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domingo, 30 de septiembre de 2018

El arte.


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El arte por sí solo no es arte, es monólogo. Aunque haya monólogos artísticos que intentan comunicar algo, el arte por sí solo no comunica nada. El arte siempre está expuesto a unos ojos, a unos oídos, a unas sensibilidades. Los ojos, los oídos y las sensibilidades interpretan, digieren al arte. Y el arte, a su vez, puede digerir y escupir a estos ojos, a estos oídos, a estas sensibilidades. El arte que comunica es arte. El arte que no dialoga, no es arte.

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El arte debe comunicar, debe rebajar su ego. El arte debe ser apreciable para todos. No puede haber un arte estrictamente para artistas. Si hay arte para artistas, no hay en realidad arte ni hay en realidad artistas. El arte comunica en cuanto que se enmarca en dinámicas múltiples. De la multiplicidad se nutre, de la multiplicidad vive. El arte que se niegue a trabajar con lo múltiple, no es arte.

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El arte se debe a su autor. El arte que se deba a una industria no es arte, es servicio público. El que quiera que el arte satisfaga todas sus demandas no busca arte, busca una vida imposible. El que quiera que el arte cumpla sus expectativas, no busca arte. El que cree que tiene derecho sobre la obra se equivoca: la historia le antecede, la obra le empequeñece.

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El arte es común. El arte no es cuestión de apellidos, el arte no es cuestión de consagraciones. El que elija el camino del arte por cuestiones de moda, elige el camino equivocado. El arte es miseria, belleza y agravios. La miseria, pues no supone riqueza. Belleza, pues busca lo excepcional. Agravios, pues transgrede los límites de lo normal. Y, sin embargo, vive por y para lo normal. Quien busque en el arte algo diferente de lo que le entrega la vida, no busca arte; busca redención.

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El arte no es conocimiento instrumental. El arte no es sabiduría. El arte es expresión, el arte es manifestación. Sólo a través de su exposición el arte puede llegar a ser arte. La obra así se mantiene siempre abierta, siempre dispuesta al dialogo, al empequeñecimiento y al fracaso. El arte que no se planteé el fracaso seriamente, no es arte. Toda forma de existencia humana tiene ahí sus límites, tiene ahí sus fronteras.

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El arte no es eterno. Todo arte está condenado al tiempo, todo arte está condenado a desaparecer. Todos estamos condenados al tiempo… y a desaparecer.

sábado, 16 de julio de 2016

Un país de bobos.

Venezuela es el epicentro de nuestras vidas, y en ella surcan nuestras interpretaciones, pareceres, gustos y desacuerdos. No es secreto para nadie que los últimos han sido años de exacerbado disenso, en donde la opinión pública ha tendido a irse por los causes de la polarización; no obstante vale la pena acotar que persisten una serie de lugares comunes que dan sentido al sujeto en sociedad y a la sociedad en el sujeto. Por ejemplo: es totalmente comprensible que todo aquel que haya recibido un balazo sea una delincuente, pues, de otra forma ¿por qué habría merecido tan vil “ajusticiamiento”? Lo podemos ver día a día, ante las noticias de linchamientos y asesinatos, que por su grotesca forma arrojan a la víctima en el banquillo de los acusados cuando no así al delincuente en cuestión.

Pienso esto y recuerdo a nuestro presidente, el infame camionetero que al día de hoy sigue gobernando junto a los militares y por encima de cualquier facción civil del bando político que sea. Veo a nuestro presidente y lo pongo en perspectiva con lo que para muchos se ha vuelto un diagnostico que, al menos en mi caso, resulta curioso y digno de ser comentado. Hablo, por supuesto, de su estruendoso repertorio de pelones, como les diríamos en el argot venezolano –y para el no venezolano, hablamos tan solo de sus cagadas, sus torpezas, sus bloopers y demás figuras mediáticas que van haciendo de Maduro un tipo bolsa, por no decir tarado.

Sí, es cierto. Gran parte, por no decir la mayoría, de la opinión pública se ha volcado a una interpretación curiosa de este fenómeno. Todos se alaban a sí mismo, en una suerte de acto religioso, una gran epifanía, verdad revelada, al resaltar que todo aquello del presidente es un gran stand-up, una gran obra dirigida a las masas cuya verdadera intención es  entorpecer cualquier gestión política que venga desde la oposición.

Desde la vez que confundió los peces con los penes (para evadir el tema de las guarimbas), hasta la vez que leyó en cadena de radio y televisión un mensaje de un tal Moisés David instándolo a chuparse uno (no hace falta indagar en el qué; tampoco en la respuesta del presidente en evasión de la victoria opositora del 6D). Todo ha sido un engaño, un gran acto de prestidigitación. Hemos sido unos bolsas por creer que el presidente, gran estratega del PSUV y del Gran Polo Patriótico, pueda cometer inconscientemente tales torpezas en vivo y en directo. Somos unos bobos por no saber que es una acción racionalizada, propia de un tipo tan vivo como el presidente de la República Bolivariana de Venezuela.

