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domingo, 25 de enero de 2026

La imagen y sus sobrevivientes

 


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Creo que es normal que la imagen de un bombardeo nos abrume.

Quienes hemos sido influenciados por el arte nacional y la literatura punk, reconocemos la Caracas Sangrante de Nelson Garrido. Caracas entera cubierta por hilos de sangre. Todo un valle en rojo, calles, rascacielos y montañas interconectadas en un destino macabro, casi como presagio de un futuro condenado donde el hambre, la ausencia y la nostalgia carcomen a sus habitantes. Un presagio de nuestra actualidad, que es a su vez la imagen más representativa de nuestro fin. O hasta el 3 de enero lo era de manera casi unánime.

Me quedo con las humaredas en el cielo, las locaciones de los ataques, sitios de antigua represión convertidos en carbón. Y luego lo de siempre: opacidad en las cifras, en los relatos y los eventuales desenlaces. En una ciudad bombardeada, la cúpula chavista decidió entregar a Maduro y a Cilia Flores, en un intento por salvar el pellejo. Mostrando sin disimulo que el gran factor de unión entre chavistas ha sido el dinero, en este caso: el dinero venido de la renta petrolera. En un sentido muy popular podría afirmarse que les han tocado una de sus más importantes billeteras, no con un revolver ni con una navaja, sino con el ejército de la principal potencia militar del continente. Creo que, en esas circunstancias, era imposible negarse a los deseos de nuestro viejo aliado -con deseos renovados de regresar a los imperialismos de antes.

Y, repito, todo en una ciudad bombardeada. Una ciudad que podrá decir que tuvo el primer combate real entre fuerzas cubanas y estadounidenses en no sé cuántos años, combate que seguramente indicará tantas particularidades como una verdad elemental: si antes del 3 de enero éramos un territorio ocupado… todavía lo seguimos siendo.

Lo comentaba con círculos cercanos: no creo en la figura que intenta transmitir el Delcynato, la misma puede encubrir las continuidades y quiebres con el chavismo como pensamiento y movimiento político fundacional. Así como el madurismo fue una excusa para salvar “el legado” de Chávez de su posible tergiversación, lo que venga con Delcy puede ayudar a tergiversar la identificación plena de los responsables de nuestra tragedia. A pesar de los ejercicios mentales de más de uno, todo es una misma cosa: el chavismo, con su voracidad, violencia y corrupción originaria.

Fue el chavismo el que llevó al país al bombardeo. Al cerrar todos los caminos democráticos y querer perpetuarse de la manera más burda, el chavismo le dijo al mundo que nada le importaba, que ellos en el poder y los demás a acostumbrarse. Puede que por esa sencilla razón no se han visto a las masas de venezolanos dentro y fuera del país pidiendo la restitución del dictador. Lastimosamente, esta apuesta se da en el contexto de una administración estadounidense indescifrable y el regreso a los imperialismos de antaño. Apuesta arriesgada que saben aprovechar los sobrevivientes de Maduro, la cúpula que a día de hoy se ha comprobado que estuvo en diálogos con la CIA y el gobierno de Donald Trump meses previos al bombardeo.

Si uno fuese malpensado, podría pensarse que todo fue planeado. Como si ellos mismos pudiesen dar la localización del presidente obrero, delegar a personal cubano el cuidado del dictador y además de todo saber no estar en los sitios seleccionados por una suerte de inteligencia supranatural. Tantas coincidencias pueden abatir a un humilde servidor.

Pobre Maduro, volando por última vez sobre una Caracas bombardeada, llena de incertidumbre, miedos y deseos imposibles. Llena de traidores y hacedores de historia que siguen guiando el destino de un país bastante particular, que resiste cualquier comparación y que se asoma a una etapa diferente, única e inigualable.

Pobres los caraqueños, con bombardeos y mafiosos traicioneros al poder. Pobres de los incrédulos, que pensábamos que estábamos condenados a la miseria, sin tomar en cuenta que la historia nunca está cerrada y siempre está en movimiento. Cambia como el humo que deja una explosión: se disipa, se transforma, y mientras lo hace abre escenarios de esperanza y de consternación por igual.

 

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Tengo algunos amigos muy importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿Te imaginaste ver alguna vez a Caracas bombardeada?

Los otros dirán lo suyo en otra ocasión. Hoy dejo a Cay responder:

No. Nadie se imagina eso de verdad. Uno se imagina apagones, colas, sirenas lejanas, tiros que no sabes si son fuegos artificiales o algo peor. Se imagina una ciudad cansada, no una ciudad bombardeada. Caracas no entra fácil en esa categoría. Caracas siempre ha sido otra cosa: un ruido constante, una improvisación perpetua, un desorden que parecía inmortal.

Pero las ciudades tampoco avisan cuando dejan de ser invulnerables.

Pensar a Caracas bombardeada no es pensar en misiles ni en mapas estratégicos. Es pensar en la Avenida Urdaneta sin gente, en Sabana Grande sin risas, en El Silencio sin ecos. Es imaginar que la música se corta de golpe, que el chiste malo ya no llega al remate, que la noche se queda sin excusas para continuar.

Nunca pensé en aviones sobrevolando la ciudad. Pensé, más bien, en algo más íntimo y más cruel: en el momento exacto en que uno se da cuenta de que la ciudad ya no te pertenece, de que dejó de reconocerte. Ese es el verdadero bombardeo. El que no hace ruido, el que no sale en fotos, el que no tiene épica.

Caracas siempre vivió al borde de algo, pero ese borde era parte de su encanto. El problema es cuando el borde deja de ser vértigo y se convierte en caída. Cuando ya no estás bailando cerca del abismo, sino aprendiendo a vivir dentro de él.

Siguiendo tu respuesta, ¿Puede la imagen de una Caracas bombardeada ser tan potente y simbólica como Caracas Sangrante de Nelson Garrido, capaz de marcar un antes y un después?

Y Cay culminó:

Puede ser potente, pero no por las mismas razones. Caracas Sangrante reveló una herida que ya existía; el bombardeo confirmaría que la herida se desbordó. La primera nació desde la ciudad viva y caótica; la segunda vendría desde arriba, como un cierre. No inaugura una época: señala que incluso el caos también puede acabarse.

 

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Hace poco hablé con un amigo y me contó que hasta la semana pasada había tenido pesadillas donde la policía lo buscaba para apresarlo. Recuerdo que otros dos amigos comentaban que solían tener pesadillas con persecuciones y los colectivos armados. Agradezco a Dios privarme de esas imágenes, las cuales no deben ser para nada gratas. Creo que quienes migramos y pudimos rehacer nuestra vida fuera de la lucha democrática del país hemos tenido la bendición y maldición de estar un poco alejados del trauma. Bendición porque dentro de todo escapamos del temor de ser una víctima más de la dictadura. Maldición porque nos sentimos inútiles y por momento irrelevantes en la discusión nacional.

