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domingo, 25 de enero de 2026

La imagen y sus sobrevivientes

 


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Creo que es normal que la imagen de un bombardeo nos abrume.

Quienes hemos sido influenciados por el arte nacional y la literatura punk, reconocemos la Caracas Sangrante de Nelson Garrido. Caracas entera cubierta por hilos de sangre. Todo un valle en rojo, calles, rascacielos y montañas interconectadas en un destino macabro, casi como presagio de un futuro condenado donde el hambre, la ausencia y la nostalgia carcomen a sus habitantes. Un presagio de nuestra actualidad, que es a su vez la imagen más representativa de nuestro fin. O hasta el 3 de enero lo era de manera casi unánime.

Me quedo con las humaredas en el cielo, las locaciones de los ataques, sitios de antigua represión convertidos en carbón. Y luego lo de siempre: opacidad en las cifras, en los relatos y los eventuales desenlaces. En una ciudad bombardeada, la cúpula chavista decidió entregar a Maduro y a Cilia Flores, en un intento por salvar el pellejo. Mostrando sin disimulo que el gran factor de unión entre chavistas ha sido el dinero, en este caso: el dinero venido de la renta petrolera. En un sentido muy popular podría afirmarse que les han tocado una de sus más importantes billeteras, no con un revolver ni con una navaja, sino con el ejército de la principal potencia militar del continente. Creo que, en esas circunstancias, era imposible negarse a los deseos de nuestro viejo aliado -con deseos renovados de regresar a los imperialismos de antes.

Y, repito, todo en una ciudad bombardeada. Una ciudad que podrá decir que tuvo el primer combate real entre fuerzas cubanas y estadounidenses en no sé cuántos años, combate que seguramente indicará tantas particularidades como una verdad elemental: si antes del 3 de enero éramos un territorio ocupado… todavía lo seguimos siendo.

Lo comentaba con círculos cercanos: no creo en la figura que intenta transmitir el Delcynato, la misma puede encubrir las continuidades y quiebres con el chavismo como pensamiento y movimiento político fundacional. Así como el madurismo fue una excusa para salvar “el legado” de Chávez de su posible tergiversación, lo que venga con Delcy puede ayudar a tergiversar la identificación plena de los responsables de nuestra tragedia. A pesar de los ejercicios mentales de más de uno, todo es una misma cosa: el chavismo, con su voracidad, violencia y corrupción originaria.

Fue el chavismo el que llevó al país al bombardeo. Al cerrar todos los caminos democráticos y querer perpetuarse de la manera más burda, el chavismo le dijo al mundo que nada le importaba, que ellos en el poder y los demás a acostumbrarse. Puede que por esa sencilla razón no se han visto a las masas de venezolanos dentro y fuera del país pidiendo la restitución del dictador. Lastimosamente, esta apuesta se da en el contexto de una administración estadounidense indescifrable y el regreso a los imperialismos de antaño. Apuesta arriesgada que saben aprovechar los sobrevivientes de Maduro, la cúpula que a día de hoy se ha comprobado que estuvo en diálogos con la CIA y el gobierno de Donald Trump meses previos al bombardeo.

Si uno fuese malpensado, podría pensarse que todo fue planeado. Como si ellos mismos pudiesen dar la localización del presidente obrero, delegar a personal cubano el cuidado del dictador y además de todo saber no estar en los sitios seleccionados por una suerte de inteligencia supranatural. Tantas coincidencias pueden abatir a un humilde servidor.

Pobre Maduro, volando por última vez sobre una Caracas bombardeada, llena de incertidumbre, miedos y deseos imposibles. Llena de traidores y hacedores de historia que siguen guiando el destino de un país bastante particular, que resiste cualquier comparación y que se asoma a una etapa diferente, única e inigualable.

Pobres los caraqueños, con bombardeos y mafiosos traicioneros al poder. Pobres de los incrédulos, que pensábamos que estábamos condenados a la miseria, sin tomar en cuenta que la historia nunca está cerrada y siempre está en movimiento. Cambia como el humo que deja una explosión: se disipa, se transforma, y mientras lo hace abre escenarios de esperanza y de consternación por igual.

 

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Tengo algunos amigos muy importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿Te imaginaste ver alguna vez a Caracas bombardeada?