O al menos eso nos ha dicho la elite intelectual, cuyo discurso va, en primera instancia, a sobreestimar al presidente por su notable capacidad para mantenernos embelesados con su gran estrategia comunicacional y, en segunda instancia, a contribuir a desviar la atención sobre las realidades trágicas que al día de hoy todos y cada uno de nosotros padecemos.

                De ambas instancias debo disentir. La reflexión ha sido reducida a la superficialidad y nuestros líderes de opinión parecen sacados de cualquier agencia de marketing político; parece ser que su única finalidad es reducir la política al showbussiness. Contribuye Maduro, sí, pero también ha contribuido la opinión pública (aquella políticamente correcta, gran intérprete de los problemas de su ombligo y de su miope experiencia histórico-política). Decir que nuestro presidente es un maestro de la comunicación, por el simple hecho de desviar cualquier discusión importante en aras de hacer payasadas para (supuestamente) mantenerse en el poder, no sólo habla mal del presidente, sino además de las personas que, además de estar calificadas para hablar de la abstracción que es la democracia, únicamente contribuyen al tema político con medias verdades y opiniones halabolísticas hacia la elite política opositora.

El debate también está en la crudeza de nuestra cotidianidad: el narcotráfico y su ascenso –no sólo en la figura del Estado sino además en los resquicios de nuestro día a día–, así como la desnutrición infantil, la mendicidad, el tráfico de armas y la figura del pran como modelo a seguir. Se me ocurre, además, el problemita que tanto ha denunciado el vagabundo de Giordani sobre unos cuantos miles de millones de dólares perdidos, sabrá Dios (y a su lado el intergaláctico), en cuál paraíso fiscal de aquellos que tanto emocionan a nuestros profanadores-de-renta promedio.

                Y es necesario distinguir dos aspectos importantes: la comunicación y la política. La primera parece girar en torno al aparentar y lo segundo al mundo concreto de la acción. En lo político no hace falta decir que Nicolás Maduro, por torpe e imbécil que pueda ser, ha arrastrado al país, y al chavismo en especial, a su poder de mando. Nadie ha podido tumbarlo del poder y, por mucho que las expectativas de miles vayan hacia el fin del régimen, es importante acotar una verdad tan grande como los nichos de corrupción de nuestra revolución: el gobierno y el presidente siguen en pie, sin indicios aparentes de querer entregar una sola cuota de poder.

                Dicho eso no podemos conformarnos con decir que el hombre es un genio. Precisamente, la paradoja persiste en el hecho de que un tipo tan atroz haya podido sumir al país en malandraje, desidia y caos. Salvajemente hemos corrido para poner a Maduro en un altar, considerarlo la mano que mece la cuna, cuando lo que hemos debido de hacer es cuestionar severamente a quienes hacen política en este país. Nada bueno sale de decir que la ignorancia como herramienta política es audaz y pertinente; por el contrario, es el signo de la decadencia de nuestro sistema político y de nuestras aspiraciones democráticas.

                Bien puede ser el tipo que anda bailando día y noche en Miraflores, como el que va por Venezuela diciendo que a la gente no le interesa en lo más mínimo el estado de derecho, la libertad, y la igualdad. Aquel que evade el tema del narcotráfico y del malandraje como práctica estatal en virtud de hablar del pueblo hambriento –pueblo que al parecer es un bebé incomprendido e iletrado, pueblo que, al fin y al cabo, debe ser visto y explicado desde una visión lastimera.


                No es un triunfo, ni es inteligente, ni es sabio, ni es perspicaz decir que Maduro es un rolo-de-vivo y que nos tiene a todos pendientes de su mal inglés. Ir por el andén de la obviedad no es ningún logro. Pensar a Venezuela, ésta, la del 2016, no exige tan ingrata comodidad. Elite querida, con Luis Vicente León nos basta y nos sobra, por favor.

viernes, 11 de marzo de 2016

Posmodernidad y deliberación.


La reflexión en torno a la sociedad se sitúa, al día de hoy, en la necesidad de comprender un mundo que cada vez luce más incierto y menos aprehensible por los modelos tradicionales. Modelos que van desde la disciplina económica al método historiográfico, del que-hacer político a las artes y de las sociologías[1] a los estudios de comunicación.

Si bien este es el ethos de nuestra época podríamos decir que no siempre fue así. Dar un repaso por el desenvolvimiento de cualquier marco teórico disciplinar, a lo largo del siglo XX, es ver lo que Zygmunt Bauman ha llamado el paso de una modernidad solida hacia una modernidad liquida[2]. Los tradicionales parámetros de la ciencia, la certeza, la búsqueda por la objetividad, las teleologías que buscaban hacer predecible cualquier acontecer humano; en fin, todo lo que podamos encontrar en el mundo de la racionalidad técnica se ha encontrado en una encrucijada a lo largo de los últimos cuarenta años.

