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domingo, 25 de enero de 2026

La imagen y sus sobrevivientes

 


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Creo que es normal que la imagen de un bombardeo nos abrume.

Quienes hemos sido influenciados por el arte nacional y la literatura punk, reconocemos la Caracas Sangrante de Nelson Garrido. Caracas entera cubierta por hilos de sangre. Todo un valle en rojo, calles, rascacielos y montañas interconectadas en un destino macabro, casi como presagio de un futuro condenado donde el hambre, la ausencia y la nostalgia carcomen a sus habitantes. Un presagio de nuestra actualidad, que es a su vez la imagen más representativa de nuestro fin. O hasta el 3 de enero lo era de manera casi unánime.

Me quedo con las humaredas en el cielo, las locaciones de los ataques, sitios de antigua represión convertidos en carbón. Y luego lo de siempre: opacidad en las cifras, en los relatos y los eventuales desenlaces. En una ciudad bombardeada, la cúpula chavista decidió entregar a Maduro y a Cilia Flores, en un intento por salvar el pellejo. Mostrando sin disimulo que el gran factor de unión entre chavistas ha sido el dinero, en este caso: el dinero venido de la renta petrolera. En un sentido muy popular podría afirmarse que les han tocado una de sus más importantes billeteras, no con un revolver ni con una navaja, sino con el ejército de la principal potencia militar del continente. Creo que, en esas circunstancias, era imposible negarse a los deseos de nuestro viejo aliado -con deseos renovados de regresar a los imperialismos de antes.

Y, repito, todo en una ciudad bombardeada. Una ciudad que podrá decir que tuvo el primer combate real entre fuerzas cubanas y estadounidenses en no sé cuántos años, combate que seguramente indicará tantas particularidades como una verdad elemental: si antes del 3 de enero éramos un territorio ocupado… todavía lo seguimos siendo.

Lo comentaba con círculos cercanos: no creo en la figura que intenta transmitir el Delcynato, la misma puede encubrir las continuidades y quiebres con el chavismo como pensamiento y movimiento político fundacional. Así como el madurismo fue una excusa para salvar “el legado” de Chávez de su posible tergiversación, lo que venga con Delcy puede ayudar a tergiversar la identificación plena de los responsables de nuestra tragedia. A pesar de los ejercicios mentales de más de uno, todo es una misma cosa: el chavismo, con su voracidad, violencia y corrupción originaria.

Fue el chavismo el que llevó al país al bombardeo. Al cerrar todos los caminos democráticos y querer perpetuarse de la manera más burda, el chavismo le dijo al mundo que nada le importaba, que ellos en el poder y los demás a acostumbrarse. Puede que por esa sencilla razón no se han visto a las masas de venezolanos dentro y fuera del país pidiendo la restitución del dictador. Lastimosamente, esta apuesta se da en el contexto de una administración estadounidense indescifrable y el regreso a los imperialismos de antaño. Apuesta arriesgada que saben aprovechar los sobrevivientes de Maduro, la cúpula que a día de hoy se ha comprobado que estuvo en diálogos con la CIA y el gobierno de Donald Trump meses previos al bombardeo.

Si uno fuese malpensado, podría pensarse que todo fue planeado. Como si ellos mismos pudiesen dar la localización del presidente obrero, delegar a personal cubano el cuidado del dictador y además de todo saber no estar en los sitios seleccionados por una suerte de inteligencia supranatural. Tantas coincidencias pueden abatir a un humilde servidor.

Pobre Maduro, volando por última vez sobre una Caracas bombardeada, llena de incertidumbre, miedos y deseos imposibles. Llena de traidores y hacedores de historia que siguen guiando el destino de un país bastante particular, que resiste cualquier comparación y que se asoma a una etapa diferente, única e inigualable.

Pobres los caraqueños, con bombardeos y mafiosos traicioneros al poder. Pobres de los incrédulos, que pensábamos que estábamos condenados a la miseria, sin tomar en cuenta que la historia nunca está cerrada y siempre está en movimiento. Cambia como el humo que deja una explosión: se disipa, se transforma, y mientras lo hace abre escenarios de esperanza y de consternación por igual.

 

**

Tengo algunos amigos muy importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿Te imaginaste ver alguna vez a Caracas bombardeada?

Los otros dirán lo suyo en otra ocasión. Hoy dejo a Cay responder:

No. Nadie se imagina eso de verdad. Uno se imagina apagones, colas, sirenas lejanas, tiros que no sabes si son fuegos artificiales o algo peor. Se imagina una ciudad cansada, no una ciudad bombardeada. Caracas no entra fácil en esa categoría. Caracas siempre ha sido otra cosa: un ruido constante, una improvisación perpetua, un desorden que parecía inmortal.

Pero las ciudades tampoco avisan cuando dejan de ser invulnerables.

Pensar a Caracas bombardeada no es pensar en misiles ni en mapas estratégicos. Es pensar en la Avenida Urdaneta sin gente, en Sabana Grande sin risas, en El Silencio sin ecos. Es imaginar que la música se corta de golpe, que el chiste malo ya no llega al remate, que la noche se queda sin excusas para continuar.

Nunca pensé en aviones sobrevolando la ciudad. Pensé, más bien, en algo más íntimo y más cruel: en el momento exacto en que uno se da cuenta de que la ciudad ya no te pertenece, de que dejó de reconocerte. Ese es el verdadero bombardeo. El que no hace ruido, el que no sale en fotos, el que no tiene épica.

Caracas siempre vivió al borde de algo, pero ese borde era parte de su encanto. El problema es cuando el borde deja de ser vértigo y se convierte en caída. Cuando ya no estás bailando cerca del abismo, sino aprendiendo a vivir dentro de él.

Siguiendo tu respuesta, ¿Puede la imagen de una Caracas bombardeada ser tan potente y simbólica como Caracas Sangrante de Nelson Garrido, capaz de marcar un antes y un después?

Y Cay culminó:

Puede ser potente, pero no por las mismas razones. Caracas Sangrante reveló una herida que ya existía; el bombardeo confirmaría que la herida se desbordó. La primera nació desde la ciudad viva y caótica; la segunda vendría desde arriba, como un cierre. No inaugura una época: señala que incluso el caos también puede acabarse.

 

***

Hace poco hablé con un amigo y me contó que hasta la semana pasada había tenido pesadillas donde la policía lo buscaba para apresarlo. Recuerdo que otros dos amigos comentaban que solían tener pesadillas con persecuciones y los colectivos armados. Agradezco a Dios privarme de esas imágenes, las cuales no deben ser para nada gratas. Creo que quienes migramos y pudimos rehacer nuestra vida fuera de la lucha democrática del país hemos tenido la bendición y maldición de estar un poco alejados del trauma. Bendición porque dentro de todo escapamos del temor de ser una víctima más de la dictadura. Maldición porque nos sentimos inútiles y por momento irrelevantes en la discusión nacional.