Volvamos a lo verdaderamente importante: quienes viven adentro deben soportar aún los desmanes producto del diseño de sociedad vigilante del chavismo de los últimos años. Desde hace un tiempo se vive en un estado de guerra, donde cualquier sospechoso de traicionar el credo revolucionario, es secuestrado, desaparecido, incomunicado, sin derecho a defenderse, encarcelado, exiliado y en algunos casos, asesinados. Sobre la base de esas prácticas se sostienen las pesadillas de nuestros seres queridos a la luz de la cuestión venezolana.

Lo confieso: es mi mayor temor cuando pienso en Venezuela. Encontrarme con un mensaje indeseable donde me dicen que se llevaron a uno de mis amigos, pensar en sus familias y la indefensión total, así como con el escenario de la indolencia total. En algunos casos ha sido el remedio necesario para sobrevivir en un escenario como el venezolano, en otros tantos es la simulación de que nada pasa y que la cosa se reduce a unos cuantos fastidiosos que no dejan que la gente siga adelante aún en la adversidad.

No obstante, la historia suele ser implacable con quienes olvidan la centralidad de los derechos humanos en la discusión pública. Basta observar el presente de varios intelectuales venezolanos: sin una publicación relevante en al menos quince años, aferrados a esquemas anacrónicos de un mundo que les resulta cada vez más ajeno. En muchos casos, más atentos a las violaciones de derechos cometidas a continentes de distancia que capaces de nombrar las injusticias que ocurren en su propio país. Algunos supieron congraciarse con los militares para conservar espacios de participación que terminaron siendo, en realidad, espacios de captación de renta. Otros se especializaron en un alfabetismo político que les permitió participar en diálogos poco estratégicos y carentes de transparencia. Hoy aparecen como representantes de todo y de nada: exactamente el lugar que siempre ocuparon y, quizá, el único que alguna vez aspiraron a habitar.

Mientras tanto conviene escuchar a los sobrevivientes. Me gustaría poder escucharlos, saber de su resistencia, decirles lo mucho que han inspirado a cientos, contarles que su libertad será la libertad de todo el país. Y a quienes han resistido en tiempo presente, poniendo en riesgo el pellejo por un cambio incierto pero necesario: no alcanzarán las palabras y los homenajes para cuando nos encontremos en libertad.

La cual se sigue encontrando en un futuro incierto. Aunque, por lo visto, un poco menos incierto que ayer. Ya veremos mañana.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Bucles, actualizaciones, mitos y olvidos


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Tengo la imagen de estar sentado en la camioneta blanca, viendo a mi papá hablar con algún transeúnte de la avenida. “Falta poco”, “ya el hombre no aguanta más”, “eso está al caer”. Lo decían con un nivel de convencimiento que hasta yo mismo, con mis escasos 10 años, les creí como si no hubiese otra posibilidad.

Han pasado más de veinte años desde ese momento y siempre, cada vez con mayor reiteración, estamos más y más cerca del fin de la pesadilla. Mi generación vivió el trauma de la enfermedad del padre de la criatura, las elecciones del 2012, el desanimo de octubre y noviembre de ese año, la incertidumbre y el robo de las elecciones del 2013, las protestas del 2014, el inicio de la crisis y la victoria opositora en el 2015, los engaños y desengaños del 2016, las protestas del 2017, el éxodo masivo del 2018, las ansias, la máquina represora y el apagón del 2019, entre muchos eventos más.

Siempre hemos considerado que estamos cerca, aunque dicha consideración se basase es esperanzas y no en hechos concretos. Una muestra de ello es que hemos sostenido hasta el absurdo la frase: “cuando caiga el chavismo…”, seguida de alguna idea producto del buenismo de la época. No obstante, este cierre de 2025 confirma que ni un movimiento pacífico de masas, ni elecciones justas, ni portaviones destructores, ni aviones sobrevolando la costa, ni sanciones económicas, ni siquiera el repudio de la gran mayoría de las democracias del mundo habrían bastado.

La discusión en torno a la pertenencia ideológica de la dictadura suele ser bastante compleja y por momentos visceral. Tenemos al Estado sobre el pueblo, vigilante en todas sus dimensiones, represor y asesino comprobado, estrangulador de cierta iniciativa privada y amigo de favores obscenos. Si el diagnóstico posmoderno fue acertado, entonces los -ismos heredados ya no explican nada… Más allá de que se aferren hasta las últimas consecuencias a su discurso, más allá de que hayan favorecido el más rampante de los colapsos vistos en la región.

Y, mientras se dan esas discusiones, seguimos en esa conversación del inicio. Cada vez falta poco para que falte cada vez más poco. Ya la dictadura no va a seguir aguantando más de lo que ha aguantado. Pareciera que caerán algún día, en el mismo futuro improbable en que el sol se extinga y la vida humana deje de tener sentido sobre este asteroide a la deriva.

Es un bucle eterno que se repite como tragedia y chiste, como drama y comedia, como tristeza, desespero, hambre, muertes, desapariciones, exilios y olvidos; y, aun así —aunque el poder no lo quiera—, también como esperanza: lo último que se pierde y, lastimosamente, lo único que siempre nos queda.


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Tengo algunos amigos muy importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿Que debe hacer el feminismo del siglo XX para actualizarse con las nuevas formas de entender lo femenino?

Los otros dirán lo suyo en otra ocasión. Hoy dejo a CCT responder:

El feminismo del siglo XX dejó conquistas esenciales: el derecho al voto, la escolarización de las niñas, la participación política de las mujeres, el reconocimiento —a veces nominal, a veces real— de su ciudadanía. Pero toda lucha que se estanca corre el riesgo de convertirse en museo, y lo femenino de hoy no se parece a lo femenino que definieron las instituciones del siglo pasado. Si el feminismo quiere mantenerse vivo, debe escuchar las transformaciones de su tiempo.

Lo primero es reconocer que lo femenino ya no está limitado a un marco biológico ni a los moldes sociales que pretendieron fijarlo. Hay nuevas experiencias, nuevas corporalidades, nuevas subjetividades que también reclaman protección y derechos. Ignorarlas sería repetir las exclusiones que el mismo feminismo denunció durante décadas. La igualdad no se defiende seleccionando quién merece ser considerada mujer y quién no; la igualdad se defiende ampliando el espacio de la ciudadanía para todas las personas que viven violencias y desigualdades construidas sobre lo femenino. Además, el feminismo debe revisar los privilegios que heredó. No basta con recordar la gesta de las pioneras; hay que preguntarse quiénes quedaron fuera de esa historia: las mujeres pobres, las mujeres racializadas, las mujeres migrantes, las trabajadoras domésticas. Ellas no aparecen en los archivos oficiales, pero sostienen todos los días el orden social sobre el cual otras discuten teorías.