¿La razón? Es mejor hablar de razones, por paradójico que esto sea. Lo que podemos llamar la condición posmoderna –entiéndase, críticas a la razón instrumental- surge como respuesta a las guerras mundiales, los imperialismos estadounidense y soviético, al mundo polarizado y a lo que pareció ser el triunfo momentáneo de la lógica aristotélica, también conocida como lógica formal[3].  La división del mundo entre dos maneras de ser, o mejor dicho, la predictibilidad de la esfera humana tan solo en dos esferas. Lo podríamos ver en el plano más complejo como en la división entre izquierda y derecha como en un plano más sencillo: blanco-negro, si-no, cero-uno, entre otros.

La reducción, la matematización de la vida es uno de los principales problemas con los que lidian los posmodernos. Sin embargo, no siempre ha sido un problema tal espíritu. Todo lo contrario.

El avance de la ciencia a lo largo de los siglos XVIII, XIX y parte del siglo XX se valió precisamente de tal fórmula para estudiar y establecer los parámetros de lo cognoscible. Sabemos que en un inicio la lógica formal sirvió de apoyo para las ciencias “duras”, pero en el camino muchos intelectuales, estudiosos de lo social, compraron el discurso que reinaba en la época: al igual que las ciencias naturales, las ciencias sociales debían garantizar el estudio objetivo y neutral que formulara leyes universales para así poder hacer al objeto de estudio –la sociedad y sus individuos- lo más predecible posible para poder captarlo, explicarlo y controlarlo.

Tal control lo podemos definir además como una manera particular de comprender a la sociedad pues, al pretender formular leyes universales para la sociedad, se expone de alguna manera u otra lo que para los primeros positivistas era su noción de sociedad: estática, maleable y manipulable. En fin, predecible.

Si seguimos el recorrido teórico del positivismo francés de finales del siglo XIX sabremos la clara influencia que tuvo tanto en Europa como en Estados Unidos. La escuela de Talcott Parsons, las tesis de Robert K. Merton y las escuelas funcionalistas son claramente influenciadas por Durkheim y toda esta manera de iniciática de ver la ciencia. Parte de los estudios de comunicación bebieron de estas aguas.

Lo que el funcionalismo pudo decir en el ámbito específico de la comunicación no difiere demasiado con lo que arriba comentábamos: la simplificación del proceso comunicativo a la triada emisor-mensaje-receptor[4], tomando en cuenta específicamente lo poco o bastante entendible que podía ser un mensaje X para un receptor Y. Básicamente lo que se planteaba era la preponderancia de ver el sistema en sí mismo, más que reflexionar sobre las posibilidades de la concreción de tal procedimiento.

El tiempo ha pasado y podemos ver distintas posturas que de una manera u otra atentan contra lo que era una verdad indiscutible en el análisis funcionalista: la unidireccionalidad como base de la comunicación. Esta unidireccionalidad la entendemos como el simple transitar de un mensaje que va del emisor al receptor sin obstáculo alguno, sin contradicción siquiera. 

Pudiera decirse entonces que la comunicación en su inicio fue entendida como un proceso mecánico. Sin embargo, la crítica hacia la óptica funcionalista parte de una realidad ineludible, y es aquella que reza que la comunicación debe ser asumida “como un proceso típicamente humano”[5], y en dicho proceso deben tomarse en cuenta un sinfín de variables que pertenecen al mundo de los hombres y las mujeres. La cultura, sus costumbres, tradiciones y desencuentros forman parte de lo complejo de las sociedades, así como también de las pautas de cualquier proceso comunicativo.

Nos dirá Igor Colina –desde una postura crítica no posmoderna- que en el proceso comunicativo el  hombre juega un papel importante, así como también las condiciones socio-histórica en las que el mismo se encuentra[6]. Importante es en el análisis la óptica marxista del autor[7]; sin embargo a nuestro entender tal análisis es insuficiente pues se retoma lo que desde un principio se busca combatir: la lógica aristotélica y su representación en la dualidad dialéctica (tesis-antítesis), tácita en toda la herencia materialista histórica.

Siguiendo lo que dicen autores como Castilla del Pino: cada época comunica algo distinto. Siguiendo tal premisa vale la pena preguntar: ¿el materialismo histórico puede dar respuestas al surgimiento de las incertidumbres? ¿Puede reflexionar un mundo que cada vez se hace más y más problemático? ¿No será que la erosión moderna también alcanzó al canon marxista?

Son preguntas que emergen ante lo que Kenneth J. Gergen presenta en su trabajo El Yo Saturado (1991), trabajo que apunta al campo de la psicología, pero que en realidad da luz a la reflexión de nuestra actualidad social. En dicho trabajo, el autor nos hablará del efecto que ha tenido el arrollador avance de la tecnología en los últimos años, sobre todo en la comunicación, tanto personal como artificial. Es necesario entender que la tecnología a finales del siglo XX, la que corresponde al estudio de Gergen, abrió la ventana para un mundo donde el tacto, el sentir, el pensar y el hacer se transfiguran radicalmente.

Gergen comenta algo que añade cierto valor demográfico al discurso que aquí elaboramos: las relaciones cara-a-cara se vieron súbitamente afectadas por las migraciones[8] o simple –y constante- movimiento humano entre estados y entre naciones que caracteriza a la era posmoderna.

