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jueves, 19 de noviembre de 2015

Fear Of a Blank Planet.

  "Las cenizas caían sobre todo y entre ecos. Espolvorearon las tumbas de sus padres y por fin entraron en el frío mundo de los muertos donde lloraron por los niños de pie en el cementerio y luego en algún lugar al final del Pacífico –después de susurrar por las páginas de este libro, esparciéndose sobre las palabras y creando otras nuevas- comenzaron a salir del texto, a perderse fuera de mi alcance, y luego se desvanecieron y el sol cambió de posición y el mundo se balanceó y luego siguió su camino y, aunque todo había terminado, 
se había concebido algo nuevo." 
                      (Ellis, Bret Easton. Lunar Park. Página 379. Mondadori. 2006)



Cuenta la leyenda que Steven Wilson, vocalista y compositor de Porcupine Tree, quedó conmovido al leer el final de la novela Lunar Park (2005) del aclamado escritor estadounidense Bret Easton Ellis. Importante hacer la aclaratoria: fue la lectura del último capítulo de tan extraña obra fue la que conmovió al cantautor, no la obra como un todo.

Eso en la medida de que la novela es extraña si la fijamos en las coordenadas del resto de la obra de Ellis. Uno puede ver cierta secuencia temática en Less Than Zero (1985), Rules of Attraction (1987), American Psycho (1991) y Glamourama (1998). Los puntos que a nuestro entender son nodales en la obra de Bret Easton Ellis son sencillos: la desintegración de la sociedad, la depresión y la paranoia, el individuo sometido por la industria comercial/mundo corporativo, la vanidad como medio de apropiación de un mundo donde las reglas de juego son fijadas por lo más trendy, entre otros varios.

En Lunar Park, como ya hemos dicho, hay una cierta extrañeza con respecto al resto de la obra de Ellis. De inicio no hay una trama fijada en sujetos ficticios sino todo lo contrario y parte de lo mismo (vaya enredo): de arranque la novela pretende ser la autobiografía de una vida que no le pertenece al autor. Es una autobiografía que no escapa a la intención de Ellis de ridiculizar, satirizar y criticar gran parte de la sociedad globalizada. No en vano Bret Easton Ellis es considerado como uno de los autores fundacionales de la posmodernidad en la narrativa estadounidense junto con Chuck Palahniuk y otros más.

No hay que olvidar que Ellis viene de la Generación X, generación que al menos en el plano musical es identificada con el Grunge de Seattle, pero también con todo el sin fin de grupos musicales que, durante los noventas, se arroparon bajo el titulo de Música Alternativa. Básicamente todo este movimiento tiene su sentido en el no querer integrar  y no querer legitimar parte de las tendencias de la década de los 80s. Lo alternativo es tomado entonces como otra manera de ser-hacer-conocer, distinto a lo que la sociedad de consumo había establecido en su momento.

Básicamente la Generación X no quiere pertenecer y muestra gran inconformidad. Todo lo que huela a industria, a comercialización, a dinero fácil, o, entiéndase, al sueño americano resulta altamente sospechoso. De esa suerte de credo existencial viene Bret Easton Ellis y eso se manifiesta en gran parte de sus obras. En casi todas menos en Lunar Park, donde intenta mofarse de sí mismo, de sus amigos, de sus amante ficticia, de su hermoso hogar que, venido a menos por una presencia del más allá, no resulta ser más que otra falsa pretensión de una familia a la que no quiso, no quiere, ni querrá pertenecer.

Uno podría entonces preguntarse sobre cómo Steven Wilson fue inspirado en esta novela. Ya lo adelantamos más arriba: el último capítulo de la misma impactó al escritor. Creemos que no tanto por el mensaje, que no es más que el cierre de su trágica e irrealista vida ficticia, sino por la estética del autor. Una estética que retrae al lector a algo que se pasa muchas veces por alto: la relación de Bret con sus hijos, o mejor dicho, la imagen de los hijos de Bret en la novela.

Son unos niños que, al igual que los demás niños del suburbio, son apáticos, carentes de interés por lo que les rodea, con una cierta indiferencia instaurada en su actitud y con un conflicto de emociones extraño para tan temprana edad. Pues lo preocupante, y he ahí lo verdaderamente oscuro de este relato, es que Robby y Sarah –el nombre de los niños en la historia- no cuentan con más de 11 años. Aún y con tan corta edad ambos son sometidos a consultas psiquiátricas, ambos son medicados y ambos son sometidos a lidiar con los problemas de la relación de sus padres.

En varias entrevistas Steven Wilson ha destacado que Fear Of A Blank Planet (2007) está altamente influenciado por el cierre de Lunar Park así como también por los niños de nuestros días; es suerte de fucked-up kids que al día de hoy crecen en el mundo y que no se ven representados ni por la Generación X. Niños que crecen con desordenes alimenticios, con altos índices de depresión, niños medicados, dopados ante su incapacidad para lidiar con el mundo.

Adentrándonos al lenguaje sociológico podría ser que dicha generación haya sufrido lo que Max Weber hacia el comienzo del Siglo XX predijera como un mundo vaciado de sentido. Un mundo altamente racionalizado, una jaula de hierro que no hace más que desencantar al hombre y lo hace, siguiendo a Simmel, ser solo una cantidad despreciable dentro de todo el aparataje moderno. Ese diagnóstico que históricamente se nos hace tan lejano, dentro de lo vivencial surge como una realidad tan cruda que es imposible obviarla.

