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lunes, 10 de abril de 2017

Violencia pop, parte I.

Krupskaia Mujica y Ernesto Reyes, personajes ficticios que se basan en algunos de los caricaturescos individuos que he conseguido en la UCV.

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RELATORA: Krupskaia Mujica

Iba rodando con mi bicicleta por la avenida y a lo lejos pude divisar, no muy claramente, una humareda extraña, impropia de la calma que caracteriza a mi ciudad. Curiosa, como siempre he sido, me dispuse a disminuir la velocidad; pues lo confieso, no sabía si era un incendio o qué cosa y a veces (y sólo a veces) la causa humanitaria no es lo mío.

Avancé lentamente y lo que vi era bastante curioso: me encontraba a las espaldas de un centenar de efectivos de seguridad que con sus armas disparaban bombas lacrimógenas a un grupo de personas. No comprendía que pasaba a mí alrededor, pensé por algunos minutos que seguramente se trataba de una las tantas manifestaciones balurdas que congregaba a los bobositores, entiéndase: al germen opositor de mi país.

Mi sospecha se confirmaba al ver a una serie de jóvenes blancos, seguramente del este de la ciudad, seguramente adinerados, seguramente incomprensivos del proceso político-social venezolano, lanzando piedras a los efectivos de seguridad.

No he sido nunca amiga de los policías ni de los militares. Para mi es irrenunciable mi cualidad contestataria ante la violencia del Estado… aunque en este caso la cosa era distinta. Estos jóvenes no eran pueblo, no sufrían el país como lo sufrimos nosotros, no entendían ni tenían la capacidad de ver a los ojos a la realidad del pobre.

No es que ellos merezcan ser reprimidos, no se trata de eso. Se trata de que deben aprender sea por las buenas o por las malas; se trata de que alguien tiene que darles un parado para que aprendan a soportar las vivencias de nosotros, los menos favorecidos.

Y sí, lo sé, dirán que soy adinerada, que soy sifrina porque vivo en Chacao, que soy enchufada porque mi papá fue guerrillero y actualmente es viceministro. Pero pana, se los digo: aquí hay un pueblo valiente, un pueblo que no se doblega. Nosotros podremos estar bien acomodados en estos momentos, pero la verdad es que ni todo el dinero del mundo puede, ni podrá, hacernos negociar nuestros valores revolucionarios a cambio de un mísero estatus que a decir verdad no nos interesa.
En fin, no estamos alienados como aquellos del otro lado.

¿No se las dan de libertarios y de transgresores? Que rescaten su bombitas y perdigones, pues.


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RELATOR: Ernesto Reyes

Veo a una familia sacando comida de la basura y el corazón se me pone chiquito. No puedo, no lo toleraré. Es como violentar la vida de una persona, someterla a este vejamen, a esa piltrafa.

No entraré en detalles, pero la vaina se jodió con Maduro. Ese huevón vino y nos cagó la vida. Antes podíamos ir de viaje, comprar comida, raspar la tarjeta, comprar la curdita y joder de vez en cuando. Ahora la vaina es tenaz, ni para un mango adobado me alcanza la plata. Estoy claro de que la cagué, de que voté por Maduro y quizás ese haya sido mi mayor error.

Yo confiaba en mantener mi estilo de vida. Y ojo, no que no disfrute una bola trabajando en el CELARG, yo no olvido mis principios, mi ética revolucionaria, mi ansia de transformar el mundo; pero coño pana, uno no puede pasar toda la vida hablando paja y paja sin recibir nada a cambio.

Yo me acuerdo cuando el Comandante estaba vivo, cuando éramos la potencia en la región. Y ojo: aún lo seguimos siendo; la arremetida neo-liberal ha sido arrecha, para qué negarlo, pero la vaina se ha puesto jodida compadre. Un solo peo para conseguir la comida, un solo peo para mantener a la jeva. Yo entiendo, de pana que sí, estamos destinados a liberar el continente de la plaga yankee y toda esa paja que le repito a los chamos en la universidad todas las mañanas; pero, y soy enfático en esto, la vaina está jodida.

