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viernes, 23 de junio de 2017

Bolaño, R. (2016): Los detectives salvajes, página 623, Alfaguara, Colombia.


“Durante un tiempo la Crítica acompaña a la Obra, luego la Crítica se desvanece y son los Lectores quienes la acompañan. El viaje puede ser largo o corto. Luego los Lectores mueren uno por uno y la Obra sigue sola, aunque otra Crítica y otros Lectores poco a poco vayan acompasándose a su singladura. Luego la Crítica muere otra vez y los Lectores mueren otra vez y sobre esa huella de huesos sigue la Obra su viaje hacia la soledad. Acercarse a ella, navegar a su estela es señal inequívoca de muerte segura, pero otra Crítica y otros Lectores se le acercan incansables e implacables y el tiempo y la velocidad los devoran. Finalmente la Obra viaja irremediablemente sola en la Inmensidad. Y un día la Obra muere, como mueren todas las cosas, como se extinguirá el Sol y la Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres. Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia.”

jueves, 10 de noviembre de 2016

Contemplar la exégesis propia (o el andar de la sociología venezolana).

Muchos de los que compartimos este momento histórico hemos tenido que llevar a cuestas varias decepciones. La disolución de las utopías, la emergencia de los autoritarismos corporativos, el surgimiento de la delincuencia como forma de ejercer el pensamiento crítico, la pérdida de un horizonte claro como país y como generación y la debacle de las aspiraciones de cada cuerpo político. Se conoce como posmodernidad, más específicamente como posmodernidad negativa en cuanto que la perspectiva vivida no es la que enaltece la concreción de libertades individuales, el sueño hedonista y la razón sensible; no, la nuestra es una posmodernidad que se hace tangible en  la etapa liquida de la instancia del hombre en sociedad (Bauman dixit).

No hay institución, personalidad, sueño posible o busque usted otra entidad que provoque un optimismo generalizado en la gente. Ni la figura de Bolívar se nos hace intocable ya, pues la razón de Estado se ha valido de su figura, pensamiento y letra. Lo que fuera una imagen con interpretación unívoca en la actualidad nacional –figura intocable valga la pena mencionar– ha sido degradada a excusa y chantaje para los desmanes del régimen que hoy está en el poder.

Es un periodo extraño para nuestra nación, vivimos la crisis política más aciaga de nuestra vida republicana y, además, hemos de acarrear las consecuencias del fin del modelo rentista, que a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI pareció ser la cura y causa de todos los males de la nación.

Nos encontramos aquí. Es una crisis de identidad que puede llevarnos al pesimismo de avizorar el fin del país como lo conocemos (como bien lo ha planteado el Padre Alejandro Moreno) o, por el contrario, a ver en la misma crisis las posibilidades por las cuales podemos encausar el pensamiento y la acción de quienes hemos tomado por vocación reflexionar al país.

Y la ilusión está a la vuelta de la esquina: ¡Sociólogos de Venezuela, uníos contra la apatía y el cierre del pensamiento! Discúlpennos, pues aunque seamos optimistas, no lo somos tanto. En el caso de la sociología –o al menos aquella que se comienza a hacer institucionalmente desde 1956 en adelante con la creación de la Escuela de Sociología y Antropología de la Universidad Central de Venezuela– es muy poco lo que podamos aprender y aprehender como guía teórica (y hasta espiritual) para la crisis que actualmente vivimos.

No pareciera ser que la solución a nuestros problemas se encuentre en lo que la academia ha plasmado en sus libros, artículos, entrevistas o tempranas enseñanzas. Al menos no en el caso de la sociología venezolana.

Ha podido ser visto en lo real, lo concreto de nuestras vidas. En nuestro caso somos compradores y coleccionistas de libros. El área de la sociología venezolana ha llamado nuestra atención desde el inicio de la carrera en el 2011, en parte por la ausencia de autores venezolanos y en parte por la innegable impronta marxista de la educación que aún se imparte en la universidad. Lo venezolano, si es que existe, es mera referencia y reflejo del pensamiento europeo.