Desde la otra acera podemos tener algún tipo de argumento que vaya a contracorriente del presentado por Max Weber. Tenemos por ejemplo a Michel Maffesoli, quien nos habla de un reencantamiento del mundo a partir de una suerte de sociabilidad tribal, donde el sujeto abandona la polis, a la modernidad imperante para redescubrirse en una nueva trama de sensibilidades. Sensibilidades que en contraste con la racionalidad moderna dan un nuevo sentido a la vida.

Mientras que Weber fue altamente pesimista Maffesoli nos resulta, incluso hasta cierto punto, un testarudo optimista. Si le preguntásemos a Weber, en un gran ejercicio de abstracción, qué fue de la vida de todos los niños de la novela de Bret Easton Ellis seguramente respondería que dicha generación podría encontrarse, si es que no lo está ya, a la víspera de sumergirse en el mundo laboral. También podría estar actualmente lidiando con la depresión que el mundo parece ser incapaz de arrebatarle. Una generación que con problemas heredados se adentrará a lo profundo de esa férrea envoltura –o llamémosla simplemente Jaula de Hierro- que es la vida en la sociedad moderna.

¿Y qué diría Maffesoli? Que seguramente en el camino de la sociedad posmoderna han encontrado esa racionalidad sensible, ese reencantamiento del mundo. Han encontrado una nueva forma de vivir la vida, externa a toda relación con el occidente instrumentalizado. Difícil es negar que Maffesoli tiene una media verdad entre manos; como ejemplo basta ver que en el gran conglomerado de los combatientes del Estado Islámico no solo la gran mayoría tiene edades que oscilan entre los 25 y 20 años sino, además, que gran parte de estos jóvenes vienen de los dos centros históricos de la modernidad europea: Gran Bretaña y Francia respectivamente.

Puede ser entonces que la construcción, a sangre y fe, de un Califato en el inicio del Siglo XXI responda a ese reencantamiento del mundo. Puede que el occidente moderno y racional no tenga respuesta a las inquietudes de los jóvenes y los mismos en busca de alguna respuesta o sentido para sus vidas se hayan convertido en los yihadistas de nuestro tiempo.

 Son simples argumentos y pensamientos que traemos a colación ¿Qué habrá sido de la vida de los niños que para aquel 2005 nos describió Bret Easton Ellis? ¿Dónde estará la tan agobiada infancia a los que fue dedicado el CD Fear Of A Blank Planet? Nuestra honesta opinión es que dicha generación se encuentra aún intentando descifrar la complejidad y la diversidad de un mundo incierto y muchas veces arbitrario.

Entre tanto de nuestra parte queda rendir homenaje a ese CD  que para 2007 pudo describir y comprender tan adecuadamente el sentir de una generación a la cual el escritor de estas breves reflexiones cree pertenecer…

(https://www.youtube.com/watch?v=E8tgLNgXCLA&list=PLEkPQ7OdZG6ct_Besv0LR2CqumEE0TjiB)


Temor a un planeta vacío

Un rayo de luz se asoma en la niebla.
No hay huecos en la ventana para dejarlo entrar.
La cama no está hecha, la música sigue sonando.

La TV, si, siempre está prendida.
Un parpadeo en la pantalla.
Un actor de cine grita.
Estoy tripeando en la mierda, dejando que fluya.

Estoy drogado, en el centro comercial de nuevo.
Terminalmente aburrido.
Deambulando entre las tiendas.
Robar se volvió cosa del año pasado.

X-BOX es un dios para mí.
Mi dedo en el botón.
Mi madre es una perra.
Mi padre se cansó de intentar hablar conmigo.

No trates de comprometerme.
El más vago de los desprecios.
La prescripción de drogas.
Jamás conseguirás
A la persona interna.

Mi cara es de Mogadon[1].
La curiosidad ha cesado en mí.
Estoy sintonizando sus ojos.
Las pastillas van en ascenso.

¿Cómo puedo estar seguro de estar aquí?
Las pastillas que he estado tomado me confunden.
Necesito saber si alguien los ve.
No hay nada más para terminar aquí.

Estoy cansado de la pornografía.
La actuación es aburrida.
La acción es monótona.
Explicitamente nula.
Anulada excitación.

Tu boca debería ser sellada.
Hablando todo el día
Sin nada que decir
Tus  superficiales proclamaciones.
Todo en desinformación.

Mi amigo dice que se quiere morir.
Está en un grupo.
Suenan a Pearl Jam.
Las ropas son negras.
La música es una mierda.

En el colegio no me concentro.
El sexo es medio divertido.
Pero es solo otra de las vacías maneras de usar el día.

¿Cómo puedo estar seguro de estar aquí?
Las pastillas que he tomado me confunden.
Necesito saber si alguien los ve.
No hay nada más para terminar aquí.

Desorden bipolar.
No puedo lidiar con el aburrimiento.
Desorden bipolar.
No puedo lidiar con el aburrimiento.

No intentas ni sientas como si no te importara.
No sientes el sol.
Robaste un arma, para matar tiempo.

Algún lugar del cual sepas, no te importa.
Atrapa la brisa. Aún calma.
Así que a ningún lugar…



Mis cenizas

Todas las cosas que necesitaba…
He gastado mis oportunidades.
Me he encontrado deseando.

