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martes, 25 de agosto de 2015

"¡Cierren la frontera!"

                En mi vida jamás ha existido una línea divisoria entre Colombia y Venezuela. Más allá de una u otra costumbre que de luz a la particularidad de cada nacionalidad siempre he considerado que somos harina del mismo costal; países que, separados históricamente a partir liderazgos y visiones distintas, comparten más de lo que parece. No hace falta indagar demasiado.

            Lo que si he observado es que en el país donde nací siempre se le ha tenido reserva a la figura del inmigrante colombiano. Quizá sea por algo tan tonto como la cuestión de su diferencia en el acento, quizá sea por la emergencia de la violencia en Colombia y el éxodo[1] masivo que estos supuso a final de los 80s, pasando además por la campaña de la industria de telenovelas colombianas que se encargan de potenciar esa mala imagen que parece ya predestinada única y exclusivamente al colombiano en América Latina.

El punto es que desde mi infancia siempre la reserva, la duda, el temor y el desprecio han sido algunos de los espacios mínimos bajo los cuales el lenguaje, al menos del caraqueño, hace referencia al pueblo colombiano. Ha sido normal toda mi vida ver en el negocio donde vendemos comida como se ha insultado a mi padre por el simple hecho de ser colombiano. De hecho, colombiano es un insulto. Vale acotar que no todo el inmigrante llegado de Colombia ha venido con la plena intención de trabajar honestamente, sin embargo en Venezuela se ha caído en la generalización de acusar al colombiano como el criminal típico ideal de la realidad del día a día.

Sin embargo, no fue esto lo que caracterizó mi infancia. Ante el hecho de ser hijo de colombianos, criándome a lo largo de mi infancia en sectores populares (La Pastora, Cotiza, Lidice) jamás vi alguna referencia negativa del pueblo colombiano, esto en la medida de  que quizá muchos de los colombianos de la segunda oleada de inmigrantes se erradicaron en barriadas y sectores que podríamos considerar de clase media o clase media-baja. De hecho y para decepción de las clases más acomodadas las malas referencias de colombianos fueron el signo de mis primeros semestres en la Universidad Central de Venezuela. Preguntas del estilo de si mis padres eran narcos, de si sembramos coca o si somos guerrilleros o paramilitares eran recurrentes en los chistes que se hacían entorno a la nacionalidad de mi familia.

Desde chistes de mal gusto hasta fundamentados comentarios de simpatizantes del credo revolucionario. Todos los comentarios iban con un gran objetivo: hacer ver lo terriblemente penosa que ha sido la historia colombiana de los últimos 40 años en contraste al decente –y para nada chaborro[2]- acervo caraqueño.

Hoy más que nunca vemos como la situación ha cambiado y cómo los papeles se han invertido de la peor y más trágica manera. La imagen de decenas de personas cruzando un río con sus pertenencias, siendo vigilados como si fueran prisioneros de guerra o la peor escoria del mundo es lo que ahora definirá las relaciones colombo-venezolanas. En la medida que tal atropello y canallada acontece podemos dar fe del centenar de profesionales venezolanos que han elegido exiliarse –no hay otra palabra- en el país vecino, además de que la manera y el trato de Colombia hacia estos venezolanos dista totalmente de lo que el gobierno venezolano ha desplegado esta semana contra la comunidad colombiana.

Mientras Colombia recibe a los profesionales venezolanos, que le son negadas las oportunidades de empleo y buen desenvolvimiento en su patria, el gobierno de Venezuela se encarga de tratar a sus ciudadanos como inmediatos sospechosos de cualquiera de los fracasos que el chavismo ha parido. Ese trato que el gobierno de Venezuela le ha dado a lo largo de su estancia en el poder a su sociedad ha sido compartido con la comunidad colombiana de la frontera. Trato de malandros revestidos de militares o investidos por algún cargo público hacia una ciudadanía indefensa.

Lo que todos sabemos es que esta jugada va con la plena intención electoral[3]: el gobierno tiene todas las de perder en las elecciones parlamentarias del venidero 6 de diciembre. Ahora bien, ¿es este sentimiento reaccionario ante el pueblo colombiano algo netamente chavista? ¿Es única y exclusivamente el bando oficialista desde donde se erige el discurso de odio ante los inmigrantes? Pensar eso es reducir la realidad a un panfleto político.