Actualizarse, entonces, no es abandonar los principios del feminismo del siglo XX, sino continuar su espíritu: luchar contra cualquier forma de subordinación. Lo femenino ya no es una categoría fija, pero la desigualdad sigue siendo un hecho rotundo. Allí donde haya una persona relegada por su género, allí deberá estar el feminismo, ampliando su voz y revisando sus certezas. Ese es el deber de un movimiento que nunca fue estático: avanzar con la historia, no quedarse rezagado detrás de ella”.

Siguiendo tu respuesta, ¿Que diría esto al feminismo latinoamericano, y en especial el venezolano, de hoy en día?

Y CCT culminó:

Al feminismo latinoamericano de hoy le diría que no olvide que nuestra región siempre ha cargado con desigualdades que no son abstractas, sino profundamente materiales. Aquí los derechos no se conquistan solo con discursos, sino enfrentando estructuras que atraviesan la pobreza, la violencia estatal, el autoritarismo y la desigualdad racial. América Latina no puede copiar modelos ajenos sin someterlos a sus propias realidades: la mujer indígena, la afrodescendiente, la migrante y la trabajadora precaria viven un feminismo distinto al de las élites urbanas. Si el movimiento quiere tener legitimidad, tiene que reconocer estas diferencias y construir desde allí, no desde las categorías importadas sin contexto ni desde la supuesta neutralidad de las académicas desligadas del territorio.

En el caso venezolano, la urgencia es aún más clara. Un país atravesado por la crisis económica, la migración masiva, la violencia institucional y la fragmentación social no puede aspirar a un feminismo que se limite a debates conceptuales o a celebraciones ocasionales. El feminismo en Venezuela debe ser una fuerza organizada capaz de denunciar la precariedad que recae —casi siempre de manera silenciosa— sobre las mujeres: la sobrecarga del cuidado en hogares sin agua ni electricidad, el trabajo informal que engulle la vida, la violencia que aumenta mientras las instituciones se desmoronan, y la soledad de quienes quedaron cuidando lo que otros tuvieron que abandonar.

Tampoco puede ignorar a la diáspora. Millones de venezolanas están sosteniendo familias enteras desde otros países, enfrentando discriminación, explotación laboral y trámites migratorios que las dejan en la incertidumbre. Si el feminismo venezolano quiere ser contemporáneo, debe incluirlas como parte de su ciudadanía política, porque también son víctimas de desigualdades creadas por un sistema que las expulsó. Y aún hay algo más: el feminismo no puede temerle a la autonomía. En un país donde el poder político busca instrumentalizar cualquier movimiento social, el feminismo debe ser vigilante y crítico, no una extensión de partidos ni gobiernos. La defensa de los derechos de las mujeres nunca puede subordinarse a lealtades partidistas.

Yo diría, entonces, que el desafío del feminismo latinoamericano —y especialmente del venezolano— es doble: ampliar sus bordes para incluir a todas las mujeres que han sido históricamente silenciadas, y al mismo tiempo mantener una independencia crítica frente a los poderes que producen esas mismas desigualdades. Un movimiento que no se arriesga a incomodar termina celebrando victorias vacías. Y las mujeres de esta región, tan golpeadas y tan persistentes, merecen algo más que consignas…”.

 

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En cierto segmento de las ciencias sociales se evaluaba el pensamiento mítico, entendido como el conjunto de nociones premodernas sin posibilidad de comprobación científica y que se sostenía sobre el peso de la tradición, como un ardid que imposibilitaba el verdadero conocimiento. De misma forma, unas ciencias sociales más actuales tomaron el pensamiento mítico como un factor imprescindible que daba sentido ahí donde las ciencias y la lógica no podían extender su alcance.

¿Qué tan presente está el mito en nuestro día a día? No hay forma científica que compruebe que rezar vale de algo. La medicina ancestral/comunitaria/naturista muestra ciertos avances, pero sería descabellado enfrentar un cáncer con hervidos y menjurjes. La lluvia sigue cayendo a pesar de que utilicemos tenedores y cuchillos entrelazados con miras al cielo nublado. Sabemos de sus pocas utilidades fácticas, pero esas y otras prácticas dan sentido al desfavorable e impredecible entorno en el que lo humanos nos movemos.

Si sumamos a este juego el factor de la memoria y el olvido la cosa se pone interesante. No solo no tenemos maneras fidedignas -para los estándares de la ciencia de antaño- de comprobar que ciertas prácticas son efectivas, sino que también debemos entendernos con nuestra arbitraria manera de recapitular la cotidianidad. Suele pasarnos a diario: luego de llegar a un acuerdo sobre X asunto, nuestra memoria decide borrar el asunto y tomar como cierta una versión que nos vendemos a nosotros mismos. Sucede con temas delicados y dolorosos, así como con las cosas menos trascendentales del mundo.

Ver un edificio y olvidar donde estaba ubicado. Pasar una noche de risas sin poder recordar el chiste de mayor peso. Oír una canción, intentar memorizar aunque sea la letra y después perder por completo cualquier rastro de ella. No es la regla general, por suerte aún podemos retener suficiente información y además contamos con dispositivos electrónicos que albergan aplicaciones que pueden servirnos en la tarea de monitorear cada aspecto de nuestras vidas. Maps para ubicar los edificios, bloc de notas para anotar frases claves y Shazam para pescar en las canciones de la vida.

Sin embargo, esa pequeña dosis de olvido también alimenta el pensamiento mítico. Una de sus expresiones más visibles es la nostalgia y las idealizaciones que organizan muchas de nuestras ideas sobre el pasado: la creencia de que la educación de antes era mejor —cuando los profesores torturaban a los estudiantes—, de que las familias eran más estructuradas —sostenidas sobre las espaldas de mujeres martirizadas—, o de que un mundo sin centros de salud ni médicos era más simple —aunque careciera de la posibilidad de detectar enfermedades y ofrecer tratamiento—. Todos ellos forman parte de un repertorio persistente de mitos que confunden austeridad con virtud y violencia con orden.

Usted se preguntará hacia dónde va el escritor con estas ideas. Hace unas semanas, mientras iba en bicicleta por la ciudad, recordé un episodio de 2023: una trabajadora sexual me socorrió a las cinco de la tarde en una zona solitaria y peligrosa. Era colombiana, del Quindío o de Caldas, y me ayudó por puro azar. Estaba en una esquina por la que yo pasaba justo cuando la cadena de la bicicleta se trabó en el rin, dejándome sin posibilidad de moverme o salir airoso de ese sector.

La señora en cuestión me ayudó principalmente por dos razones: porque estaba en el lugar y la hora indicada para socorrerme, y porque mientras me daba indicaciones sobre qué hacer con la cadena se daba cuenta de mi acento.