Cuando una madre y un padre
Me dieron sus problemas
Los acepté todos.

Nunca esperaba nada.
Fui rechazado.
Pero regresé por más.

Y mis cenizas se esparcen entre un cielo plateado
Donde un niño maneja una bicicleta, y nunca sonríe.

Y mis cenizas caen sobre las cosas que dijimos,
Sobre una caja de fotografías debajo de la cama.

Me mantendré en mi propio mundo.
Debajo de las cubiertas.
Me sentiré seguro adentro.

Un beso que me quemará.
Me curará de soñar.
Siempre estaba regresando...

Y mis cenizas encuentran un camino más allá de la niebla
Y regresan para salvar al niño que olvidé…

Y mis cenizas se desvanecen entre las cosas no vistas.
Y un sueño suena al reverso en las teclas del piano.

Y mis cenizas se derraman en un parque en Gales.
Un sinfín de nubes de lluvia y navego  a la distancia… navego.



Anestesiar

Una buena de impresión de mí, sin mucho que ocultar.
No estoy diciendo nada, pero no digo nada con sentimiento.

Simplemente no estoy aquí.
No hay manera de que me calle.
Sé feliz.
Deja de quejarte, por favor.

Y gracias a quienes somos
Reaccionamos en disimulada sorpresa.
La maldición del “debe haber más”.
Así que no respires aquí.
No dejes tus maletas.

Simplemente no estoy aquí
No hay manera de que me calle.
Sé feliz,
Deja de quejarte por favor.

El polvo de mi alma me hace sentir el peso en mis piernas.
Mi cabeza en las nubes y yo estoy pegado.
Estoy viendo TV y encuentro difícil mantenerme consciente.
Estoy totalmente aburrido pero no puedo desconectarme.

Solo la apatía, de las pastillas en mí.
Está todo en mí, está todo en ti.
Electricidad, de las pastillas en mí.
Está todo en mí, está todo en ti.
Solo MTV y pseudofilosofía.

Estamos perdidos en el centro comercial,
deambulando entre las tiendas como zombies.
¿Cuál es el punto?, ¿qué puede comprar el dinero?

Mi mano en la pistola.
He encontrado ira; Dios me tienta.
¿Qué dijiste?
Pienso que me desmayo.

Solo la apatía, de las pastillas en mí.
Está todo en mí, está todo en ti.
Electricidad, de las pastillas en mí.
Está todo en mí, está todo en ti.
Solo MTV y pseudofilosofía.

Solo la apatía, de las pastillas en mí.
Está todo en mí, está todo en ti.
Electricidad, de las pastillas en mí.
Está todo en mí, está todo en ti.
Solo MTV y pseudofilosofía.

Fue tan cálido aquel día.
Conté las olas
Mientras rompían con la arena.

El agua tan cálida aquel día.
Estuve contando las olas.
Y seguí su corta vida, mientras rompían en la costa.
Pude verte, pero no pude escucharte.

Estuviste sosteniendo tu sombrero en la brisa.
Alejándote de mí.
En ese momento fuiste robada…
Solo hay luto a lo largo del sol.

Fue tan cálido aquel día.
Conté las olas
Mientras rompían con la arena.



Sentimental

Nunca quiero ser viejo
Y no quiero dependencia.
No es divertido que te digan
Que ya no puedes culpar a tus padres más.

Estoy encontrando difícil
El sostenerme de una estrella.
No quiero ser.
Nunca quiero ser viejo.

Deprimidos y aburridos los niños quedan.
Y  de esta manera van olvidando cada día…
Drogados en el centro comercial los niños juegan.
Y  de esta manera van olvidando cada día…

De verdad no sé
Si me importa qué es normal.

Y no estoy muy seguro
Si las pastillas que he tomado están ayudando.

Desperdiciando mi vida.
Duele adentro.
De verdad no sé.
Y no estoy muy seguro.

 Deprimidos y aburridos los niños quedan.
Y  de esta manera van olvidando cada día…
Drogados en el centro comercial los niños juegan.
Y  de esta manera van olvidando cada día…

Deprimidos y aburridos los niños quedan.
Y  de esta manera van olvidando cada día…
Drogados en el centro comercial los niños juegan.
Y  de esta manera van olvidando cada día…



Salida de aquí

Afuera en las vías del tren.
Un sueño de escape.
Pero una canción viene a mi iPod
Y me doy cuenta de que se hace tarde.

Y no soporto que me miren.
Ni la lástima.
Y no me gustan las preguntas: “¿Cómo estás?”
“¿Cómo va el colegio?”
Y “¿Quieres hablar al respecto?”

Salida
Salida de aquí.
Desaparecer.
Desparecer, desvanecer.

Y he tratado olvidarte
Y sé que lo haré.
En mil años, o quizá una semana.
Quemar todas tus fotos, y recortar tu cara.

Las persianas están abajo y las cortinas están cerradas.
Y he cubierto mis huellas.
He desechado el carro.
Tratando de olvidar incluso tu nombre
 y la manera en que luces cuando duermes
soñando esto.

Salida
Salida de aquí.
Desaparecer.
Desparecer, desvanecer.



Dormir juntos

Esto significa afuera.
Esta es tu salida.
Hacer o ahogarse.
Hacer o ahogarse en torpor.

Sin dejar rastro.
Todos mis archivos borrados.
Quemé mi ropa.
Quemé mis zapatos Prada.