Basta con recordar durante el año pasado la campaña que se hizo en contra de Nicolás Maduro donde el odio opositor también se alzó en contra de la comunidad colombiana. Era común oír o leer comentarios del estilo de: “es que tenía que ser colombiano”, “¿no ves que es un incompetente y de paso colombiano?” y pare usted de contar. El odio hacia el colombiano está distribuido normalmente en Venezuela. Desde los sectores universitarios hasta en la educación media, desde la derecha más rancia hasta la izquierda mafiosa…

Desde Europa la reserva a los extranjeros ha ido en aumento a consecuencia de las crisis. Le emergencia de las extremas derechas y extremas izquierdas ha dado espacio para alzar la voz de odio anti-inmigrante, desde Alemania con los turcos hasta Francia con los africanos. Hace unos meses Donald Trump se lanzó en contra de los mexicanos y latinos en general y sorpresivamente su discurso ha encontrado calada en la sociedad estadounidense. Lo que hoy sucede en Venezuela no es ajeno a lo que sucede en el panorama global. Son signos de una época y síntomas[4] de que las cosas no han ido bien a lo largo de los últimos 20 años.

Me llena de tristeza e impotencia ver cómo en Venezuela la humanidad se ha vuelto algo desechable. La imagen que hemos dado hoy ante el mundo ha sido rastrera. Arrojar a personas a su suerte, derrumbar sus casas[5], marcarlas como ganado, quitarle sus pertenencias y tratarlos como animales no es el ideal humanitario que pueda sostener ningún credo democrático o civilista. Hoy Colombia nos mira con recelo. Hoy Venezuela dio un paso más hacia la barbarie. Hoy perdimos más que a unos inmigrantes en la frontera… Se llama perder perspectiva de lo que es la dignidad.

Y aún en este instante se debate a lo interno del chavismo que el Estado de Excepción se declare en demás estados de la nación… Se debate cuantas personas más hace falta humillar, cuántas vidas son necesarias traumar, en fin, para mantener en pie lo único verdaderamente importante. La revolución.




[1] Tomando en cuenta que el éxodo cumple dos etapas. La primera del final de la década de los 60s hasta el final de la década de los setenta, la segunda de mitad de los años 80s hasta el inicio del actual siglo. Ambas etapas están caracterizadas por motivaciones distintas, pues la primera se caracterizó por el éxodo auspiciado al crecimiento económico que tuvo Venezuela gracias a la renta petrolera; la segunda por su parte se caracterizó por la huída del territorio colombiano por la situación de violencia y el narcoterrorismo que fue protagonista en la Colombia de los años 80s y 90s. Para mayor información se puede dar un vistazo al trabajo realizado por los profesores Mauricio Phelan y Emilio Osorio en el Barrio Nuevo Horizonte, donde la comunidad colombiana es amplia. Los colombianos que llegaron a Caracas. (El caso de Nuevo Horizonte, Parroquia Sucre): http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=36428605009
[2] Es corriente oír que quienes trajeron lo chaborro o lo niche como categorías que significan bullicio, marginalidad y mal vivir a Venezuela fueron los colombianos. Alguna de las hipótesis sostenidas por la sociedad venezolana se sostiene en el hecho de que los colombianos trajeron consigo el malandraje y los barrios. Es decir, los colombianos son los grandes sospechosos de varias cuestiones que irreflexivamente hemos dejado a la merced de la opinión pública.
[3] La intelectualidad del PSUV y de algunas de las corrientes chavistas-confesas se mantienen hasta los momentos en silencio, a la espera de la primera encuesta que diga que el cierre de la frontera y el Estado de Excepción ha aumentado la popularidad del gobierno.
[4] No hay que olvidar lo que desde la sociología más actual con la voz de Zygmunt Bauman hemos conocido una de las grandes diatribas de la sociedad posmoderna: la disputa entre libertad-seguridad. La segunda vertiente de esta disputa (la seguridad) tiene como base el discurso del temor, la incertidumbre, el terrorismo, lo extraño y, también, cómo no, los extranjeros. El temor ante la incertidumbre genera que los gobiernos arrojen a sus ciudadanos a más y mayores sistemas de vigilancia que despiertan la pregunta de si los mismos son para beneficio de la ciudadanía o para el del poder. Hay también detrás de esta discusión una crítica a la racionalidad instrumental; quizá la palabra mixofobia y sus implicaciones puedan dar luz a todo el problema de fondo.
[5] El punto específico de las casas no puede desecharse en el simple hecho de que eran invasiones. ¿Invasiones de hace cuanto tiempo? ¿Invasiones ilícitas cuando la política del Estado ha sido más que permisiva con las mismas? ¿Invasiones que facilitaban el contrabando? ¿Cuántos militares van detenidos por la misma razón? Hay que ser ingenuo para reproducir ese discurso.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Mi particular 5 de marzo. Parte 5: ¿Esto es Venezuela?

