- Ensayo escrito con la finalidad de sintetizar algunas de las ideas ya estudiadas, previo a presentar el Concurso para Preparadores del Departamento de Teoría Social.
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El
canon clásico de la sociología está conformado por los pensadores que en su
momento marcaron pauta y dieron pie a un sinfín de interpretaciones y análisis
que al día de hoy aún seguimos estudiando en el campo de las ciencias sociales.
Hablamos de Karl Marx (1818-1883), Émile Durkheim (1858-1817) y Max Weber
(1864-1920). De todos han salido distintas ramas de la sociología, la
estructuralista, la crítica, la comprensiva, entre otras; es decir, sus
pensamientos y sus ideas han servido de influencia (¿y herencia?) para lo que
el pensar la sociología se trata.
Ellos
han servido como influencias y como marcos referenciales de muchos autores y
diversas teorías, pero si a ver vamos ¿Cuál fue la influencia de dichos autores
a la hora de producir conocimientos? Distintas influencias sobrevuelan sobre el
pensamiento del canon sociológico: a.)
por un lado podemos hablar la influencia geográfica-histórica de cada uno de
sus desarrollo, b.) las influencias
teóricas de cada autor y c.) La cuestión de compartir un mismo
discurso, es decir, el único posible en la llegada de la época moderna donde la
ciencia, el método y la razón eran lugares comunes.
A
continuación pasaremos a describir de manera muy breve el cómo entendemos estas
influencias:
a) La
influencia geográfica-histórica: Es imposible pensar
la sociología de Durkheim fuera de Francia, o la postura anti positivista de
Weber de no haberse encontrado el mismo en Alemania, o el interés de Marx en la
fábrica de
no haber evidenciado las huellas del capitalismo en Inglaterra. En los tres
autores estos tres países y sus realidades marcaron sus postulados. Vemos por
ejemplo que la idea del Durkheim pro-república del orden por medio del progreso
no hubiese sido posible de emerger sin el gran marco de la Revolución Francesa.
Michel Mújica nos hablará de las tres
revoluciones que vivió Europa en el siglo XIX: la revolución política
(Francia), la revolución económica-industrial (Inglaterra) y la revolución
filosófica (Alemania). Tres revoluciones que dan cuenta del inicio
de una época que es producto de todo lo relacionado con la Ilustración. Pensar
todo lo que fue y las implicaciones de la Revolución Francesa en el pensamiento
francés de finales del siglo XIX o de la irrupción del pensamiento protestante
con Lutero en Alemania del mismo siglo es pensar en las distintas fuerzas que se conjugaron
para hacer posible parte de las posturas de las teorías weberianas y
durkheimnianas.
b) Las
influencias teóricas de cada autor: Hablar de cualquier
autor es hablar de su ascendencia intelectual. Cada autor es hijo de la época
en la que se ha desenvuelto y cada época es producto de las interpretaciones
que se hacen de ella. Es una relación dialógica entre tiempo-autor-teoría.
Siendo esto así, es de primer orden hablar por ejemplo de las relaciones
intelectuales entre Hegel y Feuerbach con Marx, o la clara influencia que tuvo
el pensamiento de Comte y Saint-Simon en los desarrollos de Durkheim. Y ojo,
hablamos de influencias en el sentido estricto en el que observamos como
nuestros autores recogieron algunos postulados e ideas pero aún así eso no los
privó de la originalidad que sirvió como basamento para la ciencia social que
hoy ejercemos. Un caso emblemático de esto lo encontramos en Max Weber y su
relación con Wilhelm Dilthey,
donde el primero recoge la idea del segundo sobre el Verstehen, y la adecúa en la totalidad posible, a su entender, de
las ciencias sociales. Un entender que estaba ligado evidentemente al apego al
método como herramienta esclarecedora del conocimiento.
c) El
discurso epocal: el tercer punto podríamos apreciarlo
como la conjunción de la influencia histórica, la influencia geográfica y la
influencia del pensamiento, y en el cómo estas se conjugan para manifestarse en
los términos acuñados por los autores. Del discurso epocal podemos decir que
era la manera en la cual se manifestaba, por la vía del lenguaje, la gran
revolución
que vivió Europa como producto de distintos puntos relevantes que se consideran
claves para entender el proceso moderno, entre ellos: las caídas de la
monarquía, el inicio de la idea del Estado Democrático, el avance de la
técnica, la proliferación de las diversas ideas políticas de la época, el
nacimiento del capitalismo, la teorización del progreso, la esperanza en el
futuro y el devenir, y el inicio de la confianza en la ciencia como única vía
posible para alcanzar la verdad.
