“Durante un tiempo la Crítica acompaña a la Obra, luego la Crítica se desvanece y son los Lectores quienes la acompañan. El viaje puede ser largo o corto. Luego los Lectores mueren uno por uno y la Obra sigue sola, aunque otra Crítica y otros Lectores poco a poco vayan acompasándose a su singladura. Luego la Crítica muere otra vez y los Lectores mueren otra vez y sobre esa huella de huesos sigue la Obra su viaje hacia la soledad. Acercarse a ella, navegar a su estela es señal inequívoca de muerte segura, pero otra Crítica y otros Lectores se le acercan incansables e implacables y el tiempo y la velocidad los devoran. Finalmente la Obra viaja irremediablemente sola en la Inmensidad. Y un día la Obra muere, como mueren todas las cosas, como se extinguirá el Sol y la Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres. Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia.”
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viernes, 23 de junio de 2017
jueves, 10 de noviembre de 2016
Contemplar la exégesis propia (o el andar de la sociología venezolana).
Muchos de los
que compartimos este momento histórico hemos tenido que llevar a cuestas varias
decepciones. La disolución de las utopías, la emergencia de los autoritarismos
corporativos, el surgimiento de la delincuencia como forma de ejercer el
pensamiento crítico, la pérdida de un horizonte claro como país y como
generación y la debacle de las aspiraciones de cada cuerpo político. Se conoce
como posmodernidad, más específicamente como posmodernidad negativa en cuanto
que la perspectiva vivida no es la que enaltece la concreción de libertades
individuales, el sueño hedonista y la razón sensible; no, la nuestra es una posmodernidad
que se hace tangible en la etapa liquida
de la instancia del hombre en sociedad (Bauman dixit).
No hay
institución, personalidad, sueño posible o busque usted otra entidad que
provoque un optimismo generalizado en la gente. Ni la figura de Bolívar se nos
hace intocable ya, pues la razón de Estado se ha valido de su figura,
pensamiento y letra. Lo que fuera una imagen con interpretación unívoca en la
actualidad nacional –figura intocable valga la pena mencionar– ha sido degradada
a excusa y chantaje para los desmanes del régimen que hoy está en el poder.
Es un periodo
extraño para nuestra nación, vivimos la crisis política más aciaga de nuestra
vida republicana y, además, hemos de acarrear las consecuencias del fin del
modelo rentista, que a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI pareció
ser la cura y causa de todos los males de la nación.
Nos
encontramos aquí. Es una crisis de identidad que puede llevarnos al pesimismo
de avizorar el fin del país como lo conocemos (como bien lo ha planteado el
Padre Alejandro Moreno) o, por el contrario, a ver en la misma crisis las
posibilidades por las cuales podemos encausar el pensamiento y la acción de
quienes hemos tomado por vocación reflexionar al país.
Y la ilusión
está a la vuelta de la esquina: ¡Sociólogos de Venezuela, uníos contra la
apatía y el cierre del pensamiento! Discúlpennos, pues aunque seamos
optimistas, no lo somos tanto. En el caso de la sociología –o al menos aquella
que se comienza a hacer institucionalmente desde 1956 en adelante con la
creación de la Escuela de Sociología y Antropología de la Universidad Central
de Venezuela– es muy poco lo que podamos aprender y aprehender como guía
teórica (y hasta espiritual) para la crisis que actualmente vivimos.
No pareciera
ser que la solución a nuestros problemas se encuentre en lo que la academia ha
plasmado en sus libros, artículos, entrevistas o tempranas enseñanzas. Al menos
no en el caso de la sociología venezolana.
Ha podido ser
visto en lo real, lo concreto de nuestras vidas. En nuestro caso somos
compradores y coleccionistas de libros. El área de la sociología venezolana ha
llamado nuestra atención desde el inicio de la carrera en el 2011, en parte por
la ausencia de autores venezolanos y en parte por la innegable impronta
marxista de la educación que aún se imparte en la universidad. Lo venezolano,
si es que existe, es mera referencia y reflejo del pensamiento europeo.
Con esto no
descubrimos nada nuevo. Ha sido el destino de nuestra disciplina desde su
inicio hasta entrado el siglo que corre. El caso es que en una de mis jornadas
de búsqueda de libros di con tres libros de tres de autores fundamentales de la
sociología nacional: El psicoanálisis:
discurso fundamental en la teoría social y la epistemología del siglo (1978)
de Jeannette Abouhamad; Razón y dominación:
contribución a la crítica de la ideología (1988) de Rigoberto Lanz; y Contribución a la crítica del marxismo
realmente existente: Verdad, ciencia y tecnología (1990) de Edgardo Lander.