Se sobrepasa la barrera del espacio. El mundo estático, finito, conocido por el individuo moderno se convierte en un enigma. Resolver el acertijo corresponderá al saber desenvolverse en diferentes ámbitos. Para tal tarea se plantea una solución: se recurre a la multifrenia, que para el autor no es más que “(…)la escisión del individuo en una multiplicidad de investiduras de su yo”[9]. Somos varias personas al mismo tiempo y varias personas se sumergen en diferentes  identidades. Las definiciones de la persona y su carácter se vencen y ahora el mundo de la multiplicidad de personalidades y posiciones ante el mundo surge. El eclecticismo domina al ser posmoderno.

Sociológicamente podríamos abordar esto desde muchos ámbitos. Bien por el ala positivista-funcionalista –quizá argumentando la falta de reglas en el renacer de las anomias contemporáneas- como por el ala crítica –dando al traste con el discurso que enaltece las relaciones desiguales entre norte/sur, focalizando el problema en una cuestión geopolítica-; sin embargo es menester atender a este eclecticismo, o simple condición de saturación desde el problema de las interpretaciones.

Podemos estar observando al presidente de la república anunciando un paquete de medidas económicas y en cuestión de minutos podemos ver su discurso cambiar y verlo hablando sobre Lionel Messi y la independencia de Catalunya. Las variaciones de los discursos y de su intencionalidad son la regla. La persona se sumerge en dinámicas que, en primera instancia, ni le pertenecen, ni le incumben, con la intención de sobrevivir y simplemente poder llevar el trote a un mundo que cada día se hace más cambiante. Lo que hoy hace cuatro años sabíamos sobre la Primavera Árabe ha cambiado tangencialmente; lo mismo que con el Euromaidán ucraniano del año 2014; similar con el fracking y la bajada de los precios del petróleo del año pasado; y pare usted de contar eventos significativos que van cambiando y mutando a medida que pasa el tiempo.

Sabemos al día de hoy que el mundo y su teorización se compone por el devenir de las interpretaciones. Cada gran teoría en sí misma da una versión de la realidad, bien sea desde la lucha de clases marxista hasta la división social del trabajo durkheimniana. Podríamos decir que la posmodernidad se ha caracterizado precisamente por no tener una gran teoría conjunta sobre la sociedad, el sujeto, la economía, la política o siquiera la estética[10]. Creemos que esto se debe en parte al aumento de las posibilidades de comunicarse como al aumento progresivo de las libertades a lo largo del globo terráqueo[11]. No vivimos ya en el mundo de la fe cristiana, ni en el mundo de la colonia, ni en el mundo de los imperios o en el mundo de las dictaduras. Podemos decir que vivimos en el mundo de los mundos, donde la sociedad del conocimiento –que se percibe por momentos en la red 2.0- empuja a las personas a convivir con diversos puntos de vistas. El encuentro con lo distinto es la regla y la posibilidad de darse a conocer (aunque sea por tan solo quince minutos) es latente en la medida de que las tendencias cambian de acuerdo a lo que se consuma en el aquí y el ahora. Lo distinto en el mundo posmoderno supone la diferencia en cuanto a la forma de vivir la vida, de conocerla y de hablarla; entonces el problema está en cómo cada cual, desde su trinchera formula y reformula el mundo que lo rodea.

Lo importante a tomar en cuenta es que este surgir de las interpretaciones rompe con el discurso moderno funcional. Si damos un vistazo a la triada aristotélica quién-qué-quién y analizamos parte del problema de las interpretaciones sabremos que la unidireccionalidad pretendida se corroe. Siguiendo a Gadamer, podemos decir que cada lectura nueva da vida a distintas formas de aprehender el mensaje que el texto[12] nos plantea. Lo que se abre entonces es un proceso de múltiples direcciones donde la figura del emisor es interpelada constantemente ante la vertiginosa mutación del mensaje.

En sí, lo que hablamos es de una súbita relativización del contenido de lo que se intenta comunicar. Pasamos, siguiendo con Bauman, de una interpretación solida a una interpretación líquida, cambiante ante la persona y el contexto.

Los esfuerzos intelectuales de los últimos años se han esforzado precisamente por recoger esta suerte de ética-de-la-otredad y hacerla el ethos de nuestra época[13].  Desde el lado de la política tenemos posturas como las de Chantal Mouffe, del lado más occidental, o como las de la profesora Xiomara Martínez Oliveros[14], más allegada a nuestra realidad inmediata. Ambas autoras, con distintos matices, reclamarán no el consenso, sino el disenso –otra ruptura con el funcionalismo- como realidad ineludible del encuentro entre diferentes en el mundo globalizado. Al aceptar el disenso, aceptamos entonces al diferente; entiéndase, aceptamos la diversidad de interpretaciones y discursos.

Sin embargo, este aceptar no siempre es armonioso. Igor Colina nos hablará de una nueva triada: la de lo entendido, lo sobreentendido y lo malentendido[15]. Esta triada se propone una interpretación más cercana a la condición humana y su complejo ser y hacer.