Volvamos a lo verdaderamente importante: quienes viven adentro deben soportar aún los desmanes producto del diseño de sociedad vigilante del chavismo de los últimos años. Desde hace un tiempo se vive en un estado de guerra, donde cualquier sospechoso de traicionar el credo revolucionario, es secuestrado, desaparecido, incomunicado, sin derecho a defenderse, encarcelado, exiliado y en algunos casos, asesinados. Sobre la base de esas prácticas se sostienen las pesadillas de nuestros seres queridos a la luz de la cuestión venezolana.

Lo confieso: es mi mayor temor cuando pienso en Venezuela. Encontrarme con un mensaje indeseable donde me dicen que se llevaron a uno de mis amigos, pensar en sus familias y la indefensión total, así como con el escenario de la indolencia total. En algunos casos ha sido el remedio necesario para sobrevivir en un escenario como el venezolano, en otros tantos es la simulación de que nada pasa y que la cosa se reduce a unos cuantos fastidiosos que no dejan que la gente siga adelante aún en la adversidad.

No obstante, la historia suele ser implacable con quienes olvidan la centralidad de los derechos humanos en la discusión pública. Basta observar el presente de varios intelectuales venezolanos: sin una publicación relevante en al menos quince años, aferrados a esquemas anacrónicos de un mundo que les resulta cada vez más ajeno. En muchos casos, más atentos a las violaciones de derechos cometidas a continentes de distancia que capaces de nombrar las injusticias que ocurren en su propio país. Algunos supieron congraciarse con los militares para conservar espacios de participación que terminaron siendo, en realidad, espacios de captación de renta. Otros se especializaron en un alfabetismo político que les permitió participar en diálogos poco estratégicos y carentes de transparencia. Hoy aparecen como representantes de todo y de nada: exactamente el lugar que siempre ocuparon y, quizá, el único que alguna vez aspiraron a habitar.

Mientras tanto conviene escuchar a los sobrevivientes. Me gustaría poder escucharlos, saber de su resistencia, decirles lo mucho que han inspirado a cientos, contarles que su libertad será la libertad de todo el país. Y a quienes han resistido en tiempo presente, poniendo en riesgo el pellejo por un cambio incierto pero necesario: no alcanzarán las palabras y los homenajes para cuando nos encontremos en libertad.

La cual se sigue encontrando en un futuro incierto. Aunque, por lo visto, un poco menos incierto que ayer. Ya veremos mañana.

jueves, 25 de julio de 2024

Historia de dos ciudades

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El 25 de julio cumplen años Caracas y Cali. La primera, la ciudad donde nací y crecí. La segunda, la ciudad que me ha acogido en mi extraña experiencia de retorno y migración. Ambas fueron bautizadas en el nombre de el apóstol Santiago, cuya festividad se celebra el 25 de julio por igual.

Normalmente tiendo a celebrar a ambas ciudades, ya que en Caracas está mi historia personal y en Cali he venido a aprender el valor de la autonomía y el trabajo en la soledad del destino migratorio. No obstante, me pasa que al ver imágenes de Caracas me doy cuenta de una realidad tan espantosa como inevitable: de reconocer muchos de sus sectores, he pasado a desconocer partes enteras de mi ciudad.

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Pasó específicamente con una foto que mostraba parte de la ciudad que luce como una pendiente, con su inconfundible mezcla de barriada popular circundada por escalinatas de concreto y edificios modernistas en el medio del oeste caraqueño.

Creo que he pasado por esa calle, es la calle donde en mi infancia asistí al velorio de un cliente de La Caleñita, el restaurante de mis papás ubicado en la Avenida Baralt. El cliente en cuestión era El Carnicero, personaje del que probablemente ni mis padres recordarán su nombre.

El velorio del Carnicero fue concurrido. Toda la calle estaba repleta de carros, motos, personas de todas las edades y gentes de todo el sector. Asumo que muchos habrán sido allegados a él en aquel microcosmos que era la Avenida Baralt.

Aún puedo ver los objetos que adornaban aquella casa humilde: vírgenes, vasos con agua, velones, matas de sábila y rosarios en un altar. También recuerdo mi insistencia en irnos rápido de ahí, por el aburrimiento que me generaban los compromisos adultos y por no recordar al muerto en cuestión.

***

“¿Es el Carnicero, no te acuerdas?”.

A duras penas me acordaba del rostro de muchas personas de aquella época. El negocio era un sitio concurrido, lleno de gente de todo el paìs y del mundo entero. Era un microcosmos, con muchas nacionalidades y pocas fronteras.

Mis recuerdos a esa edad eran fugaces, quizá por el universo violento de la capital. Y, en efecto, no recordaba al Carnicero; pero de ahí en adelante cada que pasaba por esa calle pensaba en que yo había ido a un velorio en una casa de esa cuadra, que estuve dentro de una casa de unos desconocidos, siendo un extraño, rindiendo un flojo tributo a un fantasma sin rostro.

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En la foto vi la calle y dudé. “Se parece”, “puede ser, pero no veo la pequeña avenida que la atraviesa”, “no recuerdo esas escaleras ahí, puede que haya cambiado”. O puede que no, que en realidad esa parte de la ciudad, al igual que muchos paisajes del país entero, se encuentre en el olvido y el abandono de nuestra historia nacional.

El mayor cambio podría ser que la geografía del lugar ya no esté repleta por jóvenes o niños, si no por adultos maltratados por la crisis y por el resquebrajamiento de la sociedad que alguna vez fuimos. Y que quizás, en el recuerdo y a la distancia, sigamos siendo.

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Hablaba de eso hacía unos años con una amiga. El tema de conversación giraba en torno a la idea de hacer un mapa con los caminos que recorrí en Caracas, en parte como ejercicio creativo y en parte como guía de la ciudad que viví. De la casa en Quinta Crespo hasta el negocio en la Avenida Baralt, del negocio por la Cota Mil hasta Maripérez y de ahí hasta Plaza Venezuela. Los atajos del oeste, las historias de La Pastora y Lídice, la belleza del Este, los laberintos de San Bernardino y Bello Monte. El camino a la universidad y las casas de las amistades de siempre, las avenidas y los sitios que cambian de nombre, imágenes cuya forma ha mutado, preservando una esencia indescifrable.

He debido hacerme caso, porque ahora confundo el Bulevar de Cali con Sabana Grande en Caracas. El Maní, que nunca conocí, debe ser algo así como la Topa Tolondra, la meca turística de la salsa en Colombia. El Teatro de los Cristales es algo así como la Concha Acústica y la Universidad del Valle es la UCV en versión gótico-tropical.