Los otros dirán lo suyo en otra ocasión. Hoy dejo a Cay responder:

No. Nadie se imagina eso de verdad. Uno se imagina apagones, colas, sirenas lejanas, tiros que no sabes si son fuegos artificiales o algo peor. Se imagina una ciudad cansada, no una ciudad bombardeada. Caracas no entra fácil en esa categoría. Caracas siempre ha sido otra cosa: un ruido constante, una improvisación perpetua, un desorden que parecía inmortal.

Pero las ciudades tampoco avisan cuando dejan de ser invulnerables.

Pensar a Caracas bombardeada no es pensar en misiles ni en mapas estratégicos. Es pensar en la Avenida Urdaneta sin gente, en Sabana Grande sin risas, en El Silencio sin ecos. Es imaginar que la música se corta de golpe, que el chiste malo ya no llega al remate, que la noche se queda sin excusas para continuar.

Nunca pensé en aviones sobrevolando la ciudad. Pensé, más bien, en algo más íntimo y más cruel: en el momento exacto en que uno se da cuenta de que la ciudad ya no te pertenece, de que dejó de reconocerte. Ese es el verdadero bombardeo. El que no hace ruido, el que no sale en fotos, el que no tiene épica.

Caracas siempre vivió al borde de algo, pero ese borde era parte de su encanto. El problema es cuando el borde deja de ser vértigo y se convierte en caída. Cuando ya no estás bailando cerca del abismo, sino aprendiendo a vivir dentro de él.

Siguiendo tu respuesta, ¿Puede la imagen de una Caracas bombardeada ser tan potente y simbólica como Caracas Sangrante de Nelson Garrido, capaz de marcar un antes y un después?

Y Cay culminó:

Puede ser potente, pero no por las mismas razones. Caracas Sangrante reveló una herida que ya existía; el bombardeo confirmaría que la herida se desbordó. La primera nació desde la ciudad viva y caótica; la segunda vendría desde arriba, como un cierre. No inaugura una época: señala que incluso el caos también puede acabarse.

 

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Hace poco hablé con un amigo y me contó que hasta la semana pasada había tenido pesadillas donde la policía lo buscaba para apresarlo. Recuerdo que otros dos amigos comentaban que solían tener pesadillas con persecuciones y los colectivos armados. Agradezco a Dios privarme de esas imágenes, las cuales no deben ser para nada gratas. Creo que quienes migramos y pudimos rehacer nuestra vida fuera de la lucha democrática del país hemos tenido la bendición y maldición de estar un poco alejados del trauma. Bendición porque dentro de todo escapamos del temor de ser una víctima más de la dictadura. Maldición porque nos sentimos inútiles y por momento irrelevantes en la discusión nacional.

Volvamos a lo verdaderamente importante: quienes viven adentro deben soportar aún los desmanes producto del diseño de sociedad vigilante del chavismo de los últimos años. Desde hace un tiempo se vive en un estado de guerra, donde cualquier sospechoso de traicionar el credo revolucionario, es secuestrado, desaparecido, incomunicado, sin derecho a defenderse, encarcelado, exiliado y en algunos casos, asesinados. Sobre la base de esas prácticas se sostienen las pesadillas de nuestros seres queridos a la luz de la cuestión venezolana.

Lo confieso: es mi mayor temor cuando pienso en Venezuela. Encontrarme con un mensaje indeseable donde me dicen que se llevaron a uno de mis amigos, pensar en sus familias y la indefensión total, así como con el escenario de la indolencia total. En algunos casos ha sido el remedio necesario para sobrevivir en un escenario como el venezolano, en otros tantos es la simulación de que nada pasa y que la cosa se reduce a unos cuantos fastidiosos que no dejan que la gente siga adelante aún en la adversidad.

No obstante, la historia suele ser implacable con quienes olvidan la centralidad de los derechos humanos en la discusión pública. Basta observar el presente de varios intelectuales venezolanos: sin una publicación relevante en al menos quince años, aferrados a esquemas anacrónicos de un mundo que les resulta cada vez más ajeno. En muchos casos, más atentos a las violaciones de derechos cometidas a continentes de distancia que capaces de nombrar las injusticias que ocurren en su propio país. Algunos supieron congraciarse con los militares para conservar espacios de participación que terminaron siendo, en realidad, espacios de captación de renta. Otros se especializaron en un alfabetismo político que les permitió participar en diálogos poco estratégicos y carentes de transparencia. Hoy aparecen como representantes de todo y de nada: exactamente el lugar que siempre ocuparon y, quizá, el único que alguna vez aspiraron a habitar.