Lo entendido podría formar parte de aquella intención de una captación inmediata y pura del mensaje; profundizar en ello sería llover sobre mojado. No obstante, lo verdaderamente interesante de esta postura se encuentra en la noción de sobreentendido y malentendido. Lo primero es de donde emana la cultura y las tradiciones, el arraigo de una sociedad y se establecen los parámetros de lo que es cognoscible y lo que no. Lo segundo viene desde el nacimiento de la diferencia, del encuentro de los que no son iguales; es decir, los malos entendidos surgen ante la puesta en escena de distintos sobreentendidos. Podríamos decir entonces, que dicho encuentro entre distintos da pie a la saturación y al constante cambio y a la intermitencia de la comprensión de lo que se dice, se hace y se es.

No en vano Colina nos hablará de incomunicación en lugar de hablarnos de comunicación genérica. La incomunicación para este autor surge precisamente de lo sobreentendido y de sus variantes según cada sociedad y según cada parámetro de conocimiento.

Quizá esta sea la gran propuesta de la posmodernidad y de alguna que otra teoría crítica. Sin embargo, la hermenéutica no consume del todo ese discurso, pues para la hermenéutica siempre se entiende el mensaje, tan solo que tal entender es distinto en cada intérprete. Hay espacio para la diferencia, al menos desde Gadamer, quizá Heidegger y medianamente Ricoeur. Otra postura tendrá Jürgen Habermas, quien en lugar de buscar disensos, incomunicación o intentar desmontar el metarrelato moderno sobre la comunicación, intentará buscar algo que por algún tiempo se perdió en el panorama intelectual.

Hablamos entonces del diálogo.  Hablamos de deliberación. Hablamos de concertar la diferencia. Luce en primera instancia sencillo, sin embargo, la propuesta de Habermas dista de ser sencilla y nos plantea siempre la posibilidad de que en la búsqueda de diálogo se cuele cierta instrumentalidad o manipulación[16]. Habermas entra en conflicto con los posmodernos y su relatividad, pues relativizar cualquier discurso es permitir cualquier cosa, y cualquier cosa puede ir desde Khalil Gibran a Adolf Hitler, de Dostoievski al Che Guevara, de Feyerabend a Pol Pot. O correspondiendo a nuestro contexto específico: podemos permitir tanto a Renny Ottolina como a Pedro Carreño, a Augusto Mijares como a Norberto Ceresole, y pare usted de contar demás polos aparentemente irreconciliables. Parece entonces que la posmodernidad al carecer de una gran teoría unificada tiene una cierta ausencia de una ética mínima.

La razón comunicativa de Habermas va de la mano con el problema de la ética. Se busca el entendimiento, la construcción de un saber común con posibilidad de conclusiones diferentes[17]. En consonancia con esta razón comunicativa es significativo el trabajo de Antonio Pasquali, quien nos hablará de lo importante que es la noción de comunidad para el futuro de la comunicación. Nos dirá Pasquali que la comunicación es esencial para la convivencia entre comunes, sobre todo si entendemos a la comunicación como una categoría de relación por encima de la noción de proceso[18]. En esta relación lo verdaderamente importante es la retroalimentación y la reciprocidad, que se expresa en una manera ética de ver a la comunicación. El fin último de la comunicación para Habermas y Pasquali es entonces el de realizar un diálogo plenamente democrático. Siempre tomando en cuenta las posibles trampas de la relativización y de la manipulación generada por interpretaciones instrumentalistas.

Podríamos decir entonces, para concluir, que el mundo posmoderno se encuentra en una tensión –necesaria- con la postura deliberativa. Mientras que en la primera postura las viejas formas se han desmoronado y el individuo está a merced de un desarraigo hedonista producto de nuevas sensibilidades y de nuevos discursos[19], la segunda postura nos pone en perspectiva el problema que consideramos es vital para la discusión que hemos desarrollado: el problema de la democratización, tanto de la comunicación como de la interpretación.

El problema no está resulto. Lejos de estarlo, siguiendo a Colina, pareciera ser que aún nos mantenemos en firme tensión entre comunicación e incomunicación. Quizá también nos encontremos en tensiones similares si revisamos a cada autor. Estamos entre el consenso y el disenso, entre interpretaciones solidas e interpretaciones relativas, entre la unidireccionalidad y la reciprocidad, entre  la comodidad de la finitud de la comunicación y las innumerables posibilidades de aprehender lo que se comunica. En fin, nos encontramos en la tensión propia del mundo líquido: entre la comodidad de la seguridad y la complejidad de la libertad