Abouhamad, madre de la sociología venezolana; Lanz, precursor de la entrada de
las lecturas posmodernas en Venezuela; y Lander, uno de los grandes sociólogos
que aún quedan vivos y principal promotor del Programa de Cooperación
Interfacultades de la UCV. Todos venezolanos, todos como el testimonio de lo
que ha sido el paso de la modernidad por nuestro país.
Estudiantes y
profesores en la universidad venezolana de la segunda mitad del siglo XX, con
formación en algunas de las grandes potencias, no sólo económicas sino también
ideológicas de occidente (Abouhamad y Lanz hacen doctorados en París, Lander
culmina su pregrado en Harvard). Mucho
de lo que se puede conseguir hoy en producción sociológica en Venezuela se debe
en parte a la influencia de estos tres autores, pues sin lugar a dudas con ellos
la lectura marxista avanza rápidamente en el claustro universitario.
Si vamos a los
libros previamente mencionados podríamos rescatar los siguientes aspectos:
- Ponen a la sociología venezolana al día con las discusiones que se llevan a cabo en la Europa del momento de sus respectivas publicaciones. Abouhamad cita holgadamente a Althusser y a Lacan, ambos autores centrales hacia el cierre de la década de los 70s; Lanz a Marcuse, peaje obligatorio para la liberación del pensamiento crítico de su enclave soviético; Lander a Habermas, autor recurrente que cristaliza la misión moderna de mantener (aún) algún parámetro mínimo para la crítica y la construcción utópica.
- Unen sus discusiones con la necesidad de nivelar la teoría al campo de la práctica. Era suya la aspiración de lograr que las condiciones subjetivas de las que hablaban se convirtieran en certezas para el campo venezolano. Es decir: era necesaria la explicación de la verdadera y falsa consciencia para aspirar a la primera y arrojar al pensamiento venezolano hacia la segunda. Nada distinto al desarrollo teórico del marxismo más clásico.
- Hablamos de discusiones ajenas que, si bien tratan al lenguaje moderno como fin último, no tienen correlato alguno con la realidad específica de nuestro país. Entiéndase: la información sobre el venezolano era la que cierta modernidad marxista nacional les decía que era. Más allá de eso no hay el mínimo asomo o interés de tomar algún discurso que fuese ajeno al dogma racional-científico.
Son parte de
un primer canon sociológico venezolano. Hermenéutica marxista, ímpetu
anticapitalista e impronta crítica. Nadie puede negar hoy el impacto del
trabajo de la sociología que se teje desde estos autores; ahora bien, valdría
la pena preguntar cuál es la posibilidad real de situar sus teorías en el
contraste de la actual realidad nacional. Tres libros y tres autores, todos se desenvolvieron en un
país rentista que permitía mantener no sólo la aspiración del crecimiento
indetenible sino también el perenne flujo de dinero, la posibilidad de una
formación en el extranjero, el status de un profesor universitario, el
verdadero deseo de ver transformada la realidad a la manera que el catecismo
marxista así lo profetizaba.
¿Dónde
podríamos ubicar esas aspiraciones? ¿En el país que al día de hoy tiene a miles
de personas haciendo colas para comprar comida que ni se produce en el país? ¿En
el país donde el Estado decide quién es delincuente y quién no a partir de la
misma lógica del autoritarismo corporativo? ¿Proponiendo más control en la economía
más estatizada de la región? ¿En el país donde la gran mayoría de los consejos
comunales están tomados por delincuentes devenidos en personas comprometidas
con la revolución? ¿Teorizar dentro del marxismo a la Venezuela socialista? ¿Aún?
Debemos
grandes cosas a la sociología venezolana, pero una de ellas no es la perspectiva
histórica o la del hombre concreto (Unamuno dixit). Hago tamaña afirmación ante
la fiereza con la que la realidad devora la dignidad de las personas en este
país y lo insignificante, por no decir inútil, que ha resultado ser todo aquel
gran sistema teórico seguido por los autores que aquí mencionamos.
Pensábamos en
aquello cuando caminábamos con los libros recién comprados. Caminando en la
Plaza del Banco Central por la Esquina de Salas, veíamos el gran edificio del
Ministerio de Educación, su monumentalidad contrastaba con la otra imagen que
se hacía ante nosotros: diez muchachos, unos dentro de un basurero sacando los
desperdicios, otros afuera desgarrando las bolsas que quedaban o simplemente
esperando. Todos buscando el consuelo en la basura, en el desperdicio, en la
miseria. Hambre revolucionaria, consecuencia –¿accidental?– del advenimiento
del hombre nuevo en Venezuela.