La
manera bajo la cual estas características se manifiestan en el canon clásico es
observable, al menos, en la visión y posición que cada uno tenía respecto a dos
elementos que hacían notoria su estancia en el mundo de la modernidad: ciencia
y la razón. En algunos casos unificados los criterios y en, algunos otros,
divergentes en su totalidad, dado las razones históricas y las razones teóricas
enmarcadas en el distanciamiento de Marx en el tiempo con respecto a Weber y a
Durkheim o en tanto la posición de Weber sobre la ciencia que discurría en
totalidad a la visión marxista y positivista temprana del sociólogo francés.
Por
ahora nos encargaremos de decir que una pequeña introducción a cada autor podrá
alimentar la discusión para posteriormente entrar en el tema de la ciencia y la
razón, puesto que sin entender las conceptualizaciones que cada uno realizó,
por separado, el camino para conocer las percepciones de los conceptos pilares
de la modernidad en el canon clásico sería de gran dificultad. Tomaremos pues
en cuenta las tres influencias atrás mencionadas para dar con el porqué de
algunos postulados de nuestros autores sociológicos.
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Karl Marx: el hombre
multidimensional
La
sociología y el pensamiento político del siglo XX tuvo como uno de sus grandes
protagonistas a Karl Marx, alemán de origen judío que no solo se conformó con
ayudar a la temprana crítica a los clásicos de la economía política,
sino que también hablamos de una persona que complementó y modificó parte de
los postulados filosóficos de su época,
se encargo de estudiar la política y el crecimiento de la nueva clase dominante
en el temprano capitalismo además de dar un punto de vista iniciático sobre la
crítica de los tempranos estudios de población.
Para
la época en que Marx ejerce su impronta de intelectual el apelativo de
sociólogo no existía o no estaba del todo establecido. Se estudia en nuestra
disciplina por distintas razones entre las cuales cabe destacar su visión global
sobre el mundo social donde, como eminente figura de la modernidad, se ocupa de
hablar de parte de las preocupaciones intelectuales de la época y que se
encontrase en discusión para aquel momento, sin escatimar la cantidad de
disciplinas a las que apeló para hacer un estudio de la totalidad. No en vano ante el accidental olvido de Parsons a la hora
de incluirlo en el canon sociológico Immanuel Wallerstein se asegurará de
rescatarlo a él y a su sociología del conflicto.
¿Y
por que hubo de rescatar Wallerstein a Marx? El rescate del autor
estadounidense se fundamenta en parte por la crítica que desde USA se hacía a
la todopoderosa teoría parsoniana, pero por la otra el rescate al autor está
anclado a la indudable visión que tuvo Marx al respecto del tema moderno y sus
repercusiones, las cuales para él eran que las que se hacían observables en el
proceso de producción capitalista.
Parte
de estas repercusiones de las que aquí hablamos se encuentran expuestas en los Manuscritos Económicos-Filosóficos de 1844,
en los cuales es tratado el tema de la enajenación y posterior alienación
de la cual se da cuenta como el proceso por el cual el trabajador se ve
desprendido de una parte de su ser por medio de la confección de la mercancía
que el mismo produce.
No es simplemente el proceso de producción sino lo que implica filosóficamente
el proceso en sí. Dirá Marx posteriormente que el objeto, la mercancía, se le
aparecerá al obrero como un objeto extraño,
un objeto ajeno a sí, un objeto en el cual hay parte de su constructor pero en
el cual, por medio de los valores de cambio y valores de uso impuestos por el
mercado, se le es intercambiado por el salario.