En Cali, Las Tres Cruces, Cristo Rey y los Farallones hacen el simulacro de un Ávila dinamitado y atomizado. La Avenida de los Cerros es la Cota Mil y el Museo de la Tertulia es como Bellas Artes en pequeña escala. La Torre Cali es una de las torres de Parque Central huérfana de su otra mitad…

Así como los que nacimos y crecimos en ese vórtice de locura, violencia, estilos, artificios y afectos que es Caracas. Como los que seguimos viendo sombras y reflejos de calles y espectros en nuestros nuevos destinos.

lunes, 10 de abril de 2017

Violencia pop, parte I.

Krupskaia Mujica y Ernesto Reyes, personajes ficticios que se basan en algunos de los caricaturescos individuos que he conseguido en la UCV.

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RELATORA: Krupskaia Mujica

Iba rodando con mi bicicleta por la avenida y a lo lejos pude divisar, no muy claramente, una humareda extraña, impropia de la calma que caracteriza a mi ciudad. Curiosa, como siempre he sido, me dispuse a disminuir la velocidad; pues lo confieso, no sabía si era un incendio o qué cosa y a veces (y sólo a veces) la causa humanitaria no es lo mío.

Avancé lentamente y lo que vi era bastante curioso: me encontraba a las espaldas de un centenar de efectivos de seguridad que con sus armas disparaban bombas lacrimógenas a un grupo de personas. No comprendía que pasaba a mí alrededor, pensé por algunos minutos que seguramente se trataba de una las tantas manifestaciones balurdas que congregaba a los bobositores, entiéndase: al germen opositor de mi país.

Mi sospecha se confirmaba al ver a una serie de jóvenes blancos, seguramente del este de la ciudad, seguramente adinerados, seguramente incomprensivos del proceso político-social venezolano, lanzando piedras a los efectivos de seguridad.

No he sido nunca amiga de los policías ni de los militares. Para mi es irrenunciable mi cualidad contestataria ante la violencia del Estado… aunque en este caso la cosa era distinta. Estos jóvenes no eran pueblo, no sufrían el país como lo sufrimos nosotros, no entendían ni tenían la capacidad de ver a los ojos a la realidad del pobre.

No es que ellos merezcan ser reprimidos, no se trata de eso. Se trata de que deben aprender sea por las buenas o por las malas; se trata de que alguien tiene que darles un parado para que aprendan a soportar las vivencias de nosotros, los menos favorecidos.

Y sí, lo sé, dirán que soy adinerada, que soy sifrina porque vivo en Chacao, que soy enchufada porque mi papá fue guerrillero y actualmente es viceministro. Pero pana, se los digo: aquí hay un pueblo valiente, un pueblo que no se doblega. Nosotros podremos estar bien acomodados en estos momentos, pero la verdad es que ni todo el dinero del mundo puede, ni podrá, hacernos negociar nuestros valores revolucionarios a cambio de un mísero estatus que a decir verdad no nos interesa.
En fin, no estamos alienados como aquellos del otro lado.

¿No se las dan de libertarios y de transgresores? Que rescaten su bombitas y perdigones, pues.


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RELATOR: Ernesto Reyes

Veo a una familia sacando comida de la basura y el corazón se me pone chiquito. No puedo, no lo toleraré. Es como violentar la vida de una persona, someterla a este vejamen, a esa piltrafa.

No entraré en detalles, pero la vaina se jodió con Maduro. Ese huevón vino y nos cagó la vida. Antes podíamos ir de viaje, comprar comida, raspar la tarjeta, comprar la curdita y joder de vez en cuando. Ahora la vaina es tenaz, ni para un mango adobado me alcanza la plata. Estoy claro de que la cagué, de que voté por Maduro y quizás ese haya sido mi mayor error.

Yo confiaba en mantener mi estilo de vida. Y ojo, no que no disfrute una bola trabajando en el CELARG, yo no olvido mis principios, mi ética revolucionaria, mi ansia de transformar el mundo; pero coño pana, uno no puede pasar toda la vida hablando paja y paja sin recibir nada a cambio.

Yo me acuerdo cuando el Comandante estaba vivo, cuando éramos la potencia en la región. Y ojo: aún lo seguimos siendo; la arremetida neo-liberal ha sido arrecha, para qué negarlo, pero la vaina se ha puesto jodida compadre. Un solo peo para conseguir la comida, un solo peo para mantener a la jeva. Yo entiendo, de pana que sí, estamos destinados a liberar el continente de la plaga yankee y toda esa paja que le repito a los chamos en la universidad todas las mañanas; pero, y soy enfático en esto, la vaina está jodida.

Lo peor es que no puedo hablarle a nadie de esta vaina. Si hablo de esto en el CELARG me botan, pues mi jefe es burda de jodido y nos tiene a todos vigilados. Si hablo de esto en la universidad segurito me pichan con los colectivos para que enmiende mi falso andar y mi delirio pequeño-burgués.

A veces toca entender. De no ser por esos correctivos (burocracia y colectivos) estaríamos todos a la merced de la cuerda de locas que hay en la oposición. Una parranda de mariquitos que lo único que hace es joderle la paciencia a uno. Que si el índice de mortalidad, que si la delincuencia, que si las colas, que si Maduro, que si los militares… No joda, por eso es que en esta vaina no dan pie con bola. Una cuerda de gafos que lo que va pendiente es hacer show siempre y nunca aportar una verga.

Por eso es que son buenos los correctivos. Es como un chamito pues, si no le das unos buenos coñazos a su debido tiempo te va a salir todo pargo y todo engañado. Por eso la revolución ayudó tanto al pueblo, le entregó los instrumentos de su liberación. Un pueblo armado no se deja engañar. Una vaina increíble, desde carajitos claros de que los propósitos de sus vidas deben ir en el cauce de la revolución.

Anulamos la falsa ideología con cada nuevo militante. Fundamos la nueva Venezuela un salón a la vez. Todos odiarán la burocracia, algunos denunciarán a los colectivos, pero la grandísima verdad de este proceso es que sin la primera y sin los segundos esta vaina estaría en la mismísima mierda. Por eso creo que Maduro fue un error, pero uno que se compensa con el legado del Comandante. Para qué negarlo, aún sobrevivimos gracias a sus enseñanzas.

Pero bueno, harina de otro costal…


Pero bueno, ¿en qué estaría pensando antes? Qué peo con la memoria vale…

viernes, 24 de marzo de 2017

La encrucijada de enero.

A los hermanos del 23 de Enero.

*

Josué: ¿Tú eres marico compi?

Compi: ¿Marico por qué? Ni que fuera mongólico.

Josué: ¿Cómo te vas a pirar así como así, mamahuevo? La estás soñando de pana.

Compi: Marico, Josué, ya estoy ladillado de esta mierda huevón. Todo es un peo siempre y estás claro.

Catire: De pana Josué, ya te vas a poner a decir que aquí no pasa nada.

Josué: Yo estoy claro que la vaina no anda bien, ¿pero te vas a ir a otro lado a mamarle el huevo a un extranjero? No joda, para pasar roncha me quedo al menos en un sitio que yo conozca, no me voy a ir a soñarla en otro lado pelando bola.