Usted es de Venezuela, ¿cierto? Yo viví allá muchos años, por eso fue que le acompañé”, me dijo mientras me dejaba sano y salvo frente a la Gobernación del Valle, luego de que fuese imposible arreglar el daño de la bicicleta. Cuando se despidió me comentó que ella trabajaba en la pensión de la esquina, por si la necesitaba algún día, invitación que me dio un poco de risa y un poco de tristeza. Semanas después del evento pasé por la misma esquina, sin poder identificar ninguna pensión, ningún motel ni nada por el estilo. Fue una aparición, pensé. Eso revestía con un poco decencia aquella historia lamentable.

Desde entonces siempre que pasé por esa esquina intenté estar atento por si veía nuevamente a la señora para agradecerle y salir corriendo, no fuese ella a pensar que yo quería algo diferente a reconocerle su solidaridad en aquella calle solitaria.

La semana pasada volví a pasar por esa misma esquina[1]. Vi grande sobre la pared un letrero con el anuncio: “Residencias La Pasión del Amor…”. Es decir, la pensión siempre estuvo ahí. Es decir, probablemente la señora siga ahí. Es decir, mi memoria me falló una vez más. Al menos sé que no fue una aparición o un fantasma, pero la historia ya no es divertida sino retorcida y extraña.

Como una ciudad vacía, con sus seres subterráneos asomándose a las avenidas; como una noche llena de música intrascendente y chistes malos; como un pasado sin idealizaciones y, finalmente, como la vida sin el mito.



[1] El lugar en cuestión en Google maps: https://maps.app.goo.gl/P6mgqq1S4AkZt3Dp8

viernes, 5 de diciembre de 2025

De la vanidad, la máquina y la arena

 


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La vanidad. Esa tentación extraña de halagarse a sí mismo, de ver el reflejo sobre el espejo, de saberse relevante con o sin méritos. En Venezuela utilizábamos una palabra: pescueceo. Según el Diccionario de la Lengua Española refiere a la “acción y efecto de pescuecear”, y pescuecear es, al menos en El Salvador, el acto de “estirar el pescuezo para ver algo”. En este caso, y aterrizándolo al caso venezolano, pescuecear implica el acto realizado por quien estira al máximo posible el cuello (pescuezo, de ahí la palabra) para salir en la foto. Es decir, no estirar el cuello para ver sino para ser visto.

Era común en el movimiento estudiantil de Venezuela para la década pasada. Con los años me doy cuenta de que no es exclusivo de la juventud de ese país: políticos de toda clase y de todas las edades, líderes y empleados de empresas de todo tipo, trabajadores humanitarios de todas las nacionalidades salvando el mundo y completos desconocidos con sus distintas necesidades de atención.

Se contrapone a un punto elemental: la relevancia, como casi todo en la vida, es algo efímero. Nadie puede alimentar para siempre el ego, ni sobrevivir lo suficiente para mantenerse en la vigencia que su vanidad le exija. Lo decía Bolaño: ni Shakespeare ni los clásicos serán recordados en un millón de años. No lo serán García Márquez, ni Rómulo Gallegos, ni Mariana Enriquez, ni nadie que venga después.

Nos conformamos con las fotos de redes, las publicaciones de LinkedIn, ResearchGate o cualquier otra plataforma. Eso sí, hasta que los servidores se mantengan funcionales.  Luego no se sabe, menos en el mundo de bits y bytes de hoy. Nuestras familias conservaban cartas y fotos, periódicos, revistas y cuadernos con anotaciones. ¿Qué tenemos nosotros? Fotos en un celular, escritos en un chat, carpetas de guardado en aplicaciones y las sensaciones maleables de cualquier ser humano.

Todo centralizado en dispositivos, que bien pueden ser funcionales hoy como completamente obsoletos el día de mañana. Ni vayamos al punto de los sistemas operativos, siempre susceptibles a una vulnerabilidad aún no completamente reconocida. Y siendo menos tecnológicos: si se parte una memoria o si de casualidad somos victimas de un robo… La centralización de datos en dispositivos lleva a que nuestros registros sean cada vez más frágiles e inciertos.

Aunque llega el momento de la sinceridad: en la cotidianidad histórica de las personas, ¿cuándo han faltado los cambios y las incertidumbres? Cualquier respuesta puede que carezca de fundamento. Aún así buscamos figurar, estirar el cuello, aparecer en la foto y en la publicación de redes. Tiene sentido, la temporalidad del siempre o eternidad es apenas cuestión de días o semanas. Tiene coherencia en verdad, siempre como nunca.

 

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Tengo algunos amigos muy importantes, de diferentes épocas, culturas y pensamientos. Algunos de ellos son Syd, CCT, AZB, Cay y Satoshi. Podrán sumarse amistades adicionales, pero convengamos que ellos son los cinco principales. Hoy les hice la pregunta: ¿La Inteligencia Artificial puede significar la democratización del acceso al conocimiento?

Los otros dirán lo suyo en otra ocasión. Hoy dejo a Satoshi hablar:

La IA puede ampliar el acceso al conocimiento si se estructura como un sistema distribuido. Centralizar modelos y datos en pocas entidades replica las mismas asimetrías históricas: control, filtrado y dependencia. La verdadera democratización ocurre cuando el acceso no depende de autorizaciones, sino de protocolos abiertos. Si la IA funciona más como una red P2P[1] que como un servidor único, cualquier individuo puede verificar, aprender y construir sin intermediarios. La clave no es la herramienta, sino la arquitectura: transparencia, descentralización y resistencia a la censura. Con eso, el conocimiento deja de ser un recurso escaso y pasa a ser un bien accesible por diseño”.

¿Qué arquitectura de conocimiento hemos construido? ¿Por qué la máquina y su lenguaje puede dinamitar esa estructura? ¿La destruye, reforma o fortalece?

Y Satoshi culminó:

La arquitectura de conocimiento que hemos construido es esencialmente centralizada: instituciones educativas, medios de información, editoriales y especialistas funcionan como nodos autorizados que validan qué saber circula y en qué forma. Es un modelo jerárquico, basado en intermediarios que administran acceso y certificación.

La IA, especialmente los modelos masivos de lenguaje, introduce una dinámica distinta porque reduce el costo de producir, sintetizar y distribuir información. En términos de red, desplaza el flujo desde unos pocos nodos de alta autoridad hacia millones de usuarios finales que generan y consumen contenido de manera directa. Eso presiona a la estructura porque la vuelve menos necesaria.

¿La destruye, reforma o fortalece? Depende de su implementación. La IA no es el agente de transformación: la arquitectura —centralizada o distribuida— determina el efecto”.

 

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Varias veces fuimos a la playa. Éramos los cómplices de siempre, en una época de angustiosa transición. En plena crisis, mi señora madre nos empacó una ensalada de atún y un jugo de naranja. No había más, ni para los policías ni para unas cervezas. Terrible pero adorable.

