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domingo, 25 de enero de 2026

La imagen y sus sobrevivientes

 


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Creo que es normal que la imagen de un bombardeo nos abrume.

Quienes hemos sido influenciados por el arte nacional y la literatura punk, reconocemos la Caracas Sangrante de Nelson Garrido. Caracas entera cubierta por hilos de sangre. Todo un valle en rojo, calles, rascacielos y montañas interconectadas en un destino macabro, casi como presagio de un futuro condenado donde el hambre, la ausencia y la nostalgia carcomen a sus habitantes. Un presagio de nuestra actualidad, que es a su vez la imagen más representativa de nuestro fin. O hasta el 3 de enero lo era de manera casi unánime.

Me quedo con las humaredas en el cielo, las locaciones de los ataques, sitios de antigua represión convertidos en carbón. Y luego lo de siempre: opacidad en las cifras, en los relatos y los eventuales desenlaces. En una ciudad bombardeada, la cúpula chavista decidió entregar a Maduro y a Cilia Flores, en un intento por salvar el pellejo. Mostrando sin disimulo que el gran factor de unión entre chavistas ha sido el dinero, en este caso: el dinero venido de la renta petrolera. En un sentido muy popular podría afirmarse que les han tocado una de sus más importantes billeteras, no con un revolver ni con una navaja, sino con el ejército de la principal potencia militar del continente. Creo que, en esas circunstancias, era imposible negarse a los deseos de nuestro viejo aliado -con deseos renovados de regresar a los imperialismos de antes.

Y, repito, todo en una ciudad bombardeada. Una ciudad que podrá decir que tuvo el primer combate real entre fuerzas cubanas y estadounidenses en no sé cuántos años, combate que seguramente indicará tantas particularidades como una verdad elemental: si antes del 3 de enero éramos un territorio ocupado… todavía lo seguimos siendo.

Lo comentaba con círculos cercanos: no creo en la figura que intenta transmitir el Delcynato, la misma puede encubrir las continuidades y quiebres con el chavismo como pensamiento y movimiento político fundacional. Así como el madurismo fue una excusa para salvar “el legado” de Chávez de su posible tergiversación, lo que venga con Delcy puede ayudar a tergiversar la identificación plena de los responsables de nuestra tragedia. A pesar de los ejercicios mentales de más de uno, todo es una misma cosa: el chavismo, con su voracidad, violencia y corrupción originaria.

Fue el chavismo el que llevó al país al bombardeo. Al cerrar todos los caminos democráticos y querer perpetuarse de la manera más burda, el chavismo le dijo al mundo que nada le importaba, que ellos en el poder y los demás a acostumbrarse. Puede que por esa sencilla razón no se han visto a las masas de venezolanos dentro y fuera del país pidiendo la restitución del dictador. Lastimosamente, esta apuesta se da en el contexto de una administración estadounidense indescifrable y el regreso a los imperialismos de antaño. Apuesta arriesgada que saben aprovechar los sobrevivientes de Maduro, la cúpula que a día de hoy se ha comprobado que estuvo en diálogos con la CIA y el gobierno de Donald Trump meses previos al bombardeo.

Si uno fuese malpensado, podría pensarse que todo fue planeado. Como si ellos mismos pudiesen dar la localización del presidente obrero, delegar a personal cubano el cuidado del dictador y además de todo saber no estar en los sitios seleccionados por una suerte de inteligencia supranatural. Tantas coincidencias pueden abatir a un humilde servidor.

Pobre Maduro, volando por última vez sobre una Caracas bombardeada, llena de incertidumbre, miedos y deseos imposibles. Llena de traidores y hacedores de historia que siguen guiando el destino de un país bastante particular, que resiste cualquier comparación y que se asoma a una etapa diferente, única e inigualable.

Pobres los caraqueños, con bombardeos y mafiosos traicioneros al poder. Pobres de los incrédulos, que pensábamos que estábamos condenados a la miseria, sin tomar en cuenta que la historia nunca está cerrada y siempre está en movimiento. Cambia como el humo que deja una explosión: se disipa, se transforma, y mientras lo hace abre escenarios de esperanza y de consternación por igual.

 

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Tengo algunos amigos muy importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿Te imaginaste ver alguna vez a Caracas bombardeada?

Los otros dirán lo suyo en otra ocasión. Hoy dejo a Cay responder:

No. Nadie se imagina eso de verdad. Uno se imagina apagones, colas, sirenas lejanas, tiros que no sabes si son fuegos artificiales o algo peor. Se imagina una ciudad cansada, no una ciudad bombardeada. Caracas no entra fácil en esa categoría. Caracas siempre ha sido otra cosa: un ruido constante, una improvisación perpetua, un desorden que parecía inmortal.

Pero las ciudades tampoco avisan cuando dejan de ser invulnerables.

Pensar a Caracas bombardeada no es pensar en misiles ni en mapas estratégicos. Es pensar en la Avenida Urdaneta sin gente, en Sabana Grande sin risas, en El Silencio sin ecos. Es imaginar que la música se corta de golpe, que el chiste malo ya no llega al remate, que la noche se queda sin excusas para continuar.

Nunca pensé en aviones sobrevolando la ciudad. Pensé, más bien, en algo más íntimo y más cruel: en el momento exacto en que uno se da cuenta de que la ciudad ya no te pertenece, de que dejó de reconocerte. Ese es el verdadero bombardeo. El que no hace ruido, el que no sale en fotos, el que no tiene épica.

Caracas siempre vivió al borde de algo, pero ese borde era parte de su encanto. El problema es cuando el borde deja de ser vértigo y se convierte en caída. Cuando ya no estás bailando cerca del abismo, sino aprendiendo a vivir dentro de él.

Siguiendo tu respuesta, ¿Puede la imagen de una Caracas bombardeada ser tan potente y simbólica como Caracas Sangrante de Nelson Garrido, capaz de marcar un antes y un después?

Y Cay culminó:

Puede ser potente, pero no por las mismas razones. Caracas Sangrante reveló una herida que ya existía; el bombardeo confirmaría que la herida se desbordó. La primera nació desde la ciudad viva y caótica; la segunda vendría desde arriba, como un cierre. No inaugura una época: señala que incluso el caos también puede acabarse.

 

***

Hace poco hablé con un amigo y me contó que hasta la semana pasada había tenido pesadillas donde la policía lo buscaba para apresarlo. Recuerdo que otros dos amigos comentaban que solían tener pesadillas con persecuciones y los colectivos armados. Agradezco a Dios privarme de esas imágenes, las cuales no deben ser para nada gratas. Creo que quienes migramos y pudimos rehacer nuestra vida fuera de la lucha democrática del país hemos tenido la bendición y maldición de estar un poco alejados del trauma. Bendición porque dentro de todo escapamos del temor de ser una víctima más de la dictadura. Maldición porque nos sentimos inútiles y por momento irrelevantes en la discusión nacional.