Compi: Bueno marico, pero me voy es para probar a ver qué es lo que es. Si me va mal o no, ese ya es otro peo; a mí lo que me interesa es ver mundo marico, aquí uno está demasiado jodido por todos los frentes.

Catire: De pana que sí marico, pilla como está la economía, la delincuencia, tenemos como dos meses sin agua, toda verga anda mal. Hasta la cerveza dejó de ser barata aquí: aquí, que se supone es un barrio donde el gobierno y el colectivo mantiene la vaina medianamente bien.

Josué: Bueno mamahuevo, pero qué quieres tú. Tienes el pasaje barato, no te falta la luz, no andas pelando bola como la gente del interior. Además el mío, tú no trabajas serio serio ni legal legal. Ponte que un día de estos comiences a chambear serio, ¿me vas a decir que vas a seguir pelando bola? ¡De bolas que no mamahuevo! Pilla a la lacra de Jean: todo huevón con su cara de pánfilo pero anda haciéndose las lucas en el Ministerio de las Comunas. ¿Si tú ganases esa cantidad de billete te estarías quejando?

Catire: De bolas negro, esa vaina es un bozal de arepas y estás claro. Además marico, ese es el peo de esta mierda: todo el mundo quiere es irse por los caminos verdes.

Compi: De pana, y al menos no sé si esa vaina sea igual afuera.

Josué: Ajá, está bien pues, pero ponte que te tengas que devolver. Ahí vas a quedar como un pajuo por no haberte aguantado tu pela aquí, el mío. Te repito compi, irte para otro lado a pasar roncha. Te vas a acordar de mí.

Compi: Ajá mamahuevo, ¿y tú? Le dices achantado a Catire pero también andas en vainas locas soñándola. Estás claro que si te vas para otro lado a trabajar legal  no vas a durar un coño por la misma vaina de que aquí estamos acostumbrados a una joda y a una tranza toda loca.

Josué: De bolas huevón, por eso no me ando fumando una como tú de que me quiero ir ni nada de esa paja. Yo me quedo aquí porque aquí conozco cómo es la movida, cómo es la vuelta y cómo es el beta pues. ¿Tú crees que si me llevas un año enterito a Panamá voy a poder hacerme las lucas como me las hago aquí? Ni de vaina marico, ni de vaina.

Compi: Pero entonces lo que estás es cagado.

Josué: De bolas, ¿tú no?

Compi: Claro marico, pero al menos lo admito pues. No ando con una mariquera intentando justificar mi cague ni nada. Yo sé que va a ser difícil y que no la voy a tener fácil como aquí, pero marico, es eso o estar aquí todo pegado pelando bola esperando a que algún día cambie la vaina o a que me den mi balazo por ahuevoniado.

Josué: ¿Y por qué te van a tener que meter un balazo? Ves que inventas huevonadas.

Catire: Ves que te gusta hacerte el pendejo, el mío. Están matando a todo el mundo. El otro día en Camboya mataron a un menorcito que la andaba pagando que si de madrugada. 30 pepazos en la cabeza pa que sea serio. ¿Tú crees que esa mierda pasa en otro lado? Eso es nada más aquí que matan al más huevón, mientras los vivos están tranquilitos todos chiquiluquiados como si nada.

Josué: Pero a ese lo mataron por gafo, estás claro.

Compi: ¿Cómo lo van a matar por gafo? Marico, era un carajito y le clavaron todo ese montón de balazos porque pensaron que era un choro.

Josué: Bueno pero quién lo manda a meterse en Camboya a esa hora. Además estaba solo y estaba medio fumado según dicen en el barrio. Demasiado enfermo de pana.

Catire: Bueno pero eso no es culpa del chamito. Es el país en el que estamos viviendo.

Compi: El país del que me estoy yendo. Y tú estás claro, tú conocías al menor y estás cloro que ese chamo no estaba metido en ninguna vaina loca como para que lo dejaran así.

Josué: Sí bueno, es verdad, pero igual quién lo manda. Yo por lo menos me conozco esta vaina, al igual que ustedes, y están claros que meterse a esa hora allá es un rolo de beta.

Compi: Claro mamahuevo, pero no tiene porque ser así. Esa vaina no es normal, uno deja pasar mucho esa mierda como si fuese un beta normal y no es así negro.

Josué: Ajá, pero entonces, ¿qué hace uno? ¿Me quedo todo achantado? ¿Me quedo quieto en mi casa? ¿No salgo? ¿Y los culos? ¿La jodedera? ¿Los panas? La vaina tampoco es quedarse así todo pasmado.

Compi: Pirar el mío. Por eso me estoy yendo.

Josué: No, qué va. Primero muerto que ido. Además, para irme tendría que ir para un sitio así bien lleno de lucas pues, todo billetudo y llegar como un rey. Sólo así me cuadraría la vaina.

Compi: No sí huevón, ¿dónde te vas a conseguir una chamba lacra recién llegado? En tus sueños. Uno recién llegado tiene que pasar roncha porque sí.

Catire: De pana.

Josué: ¿Y tú catire? ¿Por qué no piras pues? Si tan mal te va aquí…

Catire: Porque no he tenido la oportunidad.

Josué: Tú sí eres bien arrecho. Vienes a criticarme pero estás esperando lo mismo que yo: una vaina bien, cero complicación y sin pasadera de hambre. Estás claro.

Catire: Bueno sí, pero tampoco me ando dando puñaladas diciendo que no me voy a ir ni nada. Si se da el chance piro, si no pues me quedo aquí. Qué tanto, algún día esta vaina cambiará.

Josué: Bueno, al menos estás hablando claro. No como el pajúo del Compi.

Compi: ¿Y yo en qué no ando hablando claro? Ya tengo el pasaje el mío, estoy pirado de bien.

Josué: Bueno mamahuevo, que si vas a pirar vas a olvidarte de uno. ¿Me vas a decir que si te haces las lucas no te vas a desaparecer? ¿Para qué coño de la madre vas regresar? Yo no lo haría, eso si llego a hacer billete parejo. Viviría como un rey pues, ¿para qué volver a esta mierda? Eso es lo que dicen ustedes.

Compi: Bueno gafo, mi familia sigue aquí. Y mis panas, maldito. ¿Tú crees que uno se olvida de todo el mundo? Ese eres tú que eres senda lacra.

Josué: ¡Un coñuemadre pues! Al menos no ando cayéndole a paja a la gente. Lo que te digo marico, te vas a acordar de mí. Cuando te de culillo y te quieras devolver.  

Compi: Ajá, ¿y si no me devuelvo? ¿Y si me va bien?


Josué: Bueno, si eso pasa yo mismo te compro el pasaje para que regreses y nos caemos a curda. Si no es para celebrar aunque sea para que cuentes cómo te fue afuera pasando roncha.  Para que no te la estés dando de importante con uno pues. Eso o para que dejes de quejarte de tu país, mariquito. Y ya vale, vamos a aprovechar y compramos unas negras antes de que al Catire le aumenten el precio de la curda otra vez. No vaya a ser que también le pique el culo y se quiera pirar contigo…

sábado, 4 de febrero de 2017

Sobre la metrópolis en el discurso moderno (y posmoderno).