Ante
la dicotomía presentada por Marx entre los valores de cambio y valores de uso
se abre una ventana para entender el proceso de producción en la etapa temprana
del capitalismo. El salario equivale, en el valor de intercambio, a la fuerza
de trabajo, la cual a su vez pertenece al obrero en su condición de animal o de
maquina trabajadora.
Si salario es igual a fuerza de trabajo, ¿Qué queda del espíritu del obrero que
imprime su fuerza de trabajo en el proceso de producción? Es una pregunta sin
respuesta del “qué queda” pero si con una respuesta en torno a la situación del
obrero, el cual se encuentra alienado, sin ser dueño de su fuerza de trabajo,
sin ser dueño de su producción y sin ser dueño del valor que se le es otorgado
a su trabajo. Esta relación de alienación produce en el obrero lo que Marx
llamará la falsa conciencia, en donde
el obrero, cegado por la ideología
que se le es introducida en el proceso de producción responde a una conciencia
de clase que no le pertenece, a una conciencia de clase que responde a los
intereses de la clase dominante. Es decir, el obrero responde a una conciencia
de clase que le es falsa puesto que no corresponde a su ser y estar; no
responde su verdadera noción de clase, a la del proletariado.
Esta
es una muestra de lo que para Marx son parte de las contradicciones que ha
producido el devenir de la historia en el individuo, y en sí es una lectura
moderna al respecto puesto que para Marx, al igual que para sus coetáneos, la
concepto de verdad denota una
conexión directa con el método de investigación positivista y con la noción de
la historia que se tiene desde el marxismo. Historia que Marx comprende como el
dominio que ejerce el hombre sobre la naturaleza y
que a demás expresa lo que ha sido el inicio del capitalismo por medio de la
acumulación originaria de la que habla en el Capital.
La
noción marxista de la historia tiene una fuerte correlación con lo que fuera la
dialéctica hegeliana y su visión histórica, la cual en algunos rasgos está
permeada por el romanticismo alemán; esto en el sentido en el que Hegel propone
una noción histórica en donde sea la conciencia la que determine las condiciones
en las que se desenvuelve el actor social.
Marx da un vuelco y propone una historia en donde las condiciones materiales y
físicas determinen el pensar del individuo. Es decir, no es el cogito ergo sum, sino todo lo contrario,
primero está el existir y posteriormente la conciencia del existir.
Eso
es el materialismo histórico; lo vemos plasmado en el registro que hace Marx de
las civilizaciones y sus modos de producción, en la cuestión de la acumulación
originaria, y en la alienación como situación actual del obrero para el momento
en que se gesta su obra.
En
sí la obra marxista es una obra que intenta no hacer la separación cartesiana
del pensar y el sujeto material sino que intenta rescatar al individuo como
totalidad creadora y creativa.
En su noción creadora y creativa podemos rescatar el discurso marxista sobre el
futuro, donde se revelan aspectos importantes sobre lo que para Marx, de manera
consciente o inconsciente, podía brindar la modernidad.
Modernidad
que de por sí la hemos podido expresar por medio de todo el estudio que hace
Marx: el rescate que hace a las condiciones materiales de los actores sociales
y de su dominio sobre la naturaleza. Para Marx este dominio es desproporcionado
por la manera irracional que se hace del mismo,
tan o más irracional que las contradicciones que produce el capitalismo en la
vida del proletariado. Como propuesta para hacer un poco menos irracional
nuestra relación con la naturaleza y nuestra relación como sociedad surge una
propuesta política que bien hemos conocido como comunismo.
El
comunismo expresa esperanza y optimismo en los caminos en los que nos estaba
llevando la ciencia. Puesto que por medio de la razón y la ciencia exacta.
La razón se manifestaría en el fin de las ideologías y el fin de la historia
en tanto que la verdadera conciencia pudiese tomar el lugar de la falsa
conciencia producto del estado de alienación y en tanto pudiese replantear lo
que la historia ha dictado por medio de sus procesos de producción y sus
lógicas de dominación. La ciencia por medio del estudio depurado que brinda la
dialéctica como método que enarbola la noción de síntesis que resalta las
contradicciones que la historia ha producido en el individuo como actor social.
Es
decir, el marxismo cuenta con una noción optimista del futuro por medio de la
ciencia.