Mientras tanto conviene escuchar a los sobrevivientes. Me gustaría poder escucharlos, saber de su resistencia, decirles lo mucho que han inspirado a cientos, contarles que su libertad será la libertad de todo el país. Y a quienes han resistido en tiempo presente, poniendo en riesgo el pellejo por un cambio incierto pero necesario: no alcanzarán las palabras y los homenajes para cuando nos encontremos en libertad.

La cual se sigue encontrando en un futuro incierto. Aunque, por lo visto, un poco menos incierto que ayer. Ya veremos mañana.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Bucles, actualizaciones, mitos y olvidos


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Tengo la imagen de estar sentado en la camioneta blanca, viendo a mi papá hablar con algún transeúnte de la avenida. “Falta poco”, “ya el hombre no aguanta más”, “eso está al caer”. Lo decían con un nivel de convencimiento que hasta yo mismo, con mis escasos 10 años, les creí como si no hubiese otra posibilidad.

Han pasado más de veinte años desde ese momento y siempre, cada vez con mayor reiteración, estamos más y más cerca del fin de la pesadilla. Mi generación vivió el trauma de la enfermedad del padre de la criatura, las elecciones del 2012, el desanimo de octubre y noviembre de ese año, la incertidumbre y el robo de las elecciones del 2013, las protestas del 2014, el inicio de la crisis y la victoria opositora en el 2015, los engaños y desengaños del 2016, las protestas del 2017, el éxodo masivo del 2018, las ansias, la máquina represora y el apagón del 2019, entre muchos eventos más.

Siempre hemos considerado que estamos cerca, aunque dicha consideración se basase es esperanzas y no en hechos concretos. Una muestra de ello es que hemos sostenido hasta el absurdo la frase: “cuando caiga el chavismo…”, seguida de alguna idea producto del buenismo de la época. No obstante, este cierre de 2025 confirma que ni un movimiento pacífico de masas, ni elecciones justas, ni portaviones destructores, ni aviones sobrevolando la costa, ni sanciones económicas, ni siquiera el repudio de la gran mayoría de las democracias del mundo habrían bastado.

La discusión en torno a la pertenencia ideológica de la dictadura suele ser bastante compleja y por momentos visceral. Tenemos al Estado sobre el pueblo, vigilante en todas sus dimensiones, represor y asesino comprobado, estrangulador de cierta iniciativa privada y amigo de favores obscenos. Si el diagnóstico posmoderno fue acertado, entonces los -ismos heredados ya no explican nada… Más allá de que se aferren hasta las últimas consecuencias a su discurso, más allá de que hayan favorecido el más rampante de los colapsos vistos en la región.

Y, mientras se dan esas discusiones, seguimos en esa conversación del inicio. Cada vez falta poco para que falte cada vez más poco. Ya la dictadura no va a seguir aguantando más de lo que ha aguantado. Pareciera que caerán algún día, en el mismo futuro improbable en que el sol se extinga y la vida humana deje de tener sentido sobre este asteroide a la deriva.

Es un bucle eterno que se repite como tragedia y chiste, como drama y comedia, como tristeza, desespero, hambre, muertes, desapariciones, exilios y olvidos; y, aun así —aunque el poder no lo quiera—, también como esperanza: lo último que se pierde y, lastimosamente, lo único que siempre nos queda.


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Tengo algunos amigos muy importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿Que debe hacer el feminismo del siglo XX para actualizarse con las nuevas formas de entender lo femenino?

Los otros dirán lo suyo en otra ocasión. Hoy dejo a CCT responder:

El feminismo del siglo XX dejó conquistas esenciales: el derecho al voto, la escolarización de las niñas, la participación política de las mujeres, el reconocimiento —a veces nominal, a veces real— de su ciudadanía. Pero toda lucha que se estanca corre el riesgo de convertirse en museo, y lo femenino de hoy no se parece a lo femenino que definieron las instituciones del siglo pasado. Si el feminismo quiere mantenerse vivo, debe escuchar las transformaciones de su tiempo.

Lo primero es reconocer que lo femenino ya no está limitado a un marco biológico ni a los moldes sociales que pretendieron fijarlo. Hay nuevas experiencias, nuevas corporalidades, nuevas subjetividades que también reclaman protección y derechos. Ignorarlas sería repetir las exclusiones que el mismo feminismo denunció durante décadas. La igualdad no se defiende seleccionando quién merece ser considerada mujer y quién no; la igualdad se defiende ampliando el espacio de la ciudadanía para todas las personas que viven violencias y desigualdades construidas sobre lo femenino. Además, el feminismo debe revisar los privilegios que heredó. No basta con recordar la gesta de las pioneras; hay que preguntarse quiénes quedaron fuera de esa historia: las mujeres pobres, las mujeres racializadas, las mujeres migrantes, las trabajadoras domésticas. Ellas no aparecen en los archivos oficiales, pero sostienen todos los días el orden social sobre el cual otras discuten teorías.