La construcción del discurso pasa por muchos elementos; bien sea su correcta adecuación gramatical, su atinado nivel de coherencia o, justamente lo que nos interesa para este ensayo, su potencialidad representadora. Como bien dice el colega Erly J. Ruiz: la potencialidad de representar, no la de describir. No buscamos una descripción o una suerte de inventario fidedigno sobre la realidad que estudiamos al sumergirnos en la lectura. Quizás por lo anticuada de dicha idea[1], o porque el lenguaje no se basa en una sola manera de representar la realidad[2].

El punto es el siguiente: todo discurso es social, y todo lo social es a su vez discurso. Entre idas y vueltas comprendemos que por cada sociedad hay una manera de aprehender y hablar la vida misma, de esa cualidad particular se hace aquello de los círculos hermenéuticas y diferencia de perspectivas. Ahora bien, partiendo de esa premisa habría que establecer otras dos tesis al respecto: la primera, que a la sociología como disciplina le ha costado muchísimo reconocer la apertura de discurso sobre lo social; la segunda, que cuando se sabe que la disolución de lo social está a la vuelta de la esquina, es mucho más complejo de lo que se cree aquello de formular discursos cohesionadores y que den sentido a sociedades enteras.

De la primera tesis, es sabida aquella pretensión de la sociología de homogenizar la realidad social a través del lenguaje del positivismo. Desde la Reforma se abre el abanico para diversas interpretaciones de la vida, generando así una ruptura con la cosmovisión teológica de la vida. A partir de ese momento en adelante la episteme moderna busca un discurso dador de sentido, un discurso que otorgue la certeza pérdida.  Así, los modernos van cambiando de piel. Desde la religión de Ockham, hasta la filosofía de Descartes. Todos en el fondo en búsqueda del nuevo centro que, como bien sabemos, propone Comte en su formulación sobre los tres estados de la evolución del pensamiento. De la religión se pasa a la filosofía y de la filosofía a la ciencia exacta. Exactitud, despeje de incertidumbres y concertación: es la gran aspiración moderna.

Ahora bien, como diría Nietzsche, se corta la cabeza de la deidad para poner al hombre en el centro. Pero éste no es un hombre cualquier sino un hombre individualizado, no ordenado hacia Dios sino separado de cualquier relación y con la única certeza que le proporciona la ciencia natural de su momento: un cuerpo, un cerebro, separación entre el alma y la máquina, funcionalidad orgánica y demás. Vale la pena decir que las certezas con respecto a la corporalidad son aún algunas de las certezas que hoy mantiene la racionalidad técnica con respecto a la humanidad; no siendo el mismo caso con el aspecto social y lo referente a lo subjetivo de la persona. El ser, o lo interno misterioso que continúa siendo un verdadero dolor de cabeza para la mente calculadora moderna.

Pues la sociología, que tanto se ha propuesto la funcionalidad del individuo a través de su trabajo (discurso positivista funcional) o su inevitable liberación del capital (teleología positiva marxista), aún no reconoce que la persona, siendo individualizada, siendo vejada de un centro unificador, busca certeza en el centro del mismo discurso moderno: el individuo, la mismidad en pleno.

Entraríamos de esa manera a la segunda tesis, pues la individualización del mundo –la mentada posmodernidad e hipermodernidad– no ha supuesto un verdadero quiebre con la episteme moderna inicial. Al contrario, lo que se busca es la certeza en el individuo, se buscan respuestas en un yo que poco a poco se desdibuja ante la paradójica (pero totalmente esperable) caída de los grandes relatos de la modernidad. No hay partido político, nación, frontera geográfica, gusto estético, o busque usted el pretexto de preferencia, que pueda delimitar a la persona ante la saturación de la vida actual. Las sociedades también sufren de esta suerte de explosión de identidad: las nociones sobre lo social se individualizan, se particularizan hacia encuentros mínimos, ligeros y ambivalentes. Dice la sociología pesimista que es la disolución y el fin de la vida como la conocemos, mientras que otros no tan alarmistas avistan tan solo una nueva manera de vivir aquello que denominamos la vida en sociedad.

Se habla entonces de discursos (en plural), dejando de lado la pretensión cientificista y reconociendo la hiperindividualización de la persona. De los elementos que hacen posible esta pluralidad se encuentra el sitio característico de la filosofía moderna: la polis. El lugar de encuentro con el otro, sitio de deliberación o disenso, de encuentro o choque, permanente encuentro con la diferencia de credo y opinión. La polis, metrópolis o simple ciudad, ha sido el centro en el que más se constata aquello de la pérdida de norte conceptual y profundización del individuo como motor moderno.

Basta situarnos desde la sociología de Georg Simmel (1858 - 1918) para constatar dichas afirmaciones. De su ensayo Metrópolis y vida mental (1974) se desprenden varias pistas, que si vemos a la distancia hablan de un autor lúcido en cuanto a lo que la comprensión de lo social se trata. Pues, no lo olvidemos, se trata de comprender, de mantener una actitud dialógica y no acusadora; éticamente ecuánime que otorgue dignidad a la verdad del espíritu del tiempo que se trate.

Esa era la perspectiva del autor, nutrida entre otras cosas por la herencia de la hermenéutica de Dilthey, que como bien sabemos se basaba en la psicologización de la interpretación. Preponderaba el individuo y su legado material como representación de la sociedad. Ya en Dilthey y Simmel el individuo se imponía, sus interpretaciones así no se distanciaban demasiado del discurso moderno del que se querían deslastrar.

Partiendo desde el individuo, Simmel se propone a visualizar la reacción que desemboca toda la metrópolis y su dinámica en el proceso mental, en el individuo como punto de inicio y fin del ensayo. Vale acotar que, como bien mencionamos en el inicio, este individuo ya está parcialmente separado de la relación religiosa; ahora está arrastrado por las fuerzas sociales sin contar si quiera con un vínculo histórico estable[3]. Lo único que cuenta del individuo es la certeza de su funcionalidad, de su papel dentro de la división social del trabajo. Simmel lo establece claramente: se prima su función dentro del engranaje moderno, nada más[4].

Ni la subjetividad, ni la emocionalidad de antaño. Lo verdaderamente importante es la cualidad objetiva, la cualidad que se manifiesta en monetización de la vida[5]. Predominio monetario, entrega objetiva del individuo[6]: todo formando parte de la cadena de ensamblaje moderna.