Volvamos a lo verdaderamente importante: quienes viven adentro deben soportar aún los desmanes producto del diseño de sociedad vigilante del chavismo de los últimos años. Desde hace un tiempo se vive en un estado de guerra, donde cualquier sospechoso de traicionar el credo revolucionario, es secuestrado, desaparecido, incomunicado, sin derecho a defenderse, encarcelado, exiliado y en algunos casos, asesinados. Sobre la base de esas prácticas se sostienen las pesadillas de nuestros seres queridos a la luz de la cuestión venezolana.

Lo confieso: es mi mayor temor cuando pienso en Venezuela. Encontrarme con un mensaje indeseable donde me dicen que se llevaron a uno de mis amigos, pensar en sus familias y la indefensión total, así como con el escenario de la indolencia total. En algunos casos ha sido el remedio necesario para sobrevivir en un escenario como el venezolano, en otros tantos es la simulación de que nada pasa y que la cosa se reduce a unos cuantos fastidiosos que no dejan que la gente siga adelante aún en la adversidad.

No obstante, la historia suele ser implacable con quienes olvidan la centralidad de los derechos humanos en la discusión pública. Basta observar el presente de varios intelectuales venezolanos: sin una publicación relevante en al menos quince años, aferrados a esquemas anacrónicos de un mundo que les resulta cada vez más ajeno. En muchos casos, más atentos a las violaciones de derechos cometidas a continentes de distancia que capaces de nombrar las injusticias que ocurren en su propio país. Algunos supieron congraciarse con los militares para conservar espacios de participación que terminaron siendo, en realidad, espacios de captación de renta. Otros se especializaron en un alfabetismo político que les permitió participar en diálogos poco estratégicos y carentes de transparencia. Hoy aparecen como representantes de todo y de nada: exactamente el lugar que siempre ocuparon y, quizá, el único que alguna vez aspiraron a habitar.

Mientras tanto conviene escuchar a los sobrevivientes. Me gustaría poder escucharlos, saber de su resistencia, decirles lo mucho que han inspirado a cientos, contarles que su libertad será la libertad de todo el país. Y a quienes han resistido en tiempo presente, poniendo en riesgo el pellejo por un cambio incierto pero necesario: no alcanzarán las palabras y los homenajes para cuando nos encontremos en libertad.

La cual se sigue encontrando en un futuro incierto. Aunque, por lo visto, un poco menos incierto que ayer. Ya veremos mañana.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Bucles, actualizaciones, mitos y olvidos


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Tengo la imagen de estar sentado en la camioneta blanca, viendo a mi papá hablar con algún transeúnte de la avenida. “Falta poco”, “ya el hombre no aguanta más”, “eso está al caer”. Lo decían con un nivel de convencimiento que hasta yo mismo, con mis escasos 10 años, les creí como si no hubiese otra posibilidad.

Han pasado más de veinte años desde ese momento y siempre, cada vez con mayor reiteración, estamos más y más cerca del fin de la pesadilla. Mi generación vivió el trauma de la enfermedad del padre de la criatura, las elecciones del 2012, el desanimo de octubre y noviembre de ese año, la incertidumbre y el robo de las elecciones del 2013, las protestas del 2014, el inicio de la crisis y la victoria opositora en el 2015, los engaños y desengaños del 2016, las protestas del 2017, el éxodo masivo del 2018, las ansias, la máquina represora y el apagón del 2019, entre muchos eventos más.

Siempre hemos considerado que estamos cerca, aunque dicha consideración se basase es esperanzas y no en hechos concretos. Una muestra de ello es que hemos sostenido hasta el absurdo la frase: “cuando caiga el chavismo…”, seguida de alguna idea producto del buenismo de la época. No obstante, este cierre de 2025 confirma que ni un movimiento pacífico de masas, ni elecciones justas, ni portaviones destructores, ni aviones sobrevolando la costa, ni sanciones económicas, ni siquiera el repudio de la gran mayoría de las democracias del mundo habrían bastado.

La discusión en torno a la pertenencia ideológica de la dictadura suele ser bastante compleja y por momentos visceral. Tenemos al Estado sobre el pueblo, vigilante en todas sus dimensiones, represor y asesino comprobado, estrangulador de cierta iniciativa privada y amigo de favores obscenos. Si el diagnóstico posmoderno fue acertado, entonces los -ismos heredados ya no explican nada… Más allá de que se aferren hasta las últimas consecuencias a su discurso, más allá de que hayan favorecido el más rampante de los colapsos vistos en la región.

Y, mientras se dan esas discusiones, seguimos en esa conversación del inicio. Cada vez falta poco para que falte cada vez más poco. Ya la dictadura no va a seguir aguantando más de lo que ha aguantado. Pareciera que caerán algún día, en el mismo futuro improbable en que el sol se extinga y la vida humana deje de tener sentido sobre este asteroide a la deriva.

Es un bucle eterno que se repite como tragedia y chiste, como drama y comedia, como tristeza, desespero, hambre, muertes, desapariciones, exilios y olvidos; y, aun así —aunque el poder no lo quiera—, también como esperanza: lo último que se pierde y, lastimosamente, lo único que siempre nos queda.


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Tengo algunos amigos muy importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿Que debe hacer el feminismo del siglo XX para actualizarse con las nuevas formas de entender lo femenino?

Los otros dirán lo suyo en otra ocasión. Hoy dejo a CCT responder:

“El feminismo del siglo XX dejó conquistas esenciales: el derecho al voto, la escolarización de las niñas, la participación política de las mujeres, el reconocimiento —a veces nominal, a veces real— de su ciudadanía. Pero toda lucha que se estanca corre el riesgo de convertirse en museo, y lo femenino de hoy no se parece a lo femenino que definieron las instituciones del siglo pasado. Si el feminismo quiere mantenerse vivo, debe escuchar las transformaciones de su tiempo.

Lo primero es reconocer que lo femenino ya no está limitado a un marco biológico ni a los moldes sociales que pretendieron fijarlo. Hay nuevas experiencias, nuevas corporalidades, nuevas subjetividades que también reclaman protección y derechos. Ignorarlas sería repetir las exclusiones que el mismo feminismo denunció durante décadas. La igualdad no se defiende seleccionando quién merece ser considerada mujer y quién no; la igualdad se defiende ampliando el espacio de la ciudadanía para todas las personas que viven violencias y desigualdades construidas sobre lo femenino. Además, el feminismo debe revisar los privilegios que heredó. No basta con recordar la gesta de las pioneras; hay que preguntarse quiénes quedaron fuera de esa historia: las mujeres pobres, las mujeres racializadas, las mujeres migrantes, las trabajadoras domésticas. Ellas no aparecen en los archivos oficiales, pero sostienen todos los días el orden social sobre el cual otras discuten teorías.

