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Creo que es normal que la imagen
de un bombardeo nos abrume.
Quienes hemos sido influenciados
por el arte nacional y la literatura punk, reconocemos la Caracas Sangrante
de Nelson Garrido. Caracas entera cubierta por hilos de sangre. Todo un valle
en rojo, calles, rascacielos y montañas interconectadas en un destino macabro, casi
como presagio de un futuro condenado donde el hambre, la ausencia y la
nostalgia carcomen a sus habitantes. Un presagio de nuestra actualidad, que es
a su vez la imagen más representativa de nuestro fin. O hasta el 3 de enero lo
era de manera casi unánime.
Me quedo con las humaredas en el
cielo, las locaciones de los ataques, sitios de antigua represión convertidos
en carbón. Y luego lo de siempre: opacidad en las cifras, en los relatos y los
eventuales desenlaces. En una ciudad bombardeada, la cúpula chavista decidió
entregar a Maduro y a Cilia Flores, en un intento por salvar el pellejo.
Mostrando sin disimulo que el gran factor de unión entre chavistas ha sido el
dinero, en este caso: el dinero venido de la renta petrolera. En un sentido muy
popular podría afirmarse que les han tocado una de sus más importantes
billeteras, no con un revolver ni con una navaja, sino con el ejército de la
principal potencia militar del continente. Creo que, en esas circunstancias,
era imposible negarse a los deseos de nuestro viejo aliado -con deseos
renovados de regresar a los imperialismos de antes.
Y, repito, todo en una ciudad
bombardeada. Una ciudad que podrá decir que tuvo el primer combate real entre
fuerzas cubanas y estadounidenses en no sé cuántos años, combate que
seguramente indicará tantas particularidades como una verdad elemental: si antes
del 3 de enero éramos un territorio ocupado… todavía lo seguimos siendo.
Lo comentaba con círculos
cercanos: no creo en la figura que intenta transmitir el Delcynato, la
misma puede encubrir las continuidades y quiebres con el chavismo como
pensamiento y movimiento político fundacional. Así como el madurismo fue
una excusa para salvar “el legado” de Chávez de su posible tergiversación, lo
que venga con Delcy puede ayudar a tergiversar la identificación plena de los
responsables de nuestra tragedia. A pesar de los ejercicios mentales de más de
uno, todo es una misma cosa: el chavismo, con su voracidad, violencia y
corrupción originaria.
Fue el chavismo el que llevó al
país al bombardeo. Al cerrar todos los caminos democráticos y querer
perpetuarse de la manera más burda, el chavismo le dijo al mundo que nada le
importaba, que ellos en el poder y los demás a acostumbrarse. Puede que por esa
sencilla razón no se han visto a las masas de venezolanos dentro y fuera del
país pidiendo la restitución del dictador. Lastimosamente, esta apuesta se da
en el contexto de una administración estadounidense indescifrable y el regreso
a los imperialismos de antaño. Apuesta arriesgada que saben aprovechar los
sobrevivientes de Maduro, la cúpula que a día de hoy se ha comprobado que
estuvo en diálogos con la CIA y el gobierno de Donald Trump meses previos al
bombardeo.
Si uno fuese malpensado, podría
pensarse que todo fue planeado. Como si ellos mismos pudiesen dar la
localización del presidente obrero, delegar a personal cubano el cuidado del
dictador y además de todo saber no estar en los sitios seleccionados por una
suerte de inteligencia supranatural. Tantas coincidencias pueden abatir a un
humilde servidor.
Pobre Maduro, volando por última
vez sobre una Caracas bombardeada, llena de incertidumbre, miedos y deseos
imposibles. Llena de traidores y hacedores de historia que siguen guiando el
destino de un país bastante particular, que resiste cualquier comparación y que
se asoma a una etapa diferente, única e inigualable.
Pobres los caraqueños, con bombardeos
y mafiosos traicioneros al poder. Pobres de los incrédulos, que pensábamos que
estábamos condenados a la miseria, sin tomar en cuenta que la historia nunca
está cerrada y siempre está en movimiento. Cambia como el humo que deja una
explosión: se disipa, se transforma, y mientras lo hace abre escenarios de
esperanza y de consternación por igual.
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Tengo algunos amigos muy
importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos
son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero
convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿Te
imaginaste ver alguna vez a Caracas bombardeada?
Los otros dirán lo suyo en otra
ocasión. Hoy dejo a Cay responder:
No. Nadie se imagina
eso de verdad. Uno se imagina apagones, colas, sirenas lejanas, tiros que no
sabes si son fuegos artificiales o algo peor. Se imagina una ciudad cansada, no
una ciudad bombardeada. Caracas no entra fácil en esa categoría. Caracas
siempre ha sido otra cosa: un ruido constante, una improvisación perpetua, un
desorden que parecía inmortal.
