexión con sus ciudadanos.
Es un desierto en tanto la desaparición de la política comunicativa. No en vano el Caracazo irrumpe como fenómeno político social que aún al día de hoy resulta difícil de explicar por parte de la dirigencia política de aquel entonces. Solo algunos se aventuran a dar una que otra argumentación: el político venezolano había perdido comunicación con la población, con el ciudadano de a pie. En términos más académicos y propios de lo que ya hemos elaborado podríamos afirmar entonces que el ciudadano había perdido deliberación con el Estado dentro de la esfera pública.  Parte de esta crítica fue bajo la cual Hugo Chávez sustentó su estrategia electoral, argumentando la necesidad de una nueva  representatividad y mayor participación por parte de la población.
Si bien el sentido comunicativo cambió y fue rescatado a medias –Aló Presidente podría considerarse como una nueva configuración de la concepción comunicativa del Estado dentro de la política nacional- sucedió que, en ese trayecto de nueva comunicación y de representatividad en la política venezolana, el debate político fue dirigido por una sola persona, el presidente, y con un fin específico: desmeritar el disenso a partir de la hostilidad hacia su oposición política.
Hoy la historia ha dejado al chavismo como un proceso político poco partidario de eso que llamaba Chantal Mouffe como la necesidad de un pluralismo agonista que rescate siempre el disenso como parte esencial de la democracia. El discurso político del chavismo durante estos últimos años ha sido el de potenciar la idea de una sola historia, una sola nación, un solo pueblo, una sola ideología, un único partido y un solo protagonista político: el presidente.
Si bien Venezuela ha sido históricamente un país presidencialista el chavismo ha llevado a la máxima potencia esta característica de nuestro sistema político. Muestra de esto lo podemos observar en la manera que le presidente se despide de la nación antes de su operación en Cuba para diciembre del 2012, cuando lo enfático de aquella cadena no fue pues la necesidad de tomar con preocupación la recesión a la que entraba el país sino más bien puntualizar quien sería el heredero en la silla presidencial.
Y aquello, una vez más, fue muestra de la importancia que se le da al consenso en la vida política nacional. Hoy en día el consenso que se intenta imponer desde las altas cúpulas de poder es el de reducir a la  nada la soberanía de la sociedad civil. Desde el gobierno se intenta someter a la población por medio del proyecto del Estado Comunal –llamado por Héctor Silva Michelena como el Estado de Siervos-  y desde la oposición aún no se tiene ni un atisbo de mediana comprensión de la identidad y de los distintos sectores de la sociedad venezolana.
Pues durante los últimos años la oposición venezolana no ha sabido capitalizar el descontento de la ciudadanía con el gobierno nacional en parte por la eterna búsqueda de consensos, pero también por no entender que la soberanía, aún en periodos no democráticos, es elemental si se pretende construir una oposición política con base solida. El caso más llamativo de esto que traigo a colación lo podemos encontrar en el papel jugado por la oposición venezolana durante las protestas del año 2014, las cuales según el discurso oficial –tanto de la oposición como del gobierno- fue que las protestas eran manifestaciones irracionales, casi barbáricas, que atornillaban al gobierno al poder o que perturbaban la conciencia pacífica de un pueblo conformado con su realidad.
Desconocer la situación nacional y desconocer a su ciudadanía puede llevar inevitablemente a no reconocer la importancia de la soberanía. Habermas entiende a la  soberanía como la voluntad expresa entre comunes alejados del ejercicio activo del aparato estatal o del aparato económico de la nación. Si se desconoce a la soberanía y se entra en la imposición eterna de consensos puede que de alguna manera u otra, en menor o en mayor medida se esté doblegando la participación ciudadana en beneficio de proyectos poco o nada democráticos. Puede que asistamos a la totalización de la vida a partir de un discurso único; en sí, la negación de la diferencia.
Nos encontramos pues ante la necesidad de refundar el disenso y rescatar a la soberanía por medio del encuentro comunicativo entre políticos y sociedad. Sin esto, quizá, nos encontramos aún a largo trecho de recuperar el signo democrático de nuestra vida nacional.

Referencias bibliográficas
1.      Arendt, Hannah, La condición humana. Barcelona: Paidós, 2005.
2.      Mouffe, Chantal, En torno a lo político. México: FCE, 2007. 
3.      Habermas, Jürgen, La inclusión del otro. Barcelona: Paidós, 1999.