Lo peor es que no puedo hablarle a nadie de esta vaina. Si hablo de esto en el CELARG me botan, pues mi jefe es burda de jodido y nos tiene a todos vigilados. Si hablo de esto en la universidad segurito me pichan con los colectivos para que enmiende mi falso andar y mi delirio pequeño-burgués.

A veces toca entender. De no ser por esos correctivos (burocracia y colectivos) estaríamos todos a la merced de la cuerda de locas que hay en la oposición. Una parranda de mariquitos que lo único que hace es joderle la paciencia a uno. Que si el índice de mortalidad, que si la delincuencia, que si las colas, que si Maduro, que si los militares… No joda, por eso es que en esta vaina no dan pie con bola. Una cuerda de gafos que lo que va pendiente es hacer show siempre y nunca aportar una verga.

Por eso es que son buenos los correctivos. Es como un chamito pues, si no le das unos buenos coñazos a su debido tiempo te va a salir todo pargo y todo engañado. Por eso la revolución ayudó tanto al pueblo, le entregó los instrumentos de su liberación. Un pueblo armado no se deja engañar. Una vaina increíble, desde carajitos claros de que los propósitos de sus vidas deben ir en el cauce de la revolución.

Anulamos la falsa ideología con cada nuevo militante. Fundamos la nueva Venezuela un salón a la vez. Todos odiarán la burocracia, algunos denunciarán a los colectivos, pero la grandísima verdad de este proceso es que sin la primera y sin los segundos esta vaina estaría en la mismísima mierda. Por eso creo que Maduro fue un error, pero uno que se compensa con el legado del Comandante. Para qué negarlo, aún sobrevivimos gracias a sus enseñanzas.

Pero bueno, harina de otro costal…


Pero bueno, ¿en qué estaría pensando antes? Qué peo con la memoria vale…

sábado, 30 de abril de 2016

Sobre interpretaciones evasivas.

A mi querida Ana K. Caldeira.

           Alguna vez una de las sociólogas más inteligentes que he conocido denunció la facilidad de la crítica irreflexiva que se ejerce en forma discurso libertario y cómo la misma escuda los desmanes del poder. La de ella fue una denuncia perspicaz cuanto menos necesaria  y ajustada para los tiempos que nos ha tocado vivir en Venezuela.

                Sucede todo esto en la medida que el esfuerzo intelectual, no sólo de los hombres de academia sino también del ciudadano-de-a-pie,  se sitúa en el polo de ejercer constante denuncia hacia aquellos que son golpeados, humillados y reducidos a la nada. Bien sea desde una golpiza en el claustro universitario llevada a cabo por las hordas fascistas –dónde la culpa es aquellos que se dejaron golpear-, como en lo vomitivo que resulta un piropo en la calle –dónde la mujer es culpable por… bueno, por ser mujer.

                Quizá este esfuerzo intelectual del que hablo cumpla varias funciones. La primera de ellas, la más obvia quizá, sea la de ser cortina justificadora de cualquier atropello por el simple hecho de lo normal que el mismo es en nuestra sociedad. Tenemos distintos ejemplos, quizá el más claro sea el de culpar a la víctima de un robo por dejarse robar (“quién te manda a estar sacando el celular por esa zona”, “tú sabes cómo está la vaina”, entre otros lugares comunes). La segunda de ellas, la más peligrosa a mi entender, es la de justificar la injusticia por constructos ideológicos y utopías que se confirman sólo en la teoría y pocas veces en la práctica. Los ejemplos que se desglosan de esta última son notorios en la historia del siglo XX; se enmarcan en la necesidad de justificar las acciones que, por crueles que sean, cumplen la meta de hacer seguir en marcha el motor del ideario político que sea (“todo sea en nombre de la revolución”, “Deutschland über alles” y pare usted de contar).

                Ciertamente esta categorización es corta y cumple el papel de hacer ver que hay dos procesos, uno inconsciente producto del prejuicio y otro consciente y pensado. En ambos se deja de lado la discusión ética por lo que es el estado de la vida.