Actualizarse, entonces, no es abandonar los principios del feminismo del siglo XX, sino continuar su espíritu: luchar contra cualquier forma de subordinación. Lo femenino ya no es una categoría fija, pero la desigualdad sigue siendo un hecho rotundo. Allí donde haya una persona relegada por su género, allí deberá estar el feminismo, ampliando su voz y revisando sus certezas. Ese es el deber de un movimiento que nunca fue estático: avanzar con la historia, no quedarse rezagado detrás de ella”.

Siguiendo tu respuesta, ¿Que diría esto al feminismo latinoamericano, y en especial el venezolano, de hoy en día?

Y CCT culminó:

Al feminismo latinoamericano de hoy le diría que no olvide que nuestra región siempre ha cargado con desigualdades que no son abstractas, sino profundamente materiales. Aquí los derechos no se conquistan solo con discursos, sino enfrentando estructuras que atraviesan la pobreza, la violencia estatal, el autoritarismo y la desigualdad racial. América Latina no puede copiar modelos ajenos sin someterlos a sus propias realidades: la mujer indígena, la afrodescendiente, la migrante y la trabajadora precaria viven un feminismo distinto al de las élites urbanas. Si el movimiento quiere tener legitimidad, tiene que reconocer estas diferencias y construir desde allí, no desde las categorías importadas sin contexto ni desde la supuesta neutralidad de las académicas desligadas del territorio.

En el caso venezolano, la urgencia es aún más clara. Un país atravesado por la crisis económica, la migración masiva, la violencia institucional y la fragmentación social no puede aspirar a un feminismo que se limite a debates conceptuales o a celebraciones ocasionales. El feminismo en Venezuela debe ser una fuerza organizada capaz de denunciar la precariedad que recae —casi siempre de manera silenciosa— sobre las mujeres: la sobrecarga del cuidado en hogares sin agua ni electricidad, el trabajo informal que engulle la vida, la violencia que aumenta mientras las instituciones se desmoronan, y la soledad de quienes quedaron cuidando lo que otros tuvieron que abandonar.

Tampoco puede ignorar a la diáspora. Millones de venezolanas están sosteniendo familias enteras desde otros países, enfrentando discriminación, explotación laboral y trámites migratorios que las dejan en la incertidumbre. Si el feminismo venezolano quiere ser contemporáneo, debe incluirlas como parte de su ciudadanía política, porque también son víctimas de desigualdades creadas por un sistema que las expulsó. Y aún hay algo más: el feminismo no puede temerle a la autonomía. En un país donde el poder político busca instrumentalizar cualquier movimiento social, el feminismo debe ser vigilante y crítico, no una extensión de partidos ni gobiernos. La defensa de los derechos de las mujeres nunca puede subordinarse a lealtades partidistas.

Yo diría, entonces, que el desafío del feminismo latinoamericano —y especialmente del venezolano— es doble: ampliar sus bordes para incluir a todas las mujeres que han sido históricamente silenciadas, y al mismo tiempo mantener una independencia crítica frente a los poderes que producen esas mismas desigualdades. Un movimiento que no se arriesga a incomodar termina celebrando victorias vacías. Y las mujeres de esta región, tan golpeadas y tan persistentes, merecen algo más que consignas…”.

 

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En cierto segmento de las ciencias sociales se evaluaba el pensamiento mítico, entendido como el conjunto de nociones premodernas sin posibilidad de comprobación científica y que se sostenía sobre el peso de la tradición, como un ardid que imposibilitaba el verdadero conocimiento. De misma forma, unas ciencias sociales más actuales tomaron el pensamiento mítico como un factor imprescindible que daba sentido ahí donde las ciencias y la lógica no podían extender su alcance.

¿Qué tan presente está el mito en nuestro día a día? No hay forma científica que compruebe que rezar vale de algo. La medicina ancestral/comunitaria/naturista muestra ciertos avances, pero sería descabellado enfrentar un cáncer con hervidos y menjurjes. La lluvia sigue cayendo a pesar de que utilicemos tenedores y cuchillos entrelazados con miras al cielo nublado. Sabemos de sus pocas utilidades fácticas, pero esas y otras prácticas dan sentido al desfavorable e impredecible entorno en el que lo humanos nos movemos.