Actualizarse, entonces, no es abandonar los principios del feminismo del siglo XX, sino continuar su espíritu: luchar contra cualquier forma de subordinación. Lo femenino ya no es una categoría fija, pero la desigualdad sigue siendo un hecho rotundo. Allí donde haya una persona relegada por su género, allí deberá estar el feminismo, ampliando su voz y revisando sus certezas. Ese es el deber de un movimiento que nunca fue estático: avanzar con la historia, no quedarse rezagado detrás de ella”.

Siguiendo tu respuesta, ¿Que diría esto al feminismo latinoamericano, y en especial el venezolano, de hoy en día?

Y CCT culminó:

“Al feminismo latinoamericano de hoy le diría que no olvide que nuestra región siempre ha cargado con desigualdades que no son abstractas, sino profundamente materiales. Aquí los derechos no se conquistan solo con discursos, sino enfrentando estructuras que atraviesan la pobreza, la violencia estatal, el autoritarismo y la desigualdad racial. América Latina no puede copiar modelos ajenos sin someterlos a sus propias realidades: la mujer indígena, la afrodescendiente, la migrante y la trabajadora precaria viven un feminismo distinto al de las élites urbanas. Si el movimiento quiere tener legitimidad, tiene que reconocer estas diferencias y construir desde allí, no desde las categorías importadas sin contexto ni desde la supuesta neutralidad de las académicas desligadas del territorio.

En el caso venezolano, la urgencia es aún más clara. Un país atravesado por la crisis económica, la migración masiva, la violencia institucional y la fragmentación social no puede aspirar a un feminismo que se limite a debates conceptuales o a celebraciones ocasionales. El feminismo en Venezuela debe ser una fuerza organizada capaz de denunciar la precariedad que recae —casi siempre de manera silenciosa— sobre las mujeres: la sobrecarga del cuidado en hogares sin agua ni electricidad, el trabajo informal que engulle la vida, la violencia que aumenta mientras las instituciones se desmoronan, y la soledad de quienes quedaron cuidando lo que otros tuvieron que abandonar.

Tampoco puede ignorar a la diáspora. Millones de venezolanas están sosteniendo familias enteras desde otros países, enfrentando discriminación, explotación laboral y trámites migratorios que las dejan en la incertidumbre. Si el feminismo venezolano quiere ser contemporáneo, debe incluirlas como parte de su ciudadanía política, porque también son víctimas de desigualdades creadas por un sistema que las expulsó. Y aún hay algo más: el feminismo no puede temerle a la autonomía. En un país donde el poder político busca instrumentalizar cualquier movimiento social, el feminismo debe ser vigilante y crítico, no una extensión de partidos ni gobiernos. La defensa de los derechos de las mujeres nunca puede subordinarse a lealtades partidistas.

Yo diría, entonces, que el desafío del feminismo latinoamericano —y especialmente del venezolano— es doble: ampliar sus bordes para incluir a todas las mujeres que han sido históricamente silenciadas, y al mismo tiempo mantener una independencia crítica frente a los poderes que producen esas mismas desigualdades. Un movimiento que no se arriesga a incomodar termina celebrando victorias vacías. Y las mujeres de esta región, tan golpeadas y tan persistentes, merecen algo más que consignas…”.

 

***

En cierto segmento de las ciencias sociales se evaluaba el pensamiento mítico, entendido como el conjunto de nociones premodernas sin posibilidad de comprobación científica y que se sostenía sobre el peso de la tradición, como un ardid que imposibilitaba el verdadero conocimiento. De misma forma, unas ciencias sociales más actuales tomaron el pensamiento mítico como un factor imprescindible que daba sentido ahí donde las ciencias y la lógica no podían extender su alcance.

¿Qué tan presente está el mito en nuestro día a día? No hay forma científica que compruebe que rezar vale de algo. La medicina ancestral/comunitaria/naturista muestra ciertos avances, pero sería descabellado enfrentar un cáncer con hervidos y menjurjes. La lluvia sigue cayendo a pesar de que utilicemos tenedores y cuchillos entrelazados con miras al cielo nublado. Sabemos de sus pocas utilidades fácticas, pero esas y otras prácticas dan sentido al desfavorable e impredecible entorno en el que lo humanos nos movemos.

Si sumamos a este juego el factor de la memoria y el olvido la cosa se pone interesante. No solo no tenemos maneras fidedignas -para los estándares de la ciencia de antaño- de comprobar que ciertas prácticas son efectivas, sino que también debemos entendernos con nuestra arbitraria manera de recapitular la cotidianidad. Suele pasarnos a diario: luego de llegar a un acuerdo sobre X asunto, nuestra memoria decide borrar el asunto y tomar como cierta una versión que nos vendemos a nosotros mismos. Sucede con temas delicados y dolorosos, así como con las cosas menos trascendentales del mundo.

Ver un edificio y olvidar donde estaba ubicado. Pasar una noche de risas sin poder recordar el chiste de mayor peso. Oír una canción, intentar memorizar aunque sea la letra y después perder por completo cualquier rastro de ella. No es la regla general, por suerte aún podemos retener suficiente información y además contamos con dispositivos electrónicos que albergan aplicaciones que pueden servirnos en la tarea de monitorear cada aspecto de nuestras vidas. Maps para ubicar los edificios, bloc de notas para anotar frases claves y Shazam para pescar en las canciones de la vida.

Sin embargo, esa pequeña dosis de olvido también alimenta el pensamiento mítico. Una de sus expresiones más visibles es la nostalgia y las idealizaciones que organizan muchas de nuestras ideas sobre el pasado: la creencia de que la educación de antes era mejor —cuando los profesores torturaban a los estudiantes—, de que las familias eran más estructuradas —sostenidas sobre las espaldas de mujeres martirizadas—, o de que un mundo sin centros de salud ni médicos era más simple —aunque careciera de la posibilidad de detectar enfermedades y ofrecer tratamiento—. Todos ellos forman parte de un repertorio persistente de mitos que confunden austeridad con virtud y violencia con orden.

Usted se preguntará hacia dónde va el escritor con estas ideas. Hace unas semanas, mientras iba en bicicleta por la ciudad, recordé un episodio de 2023: una trabajadora sexual me socorrió a las cinco de la tarde en una zona solitaria y peligrosa. Era colombiana, del Quindío o de Caldas, y me ayudó por puro azar. Estaba en una esquina por la que yo pasaba justo cuando la cadena de la bicicleta se trabó en el rin, dejándome sin posibilidad de moverme o salir airoso de ese sector.