Ahora bien, la paradoja que plantea Simmel sobre los individuos de la metrópolis es la siguiente: mientras más se exige objetividad de la persona mayor privatización subjetiva hay por parte de ella[7]. No interesa para el circuito de trabajo alguna manifestación que correspondería a una población rural, pues, recordemos, el vínculo histórico ahora está vetado dentro de la maquinaria moderna[8]. Y en la medida que la persona se ve desalentada a interactuar con el otro va haciendo que su pensamiento, deseo y entrega emocional se sitúen fuera de la metrópolis y su desenvolvimiento[9].

Parte de esta privación de lo subjetivo también deviene de la rapidez de la ciudad. Las imágenes, a diferencia de las del mundo de vida tradicional, pasan rápidamente; las caras, los cuerpos, los edificios, todo dispuesto y enrarecido por la velocidad de la vida moderna[10]. Dice el autor que uno de los mecanismos bajo los cuales se resistía a este constante cambio de rostros y formas era la actitud del hastío y la reserva[11]. Hastío en la medida de que los impulsos externos de las sociedades modernas, al ser tan elevados y tan diversos, dejan al individuo perplejo ante una hipotética posibilidad de comprensión e interpretación profunda. No es ya la época de la interpretación honda de la vida, pues lo que hace el tránsito moderno es darnos una noción efímera que va prefigurando la relación del individuo con el resto hacia una relación meramente objetiva[12]. No en vano el diagnostico parece ser correcto: el hombre moderno es un práxico de las cosas[13], no de las relaciones estables y duraderas.

El hastío y la reserva, la actitud objetivista que otorga cualidad de cosas a las personas: no queda duda de que el andamiaje moderno dista de tener una sola lectura sobre los individuos. De la tarea de urbanizar y organizar la vida en sociedad, las ciudades pasan a tener una nueva lectura con respecto a una suerte de extrañamiento por parte del individuo en sus instancias. En su autopreservación las personas buscan en sí mismos categorías y formas de alejarse de la rutinización de las formas y el tránsito de voces y entes.

Dicha manifestación no es representación única de la sociología comprensiva, pues si volvemos a la primera tesis de este corto ensayo es posible dar cuenta de lo social fuera de la manifestación de las distintas vertientes sociológicas. Una de esas manifestaciones, portadora de gran poder interpretativo y comprensivo, se encuentra en la literatura. En el caso venezolano podemos dar cuenta de este drama moderno-citadino en la que aún es considerada como la primera novela moderna (y no modernista) venezolana: hablamos, por supuesto, de Los Pequeños Seres (1977) de Salvador Garmendia (1928 - 2001).

Los pasajes rurales –entiéndase, el campo desde la óptica ilustrada– tan típicos en Gallegos u Otero Silva van haciéndose a un lado para dar paso a la escena moderna por excelencia: la ciudad, específicamente la Caracas de mitad de siglo XX. Una ciudad que vive pleno apogeo demolicionista de ambición moderna. Una ciudad que, como diría Federico Vegas, va perdiendo su esencia de lengua española y se diluye en una red de distintas tramas. Se piensa en una Caracas a la manera de una ciudad del sur de los Estados Unidos, se piensa en Caracas a la manera de una barriada española, se piensa en Caracas a la manera de una ciudadela hebrea: lo cierto es que lo único que emana de este pensamiento es el escombro, el polvillo y la prefiguración estética definitiva de una ciudad que se va haciendo distinta, que se va haciendo, por qué no, moderna.

 Moderna en la medida de que su convivencia se va haciendo desde el individuo y no desde la relación. Autopistas, vehículos, viviendas alejadas, torres para la masa que llega a la ciudad. Mayor autonomía, mayor empuje económico. Más humanidad, más individuos, más modernos. ¿Cómo no ver entonces cumplida la interpretación de Simmel? El hastío y el desdén se apoderan del caraqueño que, ante la llegada de la nueva mentalidad y los nuevos vecinos, se ve arrojado a un ensimismamiento inédito en nuestra historia pasada. En Garmendia es palpable esta sensación en la idea que se va formando de la ciudad moderna: “Andar[14], la única acción posible bajo la cual el hombre puede concretar su ya nombrada función en la maquinaria, pero este andar es un andar sin objetivo, sin sentido. No vale la pena aferrarse a esos viejos vínculos históricos, lo único que vale es la fugacidad, el contacto efímero que es definido por la inutilidad de la marcha de rostros y personas desconocidas[15]. La unidad no reina, es la diferencia de personas nacidas en un mundo, un escenario, sin relación ni tacto con el otro.  En definitiva, simplemente ¡andar!

Dicho esto, convendría entonces ubicar la actualidad de esta discusión en la narrativa más reciente. Pues bien sabemos, la Caracas de Garmendia es una Caracas que a la interpretación actual es casi inexistente, al menos en su constitución material. ¿Hará esto que precisamente la actitud haya cambiado?

No parece ser así, pues el hastío en la ciudad se mantiene, mucho más allá de la operación estética del valle. Tomemos por ejemplo Pim Pam Pum (2010) de Alejandro Rebolledo (1970 - 2016), conocida por ser novela de culto, de retórica punk y, a nuestro juicio, discurso posmoderno del cierre del siglo XX por excelencia. Los personajes no pueden ser considerados unos pequeños seres garmendianos; sin embargo, en su discurso aún se encuentra una cierta reserva, una cierta dislocación cognitiva con respecto a su ciudad. Eso sí, con el agravante de que las voces que representan a esta realidad, los protagonistas, dan ya por ganada en su totalidad la problemática del individuo; es decir, el individuo no se cuestiona a sí mismo sino que es punto de partida, quimera y solución de la trama trazada por el autor[16].

La suya es una Caracas que ya vivió la fiebre de los tractores, una Caracas que ya removió de sí gran parte de su herencia hispánica. La promesa de la metrópolis se cumplió, muy al (inconsciente) pesar de nuestros personajes. No son las imágenes de una gran ciudad las que impactan en ese sentido, es el constante flujo del tiempo el que supone un malestar ahora[17]. El sueño no es el futuro que alcanzaremos gracias a los grandes relatos de la modernidad, el sueño es revertir el curso y volver al momento donde de verdad fue Caracas una ciudad moderna[18].

Son individuos desdichados, con sueños y deseos de autodestrucción, que aún en su virtual hastío no pueden sino verse en un futuro que aún no concretan. Surge en ellos el deseo de mayor individualización, mayor separación y mayor autonomía de cuerpos para surgir en una trama distinta a la caraqueña[19], la cual a la manera de Rebolledo y de una cierta sociología urbana aún no logra deshacerse definitivamente de su acento tradicional.