[1] “(…)para nosotros, uno de los aspectos más reveladores que despierta Garfinkel, y seguramente antes de Garfinkel muchos otros, es que más que una sociología –la sociología- existen sociologías, así en plural.
Y si hay sociologías, (…) entonces hay diversas formas de dar cuenta, de explicar lo social, de comprender lo social y de actuar sobre lo social. Y si hay diversidad es porque ninguna sociología en particular –sea marxista humanista, marxista estructuralista, marxista leninista, estructural funcionalista, interaccionista simbólica, positivista, posmoderna, posestructuralista, fenomenológica, etc.- puede convencer a las demás de su verdad que, en otro decir sería, de su interpretación.” Seoane C., J. B. en Larrique, D. (2006): “La sociología como ciencia dadora de sentido” en 6 Ensayos de Teoría Social, página 62, Ediciones FaCES/UCV, Caracas. 
[2] Bauman, Z. (2008): Tiempos líquidos: Vivir en una época de incertidumbre, Tusquets Editores, México.
[3] Si bien Herbert Marcuse no es considerado un autor posmoderno en absoluto, podríamos decir que parte de sus análisis sirven de combustible para la gran mayoría de los autores que sí abrazaron y recrearon el discurso posmoderno. Su obra fundamental, donde trata el problema de lógica formal, El hombre unidimensional (1954), se pasea por el cierre que el mundo técnico ha impuesto sobre el individuo de la post-guerra. Nos dirá Marcuse: “Bajo el mando de la lógica formal, la noción del conflicto entre esencia y apariencia es desechable, si no carente de sentido; el contenido material es neutralizado; el principio de identidad se separa del principio de contradicción (las contradicciones son la culpa del pensamiento incorrecto); las causas finales son apartadas del orden lógico. Bien definidos en su alcance y su función, los conceptos se convierten en instrumentos de predicción y de control. La lógica formal es, así, el primer paso en el largo camino hacia el pensamiento científico; solo el primer paso, porque todavía se necesita un grado mucho más alto de abstracción y matematización para ajustar las formas de pensamiento a la racionalidad tecnológica.” Marcuse, H. (1969): El hombre unidimensional: Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada, página 165, Editorial Seix Barral, Barcelona.
[4] Esquema muy parecido, por cierto, al esquema aristotélico: Qué-Quién-Qué, o en las palabras de Igor Colina: “Ya en el dominio de la filosofía, la apreciación aristotélica se refería al proceso de la comunicación en términos de la persona que habla, el discurso que pronuncia y la persona que escucha…”. Colina, I. (1986): La comunicación humana, página 19, CDCH, UCV.
[5] Colina, I. (1986): La comunicación humana, página 20, CDCH, UCV.
[6] Colina, I. (1986): La comunicación humana, página 57, CDCH, UCV.
[7] Colina corresponde, a nuestro entender, al marxismo occidental de segunda generación si revisamos, al menos, el devenir teórico gran parte del siglo XX. Autores de la denominada Escuela de Frankfurt representan esta tendencia cuya principal característica es la de denunciar la atrocidad a la cual llevó la racionalidad instrumental a la sociedad industrial avanzada. Cada uno de estos autores ejerce su crítica desde distintos ángulos: Horkheimer desde la filosofía; Adorno desde la cultura; Marcuse desde la psicología y Habermas, en última instancia, desde la política. 
[8] “En la comunidad de las relaciones directas cara a cara, el reparto de los personajes se mantenía más o menos  estable. Por cierto que se registraban variaciones en virtud de los nacimientos y defunciones, pero no era fácil trasladarse de un pueblo a otro, y mucho menos rebasar la frontera de otro estado o país.” Gergen, K. (1991): El Yo Saturado: Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo, página 97,  Paidós, Nueva York.
[9] Gergen, K. (1991): El Yo Saturado: Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo, página 113, Paidos, Nueva York.