Durmamos juntos, ahora mismo.
Aliviar la presión, de alguna manera.

Apagar el futuro, ahora mismo.
Vamos a irnos para siempre.

Esto es el destino.
Este es tu escape.
Vete de aquí ahora.
Vete de aquí ahora, está acabado.

Durmamos juntos, ahora mismo.
Aliviar la presión, de alguna manera.
Apagar el futuro, ahora mismo.
Vamos a irnos para siempre.






[1] https://en.wikipedia.org/wiki/Nitrazepam

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Los tres países.

*

Era un niño rubio. Recuerdo que su cara era llamativa, no tendría más de 5 años y parecía que fuese el sobreviviente de una guerra. Su abuela, Polonia, ha sido cliente de nuestro restaurante por largo tiempo. Siempre me llamó la atención esas dos personalidades, la del niño que siendo menor que yo tenía cara de refugiado y la de la señora que sin importar la adversidad siempre estaría para resolver.

                Ambos iban a eso de las 12 del mediodía, Polonia pedía el almuerzo para llevar mientras el niño jugaba al frente de la barra. Nadie jugaba con él pues tenía la pinta del niño tremendo: inquieto, fastidioso, ruidoso e impertinente. Nadie parecía prestarle atención al niño que más ruido hacía. Nadie quería voltear a mirar hacia donde estaba el niño al que Polonia tanto regañaba.

                Polonia era su abuela. ¿Dónde estaba su mamá? ¿Dónde estaba el papá? ¿Polonia suplía a los dos? Improbable, seguro detrás de ellos había una familia venezolana que a todos nos ha tocado vivir. Lo que perturba del asunto siempre fue que ambos venían de un barrio que quedaba debajo de un puente. En aquel ambiente el tráfico y consumo de drogas era la regla. Los indigentes de toda la Avenida Baralt recurrían a la satisfacción de sus vicios debajo de aquel puente. La gran mayoría de los choros que hacían su vida entre La Candelaria y Bellas Artes residían ahí.

                Un ambiente toxico que traduce la cara del niño: una vida de mierda como razón del abandono. Un abandono de las instituciones y de las personas, la ley del Estado no alcanza a las personas debajo del puente. Ellos son su propia ley. En pocos años serán la ley de los demás.

                El niño crece y crece. Llega a los 11 años y no lo volvimos a ver. No acompañó más a su abuela a comprar el almuerzo. Extraño por no decir atípico ver a Polonia sin su nieto. ¿Dónde estaba el niño? Su abuela nos decía entre jocosa y entre consternada que el muchacho andaba por la calle jodiendo con sus nuevos amiguitos. El niño que no tuvo familia ahora se acerca a la otra entidad donde se puede formar: la calle.

                Una sola ocasión lo volví a ver. Fue cuando el muchacho tenía 14 años. Cuando lo vi fue él quien me reconoció. No pude creer que ese malandro haya sido aquel niño inquieto. Lucía trasnochado, con la cara cortada y demacrada. Era alto, delgado y con una voz que carraspeaba años de experiencia mal-ganada. No aparentaba los 14 años que decía tener. Sus ojos ya no dibujaban inocencia en su mirada; sus ojos eran la marca de una triste experiencia vivida en la ciudad más peligrosa del país.

 “¡Epa colombiano!”. Me saludó por el distintivo de mi padre. Lo saludé, le pregunté que porque no había vuelto con su abuela y tan solo me respondió “Estoy en la chamba”. Nos despedimos y fue la última vez que lo vi. Yo tampoco volví a trabajar a donde mis padres. Dejé de frecuentar las caras de los clientes. Sin embargo, jamás olvidaría a Polonia por su particular nombre y por su nieto, el niño que se mudó desde la casa a la calle.

Hace dos años tuvimos las últimas noticias del muchacho. Ya era un hombre, un delincuente que tenía 30 muertos encima. Era el azote del barrio debajo del puente.  Un azote de barrio con tan solo 18 años. Tenía culebras en La Pastora, en Mecedores y Cotiza. Su abuela lo mandó a Barcelona para que trabajara donde unos tíos y se alejara de aquel ambiente que no le favorecía y donde estaba amenazado de muerte. Fue y regresó con más problemas de los que se llevó. Se calmó por un tiempo aparentemente. Tenía un nuevo trabajo, del cual nadie sabía con exactitud que hacía.

No sorprendió a nadie. El muchacho se metió a colectivo. Coqueteó con la política. Sin embargo su incursión revolucionaria no duró demasiado. Hace dos días fue encontrado muerto con 40 balazos distribuidos entre la cara y el torso. Fue ajusticiado en la esquina de su casa. Su último trabajo fue el de escolta. Polonia no sabe a quién escoltaba el niño. Polonia no sabe lo que pasó. Tampoco la veo desbastada. Ella sabía hacia donde iba encaminado el niño.

Al igual que su nieto varios muchachos han tenido que vérselas con ese destino. La juventud venezolana se debate entre dos opciones: una tumba a temprana edad o huir. Huir del país, escapar de la desgarradora realidad que nos abraza, correr sin mirar atrás. Despavoridos no sabemos que hacer al estar absortos ante tanta muerte y desidia.