La fe en la ciencia es vital en la teoría marxista, al igual que en la teoría
durkheimniana. Tanto fe como la opinión, que en el caso del científico social
son materia de trabajo a la hora de saber diferenciarlas.
Y
esta es una pequeña semejanza entre ambas teorías puesto que para la marxista
la necesidad de reformular las instituciones es discusión de vital importancia
dado que mantener las mismas instituciones es mantener el mismo modo de
producción que es el mismo que ha permitido la instauración, en jerga marxista,
del Estado Burgués y demás consideraciones de tal estilo. En Durkheim las
instituciones no sufrían tal crítica, todo lo contrario: es bajo las
instituciones donde las promesas del progreso, por medio de la ciencia y razón,
se hacen asequibles como veremos a continuación.
***
Émile Durkheim: el
post-revolucionario objetivante
Émile
Durkheim es el padre metodológico de la sociología. Decir esto da un indicio de
los aportes que el gran sociólogo francés tuvo en las disciplinas de lo social.
Su obra, al igual que la de Marx y Weber da un repaso en tanto el tema de la
conformación económica, el tema religioso,
el tema político y su apuesta metodológica, que fue la que marcó la pauta para
la sociología de inicios del siglo XX.
Parte
del discurso de Durkheim responde en un principio al como occidente vio los
procesos de desenvolvimiento de las sociedades; de más está decir que este
proceso en el discurso moderno es un discurso sumamente eurocentrista y en el
caso de Durkheim se encuentra el mismo tiempo plagado por algunos matices
evolucionistas.
Basta solo observar en La División del
Trabajo Social, los enunciados al respecto de las sociedades primitivas y
las sociedades avanzadas. En la lectura encontramos la categorización de
sociedades orgánicas y sociedades mecánicas; las primeras complejas y con un
sistema de acoplamiento similar al del aparataje fisionómico del ser humano y
las segundas menos complejas y con un parecido al cuerpo de una máquina con
ensamblaje sencillo.
Las
sociedades orgánicas son las sociedades avanzadas, las sociedades europeas de
la modernidad que se caracterizan por la complejidad que las sobrecoge
-productos de la modernidad y demás productos de la ilustración- y por las
dificultades que se ven expresadas en el concepto de anomia. Las sociedades
mecánicas son los primeros tipos de sociedad, en donde la vida es menos
compleja y más certera; son sociedades donde la división del trabajo social no
ha sido tan diversificada y tan profesionalizada como en el caso de las
sociedades orgánicas. Observamos entonces un discurso que apunta a: 1. La
analogía que se hace de la sociedad con el aparato humano, y 2. La preocupación
de observar las consecuencias de la Ilustración en las sociedad.
No
hay que olvidar que Durkheim viene de la Francia pos revolucionaria y que en un
principio se encontraba desordenada y con una situación donde el devenir lucía
no tan promisorio. En esa línea observamos el discurso de la sociedad como
aparato orgánico que sufre de una patología,
de una anormalidad que solo puede ser superada en el caso de Durkheim por medio
de las instituciones y la renovación de la moral
que solo podría ser llevada a cabo por los nuevos hombres de la modernidad: los
hombres de la ciencia.
Hombres
de ciencia cargados de razón ilustrada que por medio del estudio de las
sociedades podrán avizorar las “enfermedades” de las cuales padecen las
sociedades para así salvarlas, para poder tomar un curso donde el orden y la
moral sirvan para normalizar a la sociedad.
Pero, ¿bajo cuales parámetros debe el científico social estudiar a las
sociedades?
En
el momento en que Durkheim se hace esta pregunta ya la Methodenstreit había
hecho estragos en las disciplinas científicas en Alemania. Pero Durkheim, fiel
a su tradición y a sus maestros no rehusará el camino de una ciencia
positivista; todo lo contrario, se asumirá defensor del positivismo y como gran
jerarca del mismo establecerá la guía del método científico a través de sus Reglas del Método Sociológico. En este
libro Durkheim sentará las bases desde las cuales partirán las ciencias
sociales de episteme positivista durante todo el siglo XX. Tal es el efecto de
este libro que al día de hoy aún hablamos de los hechos sociales como el objeto
de estudio de la sociología.