La señora en cuestión me ayudó principalmente por dos razones: porque estaba en el lugar y la hora indicada para socorrerme, y porque mientras me daba indicaciones sobre qué hacer con la cadena se daba cuenta de mi acento.

“Usted es de Venezuela, ¿cierto? Yo viví allá muchos años, por eso fue que le acompañé”, me dijo mientras me dejaba sano y salvo frente a la Gobernación del Valle, luego de que fuese imposible arreglar el daño de la bicicleta. Cuando se despidió me comentó que ella trabajaba en la pensión de la esquina, por si la necesitaba algún día, invitación que me dio un poco de risa y un poco de tristeza. Semanas después del evento pasé por la misma esquina, sin poder identificar ninguna pensión, ningún motel ni nada por el estilo. Fue una aparición, pensé. Eso revestía con un poco decencia aquella historia lamentable.

Desde entonces siempre que pasé por esa esquina intenté estar atento por si veía nuevamente a la señora para agradecerle y salir corriendo, no fuese ella a pensar que yo quería algo diferente a reconocerle su solidaridad en aquella calle solitaria.

La semana pasada volví a pasar por esa misma esquina[1]. Vi grande sobre la pared un letrero con el anuncio: “Residencias La Pasión del Amor…”. Es decir, la pensión siempre estuvo ahí. Es decir, probablemente la señora siga ahí. Es decir, mi memoria me falló una vez más. Al menos sé que no fue una aparición o un fantasma, pero la historia ya no es divertida sino retorcida y extraña.

Como una ciudad vacía, con sus seres subterráneos asomándose a las avenidas; como una noche llena de música intrascendente y chistes malos; como un pasado sin idealizaciones y, finalmente, como la vida sin el mito.



[1] El lugar en cuestión en Google maps: https://maps.app.goo.gl/P6mgqq1S4AkZt3Dp8

domingo, 3 de febrero de 2019

¡Guerra!


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En el 2013 hice un viaje al sur de Venezuela. En dicho viaje tuve la oportunidad de hablar con una persona de unos sesenta años. Demacrado por una enfermedad, este señor era un anciano, un despojo. Sus arrugas denotaban más experiencia y más sabiduría de la que los simples números de su edad pudiesen hablar.

Hablando sobre la situación que ya atravesaba Venezuela en aquel entonces, el anciano dijo algo que siempre guardaré en mi memoria, algo que en definitiva me marcó. El hombre argumentaba que lo que a nosotros nos hacía falta, en realidad, no era otra cosa más que una guerra. Todo ello surgía a raíz de la polarización que él veía, de la violencia asesina que ya era el pan nuestro de cada día para ese momento.

Para el anciano era vital que hubiese un desenlace, una conclusión para nuestro problema. El caso de Alemania en la Segunda Guerra Mundial era referente para él, ya que, era innegable, la guerra ayudó a refundar a Alemania en la potencia mundial que es en la actualidad. Decía el señor que quizás, con un poco de suerte y un poco de esfuerzo, luego de una gran confrontación nacional podríamos volver a surgir cual ave Fenix de nuestras cenizas. Podríamos resetear los años vividos, la actualidad, y vivir de un nuevo comienzo, de una nueva ilusión de armonía.

**

Esta idea podrá parecer una locura, una simple excentricidad producto de una vejez mal llevada. Lo cierto es que no es así, lo cierto es que más de una persona en el territorio nacional deseaba que sucediese lo mismo. Mujeres, hombres, jóvenes, personas sin distingo de clase o credo: una importante capa de la población venezolana deseó siempre que hubiese una guerra, que pudiésemos de una vez por todas ver el desenlace de una situación que se había alargado demasiado, que ha languidecido en esta terrible calamidad.

Lo que el anciano no sabía y lo que muchos venezolanos parecen desconocer es el hecho de que Venezuela vivía día a día distintos tipos de desenlaces. Desde el comienzo de la revolución ha habido una guerra no declarada, una suerte de beligerancia en la que una y otra vez el Estado planteaba una estrategia, se valía del dinero y de las armas para afrontar la situación y vendía su victoria como la reivindicación de todas las injusticias de la humanidad –cuando en realidad se trataba de la reivindicación del poder por el poder mismo.

El poder, así, emprendió una lucha para sostenerse de manera indefinida. Una lucha que ha costado vidas, familias, historias y nuestra propia identidad. No hubo una guerra, pero vivimos una. La población huyendo en el territorio y fuera de él, lo militares en posiciones claves, potencias extranjeras tras nuestras riquezas, parte del territorio ocupado, la indolencia del gobierno y terrorismo de Estado. Sin quererlo deseamos algo que en definitiva terminó cumpliéndose. Los muertos no pueden hablar, habrá dolores que jamás podrán sanar. El recuerdo de los días rojos jamás podrá pasar como algo normal, como una cosa que no nos marcó.

Es imposible obviar el desastre. Será difícil olvidar la huella de esa furia violenta que nos arruinó y arrojó a la más oscura de nuestras horas.

***

Hoy, desde el exterior, se pregona un discurso que supone lo contrario a lo que el anciano de aquel 2013 comentaba. Al parecer, se ha vuelto de interés global que en Venezuela no haya un conflicto armado. Hay temor, comprensible, a que haya una intervención, una invasión que desde el extranjero socave las bases de nuestra cultura, de nuestra sociedad y nuestras instituciones.

Todos quieren paz. La paz como lugar común, vaciado de sentido. La dictadura ha asesinado, violado derechos humanos, encarcelado a sus adversarios y mandado al exilio a un número importante de venezolanos. El mundo exige de nosotros una sensación de normalidad que en definitiva perpetúe a Maduro en el poder, que alargue las condiciones de desigualdad que reinan a lo interno del país.

Hay temor anti-imperialista, cuando ya en el país hay rusos y chinos. Se nos pide que demos solución a la crisis, cuando nuestro problema no tiene solución interna. Hay temor al derramamiento de sangre, cuando miles han muerto a causa de la violencia asesina. Hay temor por desplazamientos masivos, cuando ya contamos con casi cuatro millones de venezolanos en el exterior. Hay temor a que suceda algo, cuando ya ha sucedido lo inimaginable, lo abominable.

El mundo nos habla como intentando prevenir algo, como intentando enseñarnos, hacernos comprender nuestro propio infierno. No comprende el mundo que ya somos desplazados, refugiados, sobrevivientes. No comprende el mundo que ya nosotros entendemos nuestra situación, que ya sabemos la miserable circunstancia que vivimos, que ya han muerto amigos, que ya se han roto familias, que ya no volveremos a la inocencia de antes. No comprende el mundo que ya hay guerra y que ya estamos despedazados.