El país obvia algo. Lo que no vemos es que estamos exigiéndole a nuestros jóvenes ser maquinas. Bien sea maquinas para asesinar y destruir vidas o bien sea maquinas insensibles e inhumanas cuyos sueños dan lo mismo que sus fracasos.

Algo anda mal en Venezuela.


**

Me fui hace 5 años del país. Las primeras semanas me sentí a gusto, el trabajo que tuve en Caracas exigía salir siempre a las 11 de la noche y el camino a mi casa era peligroso. Recuerdo que los primeros dos meses de mi estancia en este país fueron confortantes en ese sentido. Pude caminar de noche en una ciudad por primera vez en mi vida. Por primera vez en mucho tiempo pude comprar mercado y tuve vuelto. No tuve que hacer cola, ni nada. Pude experimentar aquello que se conoce como poder sacar el celular en la calle sin el temor de que me robaran.

Estaba a gusto. Mi familia me llamaba cada día de la semana y a medida que pasaba el tiempo se me hacía un poco tedioso atender sus llamadas. No porque me causase alguna molestia sino porque hablábamos de cosas que aún no sucedían. En sus llamadas había cierta expectativa por saber de aquella nueva realidad que yo vivía que hasta los momentos ni me absorbía ni se me presentaba tan radicalmente distinta.

La comida si me sabía distinta. Las arepas tenían una extraña ausencia de lo salado y el café o era muy amargo o era muy dulce. Jamás en el punto exacto.

Más allá de esos detalles la vida se me presentaba muy monótona. Poco sabía de Venezuela y poco me interesaba recordar aquel infierno que tantas veces maldije. Ahora la vida la hacía por mi cuenta sin ataduras en la familia. Ahora la vida, por primera vez en 30 años, iba a comenzar.

Todo cambió cuando vi un video cómico en la red y por un efímero instante deseé verlo con mi hermana. Aquel momento me resulto súbitamente extraño y particular. Nunca había deseado tener a mi hermana o a ningún familiar a mi lado. De hecho, muchas veces maldecía el hecho de tener que compartir el baño con ella. No pude analizar a profundidad aquella situación, quizá porque no quise o quizá porque mi mente instantáneamente borró aquella pírrica nostalgia.

Intenté no prestarle atención a aquello. Intenté canalizar mis días en el caminar por la nueva ciudad que me acogió. Respirar el aire de una vida nocturna que me fue negada en Venezuela. Sin embargo me fue sucediendo algo muy extraño: no había calle que mirase que no me recordase a las extrañas bifurcaciones arquitectónicas de Caracas.

Un día mientras caminaba vi una construcción y en ella una edificio que prometía dar un aire de nueva modernidad a la ciudad. Mi mente saltó inmediatamente al recuerdo de aquel otro edificio que, idéntico al de mi nueva ciudad, hacía juego con la anomalía arquitectónica que fue Chacao durante los 90s.  Al entrar en los recuerdos de aquel edificio vi una puerta. La puerta no estaba cerrada y cuando la abrí pude ver lo que detrás de ella se escondía.

 Me veía agarrado de la mano con mi primera novia. Ambos, caminábamos por la ciudad y hablábamos de los problemas de nuestra adolescencia: la muerte de Cayayo, lo increíblemente brutal que fue Pin Pan Pun, como el peo político nacional nos sabía tan a mierda, entre tantas otras cosas. Ambos veíamos el edificio y mirábamos a lo largo del valle y nos reíamos de lo espantosa que era aquella ciudad, aquel adefesio que tan disconforme nos tenía.

 Irónico resulta que una vez abierta esa puerta pude darme cuenta de muchas cosas, entre ellas la inevitable realidad de la falta que me hace Caracas. Pues de los pequeños imperfectos se hace el amor y el amor por mi ciudad se me comenzó a hacer más latente cuando, irónicamente, más recordaba lo engreído que fui cuando decidí apartarme de ella.

Los recuerdos comenzaron a ser la base de mis pensamientos. He sedimentado mi presente en la añoranza del pasado. La verdad es que aquello que en su momento me tomó por sorpresa es ahora la ley de mis días. No hay instante en que no quiera compartir lo más mínimo con aquellas personas que en su momento formaron parte de mi vida. Desde los paseos en camioneticas hasta mirar por la ventana y ver al Ávila hacia el norte. La montaña, esa única y gran certeza que siempre han tenido todos los caraqueños, ya se esfumó de mi vida.

Yo me fui, pero el país sigue conmigo. Persiguiéndome, cuestionándome todos los días si tomé la decisión correcta. Lo más triste de todo es saber si algún día volveré. Quisiera reconfortarme con la idea de poder volver a la calle donde me crié, ir a la casa del amor de mi vida y besarla, desayunar en Café Eduardo, subir la montaña un domingo en la mañana y ver aquella ciudad de mis pesares.  Pero sé que no será así.

La vida del inmigrante se va en desear aquello que ya no se tiene. Siento que mi generación tuvo la desdicha de ser como el café que bebemos quienes estamos lejos de nuestras tierras: jamás en nuestro punto exacto.


***

Siempre paso por Miraflores para evitar la cola que se forma en El Silencio. Llego a la Esquina Bolero y doblo hacia la derecha para pasar justo al frente de la sede de gobierno. Continúo dos cuadras como si fuese hacia la Avenida Sucre para luego cruzar a la izquierda y volver a mi ruta habitual. Paso por la parte trasera del Liceo Fermín Toro y justo al frente de las escalinatas del El Calvario. Todo ese recorrido para pasar luego por la Plaza O’Leary y luego encaminarme hacia mi destino.