Algunos
adjudicarán la responsabilidad a una política mal aplicada, otros a la
imperfección del pueblo venezolano. Ambas explicaciones están ancladas al
pesimismo moderno y a la priorización de las ideas sobre el mundo de los seres humanos.
Volvemos al
inicio. Es una crisis profunda la que vivimos, tan profunda que las grandes
enseñanzas de la ciencia social parecen quedar en desuso; han contraído esa
sutil condición que no es otra que la liviandad de las interpretaciones. No hay
una sola idea que se pueda mantener por sí sola cual profecía pre-Luterana, ni sistema
o teoría que sea inmune al paso del tiempo. Al menos todo el análisis que
optimistamente abrazó a la episteme moderna del siglo XX se encuentra hoy en
una gran diatriba.
El fin de la
utopía ha llegado. Lo concreto superó a la aspiración moderna. No es la muerte
de las ideas pero sí el resquebrajamiento de las mismas. ¿Hará falta buscar más
soluciones en la exterioridad de nuestro pueblo? Quizás. Sin embargo,
sospechamos que en el universo de otras interpretaciones daremos con varios
indicios necesarios para poder entablar un genuino diálogo con nuestro país y
sus realidades.
Supone ese el
reto de la reflexión sociológica que viene. Cotejar las aspiraciones de la
sociología con las ideas que se tejen a lo interno de Venezuela. Una verdadera
tarea a futuro: hacernos con nuestra historia y sus procesos para así contemplar
la posibilidad de una exégesis propia.
No es cosa del
otro mundo. Es cosa nuestra y de nosotros. Nada más y nada menos.
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domingo, 24 de julio de 2016
Crónica perruna.
*
Siempre viene.
Ese costal de pulgas, maná de garrapatas, que no tiene nombre ni dueño. Es un
animal muy noble, simplemente lo llamamos Palomino en honor al mesonero del
restaurante. Viene con un andar lento, como quejándose y a la vez resignado por
la miserable vida que ha tenido que llevar a cuestas. Sabrá Dios cuántos años
tendrá, dónde dormirá y qué tanta bajeza humana experimentará día a día.
Lo he visto pocas
veces, de vez en cuanto me provoca sostener diálogos con él –a la manera de
Augusto con Orfeo, en la Niebla de
Unamuno. No puedo. Mis diálogos caninos pertenecen a Nena, la bebé de la casa. Ella,
a diferencia de Palomino, el perro, tiene comida todos los días; además, la
bañamos cuando el pelaje así lo requiere.
Es una perra
que se ha ganado la vida por cuestión del azar, el mismo que ha arrojado a
Palomino a la calle, a vivir la vida de mierda que tiene. Su cara parece
revelar desdicha, fastidio y cansancio. ¿A cuántas perras habrá preñado? ¿Cuántas
veces se habrá salvado de ser atropellado? ¿Se lo habrá intentado comer algún
pobre diablo? La ciudad está hecha a la medida del perro: incierta, violenta,
con gratas sorpresas que pueden devenir en la más honda muestra de la
podredumbre humana.
De esto trata
este relato. De cómo el bueno de Palomino, aquel noble perro, sin querer queriendo
vio una de las facetas más terribles de la existencia humana.
**
**
A eso de las
3:00PM-4:00PM pasa, siempre puntual. Desde hace dos meses ha tenido que hacer
un hueco en su rutina. Todos los días, sin falta, viene, se asoma y comienza a
posar sus ojos sobre el dueño del restaurante y sobre el mesonero. Sus
lastimeros ojos buscan el contacto necesario; buscan que de un cruce de miradas
se entienda que su aparatosa presencia requiere una sola cosa: comida.
Los humanos no
parecemos entender lo importante que es el
sobrado para los animales de la calle. Parece el comodín, el gran
salvamento para ellos. Muchos viven de eso, todos viven de eso. Pocos tienen la
suerte de Nena de tener comida; el resto debe luchar por escarbar en la basura.
Rasgar las bolsas negras, buscando con su olfato algún resquicio, alguna
esperanza en la forma que fuese.
O un hueso a
medias, o unos vegetales podridos. Lamiendo las latas, intentando que sus
lenguas se inmiscuyan en la estrechez de las botellas de jugos o refrescos. A
veces hasta lamen el papel higiénico utilizado, lleno de la mayor humanidad
posible. Nosotros los humanos no sabemos nada en verdad; la mierda de unos es
la esperanza de otros.
***
Va el dueño
del establecimiento, da la orden. Un empleado va y le pide a Palomino, el
humano, un periódico. Lo pone en el mesón, en las hojas deja caer la inmundicia:
cerca de un kilo de sobrado.