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No logran entendernos pues nunca nos han preguntado, honestamente, qué nos ha sucedido, cómo hemos llegado a esto. Si tan solo alguien pudiese escucharnos, aunque sea una vez.

domingo, 8 de octubre de 2017

La pregunta por Venezuela.

Siempre ha sido una constante, una duda existencial y una piquiña emocional saber la posibilidad y las implicaciones de nuestra genuina autonomía cultural. Es decir, la manera como nos situamos en la actualidad global, los alcances de la tradición hispánica de donde aparentemente venimos, nuestro enredo al no sabernos si occidentales o algo aparte, sabernos si venezolanos o ciudadanos del mundo, entre otras cuestiones fundamentales.

Una vez, no hace mucho tiempo, le dije a Germán Carrera Damas que me llamaba la atención nuestra situación, esta suerte de inestabilidad al no sabernos a nosotros mismos, esto que fácilmente podríamos llamar una crisis de identidad. De la conversación surgió, entre otras cosas, la idea de hacer un foro en la Escuela de Sociología de la UCV titulado: “Colonialismo intelectual y autonomía científica”. De aquel foro recuerdo muy poco, excepto el repaso por parte de nuestro distinguido historiador a propósito de los logros y las particularidades del pueblo venezolano.

Todo muy cronológico, muy sistemático, y, como era de esperar, nada atractivo para los asistentes. A veces nuestros relatos pueden caer en el tedio.

Traigo este problema y este recuerdo a colación por la suma de lo que ha sido el año 2017 para nosotros los venezolanos: crisis, protestas, asesinatos, torturas, corrupción y un lamentable silencio. No es, por supuesto, el silencio de las víctimas, sino el silencio aquellos quienes en su momento apoyaron al régimen.

¿Cómo conectar este silencio con el tema de nuestra crisis de identidad? Se conecta en la medida de que, tras el claro talante dictatorial del gobierno de Nicolás Maduro, tras más de 100 muertes durante las protestas, con una crisis alimentaria que va dejando a nuestra juventud desnutrida y desatendida, luego del desfalco a la nación y tras tantas otras situaciones en las que el país nos deja estupefactos y con la mayor de las impotencias, hay aún personas que se ocupan más de lo que pasa en cualquier otro lado del mundo que de lo que acontece en Venezuela.

Vemos, por ejemplo, venezolanos que reclaman la actuación de los cuerpos policiales españoles en el territorio catalán y, más allá de vivir en un país donde quien protesta tiene grandes probabilidades de morir en el intento, no comentan nada al respecto de la actuación del gobierno venezolano durante las protestas de este año.

Lamentablemente he llegado a leer un joven estudiante de ciencias sociales que decía orgullosamente  que durante el plebiscito del 16 de julio, organizado por la oposición venezolana, no hubo ni una sola muestra de represión gubernamental; caso distinto al de España, donde la Generalitat llevaba un conteo de casi 800 heridos durante la jornada del referendo catalán[1]. Se le olvidaba a nuestro cuasi-colega que ese día murió una persona[2] a manos de los (siempre eficientes) cuerpos parapoliciales del Estado venezolano. La mujer que murió, junto con el centenar de personas que perdieron sus vidas durante el año 2017, no quería otra cosa que expresar su descontento con el estado actual de las cosas. Su derecho fue burlado, no momentáneamente como el de los catalanes, sino para toda la vida. Todo gracias al arrebato de los secuaces de la muerte.

¿Por qué situarnos fuera del país cuando en él tenemos hermanos, familiares y amistades de toda la vida que viven las miserias del mundo moderno? La hambruna, el éxodo, la corrupción, los asesinatos, el narcotráfico, la delincuencia y la impunidad. No es ficción, no son cuentos de camino, ni es un guión orquestado por los medios de comunicación: son las causas y las consecuencias de la crisis que vivimos actualmente. Y entiéndase: no es que los problemas de los demás no sean importantes, sino que a la hora de buscar una realidad lamentable y repudiable, no hace falta ir y evaluar cualquier otro país mientras se calla pasivamente ante lo que sucede en Venezuela.

Lo sé, algunos lo hacen inconscientemente, otros son simplemente los tontos útiles de un gobierno militar que hace mejor gestión con el narcotráfico que con sus ciudadanos. Sin embargo, el problema sigue ahí: ¿cómo evaluar nuestra situación cultural cuando ni en nuestra lamentable actualidad tenemos los ojos puestos sobre nuestro país? ¿Cómo lograr la autonomía deseada cuando el mínimo destello de preocupación es ridiculizado al compararnos con otras realidades? ¿Cómo salir de la calamidad si hay gente que ha elegido no darse cuenta de que vive en ella?

Es una de las problemáticas que ha marcado a la venezolanidad y creo que marcará de manera definitiva nuestro siglo XXI. Mientras tanto conviene recordar el consejo que nos da un afamado escritor venezolano: todo aquello que se escriba que no perjudique a la dictadura, es inútil y le hace el juego al régimen[3]. Yo incluiría en aquella frase al discurso y a nuestra capacidad de interrogarnos: todo aquello que se escriba, que se diga y que se cuestione que no perjudique al gobierno, le hace el juego a la peor de las dictaduras: la de la pasividad, la del silencio, la del régimen de la normalidad y del discurso canalla que pretende vendernos que nada sucede en nuestro país.

Por eso, cuando alguien nos comente sobre la situación española, argentina, brasileña, estadounidense, mexicana, alemana y pare usted de contar los escenarios de la geopolítica mundial, lo mejor que podemos y debemos hacer es siempre preguntar por Venezuela. Porque nunca será innecesario ni contraproducente.

Aunque nos quieran obligar y convencernos de lo contrario, colocarnos en la pregunta por nuestro país es de las acciones más subversivas y autónomas que existen hoy en día. Y nunca es demasiado tarde para eso. Aún estamos a tiempo…

domingo, 27 de agosto de 2017

Inmigrantes... y algo más.

A todos esos estudiosos de la sociedad que han dedicado sus esfuerzos en visibilizar una de las mayores tragedias de nuestra historia nacional. A ellos, todo mi reconomiento y admiración.

*

                Se ha dicho mil veces y mil veces más hará falta repetirlo: la situación venezolana de los últimos años ha sido un drama que raya en el absurdo, la tragedia y la comedia. Políticos que fungen de narcotraficantes y lideres espirituales, militares que viven la vida cual reality-show; las penurias de una población indefensa ante las arrolladoras fuerzas del desanimo post-rentista, y, ¿cómo podía faltar?, la esquizofrenia de una clase dirigente que, sin brújula efectiva que guie el camino, se dice y desdice más de lo que los desesperados analfabetas políticos desearíamos.