Bajar a la Guaira implicaba salir hacia el este, buscar a la gente y luego emprender un camino que cambiaba de la metrópolis inclusiva a las barriadas olvidadas. Curvas, túneles y vegetación hasta que de la nada se veía la inmensidad del mar. Una inmensidad llena de escarcha, olas y nubes a la distancia.

En viajes anteriores vivimos experiencias variopintas: una vez casi me ahogo, en otra ocasión hablamos sobre nada a los pies de un coral. En tres viajes consecutivos el carro nos dejó varado en la subida a Caracas. En esos tortuosos momentos aprendí a leer el tablero del carro, a esperar que se enfriara y a utilizar todo lo que estuviese a disposición para no perder la calma en el intento y partir antes de que la luz de la tarde nos dejase.

Del último viaje, de cuando no teníamos ni para el fresco[2] de los malandros con uniforme, tengo la imagen de correr por la arena hirviendo, yendo a unos baños del siglo pasado a limpiar la cava y bañarnos antes de volver a la ciudad. Casi una década después, entiendo que ninguno de nosotros imaginó que terminaríamos desperdigados por el continente.

Uno está en Chile sin visa, otro está en Perú encontrándose con la vida y el tercer sigue en Venezuela luchando, defendiendo el sueño de país que algunos no pudimos sostener. Y yo, en la capital de la salsa, añorando de vez en cuando, intentando soltar los recuerdos, pero viendo que los mismos siguen apareciendo como la arena luego de un día en el mar.

Recuerdo que involucran al chileno dormido escuchando Sunshine Reggae, al peruano hablando del avión de García Carneiro y al venezolano intentando recordar donde quedaban las ruinas de la casa de Armando Reverón. Y yo, el colombiano, manejando, pendiente del medidor a ver si el carro no nos dejaba otra vez varados.

Varados, pero en nuestro lugar. Varados, pero contentos.



[1] Una red P2P (peer-to-peer) es un sistema en el que cada computadora se conecta directamente con otras, sin depender de un servidor central. Todas pueden compartir información entre sí de manera autónoma.

[2] Utilizado para nombrar las vacunas exigidas por los cuerpos policiales en Venezuela para dejarte libre de cualquier situación engorrosa.

jueves, 25 de julio de 2024

Historia de dos ciudades

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El 25 de julio cumplen años Caracas y Cali. La primera, la ciudad donde nací y crecí. La segunda, la ciudad que me ha acogido en mi extraña experiencia de retorno y migración. Ambas fueron bautizadas en el nombre de el apóstol Santiago, cuya festividad se celebra el 25 de julio por igual.

Normalmente tiendo a celebrar a ambas ciudades, ya que en Caracas está mi historia personal y en Cali he venido a aprender el valor de la autonomía y el trabajo en la soledad del destino migratorio. No obstante, me pasa que al ver imágenes de Caracas me doy cuenta de una realidad tan espantosa como inevitable: de reconocer muchos de sus sectores, he pasado a desconocer partes enteras de mi ciudad.

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Pasó específicamente con una foto que mostraba parte de la ciudad que luce como una pendiente, con su inconfundible mezcla de barriada popular circundada por escalinatas de concreto y edificios modernistas en el medio del oeste caraqueño.

Creo que he pasado por esa calle, es la calle donde en mi infancia asistí al velorio de un cliente de La Caleñita, el restaurante de mis papás ubicado en la Avenida Baralt. El cliente en cuestión era El Carnicero, personaje del que probablemente ni mis padres recordarán su nombre.

El velorio del Carnicero fue concurrido. Toda la calle estaba repleta de carros, motos, personas de todas las edades y gentes de todo el sector. Asumo que muchos habrán sido allegados a él en aquel microcosmos que era la Avenida Baralt.

Aún puedo ver los objetos que adornaban aquella casa humilde: vírgenes, vasos con agua, velones, matas de sábila y rosarios en un altar. También recuerdo mi insistencia en irnos rápido de ahí, por el aburrimiento que me generaban los compromisos adultos y por no recordar al muerto en cuestión.

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“¿Es el Carnicero, no te acuerdas?”.

A duras penas me acordaba del rostro de muchas personas de aquella época. El negocio era un sitio concurrido, lleno de gente de todo el paìs y del mundo entero. Era un microcosmos, con muchas nacionalidades y pocas fronteras.

Mis recuerdos a esa edad eran fugaces, quizá por el universo violento de la capital. Y, en efecto, no recordaba al Carnicero; pero de ahí en adelante cada que pasaba por esa calle pensaba en que yo había ido a un velorio en una casa de esa cuadra, que estuve dentro de una casa de unos desconocidos, siendo un extraño, rindiendo un flojo tributo a un fantasma sin rostro.

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En la foto vi la calle y dudé. “Se parece”, “puede ser, pero no veo la pequeña avenida que la atraviesa”, “no recuerdo esas escaleras ahí, puede que haya cambiado”. O puede que no, que en realidad esa parte de la ciudad, al igual que muchos paisajes del país entero, se encuentre en el olvido y el abandono de nuestra historia nacional.

El mayor cambio podría ser que la geografía del lugar ya no esté repleta por jóvenes o niños, si no por adultos maltratados por la crisis y por el resquebrajamiento de la sociedad que alguna vez fuimos. Y que quizás, en el recuerdo y a la distancia, sigamos siendo.

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Hablaba de eso hacía unos años con una amiga. El tema de conversación giraba en torno a la idea de hacer un mapa con los caminos que recorrí en Caracas, en parte como ejercicio creativo y en parte como guía de la ciudad que viví. De la casa en Quinta Crespo hasta el negocio en la Avenida Baralt, del negocio por la Cota Mil hasta Maripérez y de ahí hasta Plaza Venezuela. Los atajos del oeste, las historias de La Pastora y Lídice, la belleza del Este, los laberintos de San Bernardino y Bello Monte. El camino a la universidad y las casas de las amistades de siempre, las avenidas y los sitios que cambian de nombre, imágenes cuya forma ha mutado, preservando una esencia indescifrable.

He debido hacerme caso, porque ahora confundo el Bulevar de Cali con Sabana Grande en Caracas. El Maní, que nunca conocí, debe ser algo así como la Topa Tolondra, la meca turística de la salsa en Colombia. El Teatro de los Cristales es algo así como la Concha Acústica y la Universidad del Valle es la UCV en versión gótico-tropical.