Con esto no descubrimos nada nuevo. Ha sido el destino de nuestra disciplina desde su inicio hasta entrado el siglo que corre. El caso es que en una de mis jornadas de búsqueda de libros di con tres libros de tres de autores fundamentales de la sociología nacional: El psicoanálisis: discurso fundamental en la teoría social y la epistemología del siglo (1978) de Jeannette Abouhamad; Razón y dominación: contribución a la crítica de la ideología (1988) de Rigoberto Lanz; y Contribución a la crítica del marxismo realmente existente: Verdad, ciencia y tecnología (1990) de Edgardo Lander. Abouhamad, madre de la sociología venezolana; Lanz, precursor de la entrada de las lecturas posmodernas en Venezuela; y Lander, uno de los grandes sociólogos que aún quedan vivos y principal promotor del Programa de Cooperación Interfacultades de la UCV. Todos venezolanos, todos como el testimonio de lo que ha sido el paso de la modernidad por nuestro país.

Estudiantes y profesores en la universidad venezolana de la segunda mitad del siglo XX, con formación en algunas de las grandes potencias, no sólo económicas sino también ideológicas de occidente (Abouhamad y Lanz hacen doctorados en París, Lander culmina su pregrado en Harvard).  Mucho de lo que se puede conseguir hoy en producción sociológica en Venezuela se debe en parte a la influencia de estos tres autores, pues sin lugar a dudas con ellos la lectura marxista avanza rápidamente en el claustro universitario.

Si vamos a los libros previamente mencionados podríamos rescatar los siguientes aspectos:
  1. Ponen a la sociología venezolana al día con las discusiones que se llevan a cabo en la Europa del momento de sus respectivas publicaciones. Abouhamad cita holgadamente a Althusser y a Lacan, ambos autores centrales hacia el cierre de la década de los 70s; Lanz a Marcuse, peaje obligatorio para la liberación del pensamiento crítico de su enclave soviético; Lander a Habermas, autor recurrente que cristaliza la misión moderna de mantener (aún) algún parámetro mínimo para la crítica y la construcción utópica.
  2. Unen sus discusiones con la necesidad de nivelar la teoría al campo de la práctica. Era suya la aspiración de lograr que las condiciones subjetivas de las que hablaban se convirtieran en certezas para el campo venezolano. Es decir: era necesaria la explicación de la verdadera y falsa consciencia para aspirar a la primera y arrojar al pensamiento venezolano hacia la segunda. Nada distinto al desarrollo teórico del marxismo más clásico.
  3. Hablamos de discusiones ajenas que, si bien tratan al lenguaje moderno como fin último, no tienen correlato alguno con la realidad específica de nuestro país. Entiéndase: la información sobre el venezolano era la que cierta modernidad marxista nacional les decía que era. Más allá de eso no hay el mínimo asomo o interés de tomar algún discurso que fuese ajeno al dogma racional-científico.

Son parte de un primer canon sociológico venezolano. Hermenéutica marxista, ímpetu anticapitalista e impronta crítica. Nadie puede negar hoy el impacto del trabajo de la sociología que se teje desde estos autores; ahora bien, valdría la pena preguntar cuál es la posibilidad real de situar sus teorías en el contraste de la actual realidad nacional. Tres libros y  tres autores, todos se desenvolvieron en un país rentista que permitía mantener no sólo la aspiración del crecimiento indetenible sino también el perenne flujo de dinero, la posibilidad de una formación en el extranjero, el status de un profesor universitario, el verdadero deseo de ver transformada la realidad a la manera que el catecismo marxista así lo profetizaba.

¿Dónde podríamos ubicar esas aspiraciones? ¿En el país que al día de hoy tiene a miles de personas haciendo colas para comprar comida que ni se produce en el país? ¿En el país donde el Estado decide quién es delincuente y quién no a partir de la misma lógica del autoritarismo corporativo? ¿Proponiendo más control en la economía más estatizada de la región? ¿En el país donde la gran mayoría de los consejos comunales están tomados por delincuentes devenidos en personas comprometidas con la revolución? ¿Teorizar dentro del marxismo a la Venezuela socialista? ¿Aún?

Debemos grandes cosas a la sociología venezolana, pero una de ellas no es la perspectiva histórica o la del hombre concreto (Unamuno dixit). Hago tamaña afirmación ante la fiereza con la que la realidad devora la dignidad de las personas en este país y lo insignificante, por no decir inútil, que ha resultado ser todo aquel gran sistema teórico seguido por los autores que aquí mencionamos.

Pensábamos en aquello cuando caminábamos con los libros recién comprados. Caminando en la Plaza del Banco Central por la Esquina de Salas, veíamos el gran edificio del Ministerio de Educación, su monumentalidad contrastaba con la otra imagen que se hacía ante nosotros: diez muchachos, unos dentro de un basurero sacando los desperdicios, otros afuera desgarrando las bolsas que quedaban o simplemente esperando. Todos buscando el consuelo en la basura, en el desperdicio, en la miseria. Hambre revolucionaria, consecuencia –¿accidental?– del advenimiento del hombre nuevo en Venezuela.