                Sí, ha sido la debacle general. Nos ha tocado ver la apoteosis del energúmeno de izquierda en gran soviet caribeño. Ver cómo se desvanece el relato de la nación del consumo desenfrenado en la realidad de un Estado Fallido, que obliga a su juventud a subsistir famélicamente de la basura y la violencia, todos con la esperanza de que la suerte de resistir no se convierta en un presagio más de muerte.

**

                Particularmente llama la atención el tema migratorio: pasamos de ser un país receptor de talentosos y desplazados de todas partes del mundo[1], a ser un país cuya emigración se caracteriza, entre otras cosas, por su relativo nivel profesional. Y cada día que pasa el tema se vuelve más palpable para nuestros vecinos, más engorroso, más incómodo[2].

                Tan solo en la semana anterior a la elección de la fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente de la dictadura proto-chavista, se dice que cruzaron la frontera unos 33.000 venezolanos[3]. Suena fácil, pero el ejercicio de imaginar a todas esas personas dejando sus vidas, sus amigos, sus calles, sus casas, sus recuerdos, su suelo patrio, todo por el rumor incierto de un futuro mejor, hace palidecer el alma. No es sólo cruzar de un país al otro, es huir de un sistema caníbal que, como ya hemos mencionado anteriormente, obliga a vivir miserablemente o morir en el intento.

                Las cifras que se estiman de los últimos años dejan el mismo sabor de boca: casi 2.000.000 de venezolanos se han ido[4]. A esa emigración habría que añadir algunos datos más: con anterioridad se ha visto que los movimientos migratorios se conforman de las capas sociales, no más pobres, pero sí menos pudientes y menos formadas[5]. Es decir, individuos-masa no profesionalizados, distintos a los que conforman la diáspora venezolana, categorizada en su mayoría por jóvenes con cierta formación académica (bien sea técnica o universitaria)[6].

                Y eso demarca otra característica: la migración está llena de jóvenes[7]. No hace falta ir demasiado lejos de Venezuela para poder constatar esto: en la frontera colombo-venezolana, en las plazas de Cúcuta y en los departamentos del Norte de Santander y Santander[8], ya hay campamentos, pequeñas comunidades de venezolanos que no denotan otra cosa que juventud y desesperación. Colombia completa ha sido uno de los principales puntos de llegada de esos venezolanos que huyen despavoridos de la situación actual[9]. Y, no siendo único el caso colombiano, uno podría asombrarse ante la cantidad de venezolanos que han ido llegando a todos los países de la región.

Argentina, Estados Unidos, Chile, Costa Rica, Ecuador, México, Panamá, Perú, e incluso Trinidad y Tobago[10]. Es una situación que se va replicando de país en país: el choque entre las culturas de cada nación y los inmigrantes venezolanos, que tan acostumbrados a convivir con la otredad apenas ahora van llegando a comprenderla en un sentido más amplio[11].

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La gran diferencia de estos países con la nación colombiana se sostiene en diversos aspectos: cercanía geográfica, historia compartida y flujos migratorios. Estos últimos parecieron haber estado marcados, desde la mitad del siglo XX hasta su cierre, por una suerte de relación unidireccional. Venezuela recibía y recibía olas migratorias colombianas y la vida seguía como si nada. Era normal ver colombianos desde el occidente hasta el oriente, desde la región costa-montaña hasta el sur del mapa, desde ciudades dormitorios hasta las metrópolis.

Lo extraño era conocer u oír historias de venezolanos que cruzasen la frontera. Se pensaba que sólo un demente podría querer ir a un país de guerrilleros, narcotraficantes y  paramilitares; un país en guerra y con una fuerte división social. Hoy esa caracterización se ha invertido, ya no sabemos cuál es el país que está en guerra, no sabemos en cuál país hay mayor influencia paramilitar o guerrillera[12]. Las historias se intercambiaron, ahora la experiencia colombiana y su recuperación (más allá de sus actuales problemas, los cuales no son menores) son el espejo al cual una cierta parte la dirigencia venezolana parece mirar, sobretodo en aras de superar el fantasma de la violencia[13].

Y si a nuestra élite interesa la reciente historia colombiana, a otro importante sector de la clase media venezolana (que creció y se desinfló gracias a las maravillas de la renta petrolera) han interesado las condiciones de vida del vecino país. Sea para echar raíces, para trabajar, para hacer puente con otros países o, simplemente, para buscar un destino un tanto mejor. Cientos de venezolanos han ido a parar a Colombia: desde Cúcuta, pasando a Bucaramanga, yendo a Cartagena, bajando a Bogotá, más al sur en Cali y luego, cerca del Ecuador, situados en Nariño en su incesante marcha hacia el sur.

Venezolanos venidos a menos, hijos de la inmigración colombiana, profesionales de todas las clases, personas en tránsito, todos ubicados entre la gran variedad de razones que explican el  que muchos se encuentren ahora en el país vecino. No es azaroso, entonces, encontrar una diversidad inigualable entre los venezolanos que hacen vida en las ciudades colombianas. Diversidad que, no entendida como diferencia irreconciliable, se hace esencial en la búsqueda y el reencuentro de nuestra nacionalidad…

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                Gente estudiada que ahora trabaja en lo que sea, como sea. Jóvenes acostumbrados a la riqueza no trabajada, amoldados a la susurrante decadencia del petróleo y sus corruptelas. Familias separadas, amistades que buscan reencontrarse como si nada hubiese pasado, amores que mueren y languidecen a la distancia. Es el testimonio de esos silentes ciudadanos del mundo que van acomodándose a nuevas realidades[14], siempre melancólicos de lo que alguna vez fueron, de lo que se les dijo que pudieron haber llegado a ser.

                No están solos en el mundo, con ellos van e irán miles y miles. La marcha continuará mientras la dictadura siga[15], mientras el dinero mal habido siga su flujo revolucionario, mientras el mundo siga menospreciando nuestra alarmante crisis humanitaria[16].

Sucede y sucederá entonces que poco a poco los venezolanos irán encontrándose, todo esto a la par de la difícil decisión de abandonarse a sí mismos en otros países. Pequeña paradoja que se entiende en la medida en que las diásporas van a ir prefigurando un nuevo tipo de venezolanidad, que no es otra que la de la familiaridad, aquella que hemos ido olvidando a causa de la estampida. Quien escribe esto lo ha percibido: en el andar de la migración iremos encontrando las razones del desastre, las herramientas para superarlo y comprenderlo, sí, pero también vamos a ir encontrándonos a nosotros mismos en el vital ejercicio de la memoria.