                No podemos evadir que hay condiciones materiales para saber dónde si y dónde no sacar nuestro teléfono; sin embargo, que nuestra denuncia vaya hacia la víctima y no hacia el victimario dice mucho del estado de nuestro país. A mi entender, la razón de esto es el miedo, miedo de ver al verdadero culpable a los ojos, miedo a ver que millones de venezolanos dieron su apoyo a un proyecto político que ha sacado lo peor de nosotros. Es difícil asumir la culpa de haber apoyado a un gobierno que estafó a los más humildes para servirse de ellos. Da terror asumir que nuestro país es plataforma de narcotraficantes, pranes y malandros comunes. Es horrible enfrentarse al desmembramiento de los núcleos familiares a causa de la falta de oportunidades. Da pánico pensar en la cantidad de niños que mueren al día de hoy, pensar en el numero de ellos prefieren las armas a la educación.

                Hoy en nuestro país hay miles de familias sin comida, pacientes en hospitales esperando a que la muerte sea un poco más gentil de lo que la administración pública y privada lo ha sido, jóvenes desesperados ante la creciente ola de violencia que día a día se lleva a cada vez más personas sin discriminar tendencia política. Culpar de todo esto a los ciudadanos y a nuestra condición latinoamericana –que es el sustento idiota de cualquier racismo que bien viene a cualquier proyecto moderno- es desconocer los alcances de los socialismos reales durante el XX; desconocer en fin lo que por los últimos años hemos vivido.

                La respuesta que se da ante esta cruda realidad es una respuesta evasiva, fundada en el terreno de las ideas. Lo único importante son las teorías y sólo ellas pueden guiar a los tarados que no saben nada del mundo. Porque hay que decirlo, para muchas de estas personas el odio sobre la situación actual va hacia las personas, precisamente, por ser personas, imperfectas, únicas en el mar la totalización revolucionaria. Siempre la idea, finita, univoca, incorregible, es el camino; la persona, como resistencia, es estorbo.

               Se puede observar en cómo se trata a las personas que se oponen a proyectos  ideológicos de gran envergadura. En este polo se sitúan casi todos los análisis de consciencia ideológica. Puede verse sobre todo en el ámbito intelectual y en cómo reina el desprecio por las exigencias en cuanto a la radicalidad de la democracia, la libertad y, paradójicamente, la igualdad. La democracia es una farsa de élites, la libertad es abuso económico de unos sobre otros, dejando así a la igualdad como único horizonte posible y tangible. A nuestro entender estas personas que enarbolan la igualdad sustentan la base de su discursos en proyectos ideológicos en donde los sujetos y las realidad verdaderamente diversas son obstáculos. La igualdad se exige en la medida de que todos piensen como ellos, escriban como ellos, lean como ellos; en fin, interpreten la vida como ellos. El espacio para la diversidad es permitido en cuanto esa diversidad sea la representación de la mismidad del poder, tan absoluto y cerrado como cualquiera que se priorice a sí mismo por encima de la diferencia.

                La vida va más allá, no en vano los esfuerzos de unos cuantos en tratar de salir de la esfera de la ideología por la ideología misma y del discurso por el discurso. Quizá los esfuerzos intelectuales deban ir sobre la base del aprecio sobre nuestro arraigo, nuestro pueblo, sin permitir injusticias y sin negociar principios fundamentales.

                 El reto de cualquier interpretación sobre el país se sitúa sobre su cultura, no malandrizada, siempre pensando en el disenso como condición de la vida y con posibilidades de la concertación de acuerdos mínimos, en la justicia sin importar el capital cultural o financiero y, por sobre todas las cosas, no evadir que hay personas, que hay realidades tangibles y que hay vidas de por medio que siempre deben ser respetadas.

                Si cualquier idea misional se prioriza por encima de la vida misma estaremos siendo injustos con la diferencia. En ese aspecto, ¿qué tanto hemos contribuido los hombres y mujeres de ciencia al respeto por la diferencia? En el desarrollo teórico, bastante; en lo práctico de nuestro vivir… asignatura pendiente.