Algunos adjudicarán la responsabilidad a una política mal aplicada, otros a la imperfección del pueblo venezolano. Ambas explicaciones están ancladas al pesimismo moderno y a la priorización de las ideas sobre el mundo de los seres humanos.

Volvemos al inicio. Es una crisis profunda la que vivimos, tan profunda que las grandes enseñanzas de la ciencia social parecen quedar en desuso; han contraído esa sutil condición que no es otra que la liviandad de las interpretaciones. No hay una sola idea que se pueda mantener por sí sola cual profecía pre-Luterana, ni sistema o teoría que sea inmune al paso del tiempo. Al menos todo el análisis que optimistamente abrazó a la episteme moderna del siglo XX se encuentra hoy en una gran diatriba.

El fin de la utopía ha llegado. Lo concreto superó a la aspiración moderna. No es la muerte de las ideas pero sí el resquebrajamiento de las mismas. ¿Hará falta buscar más soluciones en la exterioridad de nuestro pueblo? Quizás. Sin embargo, sospechamos que en el universo de otras interpretaciones daremos con varios indicios necesarios para poder entablar un genuino diálogo con nuestro país y sus realidades.

Supone ese el reto de la reflexión sociológica que viene. Cotejar las aspiraciones de la sociología con las ideas que se tejen a lo interno de Venezuela. Una verdadera tarea a futuro: hacernos con nuestra historia y sus procesos para así contemplar la posibilidad de una exégesis propia.

No es cosa del otro mundo. Es cosa nuestra y de nosotros. Nada más y nada menos.

domingo, 24 de julio de 2016

Crónica perruna.

*

Siempre viene. Ese costal de pulgas, maná de garrapatas, que no tiene nombre ni dueño. Es un animal muy noble, simplemente lo llamamos Palomino en honor al mesonero del restaurante. Viene con un andar lento, como quejándose y a la vez resignado por la miserable vida que ha tenido que llevar a cuestas. Sabrá Dios cuántos años tendrá, dónde dormirá y qué tanta bajeza humana experimentará día a día.

Lo he visto pocas veces, de vez en cuanto me provoca sostener diálogos con él –a la manera de Augusto con Orfeo, en la Niebla de Unamuno. No puedo. Mis diálogos caninos pertenecen a Nena, la bebé de la casa. Ella, a diferencia de Palomino, el perro, tiene comida todos los días; además, la bañamos cuando el pelaje así lo requiere.

Es una perra que se ha ganado la vida por cuestión del azar, el mismo que ha arrojado a Palomino a la calle, a vivir la vida de mierda que tiene. Su cara parece revelar desdicha, fastidio y cansancio. ¿A cuántas perras habrá preñado? ¿Cuántas veces se habrá salvado de ser atropellado? ¿Se lo habrá intentado comer algún pobre diablo? La ciudad está hecha a la medida del perro: incierta, violenta, con gratas sorpresas que pueden devenir en la más honda muestra de la podredumbre humana.

De esto trata este relato. De cómo el bueno de Palomino, aquel noble perro, sin querer queriendo vio una de las facetas más terribles de la existencia humana.


**

A eso de las 3:00PM-4:00PM pasa, siempre puntual. Desde hace dos meses ha tenido que hacer un hueco en su rutina. Todos los días, sin falta, viene, se asoma y comienza a posar sus ojos sobre el dueño del restaurante y sobre el mesonero. Sus lastimeros ojos buscan el contacto necesario; buscan que de un cruce de miradas se entienda que su aparatosa presencia requiere una sola cosa: comida.

Los humanos no parecemos entender lo importante que es el sobrado para los animales de la calle. Parece el comodín, el gran salvamento para ellos. Muchos viven de eso, todos viven de eso. Pocos tienen la suerte de Nena de tener comida; el resto debe luchar por escarbar en la basura. Rasgar las bolsas negras, buscando con su olfato algún resquicio, alguna esperanza en la forma que fuese.

O un hueso a medias, o unos vegetales podridos. Lamiendo las latas, intentando que sus lenguas se inmiscuyan en la estrechez de las botellas de jugos o refrescos. A veces hasta lamen el papel higiénico utilizado, lleno de la mayor humanidad posible. Nosotros los humanos no sabemos nada en verdad; la mierda de unos es la esperanza de otros.