¿Por qué hemos huido? ¿Siempre estuvimos marcados por la violencia? ¿Siempre ha sido el venezolano una maldición para su país? ¿O acaso fuimos (y somos) algo más? ¿Seremos capaces de recordar ese algo más? Asumo que sí, en algún punto, en alguna velada de terror cuando los secuaces del desastre nos hagan temblar por los seres queridos que aún siguen en Venezuela, en alguna fría noche donde recordemos que la calidez venía no sólo de nuestro envidiable medio ambiente, sino también de las personas que nos rodeaban… En ese momento el instante humano superará el discurso del terror, las sonrisas a distancias se unirán y la fraternidad con nuestros hermanos nos hará revivir del desdén de la soledad.

Queda un largo camino, árido, lleno de dificultades, pero sólo recordando ecuánimemente podremos sobrellevar la tragedia. Y la marcha seguirá… a no ser que suceda algo más.




[1] “Tirar de la ironía es una de las pocas cosas que les queda hoy a los venezolanos. Decir que los inmigrantes ahora emigran es paradójico ya que este país fue receptor neto de personas con otras nacionalidades durante más de 50 años y, si nos ponemos exquisitos con los datos, se podría incluir todo el siglo XX, al contabilizar los saldos migratorios anuales entre 1900 y 1935, los cuales eran ínfimos pero positivos.”: http://elestimulo.com/blog/venezuela-un-pais-de-inmigrantes-que-ahora-emigran/
““El censo de 1960 revelaba que 15% de la población estaba formada por inmigrantes que provenían, fundamentalmente, de países europeos. Ese porcentaje aumenta en la década de los años 70 y 80, gracias al aporte de la inmigración procedente de países latinoamericanos”, se lee en la introducción al estudio. “Venezuela era un paraíso democrático para quienes huían de las bandas armadas colombianas y peruanas, de la inestabilidad política y económica de Ecuador y de los países centroamericanos y caribeños, y de las dictaduras de todo el Cono Sur”, asegura el texto. A ello se sumaban los tradicionales inmigrantes españoles, italianos y portugueses.”: https://www.elconfidencial.com/mundo/2016-08-30/venezuela-emigracion-maduro-chavez-diaspora-petroleo_1252510/
[3] “Decenas de miles de personas —unas 33.000 el lunes— cruzaron hacia el país vecino ante la incertidumbre y el desabastecimiento que golpea a Venezuela, en lo que supone un incremento del flujo migratorio que se suele producir en los momentos de mayor crisis.
El paso fronterizo más concurrido fue el de Cúcuta, capital del departamento de Norte de Santander, por donde transitaron más de 26.000 ciudadanos. Miles de ellos regresaron el mismo día tras comprar alimentos y productos básicos. Alrededor de 2.000 venezolanos, según las autoridades colombianas, ingresaron con la intención de viajar a Ecuador, Perú y Chile.”:
[4] “Han pretendido ocultar la inseguridad alegando que es sólo un problema de percepción auspiciado por los medios de comunicación, así como la inflación si se toma en cuenta que el BCV pasó meses sin producir estadísticas, a lo cual estaba obligado. El ocultamiento es consciente y deliberado. Creen que silenciando un fenómeno en el que participan cerca de dos millones de venezolanos (1 millón 700 u 800 mil) de manera directa y de manera indirecta los familiares y amigos que dejan en Venezuela, esto es, no menos de 15 millones de venezolanos. El hecho migratorio deja de existir: todo ello es, por decir lo menos una profunda aberración.”: http://www.noticierodigital.com/2016/06/tomas-paez-cerca-de-dos-millones-de-venezolanos-han-tenido-que-emigrar-al-extranjero/
[5] “¿Quién puede permitirse emigrar? (…) Quienes emigran no son los más pobres, sino los que tienen algo de dinero, los que pueden permitírselo. Para ellos, los costes de emigrar, si bien en condiciones peligrosas, han bajado.”: https://elpais.com/elpais/2013/10/29/opinion/1383051125_783112.html
[6] “En cuanto al caso de la migración de venezolanos profesionales al exterior, Tomás Páez aseguró que la denominada “fuga de talentos” es un término que debería reenfocarse porque no abarca la totalidad ni complejidad del problema:
 “Yo pienso que está sobrevalorado el término de “Fuga de talentos” que tanto se utiliza en estos días, claro que hay una fuga de talentos, cuando por ejemplo te digo que más del 90% de las personas que se van son universitarios, pero pienso que hay que hacer un reenfoque, porque de esta manera al enfocarse únicamente en lo académico, se reduce la magnitud del problema.”: http://www.cnpven.org/articulos/entrevista-a-tomas-paez-sobre-la-emigracion-de-profesionales-y-tecnicos-venezolanos
[7] “"Las diversas condiciones que atraviesa el país está determinando que los jóvenes y no jóvenes se vayan a buscar otros horizontes (...) Hoy por hoy ellos tienen que trabajar toda su vida en el país para poder, por ejemplo, adquirir una vivienda", destacó.”: https://informe21.com/actualidad/sociologos-uno-de-cada-cuatro-venezolanos-desea-emigrar
“No obstante, son los jóvenes entre 19 y 29 años quienes más deseos tienen de irse de país, lo que supone un grave problema para la economía venezolana y a la vez, para su desarrollo, ya que, según Osorio Álvarez, educar por 18 años a la nueva generación, le costará muchísimo al Gobierno, y generará un retraso de 30 o 50 años en el país.
“El país se ha venido abajo por lo que hemos perdido. Estamos saliendo de lo mejor y quedando con una población de adultos mayores. Eso tiene una incidencia en la realidad social. Dos generaciones de profesores están fuera del país”, contó en entrevista a El Nacional el mes de febrero, y aunque, ciertamente la población de adulto mayor es la que tiene menores intenciones de emigrar, el Barómetro determinó que 19%, de quienes tienen entre 50 y 59 años, aspiran una huida del país, mientras que un 13% de los de mayores de 60, realizó esta misma afirmación.”:
[8] “Todos los municipios de Santander deben implementar planes de acción humanitaria al respecto por nuestra cercanía con Venezuela. El comportamiento de los colombianos debe ser de comprensión frente al drama humano que atraviesan los nacionales del hermano país y debe censurarse toda actitud hostil, más en estos tiempos en que los derechos humanos de los migrantes tienen protección legal y la solidaridad de la comunidad internacional.”: http://actualy.es/colombia-la-inmigracion-de-venezolanos/
[9] “Pese a que la oficina de Migración Colombia tiene reportados 40.000 venezolanos viviendo legalmente y calcula que estén 60.000 irregularmente, una investigación liderada por el sociólogo y experto en migración venezolana, Iván de la Vega, profesor de la Universidad Simón Bolívar, realizada con colegas y alumnos del Laboratorio Internacional de Migraciones (LIM), revela que son 900.000 los venezolanos -incluyendo los que tienen doble nacionalidad- (el 1,8 por ciento de nuestra población), los que han llegado al país en los últimos 20 años, por el efecto de la llamada ‘revolución bolivariana’ y la crisis social en ese país.
(…)
El informe, realizado con información del Banco Mundial, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y de organizaciones de venezolanos, da cuenta que Colombia es, entre 98 países, el principal receptor de este éxodo, muy lejos de Estados Unidos y España, que ocupan el segundo y tercer lugar.”: http://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/venezolanos-la-migracion-mas-grande-en-la-historia-del-pais-72872
[10] “Marisol dice que prefiere los pesares de esta isla a lo que pasa en Venezuela. La escasez de alimentos, la inflación más alta del mundo, la violencia callejera y la persecución política le hacen preferir, aun con sus defectos, a Trinidad y Tobago. La mayoría consigue alimentar a su familia, pero sin conseguir la paz que buscaron al irse de su terruño.”: http://elestimulo.com/blog/trinidad-y-tobago-un-desesperado-destino-para-refugiados-venezolanos/
[13] “¿Y qué aconseja a otros lugares que viven una violencia como la que vivió Medellín? Carolina Lopera no duda en responder: “Les diría que empiecen primero por perdonarse. Debemos perdonarnos, invitar al vecino, no solamente eres tú el que tiene problemas, el de tu lado también está sufriendo”.”: http://www.panorama.com.ve/experienciapanorama/Tres-habitantes-de-Medellin-cuentan-como-supero-esa-ciudad-la-violencia-20160513-0065.html
[14] “Pero de pronto pienso que esos chicos, esa generación de venezolanos profesionales que están pasando trabajo, que lloran a los suyos, que están “echándole bola” (trabajando duro, para los lectores chilenos), van a ser una gran generación. Porque estos muchachos tienen la formación profesional, pero a la vez están aprendiendo una importante lección de humildad, de ponerse en el lugar del otro, de entender el valor de las labores más sencillas. Están aprendiendo que detrás de cada oficio hay un ser humano, que nadie es mejor que el otro. Además están aprendiendo a entender otro país, otra cultura, otras voces, otras formas. Están aprendiendo –literalmente- a ganarse el pan con el sudor de su frente, de sus piernas, de sus brazos, de sus hombros.”: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2017/02/14/estos-jovenes-migrantes-venezolanos/
[15] “La razones que explican la decisión de emigrar no solo permanecen sino que han aumentado de un modo ostensible. Es lo que justifica la negativa de 80% de la diáspora a retornar al país. Insistimos y preguntamos utilizando un condicional: ¿Y si las condiciones del país cambiasen?, y el porcentaje de respuestas negativas se reduce. Volvemos a preguntar esta vez con el objeto de conocer la agenda de cambios de la diáspora. Las respuestas señalan las prioridades y aparece otra vez la necesidad de preservar el derecho de propiedad fundamental, reclaman seguridad y un ambiente apropiado para poder trabajar, invertir, y desarrollarse económica y socialmente, para lo cual es fundamental un cambio en el modelo político, portentosa máquina de creación de pobreza.”: http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/intervencion-diasporaen-proceso-reconstruccion-del-pais_200315
[16] “Advertimos que la escasez de productos, que se ha agravado en los dos últimos años, está teniendo un grave impacto en el bienestar de numerosos venezolanos. Nuestros hallazgos coinciden con los de organizaciones profesionales del sector de salud, académicos que han realizado encuestas sobre el impacto y la gravedad de la escasez de alimentos, y organizaciones no gubernamentales venezolanas. Informes internos del Ministerio de Salud venezolano que fueron consultados por Human Rights Watch indican que las tasas de mortalidad infantil y materna correspondientes a 2016 son significativamente superiores a las informadas en años anteriores. Según profesionales de la salud entrevistados por Human Rights Watch, las condiciones insalubres y la falta de insumos médicos en las salas de parto de hospitales son factores que inciden significativamente en el marcado incremento de las tasas de mortalidad infantil y materna.”: https://www.hrw.org/es/report/2016/10/24/crisis-humanitaria-en-venezuela/la-inadecuada-y-represiva-respuesta-del-gobierno