Por
medio de las Reglas del Método observamos parte de las premisas metodológicas
que sostenía el positivismo, entre las cuales está como mayor en peso y
resonancia la de tomar a los hechos sociales como cosas, como objetivaciones,
esto también en la medida en que los hechos sociales eran ajenos a la voluntad
del actor social.
El discurso y la práctica objetivista encuentran en Durkheim gran respaldo, no
en vano Parsons y Merton en sus teorías de sistemas y estructuras de la acción
social rescatan parte del discurso Durkheimniano.
Pero para Durkheim y la temprana sociología esta objetivación y este discurso,
entorno a los hechos sociales, eran la única manera que la razón les brindaba
para poder llegar al esclarecimiento de las anormalidades que acaecían a las
sociedades modernas puesto que, como ser humanos, desprovistos de la razón
científica, es muy fácil contaminar cualquier elucubración sociológica con
nuestras prenociones.
Volvemos
al concepto de la anomia para puntualizar la situación en la que se encontraba
Francia. Para el momento de la irrupción de Durkheim es observable la
inestabilidad del estado francés y de sus instituciones, dado el constante
debate y desconfianza que se sentía entorno a los mismos. Debate observable en
la Sorbona entre las nociones cientificistas y literarias,
y desconfianza en la tercera república que aún no amalgamaba las voluntades de
la sociedad francesa como un todo. De ahí viene la apuesta de Durkheim en tomar
a la sociología como bandera en la lucha que significaba purificar y refundar
las instituciones de aquel país.
Y
solo mediante la objetivación se podría lograr dicha refundación de la Francia
post-revolucionaria, entendiendo objetivación como lenguaje metodológico donde
la razón podría expresar los males y las maneras bajo las cuales se podrían
superar dichos males. No olvidemos que Durkheim, al igual que Marx, es
optimista sobre las repercusiones modernas. La promesa de un futuro mejor, del
progreso en sí, es una promesa que es posible y factible si, de nuevo, plagamos
a las instituciones de los hombres de la nueva fe moderna: los hombres de
ciencia. En este punto específico vemos una postura donde Durkheim ofrece una
opinión que revela demasiado.
Dirá
Durkheim que “el pensamiento científico no es más que una forma perfeccionada
del pensamiento religioso”. Lo que esto expresa es la llegada definitiva del
pensamiento científico y lo que para Nietzsche es la muerte de dios; se ha
quitado del altar al pensamiento religioso y al pensamiento metafísico para
vivir de la materialidad expresada en la ciencia y la racionalidad instrumental
de la misma. Y es que para Durkheim la ciencia era un espacio, una herramienta
donde el hombre podría aclarar y ver qué práctica ejercer.
Es
decir, la ciencia permite en Durkheim la oportunidad de guiar la actividad
humana, bajo el camino adecuado para la instauración de un orden colectivista
donde la normalidad sea habitual en el desenvolvimiento del día a día de las
sociedades.
Lo que en Marx se puede leer como el comunismo en Durkheim se puede leer a
partir de su socialismo utópico con el colectivismo que tiene tanto ventajas
como peligros dignos de la modernidad.
Hemos
visto así en Marx al igual que en Durkheim optimismo en la ciencia. En el
primero la ciencia guiará a un futuro más justo y más equitativo por medio del
despertar que solo la razón y la verdadera conciencia puede brindar al
proletariado para así dar fin a la historia como la hemos conocido, mientras
que en el francés este optimismo está ligado al esclarecimiento que la ciencia
puede brindar para las pautas que se deben seguir para llenar de moral la
acción del individuo, acción que debe ir orientada siempre a enaltecer las
instituciones sociales y preservar el orden. Purificar la conciencia colectiva.
Lecturas
optimistas que no comparte para nada Max Weber, padre de la sociología
comprensiva quien, lejos de reproducir el discurso positivista contenido en
Durkheim y Marx, se ve plagado de nihilismo y de un aura desahuciada que es
producto del mismo y abominable monstruo que generó el hombre: la razón
instrumental, en fin, la modernidad.