***

Va el dueño del establecimiento, da la orden. Un empleado va y le pide a Palomino, el humano, un periódico. Lo pone en el mesón, en las hojas deja caer la inmundicia: cerca de un kilo de sobrado. Palomino, el humano, hace un doblez con las esquinas de las hojas; se dirige a Palomino, el perro.

Como si se tratara de una escena donde el jibaro le entrega su dosis al cliente. Palomino, el perro, mira hacia los lados. No quiere intrusos en su ganada comida. Pues para los perros de la calle ese aguantar, mirar, transmitir hambre, buscar simpatía en su compañero humano hasta lograr el cometido, en general todo su performance es una de las tantas palancas que permiten su victoria: tener la barriga llena, al menos por un día más.

Palomino, el humano, deja el encargo en el suelo, afuera del negocio. Palomino, el perro, se acerca sigilosamente, olfatea la mercancía. Ni tan gourmet ni en plena descomposición. Justo lo que necesitaba, todo en el lugar preciso. Todo en lo normal de su vida: más de lo que necesita y menos de lo que le hace falta.

El limbo de la vida de un perro de la calle es eso. Esperar el bien, venga de donde venga, sin mirar a quien. La única desventaja: el mal que, al igual que el bien, no demora en llegar. Tarde o temprano todo se equilibra, y ese día no fue la excepción.


****

Algo olía raro. En el ambiente, no en la comida. Era como si al olor del jefe, de Palomino, el humano, los empleados y la vieja fastidiosa del kiosco se le uniese uno nuevo. Raro, en su rutina jamás había emergido ese hedor.

Volvió la mirada a los lados. No había ningún perro, sólo transeúntes huyendo, corriendo por la acera ante la inminente ida del sol. Pensó por un momento en lo curioso que es el humano, en lo prodigioso que luce con la luz de la mañana y en la criatura apesadumbrada y nerviosa que se  convierte al llegar la noche. Curioso, de verdad curioso.

No tan curioso como ese olor, que su olfato callejero, maestro en la distinción entre lo putrefacto y lo salvable, no lograba ubicar. Por extraño que fuese poco le importó. Era hora de saciar el apetito. Tenía 24 horas sin comer y aquella era su salvación. Todo fuese porque su estomago dejase de emitir sonido que sólo advertían el hambre atroz que sentía.

Pero no se hizo esperar. El olor se hizo patente. Miraba a los lados. Comía rápido, no quería que ningún perro se comiera su botín. Aún quedaba bastante, pero no quería compartir nada.

Poco pudo hacer Palomino, el perro, cuando vio que a sus espaldas emergió la figura de un hombre flaco, amarillento, las manos quemadas y las piernas bañadas en mugre. Aquel hombre, pensó Palomino, era de aquella estirpe que disfrutaba al repartir coñazos a los perros de la zona; pues no se puede obviar que, en la oscuridad de la noche, golpear a un perro, patearlo hasta dejarlo moribundo, despierta el instinto más sádico en todos aquellos que se hacen la vida en la calle y el vicio.

Se dijo Palomino que aquel era el final del festín. O le propinarían una patada en las costillas o le lanzaría un derechazo en la mandíbula. Qué importaba, aquel perro estaba petrificado y se quedó inmóvil. Siempre, como su vida se lo enseñó, esperando lo peor.


*****

El hombre no lo golpeó. Todo lo contrario. Se puso a su lado, infestando la comida con su hedor, mirando al perro. Le llegó a acariciar, intercambió miradas. Quizá quería transmitir algo que Palomino, el perro, no lograba entender. ¿Le venía a hacer cariño? ¿Sería uno de sus viejos amigos que se hacían la vida en Catuche? ¿O era simplemente otro humano que se volcaba tiernamente ante la desgracia de un perro?

Nada que ver. Aquel hombre iba por algo más. Se volvió notorio cuando Palomino, el perro, estupefacto miraba cómo el hombre llevaba a su boca los huesos que él ya había masticado.  Pensó que era un error. Corroboró lo contrario cuando el hombre agarró una papa bañada en grasa y arroz y se la tragó sin masticarla. ¡Aquel hombre estaba robando su comida!

Inverosímil. Inentendible. No se explicaba cómo uno del reino humano podía plegarse a la miseria de un pobre perro de la calle como él. Aquel hombre tenía una camisa holgada, a través de los botones podía ver el lateral de su abdomen: pellejo y hueso, como aquel que tan diligentemente podría considerarse el manjar de un perro como Palomino.