Desde junio del 2013 hago este recorrido, me libra de la incesante tranca que se arma a causa de la trampa de autos que es la Avenida Baralt en la hora pico. A medida que he hecho este viaje me he dado cuenta de algo: la vigilancia y seguridad en Miraflores ha ido en aumento. De unos 10 o 15 efectivos militares que hubo para 2013 al día de hoy este número asciende a unos 50 verdes, los cuales armados con rifles y escopetas tienen un acompañamiento bastante singular.

Trincheras. Trincheras que hasta hace dos semanas se ubicaban tan solo hacia el oeste y que esta semana se han situado también hacia el este. Vale la pena recalcar que las trincheras que se sitúan al oeste de Miraflores son más grandes y más amplias  que las trincheras que están del este, las cuales no parecieran ser más que un parapeto.

¿Cuál será la razón por la cual la sede de gobierno está atrincherada? Evidentemente estamos en una guerra. ¿Por qué las trincheras que vienen del 23 de enero y de Catia son más grandes que las trincheras que vienen de la Avenida Urdaneta? Porque el ejecutivo no puede negar que un hipotético ataque vendrá de aquellos a quienes tan bien armaron.

Vale recalcar, no es una cuestión del oeste caraqueño única y exclusivamente, pues bien es sabido que el tráfico de de armas en nuestro país es algo que en los últimos años ha estado a la par con el aumento de la paranoia y los índices de criminalidad. Quien hoy en Venezuela esté desarmado es o un “buen cristiano” o un pelabola.

Y es que no es una mentira o una atrocidad lo que aquí expongo. El potencial armamentístico que reside tan solo en el 23 de enero es suficiente excusa como para que el ejecutivo se declare en estado de alerta. Si así está el Estado, donde, como diría Max Weber, reside el monopolio legítimo de la violencia, ¿cómo estarán las personas que no tienen guardaespaldas, escoltas o pistola? ¿Cómo sobreviven a la vorágine de violencia?

Hablar de ciudadanía resulta cada vez más absurdo. Ya no somos ciudadanos. Somos todos extranjeros. Somos todos potenciales sospechosos y culpables. Todos estamos a la merced de un dedo acusador que no deja más que la incertidumbre de saber cuándo será el día en que cualquiera de nosotros será señalado.

Es un país extraño para muchos. Las calles no nos pertenecen. Nuestros amigos se han ido. Varios negocios de años y años han cerrado. Mis vecinos han decidido irse del país. No conozco a los que viven al lado y nunca los veo. Casi nunca salen y yo tampoco. Lo único que ha sido regular ha sido hacer colas y aún así eso no garantiza que quienes estén por delante y por detrás en un día lo continúen estando a la jornada siguiente.

Amo a mi país y amo a los seres extraños que hacemos vida en él, sin embargo siempre me pregunto hasta cuando resistiré. Nunca me han robado. Nunca me han secuestrado. Hasta los momentos mis seres queridos han permanecidos inmunes a la ola de asesinatos que ha ido en aumento durante los últimos años. Aún así la oportunidad de salir libre de esa ruleta rusa parece que se va haciendo más y más pequeña.

Una gran parte del país ha decidido dejar de pertenecer e irse. Otra gran parte del país está en el transito socialista hacia una vida más miserable. Yo pertenezco a esa porción de personas que busca razones y motivos para quedarse.  Motivos para confiar, pertenecer, crecer y aprender.

Parece un absurdo querer buscar eso que parece que ya no se encuentra por ningún lado. Ahora cada persona de este país vive con temor. Miedo de que en la esquina donde está la cola se arme un saqueo. Temor de ir caminando y que unos motorizados pasen robando a quien les dé la gana. Horror de ver las noticias de los linchamientos y ajusticiamientos. Pánico al llegar a la casa y enterarte de que algo malo le pasó a una persona allegada.

Quizá el gobierno sienta lo mismo, eso puede explicar las trincheras. Muy parecido a muchos de nosotros el gobierno también está en búsqueda de alguna excusa para quedarse. Su proyecto revolucionario, argumentan ellos, no ha concluido. No se ha robado lo suficiente, ni se han asesinado las suficientes personas y tampoco ha habido tanto malestar social como para que ellos consideren dar por terminada su estancia en el poder. Las colas, los linchamientos y la escasez son simples detalles.

Y puede resultar que la cuestión se resuma a una escena de película western, en donde antes de batirse en duelo uno de los dos sujetos evoque el típico: “Este pueblo es muy pequeño para que estemos los dos”. Con la gran diferencia de que este duelo se mide el que se puede atrincherar y armarse hasta los dientes contra el pobre pendejo cuya única esperanza es que algún día las cosas mejoren. Que algún día la vida deje de valer mierda.


Mientras tanto, la gente se va, los cadáveres no son escasos y la decadencia es el eco de varias generaciones. Aún así, y después de tanto pesar, muchos nos preguntamos… ¿y cómo coño arreglamos esta vaina?

sábado, 25 de julio de 2015

Pensando a Caracas #2: La realidad y el reto.

            *

            Me gusta  cuando la ciudad luce así.

Tan silente que uno confunde su realidad con un cierto dejo de fragilidad. No es palpable dicha realidad y me conformo a veces con observar desde mi ventana. El aire es frío y las calles son ruinas.