miércoles, 10 de mayo de 2017

Infierno.

Venezuela, 2017

Nos dispersan. No veo a los míos. El gas escarba en mis fosas nasales, hace su camino en la desesperación. Sonido de motos, una horda se aproxima. El corazón se acelera, perdemos la cordura. Unos atacan, otros huimos. La respiración no me da, corro sin destino. Calles famélicas, rostros de horror, el gas me persigue y atormenta mi visión. Se aproxima el vacío. Ejecuciones sumarias, robos, delincuencia, desnutrición, asesinatos, represión. Oscuridad.

Postes sin luz. Avenidas desiertas. Alcantarillas al aire, paredes desahuciadas, el pavimento hecho añicos. Seguimos corriendo, somos cada vez menos. No sé si han sido atrapados, si han caído abatidos. Busco a mis amigos; el gas me afecta en el peor momento. Hay una luz. Intento discernir en el caos. Explosión. Motorizados. Parrilleros. Apuntan, disparan… infierno.

Aprieto mi mandíbula. El impacto: a quemarropa, frío y punzante en la costilla. Nada tan terrible como la certeza de la herida que desangra. Caigo. Cada bocanada me cuesta la vida misma. La horda retrocede, la multitud me socorre y aún así la muerte me arropa. Ambulancias. Sirenas. Luces que vienen y van, destellos de muerte. Temor. Pánico… Miedo a morir en este sin-sentido tan rotundo.

No estoy solo: hay hoyos en la cabeza y vísceras en el suelo. Cadáveres. Cráneos triturados, ojos perdidos, pulmones perforados, seres arruinados, familias devastadas. Respirar. Inhala, exhala. Hedor. Tensión. Putrefacción. La tensión baja, la levedad aumenta.

Calma. Silencio. Mute y el zapping de toda una vida, mi vida.

Una camilla, un pasillo alargado y caras de preocupación. No hace falta anestesia, no siento nada. Perforan mi piel, la carne se abre lentamente. No hay casi sangre en este despojo, pero la bala sale de su escondite. La remueven, y aún así  las caras permanecen en suspenso.

Hay llanto. Impotencia. Más calma, silencio total. Descanso. Todos horrorizados a mí alrededor. Casi duermo… casi muerto.