***
Max Weber: científico
depresivo, político visionario
A nuestra manera de entender Max
Weber se erige en la actualidad como el padre de la sociología. En parte por su
aporte al método, a la teoría, a la política, al derecho y a la filosofía, pero
también por la huella que dejó en el pensar de las ciencias sociales, las
cuales al día de hoy aún se alimentan de las discusiones y polémicas que Weber
puso en el tapete.
Han pasado ya casi 100 años de su
muerte y aún la teoría del estado entendido como el monopolio legítimo de la
violencia es de uso corriente, al igual que sus nociones entorno al político y
el científico y el uso de las ciencias. En el plano político avivar la
discusión de la demagogia y del líder carismático es usual, más en las naciones
latinoamericanas que, como vemos por los tiempos que corren, sufren una especie
de epidemia de liderazgos basados en la retórica como vía para re-encantar al
mundo.
Pero usted se preguntara ¿Para qué
re-encantar al mundo? En Weber encontramos el porqué de esta pregunta, que si
vemos ha llenado parte de las discusiones sociológicas del último siglo.
Y es que para Weber parte fundamental de la herencia que nos dejó el proyecto
moderno fue el desencantamiento del mundo; un desencantamiento que viene muy
emparentado con el cuarto tipo de acción social
que él define: la acción social-racional a fines. Esto en la medida que la racionalidad
técnica (o instrumental) ha sido la gran
hija de la modernidad y el proyecto ilustrado.
Podemos ver la relación racionalidad
técnica-modernidad, en el ensayo de La
Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo, donde Weber relata el cómo
por medio del ascetismo y el tema de la vocación, valores pilares del credo
luterano, se fue gestando un espíritu de trabajo que permitió así el
surgimiento del capitalismo. Este
surgimiento se ve a su vez amarrado a la experiencia que se veía desde las
carreras que tomaban tanto católicos como protestantes, los primeros siempre
inclinados a tomar la vía de las humanidades y los segundos unidos a las
carreras técnicas que por medio de la vocación ascética de trabajar para dios
empezaban un proceso similar al que Marx describe como la acumulación
originaria.
Veía entonces Weber cómo un elemento
de carácter religioso daba pie a la tecnificación de la vida profesional; y,
como bien hemos podido observar en el curso de la historia, la tecnificación
significa profesionalización y racionalización. Una racionalización que el
autor ve con gran peligro, puesto que la misma ha significado el sacrificio que
el hombre ha tenido que hacer para llegar al estadio moderno. Ha tenido que
renunciar el hombre moderno a los dioses, a las religiones y a los ritos que lo
unían de manera extra material con el mundo que habita.
Ahí
se expresa el desencanto del mundo, en la creciente racionalización que ha
quitado lo fantástico y maravilloso de nuestra tierra para así encontrar un
único discurso, el de la ciencia, el de la razón “ilimitada”
que a su vez cercaba los parámetros de las creencias de los seres humanos. La
razón que habíamos creado nos decía qué era cierto y qué era falso, y como
hemos podido dilucidarlo anteriormente sabemos que el único discurso cierto,
aceptable y comprobable, era aquel que era demostrable por medio de la episteme
positivista. Es decir, el mundo racional nos ha arrojado a un mundo que solo es
medible por lo comprobable por la ciencia.
Si bien esa noción de que la ciencia
era el nuevo discurso religioso en un principio parece no contener mayor peso,
para Weber es todo lo contrario. Otra muestra de la catástrofe de habernos
arrojado a la ciencia es notorio en lo que para Weber es la categoría de
Burocracia, que no es más que el uso racionalizado que el hombre ha dado al
Estado Moderno. Con la Burocracia el hombre intentó dar un uso eficaz e
innovador a la figura del Estado Moderno, pero este mismo uso solo pudo
encerrar el posible encanto post-revolucionario en la famosa Jaula de Hierro
que Parsons tradujo de Weber.