Quizá suene fatalista, pero la Caracas de nuestra década es un ataúd esperando uso. Sus calles están a la expectativa del próximo acto. Una ejecución se avecina. Sus ciudadanos esperando el sonido del siguiente disparo. El carro que va apurado por la avenida hace la onomatopeya perfecta del ser humano que se rehúsa a ser presa de las estadísticas.

Si va a salir de noche tome sus previsiones. Si caminas solo en la calle no saques el teléfono. Ni se te ocurra mirar feo a nadie. No vayas a protestar cualquier atropello. Si la humanidad nos falla pues así-somos-qué-le-vamos-a-hacer. Activo en el metro, activo en la camioneta, activo en el concreto.

No vaya a ser usted la víctima ni vaya a mostrar temor. Es solo Caracas, la macabra.
           

**

Crecer en Caracas ha supuesto un reto. Desde la niñez donde el oeste era mi parque de recreación hasta la actualidad donde el ensimismado retiro de la ciudad es la tendencia ante la abrazadora violencia. Una vez llegué a oír a un profesor decir que la inseguridad en la urbe aumentaba en la medida que los ciudadanos íbamos capitulando; mientras nos retirábamos de los espacios públicos poco a poco estos espacios fueron ocupados por la nada, el desdén y el azar.

            Abandonamos a Caracas a la suerte del vacío. La ciudad se avecina fragmentaria, aislada de sí misma y quebrada ante la irrupción del miedo. Lo único que da sentido a la ciudad son las vías de escape, las calles que prolongan ciegamente la vida y que querámoslo ver o no solo se asemejan entre sí durante la ceguera nocturna.

         Nuestra ciudad se hace uniforme de noche. Los largos pasos, el miedo ante las figuras nocturnas, la tensión al máximo al estruendoso ruido de una moto. Tenemos miedo a la ciudad vacía pues es lo único que nos representa en totalidad, lo único que agrupa a las personas, lo único a lo que nadie puede escapar.

         ¿Dónde está la gente? La élite ha abandonado a Caracas a su desorden. La ciudadanía está desaparecida del radar. El pueblo intenta sobrevivir, arañando de donde se pueda conseguir sustento, desplomándose ante lo que resuelva.

¿Dejaremos a la ciudad a la inmediatez? Huir ya no luce tan placentero. Evadir resulta culposo. Voltear a la mirada no lleva a ningún lugar. Nadie está a salvo, ni siquiera aquellos que se refugian en su melancolía o aquellos que portan silentes mascaras de complicidad.

Ni el más grande ruido, ni la mayor reclusión, ni la más grande de todas las creencias nos salvaran. Tenemos que hacer algo. ¿Qué será ese algo? Acudir al encuentro con los otros, unir las piezas del rompecabezas, encontrar lo que nos une, dar sentido a nuestro gentilicio.

¿Y quienes asumirán la tarea? Aquellos quienes no menosprecien a la ciudad, aquellos que recuerden de dónde venimos. Quizá, aquellos que decidan caminar esa delgada línea que al día de hoy se cierne tan fuertemente sobre nuestra realidad: decidir entre una inconforme y radical mirada hacia la vida o un frustrado pero complaciente silencio ante la ciudad macabra.


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Hacer que las piezas se unan. Hacer que las esquinas y sus nombres dialoguen y nos hablen de lo que somos. Caminar y caminar. Recorrer la ciudad, descubrirla. Ahogarnos en sus sublimes tramas. Que el entregarnos a la ciudad y su gente no suponga el encuentro con la fatalidad.

Que la vida nocturna sea espacio para la libertad ciudadana. Que la ciudad y sus senderos nos hagan encontrar los espacios perdidos. Que los causes por los cuales andamos se impregnen de sentido y de vida. Que el aislado este se una al bullicio del oeste. Que el Ávila ilumine con su verdor nuestros días hasta el fin de los tiempos.

Hacer a Caracas de sus ciudadanos no es tarea fácil. Pero es una tarea digna de ser asumida, con todas las consecuencias que pueda traer.


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-          Quiero hacer algo hoy.
-          ¿Pendiente de qué?
-          De salir a caminar, ¿activo?
-          ¿Tú eres loco Ramón?
-          ¿Por qué no?
-          Nos van a robar. ¿Quieres que te maten?
-          No quiero vivir recluido, no quiero perder mi juventud.
-          Ah, entonces quieres perder la vida.

-          No, tan solo quiero recuperarla…

lunes, 9 de febrero de 2015

El cadaver de José Ignacio

                                       
“Han pasado siglos y todavía me parece vivir en un campamento. 
 Quién sabe si al  campamento le sucedió 
lo que suele ocurrirle a los campamentos:
 se transformó en un hotel.
                                         Ésa es la mejor noción de progreso que hemos tenido:
convertirnos en un gigantesco hotel donde apenas somos huéspedes.”

“Vivir es defendernos del Estado.”

“El Estado venezolano, (…)no se parece a los venezolanos.
El Estado venezolano es una aspiración mítica de sus ciudadanos.”
(Cabrujas, José Ignacio. El mundo según Cabrujas. Editorial Alfa. Caracas. 2013)


¿Cabrujas murió?