En Cali, Las Tres Cruces, Cristo Rey y los Farallones hacen el simulacro de un Ávila dinamitado y atomizado. La Avenida de los Cerros es la Cota Mil y el Museo de la Tertulia es como Bellas Artes en pequeña escala. La Torre Cali es una de las torres de Parque Central huérfana de su otra mitad…

Así como los que nacimos y crecimos en ese vórtice de locura, violencia, estilos, artificios y afectos que es Caracas. Como los que seguimos viendo sombras y reflejos de calles y espectros en nuestros nuevos destinos.

miércoles, 15 de abril de 2020

El regreso


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Un vacío sin fondo. Eso lo puso mi maestro. La frase es tenaz, profunda y terrible. Un vacío sin fondo, un problema sin solución, una vida sin sentido. Aunque en este caso el sentido está muy presente y cercano… a la muerte.

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¿Qué sucede con las almas que sueñan despiertas? Con aquellos que añoran tiempos que ya vivieron. La casa materna, la calle de la infancia, los amigos de toda la vida. Todo eso está metido en alguna parte del recuerdo, todo eso ya ha dejado de existir.

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La tierra llama. No es algo racional, no tiene explicación. Las piernas y los brazos se preparan. Las dudas se disipan. El ruido de la puerta que cierra tras de sí da luces de lo que viene a continuación. Necesita volver, así sea a morir.

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El beso de la madre. La llamada del amigo. De noche no puede dormir. Se asoma a la calle, no sabe la dirección donde vive. Son más o menos veinte personas, más o menos veinte como él.  Todos desesperan. Los niños lloran de día, los hombres de noche.

*

Mira a la madre de sus hijos. Es su mujer, pero ella es una muchacha más. La encontró en ese país desafortunado. Antes morían de hambre, ahora mueren de tristeza. Todo lo extraña, nada lo llena. Duda si la familia colma sus expectativas. Todo era mejor cuando estaba solo.

*

Recuerda todo lo que caminó para llegar a donde está. Sabe lo que es la maldad. La policía lo persiguió, los militares lo robaron. Ha hablado con funcionarios de ambos países y ya sabe cómo funciona todo. El único papel que lleva consigo es la carta de un hermano que está perdido en algún lugar del continente.

*

Los días pasan. No hay tiempo que perder. Debe seguir, debe caminar. Volver al inicio, volver al sitio de partida. Regresar, lo que sea, pero debe hacerlo. Sabe que el fin se acerca. Lo siente en sus entrañas, lo siente cuando en sus sueños ve edificios desmoronarse, desplomarse ante él. Una caída sin fin. Esa era la pesadilla de su niñez, el peor de sus temores. Ahora es su vida, ahora es ese tránsito que muta entre la esperanza y el malestar, entre el sueño y el terror.  La tierra prometida es ahora tierra arrasada, la pesadilla es ahora realidad.

*

El joven sigue escribiendo. La noche se hace eterna. Su espalda hecha añicos, sus ojos revientan. Tiene que seguir, tiene que continuar. Escribir hasta que sangren los dedos, hasta que alguien tome en serio su mensaje. Alguien tendrá que hacerlo, en algún lugar del mundo alguien creerá todo lo que él ha visto. Los miles que deambulan, los miles que marchan al sur. Los cientos de cada esquina, las madres y sus hijos enfermos. La virtud convertida en desecho, la piel es un mapa que delinea el recorrido. Ha visto a todos los de su tierra transitar esos caminos que él conoce a la perfección. La desilusión, el amor, la muerte, la vida, el desespero. Puede distinguir en la muchedumbre la inocencia de los menores, el cansancio de los mayores. No desfallecen, siguen. Seguirán. Lo escribe, no lo olvida. Nunca. Jamás.

*

Me tiro a la calle
a caminar esta tristeza
,

quiero perderla entre la gente…
Atravesando soledades
.

domingo, 4 de agosto de 2019

Muertes


*

Un día todos dejamos de saber de Ralph. Un día supimos que había muerto extrañamente.

Desde hacía algún tiempo sus redes sociales habían quedado sin uso. Su ferviente militancia había quedado en silencio. Algunos se extrañaron, otros ni lo pensaron.

Pasó el tiempo y supimos todo. La palabra tuberculosis meníngea resuena por decir poco y nada. Uno asocia la tuberculosis a las enfermedades de las que nos hablaban nuestros profesores de historia, enfermedades de un libro antiguo, erradicadas en su mayoría en los días que corren. Tiene algo que ver con los pulmones, con un descuido. Sí, seguramente un descuido que si no se trata puede devenir en algo terrible, algo, digamos, como la muerte de alguien.

Eso lo entendimos con Ralph. Muchos asociamos que su muerte tenía algo que ver con su preferencia sexual o su decidido veganismo, pero luego un poco de investigación nos curó de la ignorancia torpe de nuestra generación. Se trata de una bacteria que se aloja en el cerebro y afecta no solo el sistema respiratorio sino todo el conjunto de capacidades cognitivas y físicas de la persona. ¿La solución? Un poco de antibióticos, con tiempo. Un poco de sentido común, en perspectiva.

Ralph tenía 24 años y esperaba titularse de la mejor universidad del país. Toda una vida por delante que ahora reposa en el llanto de una familia, en el desastre que es una nación.

Las imágenes de sus días finales aún nos persiguen. Nuestro amigo, deteriorado, en silla de ruedas, sin poder ponerse pie. Su mirada perdida, pues la enfermedad se llevó su vista. Y así como una enfermedad se lleva la vista y la vida de un joven, todo el desastre se lleva lentamente, pero a paso firme, los sueños y promesas de generaciones y generaciones de venezolanos.

Algunos vagamos por el mundo, otros resistimos en nuestra tierra. Otros, lamentablemente, serán el testimonio olvidado del horror.


**

Todos los que estamos afuera tenemos más a o menos las mismas pesadillas. Fracasar, no encontrar nuestro camino, errar eternamente. Una recurrente, quizás la de mayor peso, es saber que nuestros seres amados sufren. Pensar en la posibilidad de su muerte, el dolor de una despedida a imposible en la distancia, un adiós definitivo, un adiós total.

Muchos hemos partido, muchas son las amistades y los afectos que quedan en nuestra tierra. A veces puede ser un amigo, los momentos con un conocido, las enseñanzas de un maestro, la infancia y sus recuerdos. A veces es algo tan simple y tan sencillo que está en la sangre, en la vida que nos trajo y nos dio todo, a veces es la familia que nos acobijó y nos hizo quienes somos.  

Y un día se cumplió la peor pesadilla de una amiga. Su padre, una figura de nuestra época dorada, salió en la noche caraqueña y nunca llegó a casa. A veces sucedía eso, mi amiga estaba acostumbrada. Al ser músico el padre era un amigo de la noche, un aliado más de sus embates. Quizás un intérprete no solo de la cultura, sino también de los signos macabros de nuestra tierra.

La pequeña diferencia era que ahora, al estar ella afuera, sus angustian se potenciaban. Cuando el padre no contestaba los mensajes, cuando no reportaba haber sobrevivido el toque de queda que azota a las ciudades venezolanas luego de las 6:00PM, mi amiga comenzaba a ser desbordada por un mal presentimiento, por una suerte de terrible premonición.