Palomino, el humano, hace un doblez con las esquinas de las hojas; se dirige a
Palomino, el perro.
Como si se
tratara de una escena donde el jibaro le entrega su dosis al cliente. Palomino,
el perro, mira hacia los lados. No quiere intrusos en su ganada comida. Pues
para los perros de la calle ese aguantar, mirar, transmitir hambre, buscar
simpatía en su compañero humano hasta lograr el cometido, en general todo su performance
es una de las tantas palancas que permiten su victoria: tener la barriga llena,
al menos por un día más.
Palomino, el
humano, deja el encargo en el suelo, afuera del negocio. Palomino, el perro, se
acerca sigilosamente, olfatea la mercancía. Ni tan gourmet ni en plena
descomposición. Justo lo que necesitaba, todo en el lugar preciso. Todo en lo
normal de su vida: más de lo que necesita y menos de lo que le hace falta.
El limbo de la
vida de un perro de la calle es eso. Esperar el bien, venga de donde venga, sin
mirar a quien. La única desventaja: el mal que, al igual que el bien, no demora
en llegar. Tarde o temprano todo se equilibra, y ese día no fue la excepción.
****
Algo olía
raro. En el ambiente, no en la comida. Era como si al olor del jefe, de
Palomino, el humano, los empleados y la vieja fastidiosa del kiosco se le uniese
uno nuevo. Raro, en su rutina jamás había emergido ese hedor.
Volvió la
mirada a los lados. No había ningún perro, sólo transeúntes huyendo, corriendo
por la acera ante la inminente ida del sol. Pensó por un momento en lo curioso
que es el humano, en lo prodigioso que luce con la luz de la mañana y en la
criatura apesadumbrada y nerviosa que se convierte al llegar la noche. Curioso, de
verdad curioso.
No tan curioso
como ese olor, que su olfato callejero, maestro en la distinción entre lo putrefacto
y lo salvable, no lograba ubicar. Por extraño que fuese poco le importó. Era
hora de saciar el apetito. Tenía 24 horas sin comer y aquella era su salvación.
Todo fuese porque su estomago dejase de emitir sonido que sólo advertían el
hambre atroz que sentía.
Pero no se
hizo esperar. El olor se hizo patente. Miraba a los lados. Comía rápido, no
quería que ningún perro se comiera su botín. Aún quedaba bastante, pero no quería
compartir nada.
Poco pudo
hacer Palomino, el perro, cuando vio que a sus espaldas emergió la figura de un
hombre flaco, amarillento, las manos quemadas y las piernas bañadas en mugre.
Aquel hombre, pensó Palomino, era de aquella estirpe que disfrutaba al repartir
coñazos a los perros de la zona; pues no se puede obviar que, en la oscuridad
de la noche, golpear a un perro, patearlo hasta dejarlo moribundo, despierta el
instinto más sádico en todos aquellos que se hacen la vida en la calle y el
vicio.
Se dijo
Palomino que aquel era el final del festín. O le propinarían una patada en las
costillas o le lanzaría un derechazo en la mandíbula. Qué importaba, aquel
perro estaba petrificado y se quedó inmóvil. Siempre, como su vida se lo
enseñó, esperando lo peor.
*****
El hombre no
lo golpeó. Todo lo contrario. Se puso a su lado, infestando la comida con su
hedor, mirando al perro. Le llegó a acariciar, intercambió miradas. Quizá
quería transmitir algo que Palomino, el perro, no lograba entender. ¿Le venía a
hacer cariño? ¿Sería uno de sus viejos amigos que se hacían la vida en Catuche?
¿O era simplemente otro humano que se volcaba tiernamente ante la desgracia de
un perro?
Nada que ver.
Aquel hombre iba por algo más. Se volvió notorio cuando Palomino, el perro,
estupefacto miraba cómo el hombre llevaba a su boca los huesos que él ya había
masticado. Pensó que era un error.
Corroboró lo contrario cuando el hombre agarró una papa bañada en grasa y arroz
y se la tragó sin masticarla. ¡Aquel hombre estaba robando su comida!
Inverosímil. Inentendible. No se
explicaba cómo uno del reino humano podía plegarse a la miseria de un pobre
perro de la calle como él. Aquel hombre tenía una camisa holgada, a través de
los botones podía ver el lateral de su abdomen: pellejo y hueso, como aquel que
tan diligentemente podría considerarse el manjar de un perro como Palomino.
Las costillas
eran el signo, los pómulos la
confirmación. Aquella persona era un esqueleto. Ahora sí era claro lo que aquel
despojo quería transmitirle a Palomino: entre la vergüenza de reconocerse
humano le pedía permiso para compartir su comida.