Así mismo, la mentalidad monetaria de Simmel se hace presenta también en los personajes de Rebolledo. El dinero es la vía posible para salir del infierno, para pasar a una nueva vida fuera de la ciudad[20]. Recordemos: el valor objetivo es la única vía posible para salvar la cualidad subjetiva. Nada diferente a lo escrito por Simmel, a excepción de la época que viven nuestros personajes. Ya el trabajo no es un valor potenciador de la persona del mundo de vida moderna; de hecho, el trabajo se encuentra en jaque en los tiempos donde la misma autonomía individual cuestiona la noción ascética del laburo[21]. Ni el trabajo, ni la metrópolis y si observamos bien ni los mismos sujetos; sólo el dinero puede y podrá salvar, no al país ni a la ciudad, sino a estos individuos hastiados. En este aspecto específico se puede observar una gran diferencia entre Garmendia y Rebolledo, o mejor dicho entre la estética moderna e hipermoderna: pues mientras en la primera obra el protagonista principal sufre de desequilibrios a causa de un muy necesitado puesto laboral en la segunda el virtud del trabajo no es rescatada en lo más mínimo: vale únicamente la cualidad hedonista y vivencial del placer, el resto pasa a segundo plano.

De esta suerte de delirios y ensoñaciones se constituye lo que creemos es una de las diferencias sustanciales entre la obra moderna y posmoderna. En un principio ensimismada y ascética, luego individualización radical y hedonista; primero centrada y discursivamente lineal, luego liberada y jocosamente desordenada. ¿No ha sido justamente éste el devenir de las sociedades abiertas de occidente? ¿No es justamente el testimonio de una época que ha cesado y el de otra que apenas luce comprensible a los ojos de sus intérpretes? Naturalmente el problema dista de tener una sola manera de ser abordado, y dista de ser clausurado. De esta suerte de cuestionamientos nacen preguntas que se formulan no solo de carácter estético sino también ético, político y, por supuesto, social. Valga la pena salvar a los personajes, pues desde ellos se visualizan caminos para continuar nuestra exégesis, a no ser que éste sea otro delirio hipermodernizado y liberado del siglo que corre…

Referencias:

1.       Becker, Howard (2011): Manual de escritura para científicos sociales. Siglo veintiuno editores. Buenos Aires.
2.       Garmendia, Salvador (1977): Los pequeños seres / Los habitantes, pp 127-131, Monte Ávila Editores, Caracas.
3.       Moreno, Alejandro (2006): El aro y la trama: episteme, modernidad y pueblo. Convivium Press, Miami.
4.       Simmel, Georg (1974): “Metrópolis y vida mental”; en: La soledad del hombre. pp 99-119. Monte Ávila Editores. Caracas.
5.       Rebolledo, Alejandro (2010): Pim Pam Pum, Ediciones Puntocero, Venezuela.