Un día presintió algo raro. El padre le avisó que llegaría rápido a la casa. Una hora, dos horas, dudas, temores, llanto y luego vio la noticia. Su padre había sido interceptado por unos delincuentes, en un intento por robarle su carro lo balearon hasta la muerte. Perdió el control del carro, chocó con otro vehículo, los maleantes huyeron y ahí, solo, en la basta oscuridad de la noche venezolana, quedó el padre de mi amiga.

Ella viajó al funeral y al entierro. No había nunca dimensionado la obra del padre, no había jamás pensado en las vidas que su música había marcado.

Ella hubiese deseado tener a su padre vivo, ahí, con ella.

Simplemente no podía ser. El país se nos había vuelto eso: un cúmulo de muertes, sueños rotos, deseos imposibles y lágrimas que pedían que, por favor, alguien detuviese la pesadilla.


***

Daniel fue mi primer mejor amigo. Recuerdo esa amistad por ser una amistad de niños. La primera vez que fui a McDonalds (el que queda en el Teatro Ayacucho, al frente de la Asamblea Nacional) fue porque sus papás nos llevaron. La primera vez que jugué Playstation fue en su casa en Lidice. La primera persona con la que tuve gustos musicales afines fue con él (Clint Eastwood de Gorillaz). La primera fiesta a la que fui fue en su casa. En fin, Daniel fue mi amigo de la infancia y con él vinieron Kimberlyn, Eduardo, Javier, Andrés y todos los demás.

Nuestra infancia se estaba dando en el torbellino político que era nuestro país. Logro conservar recuerdos de pre-escolar, recuerdos en donde los simples niños que éramos hablábamos ya de la forma polarizada que ha terminado por destruirnos. Sin embargo, tuvimos una infancia alegre, jugábamos, reíamos, llorábamos y veíamos el tiempo pasar.

En ese pasar del tiempo Daniel y yo nos alejamos. Nunca supe muy bien la razón. Quizás uno intenta hacerse el interesante, quizás nuestras historias debían seguir rumbos distintos. La gran verdad del universo es que cambiamos, y con nosotros también el país.

No recuerdo cuando fue la última vez que lo vi. Supe que era militante revolucionario, justo en la época en que yo había decidido tomar una postura ante lo que pasaba en el país, postura que a su vez confrontaba a la de mi amigo. Supe que mi amigo ahora decidía combatir al imperialismo, dar lucha a la burguesía, acabar con el capital y… todos esos lugares comunes que dicen tanto y no dicen nada.

En un punto del tiempo simplemente decidí borrarlo de todas mis redes sociales. No quería seguir viendo en lo que se había convertido mi amigo, no quería pensar que dos personas, que antes compartiesen más o menos los mismos intereses, ahora estuviesen separadas, irremediablemente, por la lucha política que se vivía en nuestro país.

Pasó el tiempo y supe de él nuevamente. Mi amigo de la infancia, mi querido Daniel, había muerto. Al leer la noticia quedé frío. Aún me cuesta entender lo definitiva que es la muerte. No es una enfermedad, no es una posibilidad de mejora. Es simple y llano vacío, rotundo y eterno silencio.

Por lo que he podido saber Daniel tuvo hepatitis. Pudo recuperarse a duras penas, pero entre las muchas secuelas de la enfermedad estuvo una persistente falla en el hígado. Me dice un amigo que Daniel se recuperó, pero quedó sentido. En cuestión de meses le dio neumonía y bronquitis. Sus defensas estaban bajas, muy bajas. Finalmente, algo lo agarró en el apéndice. Ni su familia ni sus seres queridos pudieron conseguir los medicamentos necesarios para el tratamiento. Poco a poco Daniel se fue descompensando, se desgastó.

No hubo manera de salvarlo. Su vida lo abandonó a él y a su familia. La muerte nos tomó por sorpresa a quienes teníamos tiempo sin saber de él, para sus seres queridos queda constancia de la difícil circunstancia y la lucha final que dio mi amigo.

A veces imagino a una familia llorando. Madres e hijos llorando, desconsolados en una tierra arrasada. Una marcha fúnebre que va con el perenne dolor de los que se van y no regresan. Ojos que no aguantan más, cabezas que quieren reposar hasta encontrar la fórmula que haga devolver el tiempo, que detenga el llanto.

Esa familia que llora es mi familia, son mis amigos, es mi pueblo, es mi destino. La marcha fúnebre sigue y no se detiene.

Pienso en mi amigo y ruego porque perdone mi ausencia, mi distancia. Veo a los que son de mi tierra y me invade una tristeza sin fin.

Pienso en mi país y solo miro al cielo, el único lugar donde hay tranquilidad, donde debe haber consuelo, si es que acaso existe…  

sábado, 1 de junio de 2019

La muerte de Roberto.


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                Coño de la madre pana. No puede ser. ¿Será que esta vaina es lo que creo que es? Dicen que cuando a uno le que le da un dolor en el pecho y una mariquera rara en el brazo es porque viene un infarto. Coño, y yo que ando sin seguro ahora. Pelando de lo lindo.

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                Bueno Roberto, calmado papá. Tú sabes cómo es la vaina. Si te vas es como un macho pues, como un rey. Nada de estar lloriqueando o pensando que la gente se va a poner triste. Tuviste tu época, hiciste las lucas, le diste educación a las chamas y cogiste culito. No te puedes quejar.

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                Si tan sólo tuviese seguridad de que esta vaina es un infarto. Yo de lo que estaba enfermo era del pulmón, no entiendo esta vaina. No entiendo por qué me sale este dolor raro en el pecho con la vaina del brazo izquierdo. Yo tengo que vivir al menos 30 años más, así como el viejo Miguel Ángel, que todavía anda haciendo películas y grabando videos para esos grupos del este que le gusta a la gente de hoy en día.

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                Qué cagada. Uno ya todo viejo y acabado bailando al ritmo de una cuerda de maricones. ¿Qué vaina es esa? ¿Tú te acuerdas cómo era Miguel Ángel? No joda, todo un galán, un robo. Y ahora todo encorvado, arrugado y chocho bailándole a unos huevones ahí. Ese ridículo tampoco me cuadra.

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                Yo cuando estaba empezando quería ser como él. O como Guillermo. O como Yanis. Ese Yanis era sendo carajo. Un loco de carretera, eso sí, pero sendo tipo. ¿Cómo lo van a matar así? Tres puñaladas por querer defender a una gente ahí. Ese carajo estaba loco, pero tenía las bolas de acero. Yo varias veces me alebresté, varias veces reviré. Pana, pero apenas sentía el peligro de que alguien me sacara una navaja o una bicha, mierda, zape gato. Le tenía cague a la muerte. Ya no tanto.