El perro
reflexionó, no pudo evitar pensar en la ironía de tener que compartir la comida
con un humano. Comida que por cierto fue despreciada, botada y vista con malos
ojos por otros humanos. ¿A qué habrá llegado esa persona para siquiera
considerar ponerse al lado de un infeccioso perro y pedirle comida? ¿De dónde salió
esa necesidad? ¿Es el hambre igual de potente en él como en el perro? ¿Tampoco
la podrá evadir?
No quedó
remedio. Palomino, el perro, comenzó a buscar en la comida junto con el humano.
Comenzó a comer junto con aquel hedor, que masticaba desesperado, esperando que
los dueños del restaurante no se diesen cuenta de tan lamentable escena.
******
Sintió algo. ¿Sería
lastima? ¿Es aquello que tan profesionalmente intentaba evocar en las personas?
¿Quién aguantaría más las ganas de comer, él o el humano? Al menos Palomino, el
perro, contaba con el favor de Palomino, el humano. Todos los días de 3:00PM a 4:00PM
tendrá ahí el misericordioso sobrado,
pero ¿con el favor de quién contaba aquel desgraciado? ¿Cuándo volvería a comer?
¿Lo tendría que esperar otra vez ahí, robándole su sobrado, al día siguiente?
Se resignó. Qué podía hacer. Cierto
que la vida era una cagada… hasta con los que no son del reino animal.
miércoles, 3 de febrero de 2016
Miedo.
Cuesta
sostener el pulso a la realidad nacional. No sé si será la incapacidad de la
dirigencia, que hemos internalizado que nuestra crisis al final llegó al
llegadero, o que quizá sea sólo una severa crisis, producto del ocaso del
chavismo. Algunos dicen que es el fin del rentismo, otros dicen que era el
inevitable destino de una nación improductiva. La realidad es que detrás de
cualquier discurso hay realidades ineludibles: la gente tiene hambre; la gente
que puede, se va; la gente que no puede, hace cola; hay gente que muere; hay
gente que mata; hay gente que sobrevive la vorágine.
Dice Alejandro
Moreno que el riesgo de perder al país que conocimos es latente, y el país,
como ya hemos avizorado en otras reflexiones, no se compone por el precio de la
Coca-Cola, o por el estático y fantasioso precio de la gasolina, menos aún por
una suerte de solidaridad revolucionario que jamás existió. El país que
perdemos es el del mundo de lo real, del mundo de las personas. Cada día hay
menos comida, menos medicinas, más balas, más granadas y más personas que
pierden seres queridos.
Muchos optaron
por irse y salvarse. Quienes nos quedamos aún no resolvemos el dilema. La
condición posmoderna ha absorbido al país. La incertidumbre es el signo de
nuestros días. Si Maduro aumentará la gasolina, si Ramos Allup pactará con
algún ala del PSUV, si Capriles vendrá con un referéndum, si Aristóbulo es el
de la transición o si las FANB exigirán la renuncia. Son lugares comunes que
ilustran la situación nacional; sin embargo, cabe decir que seguimos olvidando
al ciudadano.
“Si hoy hago
una cola de 6 horas y no consigo nada, ¿cómo irá a estar la vaina en marzo?”,
comenta la gente. ¿Llegaremos a marzo? ¿Quiénes aguantaran el desmadre?
¿Cuántas personas pueden comer tres veces al día? ¿Cuántas personas han muerto
en lo que va de año? ¿Cuántos de nuestros jóvenes han tenido que recurrir a la
delincuencia para subsistir? El hombre nuevo de los socialismos reales del
siglo XX ha arribado a nuestro país.
Todos somos
hijos de la situación. La cuestión está en que la situación poco a poco nos ha
ido arrastrando. Nos ha ido absorbiendo y nos ha ido convirtiendo en presa
indefensa del análisis apresurado y azaroso. Somos indicadores de violencia o
el numero de cédula según el día que podamos comprar. Quizá seamos simple
cálculo de tendencia electoral.
Lo real, a mi
entender, es que todos tenemos miedo. Miedo de morir, miedo de no tener con qué
comer, miedo de enterarnos de la muerte de un familiar, miedo de que otro amigo
se vaya. Miedo de que, cual granada, el país simplemente explote.
Hay muchos que
aún recurren a formulas lógicas, discursos rimbombantes y tautologías idiotizantes
para mirarle la cara y darle forma a una nación moribunda. Se olvidan de que lo
único valido es la vida. Y ella, sin que podamos hacer nada, se nos está yendo…
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