Pero las ciudades
tampoco avisan cuando dejan de ser invulnerables.
Pensar a Caracas
bombardeada no es pensar en misiles ni en mapas estratégicos. Es pensar en la
Avenida Urdaneta sin gente, en Sabana Grande sin risas, en El Silencio sin
ecos. Es imaginar que la música se corta de golpe, que el chiste malo ya no
llega al remate, que la noche se queda sin excusas para continuar.
Nunca pensé en
aviones sobrevolando la ciudad. Pensé, más bien, en algo más íntimo y más
cruel: en el momento exacto en que uno se da cuenta de que la ciudad ya no te
pertenece, de que dejó de reconocerte. Ese es el verdadero bombardeo. El que no
hace ruido, el que no sale en fotos, el que no tiene épica.
Caracas siempre vivió
al borde de algo, pero ese borde era parte de su encanto. El problema es cuando
el borde deja de ser vértigo y se convierte en caída. Cuando ya no estás
bailando cerca del abismo, sino aprendiendo a vivir dentro de él.
Siguiendo tu respuesta, ¿Puede la imagen de una Caracas bombardeada
ser tan potente y simbólica como Caracas Sangrante de Nelson Garrido,
capaz de marcar un antes y un después?
Y Cay culminó:
Puede ser potente,
pero no por las mismas razones. Caracas Sangrante reveló una herida que
ya existía; el bombardeo confirmaría que la herida se desbordó. La primera
nació desde la ciudad viva y caótica; la segunda vendría desde arriba, como un
cierre. No inaugura una época: señala que incluso el caos también puede acabarse.
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Hace poco hablé con un amigo y me contó que
hasta la semana pasada había tenido pesadillas donde la policía lo buscaba para
apresarlo. Recuerdo que otros dos amigos comentaban que solían tener pesadillas
con persecuciones y los colectivos armados. Agradezco a Dios privarme de esas
imágenes, las cuales no deben ser para nada gratas. Creo que quienes migramos y
pudimos rehacer nuestra vida fuera de la lucha democrática del país hemos
tenido la bendición y maldición de estar un poco alejados del trauma. Bendición
porque dentro de todo escapamos del temor de ser una víctima más de la
dictadura. Maldición porque nos sentimos inútiles y por momento irrelevantes en
la discusión nacional.
Volvamos a lo verdaderamente importante: quienes
viven adentro deben soportar aún los desmanes producto del diseño de sociedad
vigilante del chavismo de los últimos años. Desde hace un tiempo se vive en un
estado de guerra, donde cualquier sospechoso de traicionar el credo
revolucionario, es secuestrado, desaparecido, incomunicado, sin derecho a
defenderse, encarcelado, exiliado y en algunos casos, asesinados. Sobre la base
de esas prácticas se sostienen las pesadillas de nuestros seres queridos a la
luz de la cuestión venezolana.
Lo confieso: es mi mayor temor cuando pienso
en Venezuela. Encontrarme con un mensaje indeseable donde me dicen que se llevaron
a uno de mis amigos, pensar en sus familias y la indefensión total, así como
con el escenario de la indolencia total. En algunos casos ha sido el remedio
necesario para sobrevivir en un escenario como el venezolano, en otros tantos
es la simulación de que nada pasa y que la cosa se reduce a unos cuantos
fastidiosos que no dejan que la gente siga adelante aún en la adversidad.
No obstante, la historia suele ser implacable
con quienes olvidan la centralidad de los derechos humanos en la discusión
pública. Basta observar el presente de varios intelectuales venezolanos: sin
una publicación relevante en al menos quince años, aferrados a esquemas
anacrónicos de un mundo que les resulta cada vez más ajeno. En muchos casos,
más atentos a las violaciones de derechos cometidas a continentes de distancia
que capaces de nombrar las injusticias que ocurren en su propio país. Algunos
supieron congraciarse con los militares para conservar espacios de
participación que terminaron siendo, en realidad, espacios de captación de
renta. Otros se especializaron en un alfabetismo político que les permitió
participar en diálogos poco estratégicos y carentes de transparencia. Hoy
aparecen como representantes de todo y de nada: exactamente el lugar que
siempre ocuparon y, quizá, el único que alguna vez aspiraron a habitar.
Mientras tanto conviene escuchar a los
sobrevivientes. Me gustaría poder escucharlos, saber de su resistencia,
decirles lo mucho que han inspirado a cientos, contarles que su libertad será
la libertad de todo el país. Y a quienes han resistido en tiempo presente,
poniendo en riesgo el pellejo por un cambio incierto pero necesario: no
alcanzarán las palabras y los homenajes para cuando nos encontremos en
libertad.
La cual se sigue encontrando en un futuro
incierto. Aunque, por lo visto, un poco menos incierto que ayer. Ya veremos
mañana.