Al día de hoy recuerdo el impacto que tuvo en mi persona leer a José Ignacio Cabrujas; como uno de los tantos de mi generación fue terrible enterarme de que este gran personaje de la escena intelectual venezolana nos había dejado hacía ya unos cuantos años. Terrible pues cuando uno ojea varios de sus artículos, los distintos escritos y sus opiniones sobre las dimensiones de la venezolanidad parece que nos hemos quedado en una cámara del tiempo, nos quedamos en una burbuja atrapados en la decadencia  de los 80s y la desesperanza de los 90s.

Tiene vigencia, espeluznante vigencia. Hoy ojeaba El Estado del Disimulo, que fue una entrevista que un grupo de investigadores realizó al dramaturgo y mi sorpresa fue total: aún hoy, luego de 27 años, seguimos viviendo en el disimulo. Pero creo que por la influencia de la época que corre dicho disimulo se ha repotenciado; quizá deberíamos comenzar a hablar del estado del cinismo, la nueva etapa hasta donde ha llegado el disimulo del venezolano.

Cinismo que subsiste si damos cuenta de cómo es nuestra actual relación con el Estado en nuestra nación. Al día de hoy vivimos en un país donde protestar equivale a la cárcel, donde ejercer digno civismo puede acarrear la muerte, donde hacer cola y ser marcado como  ganado es lo normal. Y pare usted de contar cualquier cantidad de atropellos de los que somos víctimas.

Me aterra el solo hecho de pensar en la posibilidad de que el adjetivo de victimas solo sea pensado por mi persona y por unos cuantos sociólogos disociados. Pues la explicación oficial se sustenta en el hecho de que la arbitrariedad del Estado está bien fundada; no queda de otra pues, por favor, somos seres abominables, somos guarimberos asesinos, somos unos barbaros que no comprenden las buenas maneras y el buen proceder de quien gobierna. Somos unos infantes que necesitan que nos regañen, y si ese regaño equivale al uso de armas de fuego potencialmente mortales pues, por el amor de dios, es lo necesario, es lo que hace falta para ordenar todo este bochinche.

Augusto Mijares ya había denunciado esta especie de sociología pesimista y de su cercanía con el militarismo. Si Mijares ya hablaba de esta sociología pesimista, que habla de lo innegable de nuestra vagabundería, de nuestra incapacidad y de la solución inevitable del orden, del gendarme necesario, pues cuesta trabajo comprender cómo aún hoy persiste esta argumentación como sustento del actual proceder de nuestro gobierno.

Cabrujas citaba a un político venezolano que dijo una vez que el venezolano podía perder la libertad pero jamás la igualdad. Hoy en día nos encontramos atrapados en esa frase, pues la libertad se encuentra en las palabras de unos cuantos “desubicados” y otros tantos “trasnochados”, mientras que la igualdad es tangible en tanto todos y cada uno de nosotros  somos iguales ante el ojo de la ley: somos unos pobres ignorantes que estamos lejanos del verdadero entender de lo que está sucediendo con el país.

Pues al día de hoy la sociedad venezolana aún espera una sincera explicación por parte de las castas políticas que aún sobreviven a la actual crisis nacional. Todos estamos esperando que alguien venga y nos cuente que fue lo que pasó con el chavismo, con CADIVI, con la escasez, con Robert Serra, con Mario Silva, con Danilo Anderson, con Carmona Estanga y el golpe, con el puntofijismo, con Carlos Andrés y los golpes, con Pérez y su perrarina, con RECADI y pare usted de dar vueltas.

¿No será esto una especie de condición de la cual padecemos? ¿Una enfermedad que nos hace volver eternamente a lo que aparentemente no que somos, ni hemos sido, ni hemos querido ser? Cabrujas da en el traste: “(…)el Estado no tiene nada que ver con nuestra realidad. El Estado es un brujo magnánimo, un titán repleto de esperanzas de esa bolsa de mentiras que son los programas gubernamentales”. No solo programas gubernamentales, sino también de lo que académicamente podemos llamar Historia y que coloquialmente podríamos catalogar de cuento. Nuestro Estado tiene un viaje de cuentos que explicarnos.

Hoy nos encontramos en una encrucijada. No me pesa el citar a un profesor que una vez dijo que el chavismo llevó a su máxima potencia todos los males de nuestra democracia.  El populismo, el mero nominalismo del ejercicio  democrático, los poderes invisibles, el militarismo y la incomprensión de nuestra realidad es parte de la política de estado. Hoy necesitamos que haya una relación dialógica desde la dirigencia del país hacia aquellos que no nos encontramos adheridos del todo al manejo de la real politik, que haya una explicación transparente que dé razón a la pesadilla que hoy día vivimos.

Es lo que necesitamos y lo que muchos queremos, pero estamos lejos de tal acontecimiento. Hoy desde el poder se teje una trama cínica, donde la explicación de nuestros males somos, paradójicamente, quienes más los sufrimos. Entiéndase, hoy la cola es culpa mía por haber comprado demás; hoy a mi primo lo mataron por su culpa, por no ser precavido; hoy hacemos la vista gorda de los muertos de hace un año pues fue nuestra culpa haber salido a protestar.

Y aún así todos como en un secreto a voces, como un murmullo en la lejanía, nos cuestionamos: ¿hasta cuándo tendremos que soportar esto? Me aterraría que el cadáver de Cabrujas  despertase de la tumba tan solo para recordarnos nuestro karma en un grito:

Mientras tanto y por si acaso…