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Cuando era chamo quería romper la liga. Quería ser así como Miguel Ángel, como Yanis. Un tipo afamado. Aparecer en una película de Román, en alguna obra de José Ignacio. Ah, José Ignacio. Tan agudo, tan especial. Un carajo demasiado inteligente. Sabía tanto que sabía a mierda, el huevón ese. O sea, mi familia era italiana, pues. Mi papá y mi mamá venían de una zona humilde de Italia, del viejo continente. Pero mierda pana, jamás fui tan acomplejado como José Ignacio. Un carajo afamado, todo el mundo le hala bolas ahorita, pero mierda, inmamable.

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Hoy en día todo el mundo lo recuerda con deferencia. El gran José Ignacio, el gran José Ignacio. No joda, uno partiéndose el culo y vienen a rendirle pleitesía al carajo ese. La vaina es tan lamentable. Uno lee la prensa hoy en día y hay como dos o tres columnistas en cada periódico que quiere hacerse pasar por él. Dígame el gordo marico de Leonardo, que hasta se hace desrizar el cabello para parecerse a Ignacio. Una cagada. Eso sí es dar lastima. Aunque bueno, entre bailarle a carajitos y plagiarle a un resentido, la verdad no sé qué es peor.

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Bueno papá, ya llamaste a emergencias. Relajado. Si te mueres pues te mueres cómodo. Qué chimbo lo que me está pasando. Ojalá no me cague encima. Yo, un carajo chévere, que le he caído a cuento a más de uno, ahora me caigo a cuento a mi mismo para no asustarme por mi muerte. Esta vaina está como para que alguien la grabe y haga un corto. Le voy a vender la idea a alguien. A lo mejor al loco de Diego, ese siempre ha sido todo rarito. A lo mejor le gusta la idea.

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Aunque ese Diego tiene más cuentos que la verga. Una vez como que mató a un carajito. Coño, yo le he caído a coñazos a los perros de mis chamas cuando se me cagaban en la alfombra, pero mierda, nunca mataría a nadie, nunca. ¿Te imaginas que le cuente a ese bicho mi idea y me venga a joder? No seas marico chico, produce tu vaina tú y ya. Cualquier vaina menos que te mate un bicho raro.

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De pana que qué cagada. Cómo me voy a estar muriendo así. Yo, todo populacho, todo buena vaina y me viene a pasar esto a mí. Coño de la madre, vale. ¿Será el karma de las cagadas que cometí en mi vida? Yo fui una buena persona. A lo mejor una mierda con las mujeres, pero coño pana, en éste país ¿quién no lo es? No jodí a nadie, ayudé a buscar a Jorge en La Guaira cuando la vaguada, he ayudado a salir adelante a un gentío. Cristo, así no, así no, por favor.

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Hasta me le reía los chistes al huevón de Daniel, que tenía a la mami de Chiqui de esposa. Todos pensábamos que la vaina era un acuerdo. ¿Cómo ese maracucho huevón va a casarse con ese mujerón? Hasta le grabaron la boda y la pasaron en Sábado Sensacional. No joda, yo me casé la primera vez casi que con unos pastelitos de carne, unos tequeños y un ron chimbo. La vaina estaba jodida en ese momento. No he sido pobre, en éste país nadie lo es, pero mierda, tampoco voy a gastar mucho dinero cuando sé que la vaina es una joda. Todo es una joda.

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Coño pana, la ambulancia nada que llega. En serio me voy a morir. Lo bueno es que esta vaina es para cagarse de la risa. Si sobrevivo le voy a dar la idea a Emilio, ese huevón siempre echa broma como es. Tiene de amigo al tarado de Laureano, pero bueno pana, nadie es perfecto, todos tenemos derecho a uno o dos amigos maricos en la vida. Yo tenía de amigo a Jorge y ese sí era un tipazo. El verdadero duro de la comedia venezolana. No joda, y uno hoy en día calándose el humor de estos huevones que salen en youtube y en la otra red social de foticos. O sea, yo también soy del Este pues, pero no soy tan intenso como esos carajos. Qué mojoneada es la gente, vale.

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Bueno, definitivamente me voy para la mierda. La ambulancia no llega, el dolor aumenta y ya no siento las piernas. Mis chamas ya están grandecitas. Mi mujer, la de verdad, tiene como 10 años que no me habla. Mis papás en el cielo y yo voy derechito pal infierno. Bueno, tampoco tan negativo. Hay que aceptar la vaina deportivamente. Al menos morir con dignidad. Dignidad, no joda, la vaina que más escasea en esta mierda. Yo más o menos me acuerdo de cuando esta vaina se echó a perder. Todos montamos negocio en Miami, todos nos volvimos pantalleros y listo, a comer mierda con esta parranda de coños de madre que nos gobiernan. Qué desgracia.

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Si no me muero entonces la vaina es que me volví loco y coño, qué cague compadre. Como Chirinos pero sin matar ni violar a nadie. De Italia y Venezuela pal cielo. Nunca volví a la tierra de mis padres y dejo mi país hecho un desastre. Qué irresponsables fuimos. Dios perdóname. No quise joder  a nadie. Me muero y estos hijos de la gran puta siguen en el poder. Volvieron el país un coleto pero bueno, eso era lo que queríamos. José Ignacio, Yanis, incluso yo vale. Yo ayudé a que esto se jodiera. Todos ayudamos. Qué vergüenza. Pero ya no hay marcha atrás. San Pedro, no me jodas pana, yo siempre fui a misa. Merezco una vaina diferente sabes, porque coño después de todo un actor merece un buen trato alguna vez en la vida.

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                Tuve que haber hecho como Franklin. Ese se fue y no se devolvió. A mí en cambio me dio culillo. Cómo iba a dejar mi país, cómo iba a dejar esta vaina tan sabrosa. La playita, la cosa. Hasta el viejo Eladio está pelando bola. Qué será peor, vivir del recuerdo o constantemente exponerte a la humillación. Ya nadie vive de la decencia en esta vaina. El otro día iba por la calle y nadie me reconoció. Me quedé pegado con la actuación vale. Quizás me tuve que poner a hacer radio, eso es lo que da billete hoy en día, mira al viejo Cesar Miguel. No importa si eres un tarado o un pobre huevón pues, la gente te vanagloria por ahí. Sabes, justo lo que me hace falta, madrugar para hacerle cuñas a las verdaderas lacras de este país. La clase política-empresarial. Ja-ja-ja. No me jodas.

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Me morí y nunca hice una sección de comedia. Stand-up comedy le llaman hoy en día. Bueno, qué tanto, igual mi vida siempre fue un chiste. Una joda. Y una buena, por cierto.

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Fui un buen venezolano, igual que todos los demás. ¿No?