*****

            Miré a la ventana muchas veces, quizá veinte a lo largo de la noche. No veía más que oscuridad. Oscuridad y profundidad en las calles de Caracas. Decidí apagar mi computadora. Decidí encerrarme en mi cuarto. Quise comprender el dolor que me aquejaba. El malestar era tremendo. Lo he podido relacionar con la noche del 98’. Lo he podido relacionar a cuando era niño y mi madre me regañaba por no hacer mi tarea. Quizá era eso. Sentía que el país me reclamaba por no cumplir mi tarea. Venezuela quedaba a merced de militares y hampones. Esta era la patria que estaba dejando a mis inexistentes hijos. Era esta barbarie de 14 años en la que me había me criado lo que me aquejaba.


            Lloré lo que no había llorado en el 98’, lloré lo que no había llorado el 7 de octubre. Lloré por mis amigos, por mis padres, por mi hermano. No comprendía por qué permitimos que nuestro país llegara a este punto donde todo se veía definido por lo incierto. Una muerte sacudía a Latinoamerica. Una muerte hacía llorar a miles, a amantes y detractores. Todos sentíamos un vacío. Era inseguridad, era felicidad, era desolación, era vaciedad.
            Era la frustración, de querer saber algo y de obtener solo sobras. Nos quisimos sentir importantes en un momento donde toda sensación de humanidad era sinónimo ineludible de vulnerabilidad. El odio y el amor nos hacen así, perdemos el sentido de las cosas por las emociones que se desbordan. A veces quisiera que mi país y su gente me dejaran de importar, quisiera no haberme sentido así. Quisiera volver a la noche del 98 y preguntarle a mi padre que me deparaba, pero ni él ni nadie sabrán qué pasó con nuestros últimos años.
            La violencia es nuestra manera de entender la vida. La vida a su vez es tan insignificante como las marcas en la arena que dejamos a merced de la ola. Parecemos ser así, inamovibles hasta que no hay de donde sostenerse. Ni la academia nos puede salvar de esta inestabilidad. Hablamos de un país donde política, economía y moral son nociones oxidadas. Algunos creen en el agotamiento, yo solo veo flojera. Y lo que venía era peor.


            He visto al futuro manifestarse en mis sueños. Veo a hermanos de un mismo país dañándose, hiriéndose. Veo cúpulas luchar por poder. Veo familias abatidas por la pérdida de sus amados. Veo el silencio como herencia de la intolerancia. No veo salida, no veo ningún camino, no veo ninguna patria, no veo nada. Tengo una ceguera tan aguda que tan solo desearía ver un rayo de luz que de esperanza a este océano de desesperación. Sigo viendo a muchos llorando en la oscuridad de sus huecos. Y sí, llorar en silencio se nos ha hecho rutina.
            ¿Cómo no llorar si el futuro lucía más obscuro que de costumbre? ¿Cómo no reflexionar sobre la vida cuando una muerte afecta a miles? ¿Cómo no sentirme mal si a las puertas del futuro se asomaba un escenario nuevo? Pues era así, primera vez en 14 años que conoceríamos a otro presidente. Era un cambio radical para quienes nos criamos con el chavismo. Como diría Zygmunt Bauman, la incertidumbre era la gran certeza, en el caso especifico de Venezuela.
            Todos nos detuvimos en seco, todos rogamos por qué el futuro sonriera a Venezuela. Aquella noche, todos pensamos en nuestro país. Como desearía que todas las noches significasen el mismo arrojo por la patria. El mismo pensar en la nación. El mismo soñar una estabilidad. Pero no, la realidad rara vez pide cosas prestadas  a los sueños. Y es una gran contradicción ¿Pues qué país puede ser tan o más irracional que Venezuela? Aquella noche todos fuimos verdaderos venezolanos, deseando lo que nos era imposible mientras despreciábamos el estado actual de las cosas.
            Es así, es Venezuela, es el gran dolor de pecho que sentimos todos sus ciudadanos en épocas de incertidumbre. Es la irracionalidad que acompaña el dolor de un padre. Es el recordar a nuestro amigo de la infancia que perdimos. Es el entrar en la universidad con la esperanza de hacer el cambio. Es el amar y odiar a los compañeros de uno. Es la botella de whisky que esperábamos abrir justo en el momento y en el instante que nunca llegó, pero que, aún así, bebimos cuando nos provocó. Es el gran intento por comprender a una sociedad que es incomprensible, inentendíble, inexplicable y aún así perfecta.
           

            Yo no sé mucho de mi país. Ya no se me ocurre que más escribir. Son tiempos de incertidumbre. Son épocas oscuras las que vive nuestra nación. Pero estoy seguro de algo, de todo esto saldremos fortalecidos como la nación que merecemos ser. Veremos días de gloria volver a nuestro país. Podremos criar a nuestros hijos, ondear la bandera y decir orgullosos que somos venezolanos y que pudimos superar la tempestad que hoy nos golpea.

 Y eso es tan irracional como… ¿mi país?