Las costillas eran el signo,  los pómulos la confirmación. Aquella persona era un esqueleto. Ahora sí era claro lo que aquel despojo quería transmitirle a Palomino: entre la vergüenza de reconocerse humano le pedía permiso para compartir su comida.

El perro reflexionó, no pudo evitar pensar en la ironía de tener que compartir la comida con un humano. Comida que por cierto fue despreciada, botada y vista con malos ojos por otros humanos. ¿A qué habrá llegado esa persona para siquiera considerar ponerse al lado de un infeccioso perro y pedirle comida? ¿De dónde salió esa necesidad? ¿Es el hambre igual de potente en él como en el perro? ¿Tampoco la podrá evadir?

No quedó remedio. Palomino, el perro, comenzó a buscar en la comida junto con el humano. Comenzó a comer junto con aquel hedor, que masticaba desesperado, esperando que los dueños del restaurante no se diesen cuenta de tan lamentable escena.


******

Sintió algo. ¿Sería lastima? ¿Es aquello que tan profesionalmente intentaba evocar en las personas? ¿Quién aguantaría más las ganas de comer, él o el humano? Al menos Palomino, el perro, contaba con el favor de Palomino, el humano. Todos los días de 3:00PM a 4:00PM tendrá ahí el misericordioso sobrado, pero ¿con el favor de quién contaba aquel desgraciado? ¿Cuándo volvería a comer? ¿Lo tendría que esperar otra vez ahí, robándole su sobrado, al día siguiente?

Se resignó. Qué podía hacer. Cierto que la vida era una cagada… hasta con los que no son del reino animal. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Miedo.

Cuesta sostener el pulso a la realidad nacional. No sé si será la incapacidad de la dirigencia, que hemos internalizado que nuestra crisis al final llegó al llegadero, o que quizá sea sólo una severa crisis, producto del ocaso del chavismo. Algunos dicen que es el fin del rentismo, otros dicen que era el inevitable destino de una nación improductiva. La realidad es que detrás de cualquier discurso hay realidades ineludibles: la gente tiene hambre; la gente que puede, se va; la gente que no puede, hace cola; hay gente que muere; hay gente que mata; hay gente que sobrevive la vorágine.

Dice Alejandro Moreno que el riesgo de perder al país que conocimos es latente, y el país, como ya hemos avizorado en otras reflexiones, no se compone por el precio de la Coca-Cola, o por el estático y fantasioso precio de la gasolina, menos aún por una suerte de solidaridad revolucionario que jamás existió. El país que perdemos es el del mundo de lo real, del mundo de las personas. Cada día hay menos comida, menos medicinas, más balas, más granadas y más personas que pierden seres queridos.

Muchos optaron por irse y salvarse. Quienes nos quedamos aún no resolvemos el dilema. La condición posmoderna ha absorbido al país. La incertidumbre es el signo de nuestros días. Si Maduro aumentará la gasolina, si Ramos Allup pactará con algún ala del PSUV, si Capriles vendrá con un referéndum, si Aristóbulo es el de la transición o si las FANB exigirán la renuncia. Son lugares comunes que ilustran la situación nacional; sin embargo, cabe decir que seguimos olvidando al ciudadano.

“Si hoy hago una cola de 6 horas y no consigo nada, ¿cómo irá a estar la vaina en marzo?”, comenta la gente. ¿Llegaremos a marzo? ¿Quiénes aguantaran el desmadre? ¿Cuántas personas pueden comer tres veces al día? ¿Cuántas personas han muerto en lo que va de año? ¿Cuántos de nuestros jóvenes han tenido que recurrir a la delincuencia para subsistir? El hombre nuevo de los socialismos reales del siglo XX ha arribado a nuestro país.

Todos somos hijos de la situación. La cuestión está en que la situación poco a poco nos ha ido arrastrando. Nos ha ido absorbiendo y nos ha ido convirtiendo en presa indefensa del análisis apresurado y azaroso. Somos indicadores de violencia o el numero de cédula según el día que podamos comprar. Quizá seamos simple cálculo de tendencia electoral.

Lo real, a mi entender, es que todos tenemos miedo. Miedo de morir, miedo de no tener con qué comer, miedo de enterarnos de la muerte de un familiar, miedo de que otro amigo se vaya. Miedo de que, cual granada, el país simplemente explote.

Hay muchos que aún recurren a formulas lógicas, discursos rimbombantes y tautologías idiotizantes para mirarle la cara y darle forma a una nación moribunda. Se olvidan de que lo único valido es la vida. Y ella, sin que podamos hacer nada, se nos está yendo…