[10] Los grandes teóricos de la posmodernidad, al ser críticos de los grandes discursos, de los metarrelatos y de la Razón como proyecto ilustrado carecen de unión discursiva propositiva y de alguna gran teoría conjunta. Cada uno apunta direcciones diferentes sin dejar de lado la constante denuncia los viejos conceptos centrales de la modernidad: el sujeto, la Razón, la técnica, la política, el método, la Historia, revolución e ideología.
[11] “El momento denominado posmoderno coincidió con el movimiento de emancipación de los individuos respecto de los roles sociales y las autoridades institucionales tradicionales, respecto de las coacciones de afiliación y de los objetivos lejanos; fue inseparable de la instalación  de normas sociales más flexibles y heterogéneas y de la ampliación de la gama de opciones personales.” Lipovetsky, G. en Lipovetsky, G. y Charles, S. (2008): “Tiempo contra tiempo o la sociedad hipermoderna” en Los tiempos hipermodernos, página 67, Editorial Anagrama, Barcelona.
[12] “Menester es mencionar que la noción de texto hay que entenderla aquí de modo amplio. Esto es, el texto como objetivación de un sujeto, la materialización de una acción humana. Por ejemplo, son textos: los libros escritos, los jeroglíficos, las pinturas, esculturas, partituras, filmes, canciones, fotografías, mobiliarios, vestidos, herramientas, utensilios, y, en general, las acciones humanas. Son textos, en tanto y en cuanto, son materializaciones con sentido socialmente significativo proporcionado por un sujeto o actor.” Seoane C., J. B. en Larrique, D. (2006): “La sociología como ciencia dadora de sentido” en 6 Ensayos de Teoría Social, página 111, Ediciones FaCES/UCV, Caracas. 
[13] Desde la política y la democracia radical de Negri y Hardt, pasando por el problema epistémico y la decolonización del saber con Boaventura de Sousa Santos, yendo incluso a la filosofía y el problema de la distinción con Emmanuel Lévinas, entre otros.
[14] Dos trabajos elementales para entender el problema del disenso en la política: Martínez Oliveros, X. (2006): Variaciones sociológicas sobre lo político y la democracia, Ediciones FACES/UCV, Venezuela; Martínez Oliveros, X. (2001): Política para los nuevos tiempos: Una reflexión ético-política sobre la democracia, Fondo Editorial Tropykos, Venezuela.
[15] Colina, I. (1986): La comunicación humana, página 70, CDCH, UCV.
[16] Habermas nos planteará tres tipos de acción: la acción instrumental, que manipula; la acción estratégica, que influencia; y la acción comunicativa, que busca la deliberación y el acuerdo.  De las tres posiciones emanan posiciones éticas encontradas, sin embargo la propuesta del autor va del lado de la acción comunicativa, distando entonces del discurso posmoderno de la ambigüedad ante un proyecto y una gran teoría. Precisamente Habermas se mantiene como un autor que aún intenta salvar a la tan criticada razón moderna. Habermas, J. (2014): Teoría de la acción comunicativa, Editorial Trotta.
[17] Cisneros, J. (2002): El concepto de la comunicación, página 69, ÁMBITOS, Nº 7-8, 2º Semestre 2001 - 1er Semestre 2002, Link: http://www.aloj.us.es/grehcco/ambitos07-08/cisneros.pdf
[18] Pasquali, A. (2007): Comprender la comunicación, Editorial Gedisa, Barcelona.
[19] “Planteemos el problema: ¿qué fuerzas histórico-sociales son responsables del ocaso de las concepciones triunfalistas del futuro? Digámoslo claramente: ni los fracasos ni las catástrofes de la modernidad político-económica (las dos guerras mundiales, los totalitarismos, el Gulag, el Holocausto, las crisis del capitalismo, el abismo Norte-Sur) habrían podido nunca, por sí solos, causar la ruina de los «metarrelatos» si no hubieran aparecido masivamente nuevos sistemas de referencias para remodelar las mentalidades, para ofrecer nuevas perspectivas a la existencia. Las desilusiones y decepciones políticas no lo explican todo: ha habido al mismo tiempo pasiones nuevas, nuevos sueños, nuevas seducciones que se ejercen día tras día, sin letras mayúsculas, es verdad, pero omnipresentes y que afectan a la inmensa mayoría.” Lipovetsky, G. en Lipovetsky, G. y Charles, S. (2008): “Tiempo contra tiempo o la sociedad hipermoderna” en Los tiempos hipermodernos, página 62, Editorial Anagrama, Barcelona.