Vemos
entonces que Weber en sí es un autor sumamente pesimista al respecto de la
modernidad, no tanto un anti-moderno pero si el primero del canon en ejercer
una dura crítica ante el discurso que relataba solo los avances modernos. A su
vez que fue crítico con la modernidad también fue crítico con el positivismo,
no en vano es participe de la “vanguardia” anti-positivista. El por qué de
Weber y su anti positivismo radica en la
gran influencia que tuvo sobre el Dilthey y el Methodenstreit
como polémica intelectual en Alemania. Rickert y Windelband, defensores de una
noción no tan romántica, y Dilthey quien rescataba la división de las ciencias
del espíritu de las ciencias naturales puestos que las primeras se
fundamentaban en el Verstehen, la comprensión, y las segundas en el simple
explicar. Decía Dilthey que explicar las cuestiones del ser era inútil y
objetivante en exceso, postura que rescata Weber pero no del todo puesto que el
mismo, por su cercanía a Rickert y Windelband, se encarga de imprimir el factor
de la importancia del método en las ciencias humanas.
Podemos
ver esto en su metodología y en los Tipos Ideales y los Juicios a Valor, donde
se rescata parte de la realidad apercibida por el sujeto social
pero sin dejar de lado la sistematización y rigurosidad metodológica que Weber
exigía al respecto. Desde el inicio de la teoría Weberiana se ven coqueteos con
una noción anti positivista al enunciar que las ciencias humanas eran ciencias
que se encargaban del comprender las realidades.
Y en este punto hacemos énfasis al interés de Weber por establecer una ciencia
no determinista, no anclada a lo instrumental, sino una ciencia que pudiese
rescatar parte de la pluralidad que la realidad de cada individuo pudiese
arrojar.
Vale mencionar que Weber es uno de
los padres de la rama interaccionista en la sociología, rama de la cual han
surgido distintas teorías avocadas al tema ético de elevar la voz de los
discursos que el paradigma positivista pudo invisibilizar durante tanto tiempo.
Un dato curioso es que la lectura de Weber se hace años después de su muerte,
además del hecho de que su vida siempre estuvo marcada por una tragedia que no
lo abandonó jamás. Tragedia que como bien hemos podido observar está plasmada
en su obra. Un ejemplo que siempre ha llamado la atención del autor es la
opinión que tenía Weber del tema de la Primera Guerra Mundial.
Para
Max Weber la Primera Guerra Mundial, más allá de sus obvias y nefastas
consecuencias se veía como algo promisorio para los jóvenes combatientes que iba
a la misma. Puesto que la guerra daría sentido a la vida de los soldados,
sentido que en el mundo moderno no les era dado. La muerte era la única
salvación
y la única solución que la vida moderna podía entregar al hombre desencantado.
Y aquí habríamos de hacer un
ejercicio de hermenéutica para revelar parte de las posturas de Weber, el cual
como ya hemos mencionado jamás fue abandonado por la tragedia.
La vida solo podría tener sentido si el político carismático llenaba de
esperanza el futuro con su retórica, y esto se refleja en la clara relación que
tuvo Weber con la política donde hasta fue candidato al senado. Esto va de la
mano con la vocación, la Beruf
de la que tanto nos habla el autor en el ensayo de la Ética protestante. Solo
la vocación podría hacer frente el inevitable desencanto del mundo, esto tanto
en el trabajo científico como en el trabajo político. Si el científico decide
dedicarse a la ciencia es por una cuestión de vocación y no por una búsqueda de
respuestas a la vida. En sentido similar sucede con el político, que si bien
puede re-encantar al mundo, también debe hacer una elección de su profesión por
medio de la vocación, pues en el ejercicio de la político tampoco se puede
llegar a las respuestas de la vida más allá que por medio de la retórica se
pueda hacer creer que la solución a las diatribas diarias se encuentra anclado
a la práctica política.
Y
así fue Weber, un autor cuya respuesta final ante la ciencia y la razón se
componía en el exponer que ni ciencia ni razón podrían decir nada al que-hacer
del ser humano en su pasaje por la sociedad. Y
en la medida en que la razón instrumental fuese haciéndose más y más eficaz con
mayor probabilidad se nos haría una certeza la imposibilidad de romper la
terrible jaula de hierro moderna a menos que apareciese en medio de lo irremediable
el tan esperado profeta/político que re-encantaría la vida.
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Bibliografía
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