[1] Bien se sabe que lo fidedigno en las ciencias sociales correspondía a la plena descripción de una realidad particular. Aspiración de verdad y positividad total, francamente en decadencia.
[2] Dice Harvey Molotch: “El hecho de haberse entrenado en una tierra de “hechos”, donde se celebran las “respuestas” correctas” –incluyendo la manera “correcta” de acercarse a un libro de química o a su manual de lengua inglesa– los paraliza frente al teclado de la máquina de escribir. Su problema es que hay muchas oraciones correctas, muchas estructuras correctas para un ensayo (…). Tenemos que liberarnos de la idea de que existe sólo una única manera correcta. Cuando no lo hacemos, la contradicción con la realidad literalmente nos asfixia porque es imposible demostrar (ante nosotros mismos) que una oración, un párrafo o un artículo son sin lugar a dudas los correctos. Los estudiantes dejan salir las palabras, pero por supuesto que estas palabras ni siquiera superarían en el primer esbozo la prueba del “ok”, y mucho menos la de encarnar los correcto y la esencia perfecta de lo correcto. Al no tener idea de lo que es un intento, un primer borrador, un borrador a secas, los estudiantes sólo pueden sentir frustración ante la perspectiva del fracaso.” (Molotch en Becker, 2011: 72)  
[3] “Los problemas más profundos d la vida moderna surgen de que los individuos pretenden conservar la autonomía e individualidad de su existencia frente a las arrolladoras fuerzas sociales, a la herencia histórica, a la cultura externa y a la técnica de la vida”. (Simmel en AAVV, 1974: 101)
[4] “El individuo queda reducido a una cantidad despreciable, quizás menos en su conciencia que en su acción y en la totalidad de sus oscuros estados emocionales derivados de esa práctica. El individuo se ha convertido en un mero engranaje, en una enorme organización de cosas y poderes que arrancan de sus manos todo progreso, espiritualidad y valor para transformarles su forma subjetiva en la forma de una vida puramente objetiva.”  (Simmel en AAVV, 1974: 117)
[5] “La mente moderna se ha vuelto cada vez más calculadora. La exactitud calculadora de la vida práctica, provocada por la economía monetaria, se corresponde con el ideal de ciencia natural: transformar el mundo en un problema aritmético, fijar cada parte del mundo en una fórmula matemática. Sólo la economía monetaria ha ocupado los días de tanta gente con pesajes y cálculos, con determinaciones numéricas, con reducción de los valores cualitativos a valores cuantitativos. Mediante la naturaleza calculadora del dinero se ha producido en la relación de los elementos vitales una nueva precisión, una exactitud en la definición de identidades y diferencias, una certidumbre en los acuerdos; precisión que encuentra su manifestación externa en la difusión universal del reloj pulsera.” (Simmel en AAVV, 1974: 105)
[6] “(…) el desarrollo de la cultura moderna se caracteriza por la preponderancia de los que podría denominarse “espíritu objetivo” por encima del “espíritu subjetivo”.” (Simmel en AAVV, 1974: 116)
[7] “Aún cuando los tipos de personalidad independientes, caracterizados por los impulsos irracionales, no son en modo alguno imposibles en la ciudad, se oponen, sin embargo, a la típica vida ciudadana. El odio apasionado de hombres como Ruskin y Nietzsche por la ciudad es comprensible en estos términos. Sus naturalezas descubrieron el valor de la vida sólo en la existencia no esquematizada, que no puede ser definida con precisión para todos por igual. De la misma fuente de este odio por las metrópolis, surgió su odio por la economía monetaria y por el intelectualismo de la existencia moderna.
De esta manera, los mismos factores que se han unido en la exactitud y precisión de una forma de vida, lo han hecho en una estructura de la más alta impersonalidad; por otro han promovido una subjetividad altamente personal.” (Simmel en AAVV, 1974: 106)
[8] “Con cada cruce de calles, con el ritmo y multiplicidad de la vida ocupacional, económica y social, la ciudad marca un contraste profundo con la vida rural y de pequeños pueblos con respecto a los fundamentos sensoriales de la vida psíquica. La metrópolis exige del hombre en tanto criatura discriminadora una cantidad diferente de conciencia de la que requiere la vida rural. En ésta, el ritmo de vida y el cuerpo mental de imágenes sensoriales, fluyen más lentamente, más habitualmente y más uniformemente. Precisamente al compararlo con ella se hace más comprensible el carácter sofisticado de la vida psíquica metropolitana, tanto como cuando se le compara con la vida de pueblo, que descansa sobre relaciones emocionales y profundamente sentidas. Estas últimas arraigan en los niveles más inconscientes de la psique y se desarrollan más fácilmente con el ritmo de los hábitos no interrumpidos.” (Simmel en AAVV, 1974: 102)
[9] “(…) la reserva y las indiferencias recíprocas y las condiciones de vida intelectual de los círculos más amplios nunca son percibidos tan intensamente por el individuo en su impacto sobre su propia independencia como en la multitud más espesa de una gran ciudad. Y esto porque la proximidad corporal y la falta de espacio hacen aún más visibles la distancia mental.” (Simmel en AAVV, 1974: 112)
[10] “Para muchos tipos de personalidades, el único medio de rescatar para ellos un poco de auto-estima y el sentido de estar ocupando un lugar es indirecto, a través del reconocimiento de los otros. En el mismo sentido opera un factor aparentemente insignificante, cuyos efectos acumulativos son, no obstante, todavía perceptibles. Me refiero a la brevedad y rareza de los contactos humanos permitidos al ciudadano, en comparación con el intercambio social en los pequeños pueblos. La tentación de aparecer “atinado”, de aparecer concentrado y sorprendentemente característico, es más propia del individuo, en los breves contactos ciudadanos que en una atmosfera en que la asociación frecuente y prolongada asegura la personalidad de una imagen coherente de sí mismo a los ojos de los demás.” (Simmel en AAVV, 1974: 116)
[11] “Quizás no haya un fenómeno psíquico tan incondicionalmente reservado a las metrópolis como la actitud de hastío. Esta actitud de hastío surge en primer lugar de los contrastantes estímulos nerviosos, rápidamente cambiantes y estrechamente apretados. Con esto parece detenerse la intelectualización metropolitana. (…) Vivir en la persecución ilimitada de placeres lo hace a uno hastiado porque agita los nervios hasta su máxima capacidad de reacción y por tanto tiempo que finalmente dejan de reaccionar completamente. Asimismo, mediante la rapidez y contradictoriedad de sus cambios, impresiones relativamente inofensivas provocan respuestas tan violentas, destrozando los nervios con tal brutalidad que agotan sus últimas reservas de energía.” (Simmel en AAVV, 1974: 106-107)
[12] “La atrofia de la cultura individual por medio de la hipertrofia de la cultura objetiva es una de las razones del amargo odio que los predicadores del más extremos individualismo, Nietzsche sobre todos, profesan contra la metrópolis.” (Simmel en AAVV, 1974: 118)
[13] “El burgués es un práxico de las cosas, no de los valores, de las vivencias, de las relaciones.” (Moreno, 2006: 166)
[14] “Andar! Las calles se suceden sin tregua, disímiles, cada una dispuesta para conducir la vida que bulle en el medio de su cauce. Atravesar aceras rebosantes, mezclarse a las manadas impacientes que esperan para cruzar la calle, escurrirse por entre los cuerpos que obstruyen las esquinas. Moverse sin objeto en la estridencia y el fragor.” (Garmendia, 1977: 127)
[15] “Allí todo tiene un sentido de vida pasajera, desarraigada, algo de lo que apenas se detiene por un breve lapso en los cuartos untados de miseria. Existencias sin rastro instaladas en un presente enjuto, bochornoso. O bien es el proceso monótono de las ventanas, de los mil balcones idénticos, las geometrías insensibles de edificios que envejecen sin nobleza.” (Garmendia, 1977: 128)
[16] “Estoy bien gorila. Me mezclo con los pavos. Los odio. Les quiero poner cien bombas y que vuelen en pedacitos a Miami. Maricones. Están tan jalados como yo. Es como verse en un espejo, es hasta más vidrioso.” (Rebolledo, 2010: 15)
[17] “Quiero tener dinero y olvidarme del pasado, no quedarme en la nota, pensar en el futuro.” (Rebolledo, 2010: 11)
[18] “Odio la calle. Odio Los Palos Grandes. Ya la gente de la vieja guardia no está. No sé adónde ir. Parece un pueblo fantasma. Puros recuerdos son los que quedan por ahí. Visito a los panas que han desaparecido. A El Tufo, por ejemplo. Oigo sus cuentos con la policía, el jibareo, lo del secuestro del niño Vegas. De lo tripa que era la Caracas de los años setenta, de cómo se fumaban la yerba, de las rumbas de rock ‘n’ roll, las jevitas vueltas con la onda hippy.” (Rebolledo, 2010: 11)
[19] Recordemos que el centro de la ciudad es el símbolo de la huella hispánica. De sí emana la unidad y la pluralidad de voces venidas gracias a la globalización:
“El centro de la ciudad era para mí el universo.
Tuertos, mancos, cojos. Saqueos, protestas, violencia. Dominicanos, chinos, portugueses, árabes, españoles. Olores a yerba, a mostaza, a parrilla. Smog. Vendedores de plátanos fritos, ofertas de dos por uno. Robos, muerte, pistolas. Frustración, resentimiento, borracheras. LTD, Nova, Caprice. Mendigos, locos, huelepegas. Santeros, evangélicos, hare krishnas. Ruidos, mucho ruido.
Ciertamente Caracas, más bien su centro, era, no sé si sigue siendo, la capital del caos y la miseria. El lugar más espantoso y, a la vez, mágico sobre la tierra.” (Rebolledo, 2010: 86)
[20] “Mi instinto de supervivencia me dice que me cuide, que me ponga pilas, que arranque. Estoy perdido. Mi viejo se murió hace un año y mi vieja está podrida en una cama y no me quiere ver. No hay dinero en la casa. Siempre utilicé el billete para rumbear y joder. Ahora estoy desesperado, quiero ser millonario, quiero irme a vivir a Miami, instalar a mi vieja en sendo apartaco en el Este, comprar una camioneta gigante. No hay dinero.” (Rebolledo, 2010: 23)
[21] “(…) tengo que ir por el camino recto y legal. Está mi vieja: se muere si además de marihuanero me meto a choro, si termino en la última página de El Guardián o incinerado en La Planta como un perro. Tengo que velar por ella, cuidarla. Voy a ir a hablar con Juan Power.
Nos subieron el alquiler, 400.000 bolos, y mi mamá no sabe de dónde sacarlos. Está pensando en la posibilidad de mudarnos al interior. Tenemos un apartamento en Barquisimeto. Yo no me quiero ir de Los Palos Grandes así. Ya verá, voy a producir billete.
Es que soy un idiota, allí está Juan Power, metiéndose burda de dinero. Allí están los hermanos Suave, de mi edad también, los únicos que han hecho algo en esta ciudad. Hace diez años andaban igual que tú o yo, ruleteando, jodiendo y rumbeando por allí. Y de repente, los tipos se perdieron. Comenzaron a traficar coca a Europa. Regresaron, montaron un poco de discotecas. E invirtieron fuertemente en la bolsa. Ahora tienen todo el poder del mundo. Admiro que jode a esos carajos.” (Rebolledo, 2010: 23-24)