Si sumamos a este juego el factor de la memoria y el olvido la cosa se pone interesante. No solo no tenemos maneras fidedignas -para los estándares de la ciencia de antaño- de comprobar que ciertas prácticas son efectivas, sino que también debemos entendernos con nuestra arbitraria manera de recapitular la cotidianidad. Suele pasarnos a diario: luego de llegar a un acuerdo sobre X asunto, nuestra memoria decide borrar el asunto y tomar como cierta una versión que nos vendemos a nosotros mismos. Sucede con temas delicados y dolorosos, así como con las cosas menos trascendentales del mundo.

Ver un edificio y olvidar donde estaba ubicado. Pasar una noche de risas sin poder recordar el chiste de mayor peso. Oír una canción, intentar memorizar aunque sea la letra y después perder por completo cualquier rastro de ella. No es la regla general, por suerte aún podemos retener suficiente información y además contamos con dispositivos electrónicos que albergan aplicaciones que pueden servirnos en la tarea de monitorear cada aspecto de nuestras vidas. Maps para ubicar los edificios, bloc de notas para anotar frases claves y Shazam para pescar en las canciones de la vida.

Sin embargo, esa pequeña dosis de olvido también alimenta el pensamiento mítico. Una de sus expresiones más visibles es la nostalgia y las idealizaciones que organizan muchas de nuestras ideas sobre el pasado: la creencia de que la educación de antes era mejor —cuando los profesores torturaban a los estudiantes—, de que las familias eran más estructuradas —sostenidas sobre las espaldas de mujeres martirizadas—, o de que un mundo sin centros de salud ni médicos era más simple —aunque careciera de la posibilidad de detectar enfermedades y ofrecer tratamiento—. Todos ellos forman parte de un repertorio persistente de mitos que confunden austeridad con virtud y violencia con orden.

Usted se preguntará hacia dónde va el escritor con estas ideas. Hace unas semanas, mientras iba en bicicleta por la ciudad, recordé un episodio de 2023: una trabajadora sexual me socorrió a las cinco de la tarde en una zona solitaria y peligrosa. Era colombiana, del Quindío o de Caldas, y me ayudó por puro azar. Estaba en una esquina por la que yo pasaba justo cuando la cadena de la bicicleta se trabó en el rin, dejándome sin posibilidad de moverme o salir airoso de ese sector.

La señora en cuestión me ayudó principalmente por dos razones: porque estaba en el lugar y la hora indicada para socorrerme, y porque mientras me daba indicaciones sobre qué hacer con la cadena se daba cuenta de mi acento.

Usted es de Venezuela, ¿cierto? Yo viví allá muchos años, por eso fue que le acompañé”, me dijo mientras me dejaba sano y salvo frente a la Gobernación del Valle, luego de que fuese imposible arreglar el daño de la bicicleta. Cuando se despidió me comentó que ella trabajaba en la pensión de la esquina, por si la necesitaba algún día, invitación que me dio un poco de risa y un poco de tristeza. Semanas después del evento pasé por la misma esquina, sin poder identificar ninguna pensión, ningún motel ni nada por el estilo. Fue una aparición, pensé. Eso revestía con un poco decencia aquella historia lamentable.

Desde entonces siempre que pasé por esa esquina intenté estar atento por si veía nuevamente a la señora para agradecerle y salir corriendo, no fuese ella a pensar que yo quería algo diferente a reconocerle su solidaridad en aquella calle solitaria.

La semana pasada volví a pasar por esa misma esquina[1]. Vi grande sobre la pared un letrero con el anuncio: “Residencias La Pasión del Amor…”. Es decir, la pensión siempre estuvo ahí. Es decir, probablemente la señora siga ahí. Es decir, mi memoria me falló una vez más. Al menos sé que no fue una aparición o un fantasma, pero la historia ya no es divertida sino retorcida y extraña.

Como una ciudad vacía, con sus seres subterráneos asomándose a las avenidas; como una noche llena de música intrascendente y chistes malos; como un pasado sin idealizaciones y, finalmente, como la vida sin el mito.



[1] El lugar en cuestión en Google maps: https://maps.app.goo.gl/P6mgqq1S4AkZt3Dp8