viernes, 29 de mayo de 2015

Sobre el disenso, la soberanía y la deliberación

El siguiente ensayo fue elaborado para el seminario: "El Sentido Deliberativo de la Democracia", dictado por la profesora Carolina Guerrero para el PCI del segundo semestre del año 2014.

El disenso como bien hemos observado es parte fundamental dentro de todo el entramado de relaciones políticas en el marco de una sociedad democrática. Si bien el discurso político particular de nuestra realidad venezolana la mayoría de las ocasiones se direcciona hacia el consenso, como en el caso actual de las primarias de la oposición y la designación de los rectores del TSJ por ejemplo, la política venezolana tiene altamente olvidada y obviada la posibilidad de disentir.
Las causas de este olvido se pueden motivar a muchas razones: la crisis de los partidos políticos, la anti política de los años 90s, los rasgos totalitarios de nuestro actual gobierno, entre otras cosas. Sumando a esto lo que es el lugar común de la crítica liberal al Estado: resaltar el alto grado de paternalismo que caracteriza históricamente al Estado venezolano.
El Estado venezolano puede ser caracterizado como uno que progresivamente y a través de los años ha ido en el aumento de su control sobre los estadios de la socialidad y los espacios de libre desenvolvimiento de la ciudadanía. Desde Juan Vicente Gómez donde el Estado se convierte en el principal terrateniente del país, hasta Hugo Chávez con su control absoluto sobre PDVSA. Si bien hemos referido a elementos de carácter económico de la sociedad también podemos ver el aspecto específico donde la sociedad civil tiene sus esferas de ejercicio político en plenitud.
Por ejemplo, tan solo a partir el año 1989 se procede a una genuina descentralización del aparato del estado con la elección de gobernadores y alcaldes. Dicha elección como ya es sabido fue vista de muy mala manera por el partido de gobierno, Acción Democrática - al cual pertenecía el presidente Carlos Andrés Pérez-  por hacer perder el monopolio del poder político al mismo. En ese contexto también vale la pena hablar del gobierno de Jaime Lusinchi, antecesor del gobierno de CAP-II, que fue de dominado en plenitud por el mismo partido. Puede que este fenómeno explique parte del carácter político venezolano: democrático y convivencial en palabras pero sectario y poco crítico en lo fáctico.
Sin la crítica, sin el disenso y sin la posibilidad de la convivencia entre distintas opciones políticas puede que suceda que nos encontremos en una especie de desierto como lo menciona Hannah Arendt. Claro está, la metáfora del desierto mencionada por Arendt estuvo seriamente influenciada por el nazi-fascismo, y salvando las grandes distancias no intentamos para nada decir que el caso venezolano hable de una crisis política de tal magnitud. Lo que intentamos salvar de la metáfora de Arendt es el vaciamiento del espacio político que tuvo Venezuela por aquellos años; la política perdió cualquier sentido y conexión con sus ciudadanos.
Es un desierto en tanto la desaparición de la política comunicativa. No en vano el Caracazo irrumpe como fenómeno político social que aún al día de hoy resulta difícil de explicar por parte de la dirigencia política de aquel entonces. Solo algunos se aventuran a dar una que otra argumentación: el político venezolano había perdido comunicación con la población, con el ciudadano de a pie. En términos más académicos y propios de lo que ya hemos elaborado podríamos afirmar entonces que el ciudadano había perdido deliberación con el Estado dentro de la esfera pública.  Parte de esta crítica fue bajo la cual Hugo Chávez sustentó su estrategia electoral, argumentando la necesidad de una nueva  representatividad y mayor participación por parte de la población.
Si bien el sentido comunicativo cambió y fue rescatado a medias –Aló Presidente podría considerarse como una nueva configuración de la concepción comunicativa del Estado dentro de la política nacional- sucedió que, en ese trayecto de nueva comunicación y de representatividad en la política venezolana, el debate político fue dirigido por una sola persona, el presidente, y con un fin específico: desmeritar el disenso a partir de la hostilidad hacia su oposición política.
Hoy la historia ha dejado al chavismo como un proceso político poco partidario de eso que llamaba Chantal Mouffe como la necesidad de un pluralismo agonista que rescate siempre el disenso como parte esencial de la democracia. El discurso político del chavismo durante estos últimos años ha sido el de potenciar la idea de una sola historia, una sola nación, un solo pueblo, una sola ideología, un único partido y un solo protagonista político: el presidente.
Si bien Venezuela ha sido históricamente un país presidencialista el chavismo ha llevado a la máxima potencia esta característica de nuestro sistema político. Muestra de esto lo podemos observar en la manera que le presidente se despide de la nación antes de su operación en Cuba para diciembre del 2012, cuando lo enfático de aquella cadena no fue pues la necesidad de tomar con preocupación la recesión a la que entraba el país sino más bien puntualizar quien sería el heredero en la silla presidencial.
Y aquello, una vez más, fue muestra de la importancia que se le da al consenso en la vida política nacional. Hoy en día el consenso que se intenta imponer desde las altas cúpulas de poder es el de reducir a la  nada la soberanía de la sociedad civil. Desde el gobierno se intenta someter a la población por medio del proyecto del Estado Comunal –llamado por Héctor Silva Michelena como el Estado de Siervos-  y desde la oposición aún no se tiene ni un atisbo de mediana comprensión de la identidad y de los distintos sectores de la sociedad venezolana.
Pues durante los últimos años la oposición venezolana no ha sabido capitalizar el descontento de la ciudadanía con el gobierno nacional en parte por la eterna búsqueda de consensos, pero también por no entender que la soberanía, aún en periodos no democráticos, es elemental si se pretende construir una oposición política con base solida. El caso más llamativo de esto que traigo a colación lo podemos encontrar en el papel jugado por la oposición venezolana durante las protestas del año 2014, las cuales según el discurso oficial –tanto de la oposición como del gobierno- fue que las protestas eran manifestaciones irracionales, casi barbáricas, que atornillaban al gobierno al poder o que perturbaban la conciencia pacífica de un pueblo conformado con su realidad.
Desconocer la situación nacional y desconocer a su ciudadanía puede llevar inevitablemente a no reconocer la importancia de la soberanía. Habermas entiende a la  soberanía como la voluntad expresa entre comunes alejados del ejercicio activo del aparato estatal o del aparato económico de la nación. Si se desconoce a la soberanía y se entra en la imposición eterna de consensos puede que de alguna manera u otra, en menor o en mayor medida se esté doblegando la participación ciudadana en beneficio de proyectos poco o nada democráticos. Puede que asistamos a la totalización de la vida a partir de un discurso único; en sí, la negación de la diferencia.
Nos encontramos pues ante la necesidad de refundar el disenso y rescatar a la soberanía por medio del encuentro comunicativo entre políticos y sociedad. Sin esto, quizá, nos encontramos aún a largo trecho de recuperar el signo democrático de nuestra vida nacional.

Referencias bibliográficas
1.      Arendt, Hannah, La condición humana. Barcelona: Paidós, 2005.
2.      Mouffe, Chantal, En torno a lo político. México: FCE, 2007. 
3.      Habermas, Jürgen, La inclusión del otro. Barcelona: Paidós, 1999.